La providencia y sus misterios

El saber que Dios cuida de nosotros nos ayuda a dormir por las noches. Podemos bajar la guardia, y abandonar el cuidado del mundo en las manos de Aquél que no duerme ni reposa, que nos guarda de todo mal para que no nos haga daño el sol de día, ni la luna de noche (cf. Sal 121). En paz me acuesto, y enseguida me duermo, porque tú solo, Señor, me haces vivir tranquilo (Sal 4, 9).

Y, sin embargo… Mirad hoy a los pecadores, convertidos en providencia del propio Dios. En lugar de abandonarse a sus cuidados, y someterse a sus designios, serán ellos quienes quieran decidir los destinos del Verbo encarnado: ¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos… Y decidieron darle muerte.

¡Qué paradoja tan terrible! El mismo que nos invitó a dejarnos cuidar por Dios, como aves del cielo o lirios del campo, se someterá ahora a esa perversa providencia de sus enemigos y se dejará prender, azotar, crucificar y matar. No se defenderá, callará durante su condena, y aceptará su muerte.

Pero cuando extienda sus brazos en la Cruz, sobre ellos sostendrá la tierra y tomará posesión de la Historia. Estamos salvados. Misteriosa y amorosamente salvados. (José-Fernando Rey)

7 comentarios sobre “La providencia y sus misterios

  1. En el mundo no solo hay mucha desesperanza sino que además la vivimos y sentimos a diario en cada metro cuadrado de nuestra vida. Este mundo se ha vuelto más hostil y muchas personas ya no tenemos exudar las consecuencias de sus heridas en los demás; pero los cristianos debemos ser capaces de CREER que, a través de nuestras acciones podemos hacer un mundo mejor.

    Vamos por el mundo plantando semillas de fe y esperanza todos los días, incluso cuando creemos que no lo hacemos. Todo aquellos buenos consejos y acciones generosas son nuestras semillas de esta vida, entonces, ¿qué vas plantado por la vida?

    Es hora ya de recomenzar, olvidemos los fracasos pasados y comencemos a vivir solo por la fe, la esperanza y el amor. Comencemos por permitir que la fe se fortalezca a través de la esperanza y sea aliemntada a través del amor.

    La fe y la esperanza realmente funcionan juntas para nuestro bien y más cuando le ponemos amor a todo lo que hacemos.

    Dios te quiere feliz, optimista, lleno de esperanza y con gran perseverancia. No te desanimes creyendo que los problemas son más grandes que tus capacidades.

    El Dios de la vida te ha dado grandes talentos que aún estás por descubrir. No te amilanes, Dios llenará de fuerza a tu corazón.

    La desesperanza te dice: no luches, las derrotas pasadas te dicen: no lo intentes; pero DIOS te dice: “NO TE RINDAS.Yo te he creado para grandes cosas”.

    “Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas” (Isaías 40,31)

    Ánimo. Mantén viva la llama de la fe que te invita a pensar que ese milagro va a suceder.

    No hay dificultad que Dios no pueda transformar en bendición. Ante la prueba no veas tu fragilidad, sino la grandeza de Dios, las maravillas que Él puede hacer en ti. ¡Ánimo!

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  2. LOS IMPOSIBLES:
    Tal vez todos somos imposibles, al menos yo lo soy. Pero Dios escoge a los débiles y pequeños para hacer cosas maravillosas para Su Gloria

    José Luis y yo hemos creado el Sagrado hábito en nuestra casa, de rezar al menos una parte del Rosario con nuestras hijas cada noche antes de ir a la cama; si tenemos suerte y todos estamos complacientes y participativos, seriamos capaces de rezar el Rosario completo. Sería una ocasión tan rara, que nunca olvidaría.

    Al anunciar el Tercer Misterio Glorioso: La Venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, Carmen orgullosa e inocentemente, añadió: “¡Es sobre los imposibles, mamá!” Todos compartimos una risita familiar, luego continuamos con nuestras oraciones. Pero esa palabra se me pegó, aunque sólo fuera por el encanto proveniente de una niña de cuatro años.

    Somos del grupo de los imposibles

    Tal vez los Apóstoles fueron los “imposibles” como Carmen lo dijo. Tal vez todos somos imposibles. De hecho, sé que lo somos. Al menos yo lo soy.

    Yo soy un imposible, porque no puedo hacer algo bueno por mí misma

    “Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible” (Mateo 19,26).

