Dios es Padre, no casero [día 17]

A nadie le gusta pagar al casero. Llega fin de mes, y el precio del alquiler pesa como una losa en los castigados hombros del inquilino.

Por eso estaban de mal humor los labradores: El propietario, llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Y aquellos hombres malhumorados, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Después, mataron al hijo del dueño. ¿Quién los engañó? ¿Quién los hizo mirar al dueño de la viña como a un tirano? ¿Quién arrancó de sus corazones la gratitud?

Que no te engañen a ti. Ni estás en tu vida de alquiler, ni es Dios tu casero, ni los mandamientos son cargas sobre tus hombros. Tu vida es de Dios, Dios es tu Padre, y sus mandamientos son reclamo amoroso que busca tu felicidad.

Por eso, cuando hagas lo que Dios te pide, no lo hagas de mal humor, como quien paga un alquiler, ni te conformes con darle «lo justo». Dale cuanto tienes, y dáselo con alegría, porque Él, que tanto te ama, te lo devolverá transfigurado en gloria. Recuerda que eres hijo, no inquilino. [José Fernando Rey]

3 comentarios sobre “Dios es Padre, no casero [día 17]

  1. ¿Qué hace valiosa la vida? ¿Qué hace valiosa mi vida? En el mundo actual, la respuesta a esta pregunta gira a menudo alrededor de dos polos: el éxito que uno es capaz de alcanzar, y la opinión que los demás tienen de él. No se trata, desde luego, de cuestiones banales: la opinión ajena tiene consecuencias en la vida familiar, social, profesional; y el éxito es la expectativa lógica de lo que
    emprendemos: nadie se pone a hacer algo con el objetivo de fracasar. Sin embargo, de hecho a veces en la vida hay pequeñas o no tan pequeñas derrotas, o sucede que los demás se forjan una opinión de nosotros en la que quizá no nos reconocemos.

    La experiencia del fracaso, del desprestigio, o la conciencia de la propia incapacidad –ya no solo en el mundo laboral, sino incluso en el empeño por vivir una vida cristiana– pueden llevarle a uno al desánimo, al desaliento y, en último término, a la desesperanza. En la actualidad es más fuerte que en otras épocas la presión por tener éxito a distintos niveles, por ser alguien, o al menos por poderse decir que uno es alguien. Y, en realidad, más que en lo que uno es –hijo, madre, hermano, abuela–, los focos están puestos en lo que uno es capaz de hacer. Por eso se es hoy más vulnerable a los distintos tipos de derrotas que suele traer consigo la vida: reveses que antes se resolvían o se sobrellevaban con entereza, hoy causan con frecuencia una tristeza o frustración de fondo, desde edades muy tempranas. En un mundo con tantas expectativas y desengaños ¿es posible aún vivir, como proponía san Pablo, «alegres en la esperanza» (Rm 12,12)?

    En su carta de febrero, el Prelado del Opus Dei dirige la mirada hacia la única respuesta verdaderamente lúcida a esta pregunta; una respuesta que se alza con un sí decidido: «haz, Señor, que desde la fe en tu Amor vivamos cada día con un amor siempre nuevo, en una alegre esperanza». Aunque a veces la desesperanza pueda parecer menos ingenua, lo es solo al coste de cerrar los ojos al Amor de Dios y su permanente cercanía. Lo recordaba el Papa Francisco en una de sus catequesis sobre la esperanza: «La esperanza cristiana es sólida. Por eso no decepciona (…). No está fundada sobre lo que nosotros podemos hacer o ser, y tampoco sobre lo que nosotros podemos creer. Su fundamento, es decir el fundamento de la esperanza cristiana, es lo más fiel y seguro que existe: el amor que Dios mismo nos tiene a cada uno de nosotros. Es fácil decir: Dios nos ama. Todos lo decimos. Pero (…) cada uno de nosotros ¿es capaz de decir: estoy seguro de que Dios me ama? No es tan fácil decirlo. Pero es verdad».

    La gran esperanza

    En su predicación y en sus conversaciones, san Josemaría ponía muchas veces la mirada en la vida de los primeros cristianos. La fe era para ellos, antes que una doctrina a aceptar o un modelo de vida a realizar, el regalo de una vida nueva: el don del Espíritu Santo, que había sido derramado en sus almas tras la resurrección de Cristo. Para los primeros cristianos, la fe en Dios era objeto de experiencia, y no solo de adhesión intelectual: Dios era Alguien realmente presente en su corazón. San Pablo escribía a los fieles de Éfeso, refiriéndose a su vida antes de conocer el Evangelio: «vivíais entonces sin Cristo, erais ajenos a la ciudadanía de Israel, extraños a las alianzas de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2,11-12). Con la fe, en cambio, habían recibido la esperanza, una esperanza que «no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

    A la vuelta de veinte siglos, Dios no deja de llamarnos a esta «gran esperanza», que relativiza todas las demás esperanzas y decepciones. «Nosotros necesitamos tener esperanzas –más grandes o más pequeñas–, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar».

