Solo cuando reconocemos nuestra ignorancia y miramos a los otros con buenos ojos estamos en condiciones de ser justos

La justicia en la vida cotidiana pasa por «enjuiciar a los demás no según su aspecto exterior, sino conforme a su disposición de ánimo». Quizá no es posible reprimir, en un primer momento, la reacción que nos lleva a pensar mal de otra persona, de formarnos una idea negativa por su forma de hablar, de reír o de vestir. Pero la injusticia comienza cuando el pensamiento se prolonga, concluye y se transforma en rechazo hacia esa persona; cuando lo manifestamos en voz alta o lo comunicamos a otros como si fuese verdad.

Pensar bien de los demás, no dejarse llevar de las apariencias, reconocer nuestra ignorancia acerca de los motivos íntimos de su actuación, evitar conclusiones radicales, prescindir de aquel refrán nefasto piensa mal y acertarás.

Estas son las premisas que ayudan a ser justos. Lo contrario forma una cadena de juicios erróneos en su mayoría y, por lo tanto, injustos.

La maraña de los juicios equivocados, la interpretación precipitada de las intenciones ajenas, la mirada superficial y crítica, ese rumiar prolongado de nuestro pensamiento sobre quienes nos rodean adjudicándoles malas intenciones, nos lleva a la injusticia con toda facilidad.

Necesitamos un corazón nuevo que sepa mirar a todos con ojos limpios y libres. Es así como se puede descubrir la verdad de fondo que existe en cada persona. El Señor miraba así a las personas: se enterneció de compasión por ellas porque estaban fatigadas y cansadas como ovejas sin pastor.

Justicia y caridad

Muchas veces se ha dicho que la justicia sin caridad es injusta, y la afirmación es cierta. Sin embargo, la justicia, en un sentido profundo, es misericordia, compasión y caridad.

Cada virtud no es un campo cerrado o incomunicado con las demás virtudes. Todas ellas forman una trama en la que se unen, formando un todo en la vida de las personas buenas, en las que resplandece la armonía de las virtudes. Todas las virtudes se relacionan, ninguna es químicamente pura.

bondad.jpegLa justicia es una forma de actuar de acuerdo con la verdad: respetar la realidad de las personas en sus circunstancias. Ejercer hacia todos misericordia, comprensión, flexibilidad, clemencia y compasión es precisamente justicia. Solo así se es justo en el sentido verdadero.

Desde este punto de vista se puede entender algo más acerca de la justicia de Dios y de su misericordia, que bajo ningún concepto son contradictorias, porque Él conoce todas las cosas y nos quiere.

Solo cuando reconocemos nuestra ignorancia y miramos a los otros con ojos buenos estamos en condiciones de ser justos.

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5 comentarios sobre “Solo cuando reconocemos nuestra ignorancia y miramos a los otros con buenos ojos estamos en condiciones de ser justos

  1. Mientras mejor es el hombre, más faltas cometerá, porque tratará de hacer más cosas nuevas.
    Yo nunca promovería a la posición más alta del trabajo a un hombre que no esté cometiendo errores … porque sin duda se trata de un mediocre.
    Los errores, en realidad, pavimentan el camino para alcanzar el éxito.

    He aquí una serie de reflexiones que me ayudan a mantener los errores en perspectiva. Los errores son …

    Mensajes que nos realimentan acerca de la vida.
    Interrupciones que nos hacen reflexionar y pensar.
    Señales en el camino que nos indican la dirección correcta.
    Pruebas que aumentan nuestro proceso de maduración.
    Despertamientos que nos mantienen mentalmente en el juego.
    Llaves que podemos usar para abrir la siguiente puerta de la oportunidad.
    Exploraciones que nos hacen andar por donde nunca antes habíamos pasado.
    Afirmaciones sobre nuestro desarrollo y progreso.

    Veamos la vida como una escalera de aprendizaje donde aun las caídas se pueden convertir en un peldaño mas.

    Salmo 51:1-4
    Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones.
    Lávame por completo de mi maldad, y límpiame de mi pecado.
    Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí.
    Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas, y sin reproche cuando juzgas.

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  2. La caridad no es sólo dar un poco de dinero o de tiempo, ropa usada, o palabras de consuelo. Es la principal de las actitudes cristianas, que todo lo envuelve y engrandece. Y en relación con la justicia, “el amor –‘caritas’– es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz”.

    Si esto es así, entonces deberíamos preguntarnos –especialmente los cristianos, que conocemos que “Dios es amor” (1 Jn 4, 8 y 16)–: ¿cómo es posible que no nos comprometamos más en estos campos? Y la respuesta sólo puede ser: es que no amamos bien –“de manera auténtica”, o no amamos suficientemente. Pero este amor nuestro imperfecto y limitado puede ser purificado por Cristo, si llegamos a conocerle e identificarnos con Él.

    En segundo lugar, “La caridad va más allá de la justicia –, porque amar es dar, ofrecer de lo ‘mío’ al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es ‘suyo’, lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar”.

    En efecto. De por sí, la justicia como virtud humana no lleva a dar “lo mío” al otro. Esto es propio de la caridad o del amor. Ahora bien – “no puedo ‘dar’ al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde”. Antes de dar “lo mío” tengo que reconocer “lo suyo” y dárselo. Por eso “quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos”. En definitiva, “no basta decir que la justicia no es extraña a la caridad, que no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la justicia es ‘inseparable de la caridad’, intrínseca a ella”.

