Mentar al sirio… [día 20]

Se desató la furia de los nazarenos cuando Jesús mentó al sirio:

Muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio.

Peor que mentar al sirio en casa del hebreo es ponerlo como ejemplo. Y peor aún, que sea verdad. Porque Naamán, a quien Eliseo ni siquiera se dignó recibir, obedeció los consejos que el profeta le hizo llegar por medio de un mensajero. Y no eran, precisamente, consejos sabios, sino ridículos. ¿Por qué habría de desaparecer la lepra tras siete baños en el Jordán? ¿Y si eran seis, o cinco? ¿Y si se bañaba en el Farfar? Pero, más que de acertar, se trataba de obedecer, de hacer la voluntad de Dios, expresada por el mensajero del mensajero. Obedeció, y sanó. Los nazarenos, sin embargo, no estaban dispuestos a obedecer al mismo Dios hecho hombre. ¿Qué tenían ellos que aprender de un sirio?

Aprendamos tú y yo. No oirás una vez del cielo indicándote el camino. Pero el sacerdote, tu confesor, ese pobre hombre tan feo que es enviado de Dios, te ha dado unos consejos –si le has dejado, claro–. Obedece, y sanarás. Como Naamán. [José-Fernando Rey]

4 comentarios sobre “Mentar al sirio… [día 20]

  1. Naamán se hace acreedor al querer escuchar las palabras de sus subordinados. No actuó con altivez: “Él entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra de Dios”.

    Con todo, debió de haber sido muy difícil para él humillarse tanto en presencia de sus inferiores. Tuvo que descender del carro elevado, quitarse la ropa y hundirse en el Jordán. Por añadidura, él no lo hizo sólo por complacer a sus criados. No solamente los escuchó, sino que cumplió con el dicho del varón de Dios, como dice el versículo. Obedeció a Dios.

    Este es un precioso ejemplo del camino de la salvación. Debemos ser conscientes de nuestro bajo estado, de nuestra pecaminosidad y de nuestra condición leprosa ante Dios. Debemos humillarnos delante de Él y bajar del “carro elevado” de nuestro orgullo natural y prepotencia. Debemos seguir el camino que Él nos indica en Su Palabra. El remedio divino es que confesemos nuestros pecados, nos despojemos del viejo hombre y nos metamos dentro del río de la muerte. En otras palabras, tenemos que identificarnos en fe con un Cristo que murió por nuestros pecados. No hay otra alternativa para ser salvo, limpio y recibir una vida nueva. “Nadie viene al Padre sino por Mí”, dice el Señor Jesús (Juan 14:6).

    Naamán fue obediente y se sumergió siete veces en el río Jordán. El nombre Jordán significa “ir abajo” o “ir curso abajo”. El río nace entre el Líbano y el monte Hermón y sigue su curso al Mar Muerto, situado muy por debajo del nivel del mar. Esta es una maravillosa figura de la muerte de Cristo, ya que descendió de las alturas despojándose a Sí mismo. Se humilló a Sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte. El número siete habla de la perfección. Naamán tuvo que sumergirse siete veces en el Jordán. Tuvo que ir abajo por completo. Nada podía quedar del viejo hombre. También nosotros como creyentes fuimos sepultados con Cristo a muerte por el bautismo. Hemos sido unidos juntamente con Él en la semejanza de Su muerte (Romanos 6:4-5).

    Pero Naamán no permaneció en la tumba de agua. Salió una nueva criatura: “… y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio” .

    Esto es una imagen de la nueva vida que hemos recibido como cristianos. No sólo hemos muerto con Cristo, sino también hemos resucitado con Él a una vida nueva.

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  2. En este tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión, la Iglesia nos dice que nuestras obras deben convertirse, y nos habla del ayuno, de la limosna, de la penitencia: es una conversión de las obras. Hacer obras nuevas, obras con estilo cristiano, ese estilo que viene de las Bienaventuranzas, en Mateo 25: hacer eso. Pero también la Iglesia nos habla de la conversión de los sentimientos: también los sentimientos deben convertirse. Pensemos, por ejemplo, en la parábola del Buen Samaritano: convertirse a la compasión. Sentimientos cristianos. Conversión de las obras; conversión de los sentimientos; pero, hoy, nos habla de la conversión del pensamiento: no solo de lo que pensamos, sino incluso de cómo pensamos, del estilo de pensamiento. ¿Yo pienso con estilo cristiano o con estilo pagano? Ese es el mensaje que hoy la Iglesia nos da en las lecturas de la misa (cfr 2Re 5,1-15ª y Lc 4,24-30).

