Viernes de Dolores

Para muchos cristianos, hoy sigue siendo Viernes de Dolores. Cualquiera que tenga en la familia a una María Dolores mayor de 45 años sabe que le conviene felicitarla hoy, porque a la tía Loli no hay quien la convenza para que celebre su santo en septiembre.

Por desgracia, bautizamos pocas María Dolores. Es por ceguera. Oímos «dolor» y salimos huyendo como hubieran esparcido ántrax. Peor para nosotros.

Hay un dolor santo. El de la Virgen lo es. Santo, y dulce. Es el dolor de la espada que atraviesa su inmaculado corazón mientras ve cómo los pecados de los hombres apagan, como una vela que titila, la vida de su Hijo.

No te apedreamos por ninguna obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo hombre, te haces Dios.

Por eso, porque no soportaban que Dios se acercase a ellos, en la Cruz quisieron apagar la luz de la divinidad de Cristo. Había que cubrirlo de infamias hasta que no pareciese Dios, sino hombre derrotado.

Apagaron el brillo de su divinidad, y apagaron también su resplandor humano. Sobre el madero, ya no parecerá Dios. Ni siquiera parecerá hombre, sino gusano pisoteado y agonizante.

Para que, después, tú y yo queramos brillar.

José-Fernando Rey

10 comentarios sobre “Viernes de Dolores

  1. Homilía del Papa Francisco en Santa Marta

    El Evangelio del día nos lleva al Calvario (cfr. Jn 19,25-27). Todos los discípulos han huido, excepto Juan y algunas mujeres. Al pie de la Cruz está María, la Madre de Jesús, y todos la miraban diciendo: ¡Esa es la madre de este delincuente! Esa es la madre de este subversivo! Y María oía esas cosas. Sufría humillaciones terribles. Y también oía a los grandes, a algunos sacerdotes, a los que ella respetaba, precisamente porque eran sacerdotes: Tú que eres tan valiente, ¡baja! ¡Baja! Con su Hijo, desnudo, ahí. María tenía un sufrimiento tan grande, pero no se fue. ¡No renegó del Hijo! ¡Era su carne!

    Cuando en Buenos Aires iba a las cárceles a visitar a los presos, veía siempre una fila de mujeres que esperaban para entrar. Eran las madres. Pero no se avergonzaban: ¡su carne estaba allí dentro! Y esas mujeres sufrían no solo la vergüenza de estar allí — ¡Mira esa! ¿Qué habrá hecho su hijo?—, sino que también sufrían las más feas humillaciones en los chequeos que les hacían antes de entrar. Pero eran madres, e iba a estar con su propia carne. Pues igual María, que estaba allí, con el Hijo, con aquel sufrimiento tan grande.

    Jesús prometió no dejarnos huérfanos, y en la Cruz nos dio a su Madre como Madre nuestra. Los cristianos tenemos una Madre, la misma que Jesús; tenemos un Padre, el mismo que Jesús. ¡No somos huérfanos! Ella nos engendra en aquel momento con tanto dolor: es un auténtico martirio. Con el corazón traspasado, acepta darnos a luz a todos nosotros en aquel momento de dolor. Y desde aquel momento, Ella se convierte en nuestra Madre, desde aquel momento Ella es nuestra Madre, la que cuida de nosotros y no se avergüenza de ninguno: ¡nos defiende!

    Los místicos rusos de los primeros siglos aconsejaban refugiarse bajo el manto de la Madre de Dios en el momento de las turbulencias espirituales. Ahí no puede entrar el diablo. Porque Ella es Madre y, como Madre, defiende. Luego, Occidente tomó ese consejo y compuso la primera antífona mariana: Sub tuum praesidium! Bajo tu manto, bajo tu amparo, oh Madre… ¡Ahí estamos seguros!

    En un mundo que podemos llamar huérfano, en este mundo que sufre la crisis de una gran orfandad, quizá nuestra ayuda sea decir: ¡Mira a tu Madre! Tenemos una que nos defiende, que nos enseña, que nos acompaña; que no se avergüenza de nuestros pecados. No se avergüenza, porque Ella es Madre.