    Dejarnos tocar por el Amor de Dios

    San Pablo describía así la raíz de la vida cristiana: «Con Cristo estoy crucificado: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,19-20). Para el Apóstol, el cristianismo consiste en primer lugar en que Cristo ha muerto por nosotros, ha resucitado y, desde el Cielo, ha enviado a nuestros corazones su Espíritu Santo, que nos transforma y nos abre los ojos a una vida nueva. «Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente “vida”. Empieza a intuir qué quiere decir la palabra esperanza». Como a la samaritana, María Magdalena, Nicodemo, Dimas, los discípulos de Emaús, Jesús nos da un modo nuevo de mirar: de mirarnos a nosotros mismos, a los demás, a Dios. Y solo desde esta nueva mirada que nos da Dios cobran sentido el esfuerzo por mejorar y la lucha por imitarle: tomados por sí mismos, serían «empeño vano»

    Caminar con Cristo dejando huella en el mundo

    La mirada de Jesús nos ayudará a reaccionar con esperanza ante las caídas, los resbalones, la mediocridad. Y no es simplemente que seamos buenos tal como somos, sino que Dios cuenta con cada uno de nosotros para transformar el mundo y llenarlo de su Amor. También esa llamada está contenida en la mirada amorosa de Cristo. «Me dirás, Padre, pero yo soy muy limitado, soy pecador, ¿qué puedo hacer? Cuando el Señor nos llama no piensa en lo que somos, en lo que éramos, en lo que hemos hecho o de dejado de hacer. Al contrario: Él, en ese momento que nos llama, está mirando todo lo que podríamos dar, todo el amor que somos capaces de contagiar. Su apuesta siempre es al futuro, al mañana. Jesús te proyecta al horizonte, nunca al museo».

    La de Cristo es la mirada del Amor, que afirma siempre a quien tiene delante y exclama: «¡Es bueno que existas!, ¡qué maravilla tenerte aquí!». Al mismo tiempo, conociéndonos perfectamente, cuenta con nosotros. Descubrir esta doble afirmación de Dios es el mejor modo de recobrar la esperanza y de sentirnos de nuevo atraídos camino arriba, hacia el Amor, y lanzados después al mundo entero. Esa es, a fin de cuentas, nuestra seguridad más firme: Cristo ha muerto por mí, porque creía que valía la pena hacerlo; Cristo, que me conoce, confía en mí. Por eso exclamaba el Apóstol: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?» (Rm 8,31-32).

    De esa seguridad nacerá nuestro deseo de retomar el camino, de lanzarnos al mundo entero para dejar en él la huella de Cristo. Sabiendo que muchas veces tropezaremos, que no siempre lograremos realizar lo que nos propongamos… pero que, en definitiva, no es eso lo que cuenta. Importa, en cambio, seguir adelante, con la mirada puesta en Cristo: «expectantes beatam spem», despiertos y atentos a su alegre esperanza. Él es quien nos salva y cuenta con nosotros para llenar el mundo de paz y de alegría. «Dios nos ha creado para estar de pie. Hay una canción hermosa que cantan los alpinos cuando suben a la montaña. La canción dice así: “En el arte de subir, lo importante
    no es no caer, sino no permanecer caído”». De pie. Alegres. Seguros. En camino. Con la misión de encender «todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo» que llevamos en el corazón.

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  2. Francisco repasa los miedos que pueden atenazar a los más jóvenes

    He repasado la homilía que pronunció san Josemaría Escrivá en el primer domingo de Cuaresma de 1952, incluida con el título La conversión de los hijos de Dios en el libro Es Cristo que pasa. Y me ha vuelto a sorprender, junto a los enfoques centrales sobre este tiempo litúrgico, la consideración de que en Cuaresma, en que “nos reconocemos pecadores, llenos de miserias, necesitados de purificación, también cabe la alegría”. Porque es simultáneamente “tiempo de fortaleza y de gozo” (n. 63).

    Lo he recordado al leer el mensaje papal para la próxima jornada de la juventud en Roma el domingo de Ramos, la segunda antes del gran evento mundial de Panamá del 22 al 27 de enero de 2019. Las tres jornadas giran en torno a un lema mariano, con el que Francisco ofrece a la gente joven una síntesis teológica del sentido de la vida. El año pasado se centraba en las palabras del Magnificat: “El Todopoderoso ha hecho grandes cosas en mí” (Lc 1,49). Ahora, otro pasaje clásico de la escena de la Anunciación: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios” (Lc 1, 30). Son jalones del camino hacia la emblemática respuesta de la Virgen: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Sin duda, ese esquema estará muy presente en la asamblea ordinaria del sínodo de obispos que se celebrará en Roma en octubre: Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. La Señora abrirá el camino con valentía de presente y esperanza de futuro, elementos esenciales de toda decisión verdaderamente cristiana.