    De aquí deduce el texto que la justicia es ya una primera forma, un primer camino para la caridad; una parte integrante y necesaria de la caridad; su “medida mínima” (Pablo VI), pues el amor debe ser “con obras y según la verdad” (1 Jn 3, 18).

    Así que la caridad exige la justicia, por un lado. Por otro lado, “la caridad supera la justicia y la completa siguiendo la lógica de la entrega y el perdón” (Juan Pablo II). Los hombres –imágenes de Dios– no pueden relacionarse sólo a base de derechos y deberes, sino también mediante “relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión”.

    En suma –y lo que sigue es todo un programa de vida cristiana coherente–: “La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo”. Con otras palabras: cualquiera que vive la justicia se sitúa ya en la línea de Dios. Puesto que la justicia es un “amor inicial” y quien ama conoce de algún modo a Dios, el que vive la justicia se coloca –al menos germinalmente– en una línea de conocimiento y amor de Dios, y, por tanto, contribuye al bien terreno y eterno de los demás.

    Tercero: vivir la justicia exige trabajar por el bien común. “Todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis”, es decir, en la multiforme actividad social, cultural y política. Está bien claro: el servicio al bien común, “como todo compromiso en favor de la justicia, forma parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo, prepara lo eterno”.

    Cuarto: en consecuencia, la doctrina social de la Iglesia –que impulsa a la justicia y al bien común– es un servicio a la evangelización, y “ha sido atestiguada por los Santos y por cuantos han dado la vida por Cristo Salvador en el campo de la justicia y la paz”. Más aún, el Evangelio, y con él la caridad que es su corazón, “es la principal fuerza al servicio del desarrollo”.

    En otros términos, “el testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización”. El compromiso por la justicia, porque es manifestación necesaria de caridad, es parte, y parte esencial, de la evangelización.

    Alguien podría objetar: injusticias las ha habido y probablemente las habrá siempre, y son muchas; ¿de qué sirve entonces apresurarse en remediarlas? Siguiendo su lógica “teológica”: es la caridad de Cristo la que nos urge (cf. 2 Co 5, 14), es decir, la verdad de la caridad. Por tanto, “esta urgencia no se debe sólo al estado de cosas, no se deriva solamente de la avalancha de los acontecimientos y problemas, sino de lo que está en juego: la necesidad de alcanzar una auténtica fraternidad”. Brevemente: no es sólo la “crisis” económica actual lo que debe movernos a buscar el bien para todos, sino la coherencia humana y cristiana, la auténtica solidaridad y fraternidad de las que cada cristiano tiene el compromiso expreso de dar testimonio.

    Vale la pena reproducir, a este respecto, un texto de Josemaría Escrivá: “Cuando tu egoísmo te aparta del común afán por el bienestar sano y santo de los hombres, cuando te haces calculador y no te conmueves ante las miserias materiales o morales de tus prójimos, me obligas a echarte en cara algo muy fuerte, para que reacciones: si no sientes la bendita fraternidad con tus hermanos los hombres y vives al margen de la gran familia cristiana, eres un pobre inclusero” (Surco, n. 16).

    Y así es. El que se encuentra en una inclusa es porque ha sido abandonado, no conoce a su familia, aunque seguramente los que le cuidan intentarán sustituir a la familia que le falta. Y es que quien no tiene familia es un árbol sin raíces. Sin familia no hay desarrollo de la personalidad, ni en el nivel humano ni –mucho menos– en el más pleno nivel de lo cristiano. Los cristianos, familia de Dios, aspiramos a hacer del mundo la familia de los hijos de Dios. ¿Cómo podríamos dejar de “reaccionar” contra el egoísmo cuando disponemos, por la gracia, del don de la caridad, la más grande luz y fuerza para vivir la justicia?

    Algunas consecuencias concretas de este vivir la justicia “desde dentro” de la caridad: respetar la vida en todas sus etapas, cuidar de los pobres y necesitados, esforzarse por reducir las desigualdades sociales, procurar el acceso al trabajo para todos, garantizar la libertad religiosa, abrirse a la gratuidad, promover la solidaridad y la confianza en el mercado económico, situar la finalidad de la economía en el desarrollo de todos, esto es, en el bien común –más allá de los beneficios inmediatos–, teniendo en cuenta también a las generaciones venideras. ¡Todo un programa!

    En cualquier caso, la justicia a la realidad de las personas y de las cosas comienza por reconocer que Dios existe y que es el origen del amor. Por eso –señala Benedicto XVI– “el humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano”. De hecho, “la conciencia del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades humanas”.

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  3. Yo soy fuerte
    porque conocí y amé mis debilidades

    Yo soy bella
    porque soy consciente de mis defectos

    Yo soy sabia
    Porque aprendí de mis errores

    Yo soy amor
    porque he sentido el odio y lo liberé

    Yo soy feliz
    porque he conocido la tristeza

    Yo soy quien soy, plena, libre, consciente
    porque aprendí a amarme tal como soy.

    IRENE P.

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  4. ABUELO, ¿CÓMO SE PIERDE LA VIDA?
    La vida se pierde de muchas formas, hijo.

    Se pierde cuando quieres vivir la vida de otros y no la tuya.
    Se pierde criticando los errores ajenos y no mejorando la tuya.
    Se pierde cuando te lamentas a cada momento por haber fracasado y no buscando soluciones para poder triunfar.
    Se pierde cuando te la pasas envidiando a los demás y no superándote a ti mismo.
    Se pierde cuando te enfocas solo en las cosas negativas, y dejas de disfrutar las cosas buenas

    La vida no se pierde cuando dejas de respirar, sino cuando dejas de ser feliz.

    J.R.L.

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