    Que el Espíritu Santo, ese amigo, ese compañero de camino, ese Paráclito abogado que el Señor nos envió, nos haga entender este misterio tan grande de la maternidad de María.

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  2. A las puertas de la Semana Santa, la Iglesia nos hace pensar en el amor fiel de Dios: “El Señor se acuerda de su alianza eternamente”, dice el Salmo responsorial (S 104). Y también la Primera Lectura, tomada del Génesis (Gen 17,3-9), recuerda el episodio de la alianza de Dios con Abraham. Una alianza que se prolongará en la historia del pueblo, a pesar de los pecados y de la idolatría.

    Y es que el Señor tiene un amor visceral, y no se puede olvidar. En Argentina, el día de la fiesta de la madre, se le regala a cada madre una flor que se llama “no-me-olvides”, y que tiene dos colores: azul suave, para las madres vivas, y violeta, para las madres difuntas. Pues así es el amor de Dios, como el de una madre. Dios no se olvida de nosotros. Jamás. No puede, es fiel a su alianza. Y esto nos da seguridad. De nosotros podemos decir: “Pues mi vida es tan mala… Tengo esta dificultad, soy un pecador, una pecadora…”. Pero Él no se olvida de ti, porque tiene ese amor visceral, y es padre y madre.

    Se trata, pues, de una fidelidad que lleva a la alegría. Como para Abraham, nuestra alegría es exultar en la esperanza porque cada uno de nosotros sabe que no es fiel, pero Dios lo es. Basta pensar en la experiencia del Buen Ladrón. El Dios fiel no puede renegar de sí mismo, no puede renegar de nosotros, no puede renegar de su amor, no puede renegar de su pueblo, no puede renegar porque nos ama. Esa es la fidelidad de Dios. Cuando nos acercamos al Sacramento de la Penitencia, por favor, no pensemos que vamos a la tintorería a quitarnos las manchas. No. Vamos a recibir el abrazo de amor de este Dios fiel, que nos espera siempre. ¡Siempre!

    Finalmente, en el Evangelio (Jn 8,51-59) se dice que los doctores de la Ley cogieron piedras para tirarlas contra Jesús. Se habla de piedras para matar, para oscurecer la verdad de la Resurrección. Pues, a pesar de eso, Él es fiel, Él me conoce, Él me ama. Nunca me dejará sola. Me lleva de la mano. ¿Qué más puedo querer? ¿Qué más? ¿Qué debo hacer? Exulta en esperanza. Exulta en la esperanza, porque el Señor te ama como padre y como madre.

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  3. MENÚ DE CUARESMA

    1. TENER A LA MANO:
    Abrelatas, para abrir corazón endurecido.
    Cuchillo, para cortar vicios.
    Destapador, para destapar lo atorado en las relaciones familiares.
    Colador, para pasar por alto las ofensas y purificar intenciones.
    Mandil, para estar siempre dispuestos a servir a los demás.

    2. ABSTENERSE:
    Abstenerse de comer prójimo (chismes, murmuraciones y calumnias).
    Bajarle al condimento de desquites.
    Evitar consumir altas grasas de egoísmo.
    No tomar vinagre, que pone de mal genio.
    Lavar bien el corazón para que no se infecte de la cólera.
    Evitar el consumo excesivo de picantes para no enchilarse y ofender.
    Evitar el camarón porque adormece la conciencia… “camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”.
    No tomar postres helados que congelen el afecto.
    Evitar comer pan de muertos de envidia, para que luego no te digan “que con su pan se lo coma”.

    3. MENÚ RECOMENDADO:
    Como platillo fuerte: exquisita caridad para con el prójimo.
    Caldo de atención a los desamparados y enfermos.
    Ensalada de detalles de afecto para los suyos.
    Pan abundante para compartir con el hambriento.
    Vino de alegría para convidar a los tristes y desanimados.
    Sopa de letras para escribir más seguido a familiares y amigos.
    Sopa de zanahoria para ver con buenos ojos a los demás.
    Pan bendito para los afligidos; ya que “las penas con pan son menos”.

