Con tus ojos abriste un camino [día 30]

Cuando te atacan, sólo puedes mirar en dos direcciones: o miras a quien te ataca, y te enfrentas con él, o miras en dirección contraria, y sales corriendo. Y esta norma es válida también en caso de ataque «moral». Si fulano habla mal de ti, puedes ocuparte de él y difamarlo, o puedes prescindir de él, y hacer como que no has oído nada.

Los judíos trataban de matarlo. La grandeza de Jesús consiste en haber abierto un camino nuevo ante las insidias de los hombres. Por ese camino han transitado santos y mártires. Ante quienes lo crucificaron, Jesús no miró a un lado ni a otro. Ni se defendió de ellos, como hubiera querido Simón Pedro, ni huyó de ellos, como le sugirió el mal ladrón.

El Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado. Mientras lo crucificaban, Jesús miraba al cielo, hacia su Padre. Y, con su mirada, imploraba el perdón para sus verdugos.

Haz tú lo mismo. Ni te defiendas de los hombres, ni huyas de ellos. Ofrece por ellos, unido a Cristo, tu vida a Dios. Y así los redimirás. (José-Fernando Rey)

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5 comentarios sobre “Con tus ojos abriste un camino [día 30]

  1. La alegría de la buena conciencia.

    1. La gloria del hombre bueno, es el testimonio de la buena conciencia. Ten buena conciencia, y siempre tendrás alegría. La buena conciencia muchas cosas puede sufrir, y muy alegre está en las adversidades. La mala conciencia siempre está con inquietud y temor. Suavemente descansarás, si tu corazón no te reprende. No te alegres sino cuando obrares bien. Los malos nunca tienen alegría verdadera ni sienten paz interior; porque dice el Señor: No tienen paz los malos. Y si dijeren: En paz estamos, no vendrá mal sobre nosotros: ¿quién se atreverá a ofendernos? No los creas, porque de repente se levantará la ira de Dios, y pararán en nada sus obras, y perecerán sus pensamientos.

    2. No es dificultoso el que ama gloriarse en la tribulación; porque gloriarse de esta suerte, es gloriarse en la cruz del Señor. Breve es la gloria que se da y recibe de los hombres. La gloria del mundo siempre va acompañada de tristeza. La gloria de los buenos está en sus conciencias, y no en la boca de los hombres. La alegría de los justos es de Dios, y en Dios, y su gozo es la verdad. El que desea la verdadera y eterna gloria, no hace caso de la temporal. Y el que busca la gloria temporal, o no la desprecia de corazón, señal es que ama menos la celestial. Gran quietud de corazón tiene el que no se le da nada de las alabanzas ni de las afrentas.

    3. Fácilmente estará contento y sosegado el que tiene la conciencia limpia. No eres más santo porque te alaben, ni más vil porque te desprecien. Lo que eres, eso eres; y por más que te estimen los hombres, no puedes ser, ante Dios, más grande de lo que eres. Si miras lo que eres dentro de ti, no tendrás cuidado de lo que de ti hablen los hombres. El hombre ve lo de fuera, mas Dios el corazón. El hombre considera las obras, y Dios pesa las intenciones. Hacer siempre bien, y tenerse en poco, señal es de un alma humilde. No querer consolación de criatura alguna, señal de gran pureza y de cordial confianza.

    4. El que no busca la aprobación de los hombres, claramente muestra que se entregó del todo a Dios. Porque dice San Pablo: No el que se alaba a sí mismo es aprobado, sino el que Dios alaba. Andar en lo interior con Dios, y no embarazarse de fuera con alguna aflicción, estado es de varón espiritual.
    (Kempis: Imitación de Cristo)

  2. ejemos que Dios escriba nuestra vida. Es la exhortación que ha hecho esta mañana el Papa Francisco, durante la misa en la capilla de Casa Santa Marta, al detenerse a reflexionar sobre las figuras de Jonás y del Buen Samaritano, en la liturgia del día. A veces puede suceder, dijo el Papa, que un cristiano, un católico huya de Dios, mientras que un pecador, considerado como alejado de Dios, escuche la voz del Señor.

