«Sepa vuestra señoría que todo el mal de esta doncella nace de la ociosidad, cuyo remedio es la ocupación honesta y continua» (Cervantes)

«El trabajo debe ayudar al hombre
a hacerse mejor, espiritualmente
más maduro, más responsable,
para que pueda realizar su vocación
sobre la tierra, sea en comunidad
con los demás, y sobre todo
en la comunidad humana fundamental
que es la familia».

San Juan Pablo II
Discurso en Czestochowa, 6-6-1979

El hombre está hecho para trabajar, para caminar, para respirar. El trabajo puede ser camino hacia Dios; es también la fragua donde se fabrica esta virtud de la laboriosidad.

El esfuerzo, la dificultad, el espíritu de sacrificio acompañan de ordinario a la tarea bien hecha. Para trabajar bien, la persona necesita poner en ejercicio mucho de sí, muchas virtudes humanas, y admitir la incertidumbre acerca de si alcanzará el final que se pretende, mantener esta esperanza y practicar la constancia, la paciencia y el tesón, sostenidos en el tiempo: son estos factores y virtudes indispensables ante toda tarea que se emprende.

El perezoso, el holgazán, el flojo, el indolente son algo anómalo: el hombre no está hecho para vivir así, sino para el trabajo, para que con esfuerzo desarrolle su personalidad, su espíritu creador….

Antes del pecado apareció el trabajo como un encargo de Dios y, por lo tanto, vinculado a nuestra naturaleza. En la expresión dominad la tierra y sometedla se encierra una clave: el hombre necesita el trabajo para su propia perfección como persona.

Junto a la tendencia a la comodidad, a la pereza, a no terminar lo que se empieza, existe en los hombres el impulso natural a la acción, al ejercicio de las capacidades que descubrimos en nosotros mismos. «El hombre animoso y diligente está dispuesto a todo».

Sin trabajo la persona se desmorona, se corrompe. Una breve sentencia de don Quijote lo expresa en pocas palabras: «sepa Vuestra Señoría que todo el mal de esta doncella –se refiere a Altisidora– nace de la ociosidad, cuyo remedio es la ocupación honesta y continua». Un buen remedio.

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La alegría en el trabajo

El universo existe por pura generosidad de Dios, que, sin necesidad alguna, quiso crearlo.

Un recorrido por la montaña permite descubrir rincones poco frecuentados donde al pie de una roca –casi escondidas– han crecido unas bellísimas flores. Son parte de la creación.

Si la suerte nos permite mirar el cielo de noche en la oscuridad del campo, podremos ver miles de estrellas que cubren y alfombran el cielo por completo: cuenta, si puedes, las estrellas, dijo Dios a Abrahán.

Estas experiencias llevan fácilmente a pensar que Dios, al crear todas las cosas, experimentó un gran gozo si hablamos en términos humanos.

Hay una alegría en trabajar bien; se descubre entonces el gozo ante lo que está bien acabado. Es el gozo de crear cosas, aunque se trate de un ladrillo, de una lámpara. Aparece ante nosotros el fruto logrado, surge –como una recompensa– el gozo de sentirnos colaboradores de Dios en su obra creadora.

El mayor gozo en nuestras tareas se encuentra al saber que Dios nos ve mientras trabajamos. Si estamos convencidos de que Él acompaña y comparte los múltiples incidentes que conlleva lo que producimos, podemos incluso sonreírnos ante las dificultades y de las pequeñas equivocaciones que procuramos rectificar. No hace falta contarle nada, basta buscarle en el centro del corazón con la certeza de que está ahí, cercano. Trabajar mano a mano con el Señor viene a ser un gozo bien grande.

Con esta visión el trabajo se convierte en cooperación con el Creador.

Es más fácil la alegría si uno se dedica al trabajo que le gusta, para el que se ha preparado, el que ha elegido: esa persona, si es activa y emprendedora, disfruta con su quehacer.