    Los Apóstoles, también, conocían su debilidad. Cada uno de ellos a veces exhibía fuertes defectos de carácter que solo hacían que Jesús los quisiera más, estoy segura. Es porque Jesús se siente atraído por nuestra miseria. Lo que es imposible para nosotros por nuestra concupiscencia nos hace candidatos a la grandeza.

    Dios escoge a los débiles para hacer cosas maravillosas

    Si leo sobre los Apóstoles y los Santos, recuerdo que Dios escoge a los débiles y pequeños para hacer cosas maravillosas en este mundo para Su gloria. Es fácil quedar atrapado en el mundo moderno en el que a más elogios, premios, bonificaciones y promociones más nos convierten en alguien importante y digno de conocer.

    El renombre por sí solo no revela grandeza, sin embargo. Es solamente cuando nuestras debilidades se hacen evidentes a otros que la gloria de Dios se revela completamente en nuestras vidas.

    Digo esto, porque hay personas que se acercan a mí -la mayoría de las cuales no conozco bien- y declaran claramente que admiran a nuestra familia por el testimonio de fe que mostramos.

    Esto después de la Misa, en la cual Carmen, se arrastra debajo del banco y tengo que regañarla para que se levante; Jorge, se mueve y mira detrás de ella constantemente en vez de participar en las respuestas y cantar los himnos; Y Verónica acaba de pasar los últimos cinco minutos jugueteando sin ninguna razón aparente.

    Estos comentarios también llegan después que José Luis y yo compartimos miradas de exasperación e irritación, todas precipitadas por la privación total de sueño. Después de los hostiles saludos que hago rápidamente antes de salir corriendo desde el banco de la Iglesia tras mis hijos, desesperadamente, esperando que podamos llegar al coche sin una rabieta o pelea.

    Y es cuando la gente que apenas conozco se detiene momentáneamente con un golpecito en el hombro para decirle a José Luis y a mí que se conmueven por el testimonio de fe que demostramos. A veces dicen que han sido inspirados por nuestra familia o han sido tocados profundamente de alguna manera permanente y significativamente.

    José Luis y yo agradecemos los comentarios, pero nos quedamos desconcertados ante ellos. Nos rascamos la cabeza, reflexionamos con confusión acerca de cómo esto podría ser cierto cuando todo lo que vemos son las exhibiciones públicas de nuestra debilidad humana en toda su grandeza.

    Creo que es porque la gente está más inclinada a ver a Dios brillando a través de nuestras vidas, porque ya no pueden vernos a nosotros. Ellos ven más allá de nosotros.

    Dios es nuestra grandeza

    Nosotros, como los Apóstoles en el Cenáculo de Pentecostés, somos los “imposibles”. Somos imposibles, porque somos incapaces de tener grandeza sin Dios. De todos nuestros esfuerzos humanos para aparecer juntos, equilibrados y perfectos, todavía nos quedamos cortos y fallamos miserablemente.

    Pero a medida que terminamos ese decenario del Rosario, me doy cuenta de que ser un “imposible” es lo que me hace un verdadero embajador de Cristo.

    Ser un “imposible” permite que Dios me moldee

    Mis miserias y mis errores se convierten en el modelo sobre el cual Dios hace Sus marcas, suaves y persuasivas, en mi corazón.

    Él me moldea, me corta, y me perfecciona de una manera que parece en vano para el mundo. Sus marcas pueden ser dolorosas. Con frecuencia implican innumerables oportunidades de humildad a través de humillación, y me hacen oculta e invisible para el mundo.

    A veces soy rechazada. Me desprecian, se burlan como lo hicieron los primeros Apóstoles. Soy el hazmerreír. Pero habrá algunos que verán más allá de toda esa suciedad y, más allá de mí, verán a Dios trabajando en y por mí.

    Así es como Dios hace una obra maestra de la materia ordinaria. Él me escoge precisamente porque no soy nada sin Él. Y si Él decide hacer grandes cosas en mí cuando soy una persona “imposible”, entonces otros necesariamente lo verán más a Él que a mí.

    Vivir como un “imposible” en toda su extensión es el cumplimiento del mensaje de San Juan Bautista en el Evangelio: “Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Juan 3,30).

    Observé a Carmen mientras terminábamos las cinco decenas de los Misterios Gloriosos, y me sentí honrada por su profunda revelación. Cuando la vi, ya no veía sus imperfecciones. Mientras sonreía a no noté sus cambios de humor y dramatismo. Y capté la mirada de José Luis con un brillo en mis ojos mientras él me devolvía la sonrisa con la suya.

    En ese momento, convertirse en los “imposibles” parecería una manera muy útil de traer a Dios al mundo.

