¿Por qué ese miedo a ser humildes?

Sin embargo, la mayoría de los hombres no quieren ser humildes. A otros muchos, que desean y buscan esta virtud, les resulta difícil alcanzarla. ¿Qué ocurre con la humildad?: deseada por algunos y rechazada por otros, mal conocida y mal interpretada, buscada y, al mismo tiempo, poco ejercitada.

Con frecuencia se teme: parece que la humildad nos podría arrinconar a un lugar invisible en el que nadie se hará cargo de nosotros. Cuando en la vida corriente se dice de una persona que es muy humilde, casi parece un desprecio. Bajo esta expresión aparece la imagen de alguien al que nunca encargarían una tarea importante, de alguien que es «de condición humilde»; se suele decir: «es un humilde funcionario»; «no llegará muy lejos», se piensa.

Y por contraste, las personas visiblemente soberbias no nos gustan y cuando hacen alarde de sus cualidades nos molestan, provocan rechazo.

Dibujamos mentalmente a las personas humildes con rasgos de debilidad, inseguridad y temor; gentes relegadas, vergonzosas, sin prestigio ni brillo. Pero este dibujo es, más bien, una caricatura: la humildad de la Virgen no fue así, la del Señor, tampoco, ni la de los santos. Humildad es el reconocimiento de los dones de Dios en nosotros y en los demás; es una actitud agradecida y alegre ante el bien:

«en esto consiste toda mi ciencia: en saber que por mí mismo no soy nada y que todo lo que soy lo debo a Ti y debe ser para Ti» San Agustín, In Psalmis, 70, 1, 1.

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Por F.F. Carvajal en Pasó haciendo el bien

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