Cuando no es así –porque son muchas las personas que no pueden trabajar en lo que quieren y les gusta–, también es posible alcanzar alegría por diversos motivos. Lo importante es descubrir que todo trabajo que se realiza y se termina bien puede ser fuente de alegría, una alegría que, si se comparte con el Señor, se multiplica por el hecho de saber con certeza que a Él le agrada. Él está contento con nuestra labor.

4 comentarios sobre “«Sepa vuestra señoría que todo el mal de esta doncella nace de la ociosidad, cuyo remedio es la ocupación honesta y continua» (Cervantes)

  1. Sonreír porque Dios sonríe, sonreír porque con mis defectos soy cómico, sonreír porque los demás lo necesitan. Son las tres sonrisas que deben caracterizar a un cristiano

    “No se puede anunciar el Evangelio con cara de funeral”. La provocación de Papa Francisco no es una broma casual, y la idea de que los cristianos no deben mostrarse tristes no es nueva: “¡Deberían cantarme cantos mejores, para que yo me decida a creer en su Salvador! ¡Sería necesario que sus discípulos tuvieran más aspecto de gente salvada!”, decía Nietzsche.

    Pero ¿cómo ser capaces de sonreír cuando las preocupaciones, el trabajo, los pequeños contratiempos y los grandes dolores son tan frecuentes en la vida?

    La primera sonrisa es la fundamental: “Sonríe el que está en los Cielos”, dice la Biblia. Y aún: “La alegría del Señor es vuestra fuerza”. Es la sonrisa de Dios. La alegría con la cual el Creador contempla a cada una de sus criaturas debe ser el fundamento sólido de la serenidad y de la paz de cada uno de nosotros.

    ¿Pero no puede ser irreverente pensar que Dios, el Señor del Universo, sonría? “Dios debe amarnos tanto más cuanto más le hagamos reír”, dice un personaje creado por Ray Bradbury. “Nunca había pensado al Señor como a un humorista”, le responde alguien. La respuesta es inmediata: “¿El Creador del ornitorrinco, del camello, del avestruz y del hombre? ¡Oh, venga ya!”.

    La segunda sonrisa es aquella con la cual me miro a mí mismo. Sin perder de vista mi humanidad, mis límites, que no son necesariamente defectos y no deben ser tomados demasiado en serio. Mi Creador me quiere así, como soy, porque si me hubiera querido diferente, me hubiera hecho diferente.

    “Saber ver el aspecto divertido de la vida y su dimensión alegre, sin tomarse todo de forma trágica −dijo una vez Benedicto XVI−, es algo muy importante, diría que necesario, para mi ministerio. Un escritor dijo que los ángeles pueden volar porque no se toman demasiado en serio. Y nosotros quizá podríamos volar un poco más si no nos diéramos tanta importancia”.

    Sonreír es un acto de humildad, quiere decir que me acepto a mí mismo y a mi modo de ser, permaneciendo allí donde estoy con santa paz. Sin tomarme muy en serio, porque “la seriedad no es una virtud. Quizá sea una herejía decir que la seriedad es un vicio, pero al menos es una herejía inteligente. Hay realmente una tendencia (una especie de decadencia) natural a tomarse en serio, porque es la actitud más fácil de vivir. La solemnidad es propia de los hombres que no se quieren esforzar; en cambio, una carcajada exige entusiasmo. Es fácil ser tristes, y es difícil ser sencillos. Satanás cayó por la fuerza de la gravedad” (Chesterton).

    La tercera sonrisa es consecuencia de las dos anteriores. Es la sonrisa con la cual acojo a las demás personas, especialmente a aquellas con las que vivo y trabajo. Mostrándoles afecto y sin dar demasiada importancia a posibles errores o roces. Con rostro alegre, Madre Teresa de Calcuta, al recibir el Premio Nobel sorprendió al público al hacerles esta sugerencia: “Sonreíd unos a los otros, dedicad tiempo para estar junto a vuestras familias. Sonreíros mutuamente”.

    “El vestido, la sonrisa y el modo de caminar revelan cómo es cada hombre”, dice el libro de la Sabiduría.

    La sonrisa puede ser verdaderamente ese signo que permita a los demás reconocer a un cristiano.