    Jonás sirve al Señor, reza y hace mucho bien, pero cuando el Señor le llama empieza a huir. El Papa Francisco quiso centrar su homilía en el tema de la “huida de Dios”. Jonás, subraya, “tenía su historia escrita” y “no quería que le molestaran”. El Señor le envía a Nínive y él “coge una nave para España. Huía del Señor”:

    “La fuga de Dios. Se puede huir de Dios, pero incluso siendo cristiano, siendo católico, siendo de la Acción Católica, siendo sacerdote, obispo, Papa … todos, todos podemos huir de Dios. Es una tentación cotidiana. No escuchar a Dios, no escuchar su voz, no sentir en el corazón su propuesta, su invitación. Se puede huir directamente. Hay otras maneras de huir de Dios, un poco más educadas, un poco más sofisticadas, ¿ no? En el Evangelio está este hombre medio muerto, tirado sobre el suelo de la calle, y por casualidad un sacerdote bajaba por el mismo camino – un digno sacerdote, vestido con la talar, bien, ¡bravísimo! Vio y pensó: ‘Llego tarde a Misa’, y pasó de largo. No había oído la voz de Dios, allí”.

    Pasa después un levita, que, dice el Papa, quizás haya pensado: “Si yo le cojo o me acerco, quizás esté muerto, y mañana tengo que ir adonde el juez y testificar…” y pasó de largo. También él, observa el Papa, huye “de esta voz de Dios”. Y añade: “Sólo tiene la capacidad de entender la voz de Dios uno que habitualmente huía de Dios, un pecador”, un samaritano. Este, constata, “es un pecador, alejado de Dios”, y sin embargo “ha escuchado la voz de Dios y se ha acercado”.

    El samaritano, observa, “no estaba acostumbrado a las prácticas religiosas, a la vida moral, también teológicamente estaba equivocado”, porque los samaritanos “creían que a Dios había que adorarle en otra parte y no donde el Señor quería”. Y sin embargo, reflexionó, el samaritano “comprendió que Dios le llamaba y no huyó”. “Se le acercó, le vendó las heridas rociándolas de aceite y vino, y después le cargó sobre su cabalgadura” y aún más, “le llevo a un albergue y lo cuidó. Perdió toda la noche”:

    “El sacerdote llegó a tiempo a la Santa Misa, y todos los fieles contentos; el levita tuvo, el día después, una jornada tranquila según él había pensado hacer, porque no tuvo este lío de ir al juez y todas estas cosas… ¿Y por qué Jonás huyó de Dios? ¿Por qué el sacerdote huyó de Dios? ¿Por qué el levita huyó de Dios? Porque tenían el corazón cerrado, no podían escuchar la voz de Dios. En cambio, un samaritano que estaba de viaje ‘vio y tuvo compasión de él’: tenía el corazón abierto, era humano. Y la humanidad le acercó”.

    “Jonás – observa el Papa – tenía un diseño de su vida: quería ser él el que escribiera su historia” y lo mismo el sacerdote y el levita. “Un diseño de trabajo”. En cambio, prosigue el Pontífice, este pecador, el samaritano “se dejó escribir la vida por Dios: lo cambió todo, esa noche, porque el Señor le había acercado la persona de este pobre hombre herido, gravemente herido, tirado por la calle”:

    “Yo me pregunto, y os pregunto también a vosotros: ¿dejamos que Dios nos escriba la vida, o queremos escribirla nosotros? Y esto nos habla de la docilidad: ¿somos dóciles a la Palabra de Dios? ‘Sí, yo quiero ser dócil’. Pero tu, ¿eres capaz de escucharla, de sentirla? ¿Tienes capacidad de encontrar la Palabra de Dios en la historia de cada día, o tus ideas son las que te guían, y no dejas que la sorpresa del Señor te hable?”

    “Tres personas que huyen de Dios – resumió el Papa – y otra en situación irregular” que es “capaz de escuchar, abrir el corazón y no huir”. Estoy seguro, dijo el Papa, de que todos vemos que “el samaritano, el pecador, no huyó de Dios”. Que el Señor, concluyó , “nos conceda escuchar su voz, que nos dice: Ve y haz tu lo mismo”.