    El desparpajado juvenil, no exento de inhibiciones, puede no superar temores profundos que conturban las psicologías personales, especialmente en momentos decisivos de la vida. La exaltación de la libertad no siempre renuncia al deseo de seguridad, que lleva a dilatar decisiones por miedo al error, sobre todo, cuando se espera el compromiso de una respuesta definitiva. No hay aquí para los corazones, como en la comedia de Jardiel, freno y marcha atrás.

    El fenómeno forma parte de la condición humana, por mucho que se acentúe en nuestros días: ante el misterio divino, la criatura tiembla y su reacción no es siempre auténtico temor de Dios, que lleva consigo la plenitud de la paz, como todo don del Espíritu Santo. Aun en tiempos de Internet y Google, sigo consultando las viejas Concordancias. El verbo timeo tiene 184 entradas; el sustantivo timor, 109. El propio papa recuerda en su mensaje que “en las Sagradas Escrituras encontramos 365 veces la expresión ‘no temas’, con todas sus variaciones. Como si quisiera decir que todos los días del año el Señor nos quiere libres del temor”.

    Con afecto paternal, Francisco repasa los miedos que pueden atenazar a los más jóvenes (y a todos): el riesgo de no ser queridos por lo que son, que lleva a adaptarse a “estándares a menudo artificiales e inalcanzables”, con retoques de imagen y uso de máscaras y falsas identidades; el temor a no “encontrar una seguridad afectiva y quedarse solos”; el miedo a no alcanzar sueños profesionales; o a no ser felices, también por haber equivocado la respuesta a Dios o ante la incertidumbre de preguntas como “¿quién me garantiza que podré llegar hasta el final? ¿Me desanimaré? ¿Perderé el entusiasmo? ¿Seré capaz de perseverar toda mi vida?”

    Obviamente, la clave cristiana está en el ne timeas! En calibrar la condición real de cada miedo, para superarla con un acto de fe, de acuerdo con el reproche de Jesús a los discípulos: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?” (Mc 4,40). Hay que alejar el ensimismamiento y abrirse a la gracia, contando siempre con el consejo de tantos amigos prudentes, quizá con más experiencia. El papa previene contra el riesgo de que el “resplandor de la juventud se apague en la oscuridad de una habitación cerrada en la que la única ventana para ver el mundo sea el ordenador y el smartphone”. De ahí el gran consejo, en el que no dejan resonar las palabras proféticas de Juan Pablo II al comenzar su pontificado: “Abrid las puertas de vuestra vida. Que vuestro ambiente y vuestro tiempo estén ocupados por personas concretas, relaciones profundas, con las que podáis compartir experiencias auténticas y reales en vuestra vida cotidiana”.

    Salvador Bernal, en religionconfidencial.com.

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  3. REFLEXIÓN.

    Era un profesor comprometido y estricto, conocido también por sus alumnos como un hombre justo y comprensivo. Al terminar la clase, ese día de verano, mientras el maestro organizaba unos documentos encima de su escritorio, se le acercó uno de sus alumnos y en forma desafiante le dijo:
    -Profesor, lo que me alegra de haber terminado la clase es que no tendré que escuchar más sus tonterías y podré descansar de verle esa cara aburrida.
    El alumno estaba erguido, con semblante arrogante, en espera de que el maestro reaccionara ofendido y descontrolado. El profesor miró al alumno por un instante y en forma muy tranquila le preguntó:
    -¿Cuándo alguien te ofrece algo que no quieres, lo recibes?
    El alumno quedó desconcertado por la calidez de la sorpresiva pregunta.
    -Por supuesto que no. Contestó de nuevo en tono despectivo el muchacho.
    -Bueno, prosiguió el profesor, cuando alguien intenta ofenderme o me dice algo desagradable, me está ofreciendo algo, en este caso una emoción de rabia y rencor, que puedo decidir no aceptar.
    -No entiendo a qué se refiere. Dijo el alumno confundido.
    -Muy sencillo, replicó el profesor, tú me estás ofreciendo rabia y desprecio y si yo me siento ofendido o me pongo furioso, estaré aceptando tu regalo, y yo, mi amigo, en verdad, prefiero obsequiarme mi propia serenidad muchacho, concluyó el profesor en tono gentil, -tu rabia pasará, pero no trates de dejarla conmigo, porque no me interesa, yo no puedo controlar lo que tu llevas en tu corazón pero de mí depende lo que yo cargo en el mío.
    Cada día en todo momento, tu puedes escoger qué emociones o sentimientos quieres poner en tu corazón. A veces con nuestra actitud, incluso podemos cambiar el corazón de los demás, y aquellos que se proponían hacernos daño, pueden quedar edificados con nuestro ejemplo.
    Que Dios nos conceda la gracia de no dar paso a la rabia y la ira cuando nos tratan injustamente.

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