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  3. Jacques Philippe: “La santidad del siglo XXI va a ser la santidad de los laicos”

    Entrevistamos en exclusiva al sacerdote y escritor Jacques Philippe, el autor de espiritualidad católica más importante de nuestro tiempo

    Jacques Philippe es el escritor de libros de espiritualidad más influyente de nuestra época. Ha vendido millones de ejemplares de obras como La paz interior e imparte retiros por todo el mundo. ¿Su secreto? Proponer “una vida cristiana basada en la sencillez y en la confianza en Dios”, porque “a veces hacemos de la vida espiritual algo muy complejo y necesitamos reencontrar la sencillez en la relación con Dios”.

    Antes de ser sacerdote estudió Matemáticas, pasó por una crisis de fe y dejó de ir a la iglesia. ¿Qué ocurrió para que volviese a Dios?

    Yo había empezado un proceso vocacional con los maristas, pero tras Mayo del 68 y del Concilio Vaticano II, fue tanta la confusión que vi (incluso mi director espiritual dejó el sacerdocio) que me alejé de la Iglesia. Tras un año sin ir a misa vi que si me alejaba de Dios iba hacia la muerte, porque jamás podría ser feliz de verdad sin Él.

    Entró en la Comunidad de las Bienaventuranzas, se ordenó sacerdote y empezó a impartir retiros. ¿Por qué comenzó a escribir?

    En el desarrollo de mi ministerio me encontraba personas que me pedían ayuda. Así descubrí mi vocación a predicar. A raíz de los retiros que impartía, profundicé en los temas que más afectaban a la gente y vi que algunos, como la paz o la oración, ayudaban a muchas personas. Con los apuntes de mis retiros hice un librito, y en 1992 publiqué La paz interior, el primero de mis libros.

    “A veces hacemos de la vida espiritual algo muy complejo y necesitamos reencontrar la sencillez en la relación con Dios”
    Ese, como el resto de sus libros, se ha traducido a 25 idiomas y tiene millones de lectores. ¿Le tienta el orgullo?

    [Cara de perplejidad] No, ¿por qué? Si yo sé cuánta es mi miseria…

    ¿Y la tentación de pensar: “Mejor que lo haga otro…”?
    Es verdad que otros podrían hacerlo, pero al mismo tiempo creo que es un don del Señor y un talento que no puedo enterrar. Los talentos que el Señor nos da no son para nosotros, sino para compartirlos.

    La libertad interior, La paz interior, Tiempo para Dios, La confianza en Dios… No son temas muy en boga…

    Aunque no estén de moda, la gente busca la paz y ya se ve que no la encuentra; hay mucho miedo y agitación. Igual pasa con la oración: tenemos el deseo de vivir un encuentro real con Dios; las personas no se contentan con una vida cristiana a medias, quieren una realidad viva.

    ¿Por eso sus libros tienen tanto éxito entre personas tan distintas?
    Creo que sí. A veces hacemos de la vida espiritual algo muy complejo y necesitamos reencontrar la sencillez en la relación con Dios y en la manera de vivir. La vida cristiana no está basada en la fuerza, sino, sobre todo, en la gracia. Yo propongo una vida cristiana basada en la sencillez y en la confianza en Dios.

    “La vida cristiana no está basada en la fuerza, sino en la gracia”
    Imparte retiros por todo el mundo. ¿Cómo definiría la salud espiritual de los católicos de hoy?
    [Un silencio y una mueca].
    ¿Tan mala es?

    [Sonríe] No, no. No soy pesimista, porque la salud espiritual de la Iglesia depende del Espíritu y Dios es fiel a su gracia. Aunque la Iglesia vive situaciones muy dolorosas –países donde la fe desaparece, desafíos culturales…–, no hay que perder la esperanza, porque la vida que Él nos ha dado nos la ha dado para siempre.

    ¿Pero cómo hacer que importe Dios en un mundo cada vez más secularizado?
    Nuestro deber es volver a la fuente: ayudar a las personas a tener un encuentro personal con Dios. Tras esta experiencia, es más fácil encontrar la manera de contestar a los desafíos, profundizar en las verdades de la fe, ofrecer una antropología cristiana y lograr que la Iglesia se renueve. Son tareas enormes que exceden nuestras fuerzas, y además, los éxitos no son inmediatos, pero contamos con la promesa de Dios, así que tenemos que seguir adelante. Él cuenta con nuestra responsabilidad y fidelidad.