    (Papa Francisco)

  3. Hablar mal del prójimo es un defecto muy dañino, porque manifiesta poco respeto por el otro y hace poco confiable a quien tiene este mal hábito.

    El que se acostumbra hablar mal del otro, también podrá hablar mal de ti en algún momento, porque quizás ya es un hábito adquirido y en muchos casos, no es fácil de erradicar.
    Como veis, es un defecto que no sólo debemos de cambiar porque es pecado sino porque daña las relaciones humanas, y tampoco ayuda a forjar amistades sinceras.

    Ahora veamos que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre esto.

    Dentro de los pecados que atentan contra el octavo mandamiento encontramos los juicios temerarios, la calumnia y la maledicencia.

    A veces con ligereza se utiliza el don de la palabra, y se hace mucho daño con ella. Así lo explica el Catecismo:

    •Juicio temerario: consiste en admitir, incluso tácitamente, como verdadero, sin tener para ello fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo.

    •Maledicencia: Consiste en manifestar los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran, sin una razón objetivamente válida.

    •La calumnia: consiste en dañar la reputación del prójimo afirmando cosas falsas o dando ocasión a juicios falsos respecto del mismo, mediante palabras contrarias a la verdad.

    Hablar mal del prójimo:
    Creo que no son pocas las veces en que con ligereza se atribuyen males morales a otros sin tener la seguridad de si es así.

    Quizás basándose en suposiciones, impresiones subjetivas, o comentarios escuchados, se lanzan afirmaciones que dejan entrever una duda sobre la buena honra del otro.

    Incluso algunas veces tácitamente, con un gesto se puede dejar abierta la puerta a que se ponga en duda la buena fama y reputación de una persona.

    ¡Cuánto daño se puede hacer con esto! Y ni que decir de la calumnia donde se levanta un juicio falso con el único objetivo de hacerle daño a alguien.

    Cuesta limpiar la reputación
    Es muy doloroso ver como, al levantar falsos testimonios, se daña la reputación de las personas, cosa que después es muy difícil limpiar.

    Mi papá, para corregirnos frente a este defecto, cuando éramos niñas, siempre nos contaba la conocida historia de una persona que va donde el sacerdote a decirle que ha hablado mal de otro en una reunión y él le dice:
    “Haga lo siguiente: tráigame una gallina pero quiero que durante el camino la vaya desplumando. La persona hizo caso y cuando llegó donde el sacerdote, este le dijo: Ahora vaya, por favor y recoja todas las plumas.

    La persona le respondió: Padre esto es imposible. Bueno, lo mismo sucede cuando usted habla mal de alguien, algunas cosas podrá recoger, pero muchas otras no.”

    Por lo tanto pongamos siempre atención a nuestras palabras. Para avanzar en este dominio de la palabra, podrías preguntarte, antes de hablar:
    •¿Esto que voy a contar de tal persona, sería capaz de decirlo enfrente de ella?
    •¿cuál es el objetivo de lo que voy a decir?
    •¿Ayudará en algo o beneficiará a mi prójimo?
    •Si soy yo el que comete el error ¿me gustaría estar en boca de todo el mundo?

    Porque si mi objetivo es ayudar a que la persona cambie, pues es a esa persona es a quien tengo que buscar, para hacer una corrección fraterna, con amor y sin hacer juicios.
    Creo que siempre es bueno seguir aquello que Jesús enseñó:
    “Trata a los demás como te gustaría que te traten a ti”.

    También recomiendo pedirle a Dios ayuda para crecer en el dominio de la palabra. Y por último no juzgar, no estar mirando la paja en el ojo ajeno;
    Termino recomendándoos que leais el capitulo 3 de la carta del apóstol Santiago. Aquí una breve cita:

    “Animales salvajes y pájaros, reptiles y peces de toda clase, han sido y son dominados por el hombre. Por el contrario, nadie puede dominar la lengua, que es un flagelo siempre activo y lleno de veneno mortal. Con ella bendecimos al Señor, nuestro Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios. De la misma boca salen la bendición y la maldición. Pero no debe ser así, hermanos.” (Stgo 3,5-10)

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