Cuando falta la cortesía, el respeto y el buen trato, es importante «subir el tono».

marion-cotillard-encarna-la-elegancia-de.jpgLa falta de elegancia. El diapasón.  Un filósofo inglés del siglo XVII describe así la elegancia: «es la gracia, la conveniencia en la mirada, en la voz, en las palabras, en los movimientos, en los gestos, en toda la actitud que hace que se triunfe en el mundo y que da tranquilidad, al mismo tiempo que encanta a las personas con quienes conversamos. Es, por así decirlo, el lenguaje por el cual se expresan los sentimientos de sociabilidad que nacen y se desarrollan en el corazón»[J. Locke, Pensamientos sobre educación].
Cuando no se ejercen estas virtudes, la elegancia no se manifiesta porque no existe y los resultados de esta carencia aparecen antes o después. El mismo filósofo informa sobre las consecuencias: «Al igual que las maneras dulces y amables tienen el poder de atraer la benevolencia de aquellos con los que vivimos, así, por el contrario, las groseras y rústicas incitan a los demás a odiarnos y despreciarnos. Por tal motivo, aunque no haya ninguna pena establecida por las leyes para las costumbres desagradables y rústicas, observamos sin embargo que la naturaleza misma nos castiga, privándonos por tal causa del concurso y la benevolencia de los hombres; y sin duda, así como los pecados más graves nos acarrean daño, así estos más leves nos traen incomodidad. Por tal motivo, nadie puede dudar de que, para quien se dispone a vivir, no en soledad o en un monasterio, sino en las ciudades y entre los hombres, es una cosa utilísima saber ser en las costumbres y en sus maneras atractivo y agradable».
El diapasón es un instrumento que se utiliza en música para dar el tono a la interpretación del canto o de la orquesta; cuando baja el tono de los que tocan o cantan, el director lo sube y hace sonar el diapasón con el tono apropiado: en circunstancias en las que falta cortesía, respeto y buen trato, es importante hacer algo para «subir el diapasón».
Si se analiza la cuestión más a fondo, se ven otras dimensiones: la ausencia de las virtudes que constituyen la elegancia distorsiona la relación entre las personas e impide la buena comunicación. Y esto no es una cuestión menor: a todos nos resulta difícil tolerar a las personas cuyo trato es difícil por falta de simpatía, delicadeza o moderación. (F. Fdez. Carvajal en Pasó haciendo el bien)

Un comentario sobre “Cuando falta la cortesía, el respeto y el buen trato, es importante «subir el tono».

  1. Las virtudes humanas, que son el fundamento de las sobrenaturales, están en la base de los usos y costumbres de los pueblos, de lo que normalmente se entiende como urbanidad o educación.

    Quizá no se pueda decir que la afabilidad, la condición de quien es agradable en el trato y la conversación, sea la virtud más importante. Pero genera un sentimiento de empatía, de cordialidad, de comprensión, que es difícil de explicar o de suplir de otros modos.

    La urbanidad nos muestra algo sin lo cual no se puede habitar en sociedad, nos enseña a ser humanos, civiles. La cortesía, la afabilidad, la urbanidad, y sus afines, son hermanas pequeñas de otras virtudes más grandes. Pero su particularidad reside en que sin ellas la convivencia se haría ingrata. Es más, en la práctica, una persona grosera y descortés a duras penas podrá vivir la caridad.

    Las virtudes poseen también este carácter social. No son para el lucimiento personal, para fomentar el egoísmo, sino, en definitiva, para los demás. ¿Por qué nos sentimos tan a gusto con algunos, y quizá menos con otros? Probablemente, porque aquel nos escucha, vemos que nos comprende, no muestra prisa, da serenidad, no se impone, sugiere, respeta, es discreto, pregunta lo justo.

    Quien sabe convivir, congeniar, compartir, ofrecer, acoger, dar paz, está en camino de ser verdaderamente virtuoso. Jesús nos enseña que, si faltan algunas condiciones, la buena convivencia se deteriora. El civismo es quizá la mejor forma de presentación. Y las que podríamos llamar virtudes del trato constituyen el presupuesto y la base donde engarzar la joya de la caridad.

    Más que la moda, lo que nos aleja de la vulgaridad es el estilo. Tener estilo, tener clase se caracteriza por la sobriedad y el equilibrio, por la capacidad de conciliar extremos y contrastes; y menos, por ir a la moda.

    El estilo forma parte de nuestra personalidad. Es importante, por ejemplo, aprender a vestir conforme a la ocasión. La pulcritud no consiste tanto en tener un vestuario caro o de marca, cuanto en llevar la ropa limpia y planchada.

    Y EN FAMILIA…….

    . También las reuniones familiares −y entre estas, las comidas− permiten a los hijos contar sus pequeñas aventuras en el colegio; y, a los padres, hacer un comentario oportuno, o dar un criterio sobre un determinado comportamiento. Son ocasiones para poner en común aficiones, para ilusionarse por los paseos en la montaña o por la historia, o para introducir a los hijos en el fascinante arte de la narración.

    Podemos programar excursiones y visitas artísticas; y desvelar, poco a poco, aspectos de las tradiciones familiares y religiosas, o patrióticas, o culturales. Los niños aprenden a hablar sin levantar la voz ni gritar y, más importante, se ejercitan en escuchar, y se acostumbran a no interrumpir el hilo de las conversaciones, a no imponer sus puntos de vista ni sus exigencias.

    En familia, con pequeños detalles nos cuidamos unos a otros. Nadie se presenta mal vestido, ni come sin un mínimo de compostura. Las madres, sobre todo, piensan en una comida que le gusta a quien celebra un aniversario. Cada cual se pasa la fuente, y está pendiente de lo que necesitan los demás. Uno ofrece el pan o el agua a otro antes de servirse. Se dan las gracias, pues el agradecimiento fomenta la concordia, y la concordia la alegría y la sonrisa.

    Después de una buena comida en familia somos más felices: no solo con la alegría fisiológica de animal sano, sino porque hemos compartido con los que más queremos nuestra intimidad; nos hemos enriquecido moralmente, personalmente.

    Los comportamientos de los que se ha hablado ayudan a formar nuestra interioridad. A orientarse cara a Dios y cara a los demás. La mujer y el hombre maduros están anclados en la realidad, por eso se contentan con lo que tienen y lo disfrutan a fondo. Han aprendido a respetarse a sí mismos, a ser señores de su alma y de su cuerpo. Se conducen con naturalidad, prudencia y medida en toda situación. Perseveran confiadamente −en la amistad, en su trabajo, en los objetivos que se han fijado−, porque más que de recibir son capaces de dar. Han aprendido a ser generosos, y salen cada mañana como el sol, alegres como un héroe, a recorrer su camino, con un humor benéfico, que dignifica cuanto toca.

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