    Naamán el sirio, enfermo de lepra, va a Eliseo para ser curado y oye el consejo de bañarse siete veces en el Jordán. Piensa, en cambio, que los ríos de Damasco son mejores que las aguas de Israel, hasta el punto de que se enfada, se indigna y quiere volverse sin hacerlo, porque ese hombre esperaba el espectáculo. Pero el estilo de Dios es otro: cura de otro modo.

    Lo mismo le pasa a Jesús que vuelve a Nazaret y va a la Sinagoga. Inicialmente la gente lo miraba, estaba asombrada y contenta. Pero nunca falta un chismoso que comenzó a decir: Pero este, si es el hijo del carpintero, ¿qué nos va a enseñar? ¿En qué universidad ha estudiado este? ¡Sí! Es el hijo de José. Y empezaron a cruzarse las opiniones; y cambia la actitud de la gente, y quieren matarlo. De la admiración, del asombro, a las ganas de matarlo. También estos querían el espectáculo: Pues que haga milagros, esos que dicen que ha hecho en Galilea, y creeremos. Y Jesús explica: En verdad os digo: Ningún profeta es aceptado en su patria. Porque nos resistimos en que alguno de nosotros pueda corregirnos. Debe venir uno con espectáculo, a corregirnos. Y la religión no es un espectáculo. La fe no es un espectáculo: es la Palabra de Dios y el Espíritu Santo que actúa en los corazones.

    La Iglesia nos invita, pues, a cambiar el modo de pensar, el estilo de pensar. Se puede rezar todo el Credo, incluso todos los dogmas de la Iglesia, pero si no se hace con espíritu cristiano, no sirve para nada. La conversión del pensamiento. No es habitual que pensemos de ese modo. No es habitual. Hasta el modo de pensar, el modo de creer, debe convertirse. Podemos preguntarnos: ¿Con qué espíritu pienso yo? ¿Con el espíritu del Señor o con el espíritu propio, el espíritu de la comunidad a la que pertenezco o del grupito o de la clase social a la que pertenezco, o del partido político al que pertenezco? ¿Con qué espíritu pienso? Y buscar si pienso de verdad con el espíritu de Dios. Y pedir la gracia de discernir cuando pienso con el espíritu del mundo, y cuando pienso con el espíritu de Dios. Y pedir la gracia de la conversión del pensamiento.

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  3. GRACIOSA ANÉCDOTA DEL PADRE PÍO,
    EL ZAPATAZO
    Una vez un paisano del Padre Pío tenía un fuertísimo dolor de muelas. Como el dolor no lo dejaba tranquilo su esposa le dijo: “¿Por qué no rezas al Padre Pío para que te quite el dolor de muelas?? Mira aquí está su foto, rézale”. El hombre se enojó y gritó furibundo: “¿Con el dolor que tengo quieres que me ponga a rezar???”. Inmediatamente cogió un zapato y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la foto del Padre Pío.

    Algunos meses más tarde su esposa lo convenció de irse a confesar con el Padre Pío a San Giovanni Rotondo. Se arrodilló en el confesionario del Padre y, luego de decir todos los pecados que se acordaba, el Padre le dijo: “¿Qué más recuerdas?” “Nada más”, contestó el hombre. “¿¿Nada más?? ¡¿Y qué hay del zapatazo que me diste en plena cara?!.”

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  4. LO MÁS GRANDE QUE PUEDE OCURRIRLE A UNA FAMILIA CRISTIANA
    ¡Padres que me escucháis! Cuando Dios Nuestro Señor, en un alarde de infinita bondad y misericordia ponga sus ojos divinos sobre vuestra casa y escoja a vuestro hijo para sacerdote, o a vuestra hija para religiosa; cuando llame a vuestros hijos con esta, vocación soberana, la más alta que puede darse en este mundo, para escalar cumbres del sacerdocio católico, o ser esposa de Jesucristo en un convento de clausura o de vida activa, ¡padres que me escucháis!, respetad los designios de Dios. Y lejos de oponeros a su vocación, caed de rodillas y dadle gracias a Dios por esta inefable misericordia que ha tenido sobre vosotros. Un hijo sacerdote, una hija religiosa, es lo más grande que puede ocurrirle a una familia cristiana. Respetad la vocación de vuestros hijos y caed de rodillas ante Dios en señal de gratitud y de amor.
    (Antonio Royo Marín)

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