El cielo callado

¡Qué misterioso eres, Jesús!

Dices: Quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre. Pero, si clavo mis ojos en el crucifijo, tu palabra es silencio, y Tú mismo mueres. ¿Cómo dices que no veré la muerte, cuando te veo morir, y reconozco la muerte en mis miembros? ¿Por qué me pides que guarde tu palabra, si sólo escucho tu silencio en el Calvario?

Sé que olvido el para siempre. No has dicho quien guarde mi palabra no verá la muerte, sino no verá la muerte para siempre. Pero, a mí, las horas que van del viernes al domingo me parecen una eternidad. Me parecen el infierno, porque tu silencio lo siento como ausencia.

Este año, callaré contigo. No te haré más preguntas. Me abrazaré a Ti, y sabré que, al guardar silencio, te guardo a Ti, que eres la Palabra. Voy a abrazarte muy muy fuerte, y me sumergiré contigo en las tinieblas. Callaremos juntos, y así tu silencio no será infierno, sino cielo callado. Prefiero el cielo callado al infierno.

Veré la muerte, veré tu muerte. Pero, si, abrazado a Ti, también la muero yo, el para siempre triunfará sobre el silencio. Resucitaremos juntos.

Bendito cielo callado.

(José-Fernando Rey)

2 comentarios sobre “El cielo callado

  1. Estad tranquilos, no os dejaré huérfanos, os enviaré un abogado, el Espíritu Santo, para defenderos ante el Padre. En particular, nos fijamos en el Paráclito, el Espíritu Santo, que nos acompaña y nos da la seguridad de ser salvados por Jesús.

    Solo el Espíritu Santo nos enseña a decir: Jesús es el Señor. Sin el Espíritu, ninguno de nosotros es capaz de decirlo, de sentirlo, de vivirlo. Jesús, en otros pasajes dijo: Él os conducirá a la Verdad plena, os acompañará a la Verdad plena. Él os recordará todas las cosas que yo he dicho; os lo enseñará todo. Es decir, el Espíritu Santo es el compañero de camino de todo cristiano, y también el compañero de camino de la Iglesia. Y ese es el don que Jesús nos da.

    El Espíritu Santo es un don: el gran don de Jesús, el que no nos hace equivocarnos. Pero, ¿dónde vive el Espíritu? En los Hechos de los Apóstoles (16,11-15), encontramos la figura de Lidia, comerciante de púrpura, una que sabía hacer las cosas, a la que el Señor le abrió el corazón para unirse a la Palabra de Dios. El Señor le abrió el corazón para que entrase el Espíritu Santo y ella fuese una discípula. Es precisamente en el corazón, donde llevamos al Espíritu Santo. La Iglesia lo llama el dulce huésped del corazón: ¡está aquí! Pero en un corazón cerrado no puede entrar. ¿Y dónde se compran las llaves para abrir el corazón? No: eso también es un don. Es un don de Dios. Señor, ábreme el corazón para que entre el Espíritu y me haga entender que Jesús es el Señor. Esta es una oración que debemos hacer en estos días: Señor, ábreme el corazón para que yo pueda comprender lo que Tú nos has enseñado. Para que yo pueda recordar tus palabras. Para que yo pueda seguir tus palabras. Para que yo llegue a la verdad plena.

    Así pues, corazón abierto para que el Espíritu entre y podamos escuchar al Espíritu. Yo haré solo dos preguntas. Primera: ¿Yo pido al Señor la gracia de que mi corazón esté abierto? Segunda pregunta: ¿Yo procuro escuchar al Espíritu Santo, sus inspiraciones, las cosas que Él dice a mi corazón para que vaya adelante en mi vida de cristiano, y pueda dar testimonio yo también de que Jesús es el Señor? Pensemos en estas dos cosas, hoy: mi corazón está abierto, y hago el esfuerzo de oír al Espíritu Santo, qué me dice. Así iremos adelante en la vida cristiana y daremos también nosotros testimonio de Jesucristo.

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  2. El Papa Francisco y su enseñanza sobre la primavera

    ¿Una planta enferma florece bien?, preguntó en la audiencia el Pontífice, a quien le vuela el solideo mientras improvisa palabras para despertar los sentidos de los fieles en el día que inicia oficialmente en Europa la estación de la primavera

    El papa Francisco sorprendió a los 15.000 fieles presentes en la Plaza de San Pedro en la audiencia general del miércoles 21 de marzo 2018 con una improvisación sobre el significado de la primavera.

    “Una vida debe florecer en las obras de caridad, en hacer el bien. Pero si tú, no tienes las raíces, no podrás ser sanado. ¿Y quien es la raíz? ¡Jesús! Si, tú no estás con Jesús no florecerás”.

    Sin hojas preparadas, el Sucesor de Pedro empezó en esta mañana soleada un elogio a la primavera desde una visión espiritual y cristiana: “¿Qué pasa en primavera? Florecen los arboles. ¿Un árbol o una planta enferma florece bien? ¡No! ¿Un árbol o una planta que no reciben agua, de lluvia o artificialmente, pueden florecer bien? ¡No! -respondió el público-“.

    “¿Un árbol o una planta a la que le arrancaron las raíces puede florecer? ¡No! ¿Pero, sin raíces no se puede vivir?. ¡No! – Este es el mensaje: Una vida cristiana debe ser una vida del florecer en lo eterno – le vuela solideo- (risas).

    “Una vida que debe florecer en las obras de caridad, en hacer el bien. Pero si tú, no tienes las raíces, no podrás ser sanado. ¿Y quien es la raíz? ¡Jesús! Si, tú no estás con Jesús no florecerás”, expresó el Obispo de Roma.

    Luego se refirió al alimento de esas raíces también a través de la Palabra y los Sacramentos de la Iglesia, pero siempre desde la ‘raíz” que es Jesús. Así, Francisco deseó a todos una primavera florecida, como será la ‘Pascua florecida’; “florecida de buenas obras, de virtud y de hacer el bien a los demás”.

    Francisco recordó un dicho de su patria, Argentina:“Lo que del árbol ha florecido, viene de debajo de la tierra…¡Nunca cortar las raíces con Jesús!”.

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