    Ahora está de moda la meditación, el yoga, el mindfulness… ¿En qué se diferencia la espiritualidad cristina?
    En la vida cristiana no nos buscamos a nosotros mismos, ni nuestra propia satisfacción, sino un encuentro con Alguien real. Existe una relación personal, y de amor, con Alguien que no soy yo, porque la Santísima Trinidad es Alguien real. En esas tradiciones hay cosas positivas, como el deseo de vivir el instante presente o tomar conciencia de uno mismo, pero el cristianismo no consiste en poner el yo en armonía o entrar en contacto con el universo y borrar las fronteras de la realidad. Consiste en mantener una relación de amistad y amor con Dios; y el amor no se vive a solas.

    ¿Lo más difícil para el cristiano es que la vida interior tenga eco exterior?
    No. Cuando la oración es auténtica, automáticamente hay un proceso de conversión que hace que nuestra relación con el prójimo se transforme: aprendemos a comprender, a no a juzgar, a perdonar… La gracia que recibimos en la oración cambia nuestra relación con los demás. Y ocurre lo mismo en sentido contrario: si intentamos practicar el amor del que habla el Evangelio, el encuentro con Dios se hace más profundo.

    “Las personas no se contentan con una vida cristiana a medias, quieren tener un encuentro real con Dios”
    ¿Pensar en un Dios todo misericordia puede llevar a preguntarse: “Si me perdona todo, no tengo que esforzarme”?
    En el encuentro con Dios hay una conversión, un cambio del corazón, porque Dios nos muestra su misericordia. Pero al mismo tiempo nos muestra claramente lo que necesitamos cambiar en nuestra vida: el orgullo, la dureza del corazón, nuestros pecados… Si la relación con Dios es auténtica, no se cae en la pereza.

    Pero mucha gente reza y su oración no le lleva a crecer. ¿Cómo se ora para hacer eficaz el encuentro con Cristo?

    Lo más importante es ser fiel a la oración. A veces resulta fácil, otras es más difícil, pero lo importante es no desistir. No depende tanto del método (aunque el método puede ayudar), sino de la actitud del corazón. Hay muchos caminos, pero se trata siempre de tener la actitud humilde de saber que el Señor nos quiere en su presencia. Al ponerte en su presencia, el Espíritu Santo te enseña a rezar.
    Sus libros citan muchos ejemplos de vidas de santos, pero suelen ser religiosos o sacerdotes. ¿Faltan ejemplos de santidad entre los laicos?

    Cualquier santo tiene una enseñanza que vale para todos, consagrados o laicos. Pero sí pienso que la santidad del siglo xxi va a ser la santidad de los laicos y de las familias. Necesitamos santos sacerdotes y consagrados, pero creo que el Espíritu Santo quiere hoy impulsar la santidad de los laicos, porque es lo que el mundo necesita. Hay muchos lugares a donde un sacerdote no puede ir, pero un laico sí. Para la nueva evangelización, la tarea de los seglares es fundamental.

    “El demonio existe y busca separarnos de Dios. Sus armas son el desánimo, la tristeza y el miedo. Tiene otras estrategias, pero sobre todo nos hace dudar del amor de Dios”

    Hoy se habla poco de esa llamada a la santidad. ¿De verdad usted, yo, o el lector podemos ser santos? ¿Cómo?
    Sí, sí, podemos ser santos. Pero primero hay que saber que la santidad no consiste en la perfección absoluta ni en adquirir unas capacidades superiores. La santidad es la capacidad de recibir todo el amor de Dios y compartirlo. Es ser capaz de amar como Dios ama: con fidelidad, pureza y generosidad. Eso no consiste en ser una persona más fuerte o perfecta. El secreto de la santidad es lo que decía santa Teresita: dejar que la gracia de Dios actúe en nuestra vida. Es un don que tenemos que recibir, no un logro que tenemos que alcanzar. El secreto es descubrir las actitudes que nos hacen receptivos al amor de Dios y los medios que nos permiten encontrar esta gracia.

    ¿Y cuáles son esos medios?
    La oración, los sacramentos, una confianza absoluta en Dios, la humildad de reconocer nuestra debilidad, vivir el instante presente, saber agradecer, la generosidad en el servicio, un verdadero deseo de seguir a Cristo, aceptar las cosas como son, la alegría… Todo esto nos permite estar contentos y en presencia de Dios. Pero lo más importante, al final, es la confianza absoluta en el amor de Dios… que es justo lo que nos falta muchas veces…

    ¿De verdad son tan importantes los sacramentos?
    En los sacramentos tenemos un encuentro con Cristo como nuestro médico. En la Eucaristía es Cristo mismo quien viene a habitar en nosotros para purificarnos y darnos su paz, su fortaleza, su luz. La confesión es también un sacramento de curación: nuestros pecados nos hieren, y el perdón de Dios nos cura. Es un sacramento muy importante para experimentar la paternidad de Dios, su amor incondicional. Cuando recibimos un sacramento y tenemos un deseo verdadero de que nuestro corazón se transforme, vemos los frutos.