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  2. REFLEXIONES DE SAN JUAN BOSCO
    SOBRE LA ALEGRÍA ☘🌸 ☘
    ☘ Para nosotros la base de toda santidad consiste en estar siempre alegres

    ☘ Dios favorece al hombre alegre.

    ☘ El demonio no puede resistir a la gente alegre.

    ☘ Alegría, oración y comunión son el secreto de nuestra resistencia.

    ☘ Si quieres una vida alegre y tranquila, procura estar siempre en gracia de Dios.

    ☘ Para ejercer una influencia benéfica entre los niños, es indispensable participar de sus alegrías.

    ☘ ¿Queréis estar siempre satisfechos y risueños?. Es la obediencia la que nos lleva a esa alegría.

    ☘ Vuestras plegarias y alabanzas para que sean agradables a Dios, hacedlo no solamente con recogimiento de espíritu, sino con gozo y alegría de corazón.

    ☘ Al Señor le agrada que le sirvan con gusto, porque haciéndolo con alegría y de corazón, se ama más a Dios.

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  3. Cada mañana nacemos de nuevo, lo que hacemos hoy es lo que más importa.

    Cuál es?

    ¿El día más bello? Hoy.

    ¿La cosa más fácil? Equivocarse.

    ¿El obstáculo más grande? El miedo.

    ¿El mayor error? Abandonarse.

    ¿La raíz de todos los males? El egoísmo.

    ¿La distracción más bella? El trabajo.

    ¿La peor derrota? El desaliento.

    ¿La primera necesidad? Comunicarse.

    ¿Lo que más hace feliz? Ser útil a los demás.

    ¿El misterio más grande? La muerte.

    ¿El peor defecto? El mal humor.

    ¿La persona más peligrosa? La envidiosa.

    ¿El sentimiento más ruin? El rencor.

    ¿El regalo más bello? El perdón.

    ¿Lo más imprescindible? El hogar.

    ¿La ruta más rápida? El camino correcto.

    ¿La sensación más grata? La paz interior.

    ¿El resguardo más eficaz? La sonrisa.

    ¿El mejor remedio? El optimismo.

    ¿La mayor satisfacción? El deber cumplido.

    ¿La fuerza más potente del mundo? La fe.

    ¿La cosa más bella de todas? El amor.

    ¿Los mejores profesores? Los niños.

    ¿Las personas más necesarias? Los padres.

    ¿Una de las mayores alegrías? Tener amigos de verdad, saber que cuentas con alguien, aunque sepas que ellos no van a resolver tus problemas…

    Pero toda esta belleza que encontramos en la vida… La tenemos gracias a los dones que Dios nos dio y a su infinito amor…

    María Teresa De Calcuta

    1 Timoteo 6:11
    Mas tú, oh hombre de Dios, sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos.

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  4. Queridos amigos, la alegría está íntimamente unida al amor; ambos son frutos inseparables del Espíritu Santo (cf. Ga 5,23). El amor produce alegría, y la alegría es una forma del amor. La beata Madre Teresa de Calcuta, recordando las palabras de Jesús: «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35), decía: «La alegría es una red de amor para capturar las almas. Dios ama al que da con alegría. Y quien da con alegría da más». El siervo de Dios Pablo VI escribió: «En el mismo Dios, todo es alegría porque todo es un don» (Ex. ap. Gaudete in Domino, 9 mayo 1975).

    Pensando en los diferentes ámbitos de vuestra vida, quisiera deciros que amar significa constancia, fidelidad, tener fe en los compromisos. Y esto, en primer lugar, con las amistades. Nuestros amigos esperan que seamos sinceros, leales, fieles, porque el verdadero amor es perseverante también y sobre todo en las dificultades. Y lo mismo vale para el trabajo, los estudios y los servicios que desempeñáis. La fidelidad y la perseverancia en el bien llevan a la alegría, aunque ésta no sea siempre inmediata.

