La humildad, la gratitud y la alegría, están íntimamente unidas

«Haz gala, Sancho, de la humildad
de tu linaje, y no te desprecies
de decir que vienes de labradores;
porque, viendo que no te corres,
ninguno se pondrá a correrte;
y préciate más de ser humilde virtuoso
que pecador soberbio».

Miguel de Cervantes
El Quijote, II, 41

La persona humilde no niega que haya en su vida frutos, incluso muchos y buenos frutos; pero a la vez sabe que esas maravillas que él y los demás pueden apreciar se deben a Dios; procura vaciarse de sí mismo para colmarse de los tesoros de Dios. Ser conscientes de que se nos han otorgado tantos dones lleva a dar continuas gracias al Señor y a sentir un profundo gozo. Estas tres virtudes, humildad, gratitud y alegría, están íntimamente unidas.

La humildad no está en buscar la humillación por sí misma, en el desprecio propio, en ser pusilánimes, en tenerse tristemente en nada; tampoco está en carecer de prestigio, ni de la fortaleza que el humilde ejercita cuando es necesario. Porque tampoco fueron los frutos de la Cruz de Jesús su anonadamiento y sufrimiento, sino el amor, la redención de los hombres, el triunfo sobre la muerte y el pecado.

San Agustín acude al ejemplo del recipiente que ha contenido vinagre y se va a utilizar para la miel. Es necesario lavarlo bien, dejarlo muy limpio: humildad es vaciarse de sí mismo para que Dios llene nuestro ser. Primero están los preparativos: quitar el rastro del vinagre; después, llenarse con la dulzura de la miel, que es Dios.

El cristiano debe pedir el don de querer purificarse para recibir a Dios en su alma.

Un hombre que iba a encalar la pared de un jardín cogió el palustre para quitar las capas anteriores de cal; le preguntaron por qué se entretenía en esa tarea: «antes de pintar, hay que rascar», fue su escueta respuesta. Los preparativos no son la humildad, humildad es pintar, dejarse llenar por Dios.

Es admitir con realismo el lugar que ocupamos en el mundo, ante Dios y ante los hombres. Moderar nuestros deseos de fama y reconocimiento. Descubrir lo bueno que existe en nosotros, hacerlo rendir y llenarnos de gozo por los done recibidos, por tanto, la humildad tiene poco que ver con la pusilanimidad, la mediocridad o la pequeñez. [Por F. F. Carvajal en Pasó haciendo el bien]

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