Validación (1 y 2 parte)

1 parte

2 parte

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5 comentarios sobre “Validación (1 y 2 parte)

  1. El camino hacia la civilización del amor lo compone, pues, la familia, si en efecto luchamos para que sea lo que es, si en su seno nos esforzamos por forjar auténticas personas: principios y términos de amor, con personalidad singular, irrepetible.

    Así lo expone Ernesto Juliá: «Ninguna realidad como la familia más reacia al igualitarismo, a la uniformidad; más rica en su diversidad y en su variedad; mejor defensora de la persona y de la personalidad del hombre. Cada familia es irrepetible. En ella se engendra la vida y la muerte. En ella se aprende a amar, a vivir la libertad. Siempre es nueva sin dejar de ser ancestral; siempre parece que está a punto de cumplir su función en este juego del mundo, y la sonrisa de un padre ante su hijo recién nacido vuelve a darle vida» .

    De acuerdo: la familia como hontanar de amor y de vida. Pero el interrogante surge inevitable: ¿Se lo permitirá la sociedad contemporánea? ¿No parece ésta obstinada, con un empeño semiconsciente pero titánico, en sofocar el carácter personal de sus componentes? ¿Podrá hacer frente la familia al ardor destructivo de casi toda una cultura? ¿No se trata de una lucha en exceso desigual? En el enfrentamiento entre un Goliat pertrechado con las armas más devastadoras y un David casi inerme, entre una civilización en apariencia omnipotente y una familia minúscula, vacilante, desconcertada y desvalida, ¿no será más bien ésta la llamada a desaparecer, como consecuencia de los peligros que la cercan?

    Aquí es donde se impone afinar en nuestras consideraciones. Éste es el momento decisivo. Es ahora cuando debemos preguntarnos: ¿cuáles son las asechanzas reales que se ciernen sobre la familia? Para muchos de nosotros, esas insidias sobrevienen desde fuera, animadas por un ímpetu ciclópeo, arrollador: una legislación cada vez más asfixiante y distorsionadora, gravámenes económicos impuestos por bastantes Estados, conspiraciones en el sistema educativo, degradación moral, sofocamiento de la sensibilidad religiosa, influjo a primera vista invencible de los medios de comunicación, escándalos y corrupciones sin cuento… Un panorama desolador que amenaza con borrar cualquier vislumbre de esperanza.

    Pero no es esa la realidad. No es así, por lo menos, como saben verla los mejores. Chesterton, por ejemplo, fue ya «consciente de que el enemigo número uno de la familia no había que buscarlo afuera, en estas fuerzas enormes y avasalladoras que derrumban sociedades enteras. Los mismos extremos del capitalismo, del socialismo y de la sociedad de consumo, apenas tienen relevancia en comparación con el enemigo interior al ser humano. El enemigo del amor y de la familia es uno mismo». Según Chesterton, es la falta de desarrollo interior humano, la pobreza de espíritu, el aburrimiento y la frivolidad, la asombrosa ausencia de imaginación, la que lleva a hombres y mujeres a desesperar de la familia y del matrimonio, o por lo menos, de su familia y de su matrimonio tal como lo experimentan. Chesterton insiste en que la vida no es algo que viene de fuera, sino de dentro. El hogar no es pequeño, es el alma de algunas personas la que es raquítica. El matrimonio y el hogar resultan demasiado grandes para ellos. Es el «mí mismo» el que en su cobardía egoísta se muestra incapaz de aceptar el prodigioso escenario del hogar, con su grandeza de composición épica, trágica y cómica, que todo ser humano puede protagonizar»

    Estas palabras encierran el test definitivo, la prueba discriminadora. Pregúntese cada uno: ¿me encuentro de acuerdo, completamente de acuerdo, con el planteamiento de Chesterton?; ¿o pesan todavía demasiado las objeciones un tanto pesimistas de lo expuesto en líneas anteriores? Porque una adhesión sólo de principio, que dejara subsistir algún pero substancial, se demostraría del todo insuficiente. Si tales dudas no logran disiparse, se volatiliza incluso la posibilidad de iniciar desde la familia cualquier movimiento revitalizador del entorno social. El que vacile, en estos instantes, está vencido. Con él no hay que contar. Pero, sobre todo, se encuentra equivocado. Porque la familia puede; efectivamente puede. Para entreverlo, interroguemos: ¿cuál es la fuerza real de la que dispone, en esta etapa de la historia substancialmente despersonalizadora?