    4. DE POSTRE SE RECOMIENDA:
    Perita en dulce para ser buena persona.
    Naranja dulce y limón partido “dame un abrazo que yo te pido” (abrazar a los seres queridos, y darles besos -de verdad, no de CHOCOLATE)

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  4. No importa cuán ocupados estemos, podemos buscar tiempo para esta simple, rápida y poderosa devoción y tenerla como armadura espiritual

    “Porque, aunque vivimos en la carne, no combatimos con medios carnales. No, las armas de nuestro combate no son carnales, pero, por la fuerza de Dios, son suficientemente poderosas para derribar fortalezas…” (San Pablo, 2da Co. 10,3-4)

    Cada día, nos enfrentamos a las tentaciones del pecado. Estas tentaciones tienen muchas formas. Algunos de nosotros luchamos contra un carácter explosivo, otros con el egoísmo, otros con la pornografía, otros aun con el materialismo y la avaricia. Por la Gracia de Dios, debemos superar estos pecados y darles muerte. Sin embargo, solo la fuerza de voluntad no es suficiente.

    En el combate espiritual, necesitamos armas espirituales, así que hoy podíamos comenzar una serie acerca de los instrumentos sobrenaturales que podemos usar en nuestra lucha contra el pecado y para nuestro crecimiento en la santidad.

    Tres Ave Marías

    HE PENSADO que sería apropiado una devoción que pide la ayuda de María Reina de Los Cielos: La práctica de decir tres Ave Marías por la mañana y por la noche antes de acostarnos.

    Esta simple pero poderosa devoción fue impulsada por muchos santos, incluyendo a San Antonio de Padua, San Leonardo de Puerto Mauricio y San Alfonso Ligorio.

    El propósito de esta devoción es pedir a Nuestra Señora por la gracia de vivir una vida santa día a día. Cada Ave María es en honor de cada una de las Personas de La Santísima Trinidad y pide una gracia específica.

    En una visión dada a Santa Matilde de Hackerborn, la Santísima Madre describió la devoción en estos términos:

    Por la primera Ave María, pedirás en virtud del poder supremo que Dios el Padre me ha dado para fortalecerme en los combates y para defenderme en contra del poder del enemigo maligno.

    Por la segunda Ave María, rogaras, a través de la admirable sabiduría que hemos recibido de tu Hijo, que deje brillar la verdad en tu alma y disipar de ella la oscuridad de la ignorancia y del error.

    Por la tercera Ave María, pedirás por el fuego ardiente del amor con que el Espíritu Santo nos infunde, que te de caridad ardiente que hará capaz de sobreponerte al miedo y a la lucha de la muerte.

    Esta devoción es especialmente poderosa combatiendo pecados de lujuria.

    San Alfonso, uno de los grandes promotores de esta devoción, recomendaba agregar esta pequeña oración al final:
    “Por la pura e Inmaculada Concepción, oh María, haz mi cuerpo puro y mi alma santa”.

    Otra opción es orar:

    “Madre, protégeme este día del pecado mortal”

    No importa cuán ocupados estemos, podemos buscar tiempo para esta simple, rápida y poderosa devoción. Es una excelente pieza para la armadura espiritual, y si la practicamos con fe, creceremos en santidad y encontraremos fortaleza para nuestra lucha contra el pecado.

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  5. Sé dice normalmente que una madre no debería ver morir a sú hijo antes que ella., que es un dolor tan grande que nadie te prepara para soportar ese sufrimiento.. Con la Virgen no iba a ser menos no hay parte de sú cuerpo que no sintiera el sufrimiento de sú hijo. Cada lágrima de la Virgen equivalía ha una gota de sangre de su vida ¡. Dolor que acompaña al dolor. Amor que iguala al Amor…

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