    Algunos cristianos tienen miedo de seguir a Cristo “en serio”, por si los carga con dificultades y les complica la vida. ¿Dios tiene una cruz extra para el que decide seguirlo?
    Esa es una tentación que el demonio usa mucho para asustarnos y apartarnos de Dios. Lo que el Señor nos pide es aceptar la realidad de la vida y confiar en Él. Cuando encontramos un sufrimiento, si lo aceptamos, deja de ser pesado. Es pesado cuando nos negamos a aceptarlo o si nos empeñamos en contar solo con nuestras fuerzas, sin la ayuda del Señor.

    Lo de “cargar con la cruz” no suena muy atractivo, la verdad…
    No digo que seguir a Cristo siempre sea fácil, pero la cruz es parte de la vida, y cuando la aceptamos, recibimos una gracia para llevarla. Hay que aprender a abandonarse en las manos de Dios como un niño. Eso no significa que tengamos que ser pasivos: si estoy enfermo, tengo que poner los medios para curarme, pero al mismo tiempo, tengo que aceptar mi situación. Al hacerlo así, el sufrimiento es una gracia que me lleva a Dios, me hace más humilde, me ayuda a reconocerme pobre, me acerca a los demás y me capacita para entender a los que sufren.

    “No he tenido ninguna experiencia mística, pero ha habido momentos en los que he sentido muy intensamente la presencia de Dios y el cariño de la Virgen”
    Ser pobre, humilde, sencillo… ¡es lo contrario de lo que el mundo propone!
    [Ríe] El misterio de la pobreza es que nos conduce a la alegría, a la libertad, a la paz, a la capacidad de dar y recibir, al amor bello y profundo, al amor de Dios. Es un camino que a veces nos da miedo, pero Dios se manifiesta en él porque quiere nuestra felicidad.

    Antes ha hablado de un tema tabú: el demonio. ¿Existe el demonio?
    Sí. El demonio es el que nos descorazona, el que busca separarnos de Dios, el que nos hace perder la esperanza. Sus armas son el desánimo, la tristeza, el miedo. Tiene otras estrategias, pero sobre todo nos hace dudar del amor de Dios. El demonio existe y hemos de estar alerta, pero no hay que tenerle miedo. Y tampoco hace falta hablar demasiado de él para negarle un espacio que no merece. Lo importante es centrarse en Dios.

    ¿Ha tenido usted alguna experiencia intensa con el Señor o con la Virgen?
    [Ríe] No he tenido ninguna gracia mística, si es lo que pregunta. Sin embargo, sí ha habido momentos en los que he sentido muy intensamente la presencia y el amor de Dios y el cariño de la Virgen. Y otros donde he experimentado la fidelidad de Dios, muchas veces, con pequeñas cosas. No hacen falta tener una experiencia mística para sentirse tocado por Dios.

    ¿Cómo desea terminar esta entrevista?
    Quiero insistir en proponer que nuestra relación con el Señor sea de verdad una relación de confianza; esto es lo que, poco a poco, nos conduce a la santidad. Y en que tengamos el deseo de ser instrumentos de Dios, pues así podremos hacer mucho bien.

    Un anillo para rezar

    Jacques Philippe (Lorena, 1947) ingresó en la Comunidad de las Bienaventuranzas con 30 años. Su hábito y la cruz de madera que lleva al cuello le recuerdan su compromiso de vida de pobreza, oración y obediencia, “que me hace más libre”.
    A diario celebra la Eucaristía y reza el rosario con el decenario que lleva a modo de alianza. “Al rezar –dice–a veces parto de la Escritura, a veces de la propia vida, o solo me pongo en presencia de Dios”.

    “Tengo una relación de amistad con Cristo, de docilidad al Espíritu y de relación filial con el Padre, así que a veces me centro más en el Padre, otras en el Hijo y, otras en el Espíritu Santo. Al final, la oración es una amistad con la Santísima Trinidad”, afirma.

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    1. De esto se trata: “Tengo una relación de amistad con Cristo, de docilidad al Espíritu y de relación filial con el Padre, así que a veces me centro más en el Padre, otras en el Hijo y, otras en el Espíritu Santo. Al final, la oración es una amistad con la Santísima Trinidad”. Qué bonito! Gracias Rosa

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