    Para entrar en la alegría del amor, estamos llamados también a ser generosos, a no conformarnos con dar el mínimo, sino a comprometernos a fondo, con una atención especial por los más necesitados. El mundo necesita hombres y mujeres competentes y generosos, que se pongan al servicio del bien común. Esforzaos por estudiar con seriedad; cultivad vuestros talentos y ponedlos desde ahora al servicio del prójimo. Buscad el modo de contribuir, allí donde estéis, a que la sociedad sea más justa y humana. Que toda vuestra vida esté impulsada por el espíritu de servicio, y no por la búsqueda del poder, del éxito material y del dinero.

    A propósito de generosidad, tengo que mencionar una alegría especial; es la que se siente cuando se responde a la vocación de entregar toda la vida al Señor. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de la llamada de Cristo a la vida religiosa, monástica, misionera o al sacerdocio. Tened la certeza de que colma de alegría a los que, dedicándole la vida desde esta perspectiva, responden a su invitación a dejar todo para quedarse con Él y dedicarse con todo el corazón al servicio de los demás. Del mismo modo, es grande la alegría que Él regala al hombre y a la mujer que se donan totalmente el uno al otro en el matrimonio para formar una familia y convertirse en signo del amor de Cristo por su Iglesia.

    Quisiera mencionar un tercer elemento para entrar en la alegría del amor: hacer que crezca en vuestra vida y en la vida de nuestras comunidades la comunión fraterna. Hay vínculo estrecho entre la comunión y la alegría. No en vano san Pablo escribía su exhortación en plural; es decir, no se dirige a cada uno en singular, sino que afirma: «Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4). Sólo juntos, viviendo en comunión fraterna, podemos experimentar esta alegría. El libro de los Hechos de los Apóstoles describe así la primera comunidad cristiana: «Partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón» (Hch 2,46). Empleaos también vosotros a fondo para que las comunidades cristianas puedan ser lugares privilegiados en que se comparta, se atienda y cuiden unos a otros.

    Para vivir la verdadera alegría también hay que identificar las tentaciones que la alejan. La cultura actual lleva a menudo a buscar metas, realizaciones y placeres inmediatos, favoreciendo más la inconstancia que la perseverancia en el esfuerzo y la fidelidad a los compromisos. Los mensajes que recibís empujar a entrar en la lógica del consumo, prometiendo una felicidad artificial. La experiencia enseña que el poseer no coincide con la alegría. Hay tantas personas que, a pesar de tener bienes materiales en abundancia, a menudo están oprimidas por la desesperación, la tristeza y sienten un vacío en la vida. Para permanecer en la alegría, estamos llamados a vivir en el amor y la verdad, a vivir en Dios.

    La voluntad de Dios es que nosotros seamos felices. Por ello nos ha dado las indicaciones concretas para nuestro camino: los Mandamientos. Cumpliéndolos encontramos el camino de la vida y de la felicidad. Aunque a primera vista puedan parecer un conjunto de prohibiciones, casi un obstáculo a la libertad, si los meditamos más atentamente a la luz del Mensaje de Cristo, representan un conjunto de reglas de vida esenciales y valiosas que conducen a una existencia feliz, realizada según el proyecto de Dios. Cuántas veces, en cambio, constatamos que construir ignorando a Dios y su voluntad nos lleva a la desilusión, la tristeza y al sentimiento de derrota. La experiencia del pecado como rechazo a seguirle, como ofensa a su amistad, ensombrece nuestro corazón.

    Pero aunque a veces el camino cristiano no es fácil y el compromiso de fidelidad al amor del Señor encuentra obstáculos o registra caídas, Dios, en su misericordia, no nos abandona, sino que nos ofrece siempre la posibilidad de volver a Él, de reconciliarnos con Él, de experimentar la alegría de su amor que perdona y vuelve a acoger.

    Queridos jóvenes, ¡recurrid a menudo al Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación! Es el Sacramento de la alegría reencontrada. Pedid al Espíritu Santo la luz para saber reconocer vuestro pecado y la capacidad de pedir perdón a Dios acercándoos a este Sacramento con constancia, serenidad y confianza. El Señor os abrirá siempre sus brazos, os purificará y os llenará de su alegría: habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte (cf. Lc 15,7).
    (Papa Francisco a los jóvenes)

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