    Con el vigor personal del amor
    Un arma rompedora

    Cabría resumirlo así: la familia cuenta con un arma invencible y exclusiva y rompedora: la persona. Y, con ella, tiene todas las de ganar.

    En un contexto relativamente similar al que nos encontramos nosotros, y esbozando una diagnosis también muy parecida a la que he avanzado, Carlos Cardona se pregunta: «Si las cosas fuesen más o menos así, ¿qué hacer?». Y responde: «Se ha dicho muchas veces, y muy autorizadamente, que el pensamiento y la vida social de hoy, en donde casi todo llegó a ser cristiano –al menos en la intención última y en líneas generales, y a pesar de los pesares–, se han vuelto a hacer paganos. Por eso la tarea que se nos propone es precisamente la recristianización, empezando por la propia, por la de cada uno. ¿Cómo hacerlo? Como lo hicieron los Apóstoles, como lo hicieron los primeros cristianos: personalmente. Vivieron en un ambiente lleno de idolatría y de corrupción. No comenzaron intentando echar abajo instituciones (como la esclavitud, por ejemplo) y escuelas de pensamiento, muchas veces injustas e incluso ignominiosas; pero tampoco asumiéndolas como santas y verdaderas. Empezaron cambiando los corazones, y esos corazones fueron cambiando luego muchas cosas. En el Nuevo Testamento tenemos información suficiente. Tratemos de hacer lo que hicieron ellos. Y no pretendamos recetas técnicas para lo que es obra de espíritu, de libertad y de gracia de Dios. Y por lo mismo, no pensemos en conversiones en masa, y renunciemos a la velocidad» .

    Son palabras densas y sugerentes, susceptibles de múltiples comentarios. Me limitaré a señalar que la clave de cuanto afirman reside en el adverbio personalmente. Pues si ante lo que nos encontramos es frente a una crisis de des-personalización, se impone sin duda una radical tarea personalizadora. Esto es, una labor en la que el protagonista principal sea no sólo la persona, la relación educativa persona-persona, sino en la que actúen de manera preponderante los resortes más personales de quienes en ella intervengan.

    No se trata, por tanto, de una misión de meros individuos. Ni me refiero tan sólo al tú a tú, ni al uno a uno, al boca a boca. El empeño es bastante más serio, penetrante y profundo. Propongo comprometer la propia existencia –nuestra existencia más personal– para solicitar lo que en quienes nos rodean existe también de más estrictamente personal: su inteligencia y, sobre todo, su voluntad, su capacidad de amar, de querer y de elaborar y dar vida al bien de los otros en cuanto otros.

    Se nos pide ponernos personalmente en tensión, jugárnoslo todo para poder amar. Se solicita de nosotros que nos dirijamos, desde nuestra médula, a lo más íntimo y exclusivo de cada una de las personas con quienes nos relacionemos… aun cuando nos estemos enfrentando simultáneamente con un número considerable de hombres y mujeres: disolviendo entonces la masa, como veremos.

    Resultan decisivas al respecto unas profundas advertencias de Unamuno. Aconseja el literato español: «No quieras influir en eso que llaman la marcha de la cultura, ni en el ambiente social, ni en tu pueblo, ni en tu época, ni mucho menos en el progreso de las ideas, que andan solas. No en el progreso de las ideas, no, sino en el crecimiento de las almas, en cada alma, en una sola alma y basta […]. Coge a cada uno, si puedes, por separado y a solas en su camarín, e inquiétalo por dentro, porque quien no conoció la inquietud, jamás conocerá el descanso. Sé confesor más que predicador. Comunícate con el alma de cada uno y no con la colectividad» .

    ¿Va quedando claro? Es menester convencerse de una vez por todas: la persona, no los sistemas, constituye la clave del proceso de revolución honda y amable que se pretende instaurar: todas las personas, cada una de todas.

    Y esa tarea ostenta una condición: el propio compromiso. De ahí que quepa concretar más todavía: el auténtico protagonista de la mudanza universal que está a punto de llevarse a término en nuestra civilización es uno mismo, cada uno. El ámbito primordial de esa convulsión pacífica y duradera, la propia familia.

    Y aquí me gustaría hacer una llamada a nuestras fuerzas más íntimas, gritando: ¡no seamos dimisionarios de la libertad! Ninguna libertad consiste básicamente en que (otros) «me dejen» hacer, sino al contrario, en obrar desde mí, con fuerza, con pujanza, con bríos siempre renovados… para el bien de todos. En la antigua Grecia, lo mismo que en Roma, el esclavo podía gozar de riquezas, posesiones y aun de otros esclavos. Como sabemos, le era dado acceder a la cultura e incluso alcanzar la fama como poeta o filósofo. Lo que le estaba drásticamente vedado era ocuparse del bien común, del bien de la ciudad, de los otros: la falta de libertad consistía en la condena a atenerse sin paliativos a su beneficio privado y puntiforme. Y en buena medida tenían razón. Desde un punto de vista enriquecido, libertad y magnanimidad van de la mano. Ser libre equivale a ponerse personalmente en juego, en busca de un bien memorable, de gran calado. Equivale, siempre con un enfoque hondo, a eficacia, a consecución de notables mejoras para todos. Pensemos, como un ejemplo muy cercano, en la labor de difusión del bien de un Juan Pablo II.

  2. Señor, enséñame a dar abrazos que acaricien el alma y sean ternura que envuelve el corazón que los recibe.

    Enséñame a dar abrazos
    con cada palabra,
    que alegre a la persona que lo recibe.
    Que mis palabras sean colmadas de ternura y amor, que no dejen espacio vacío de tristeza.

    Ayúdame a tener deseos de dar abrazos que corran hacia las necesidades de afecto de mis hermanos.
    Que ellos sanen y devuelvan el gozo,
    que sostengan al que está por derrumbarsey levante al que está abatido.

    Dame Señor, la delicadeza de dar abrazos espirituales,
    que abracen aun en la distancia,
    a quienes más amo.
    Que la proximidad física no sea impedimento para decirles ¡cuánto los amo!

    Que cada abrazo sea desde el fondo
    del alma y lleve hasta ellos
    tu gracia y bendición
    porque Tú vives allí.

    Regálame la sensibilidad
    de entender, quien necesita un abrazo y darle sin medir excusas o falsos escrúpulos.
    Enséñame a regalar abrazos que rompan todos los miedos,
    que derrumben toda barrera para que surja el verdadero amor y la amistad sincera.

    Dame la valentía de dar abrazos que duren minutos y se prolonguen toda la vida.
    Abrazos que sean eternos
    porque el amor nunca acaba.

    Dame Señor la capacidad de abrazar con la mirada y así hacer sentir amado a quien comparte mis días.

    No permitas Señor,
    que pierda la capacidad tan maravillosa de abrazar con el cuerpo y el alma a quienes amo.
    Porque el tiempo, la vida y las oportunidades pasan
    y mi ser se empequeñece
    cuando no brindo todo aquello
    que está en mí como don,
    y no lo regalo.

    Dame Señor
    el deseo y la sinceridad
    para amar en cada abrazo.
    Préstame tus brazos,
    tu amante Corazón
    y tu Mirada,
    para que cada abrazo
    que a partir de hoy regale
    sea desde tus mismas
    entrañas de amor.

  3. Hoy he dado el último ,beso y la última caricia a mi tío ,estamos esperando el pronto desenlace en que Dios se lo lleve … pido oraciones para El y por toda la Familia …

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