La elegancia, cauce de expresión de la personalidad y creatividad, es un desafío a la vulgaridad, a la monotonía y a la uniformidad

«La elegancia es cauce de expresión de la personalidad y creatividad de cada uno, en un desafío a la vulgaridad, a la monotonía y a la uniformidad». (Ricardo Yepes Stork La elegancia, algo más que buenas maneras, Nuestro Tiempo, n. 508, p. 110)

La elegancia es un estilo atrayente que a todos nos gustaría tener. Pero es una cualidad no fácil de alcanzar y, mucho menos, de mantener. Por eso la elegancia no es común a todos los mortales. Descubrir la elegancia en una persona despierta admiración.

Se detecta a primera vista y, sin embargo, no es exclusivamente exterior: cuando solo se manifiesta por fuera y no está bien arraigada en la persona, la admiración despertada se convierte en decepción.

Resulta difícil de definir porque contiene muchos aspectos y siempre nos parece algo misteriosa. Al decir que alguien es elegante no siempre es fácil saber por qué y expresarlo. Es algo sutil, armonioso, sereno, original, equilibrado.

Para ser auténtica, la elegancia tiene que brotar del interior de la persona. Cuando no es así, es falsa, aunque impacte a los sentidos y produzca una impresión agradable: enseguida se descubre que eso no es genuino, sino más bien oculta un vacío interior que no encaja ni armoniza

4 comentarios sobre “La elegancia, cauce de expresión de la personalidad y creatividad, es un desafío a la vulgaridad, a la monotonía y a la uniformidad

  1. La elegancia es obra de libertad, o si se quiere, es un exigente y adecuado artificio. De hecho, deriva del latín eligere que significa escoger, elegir. Y como la elección es propiamente obra humana, a la figura del ser humano se atribuye originariamente la elegancia; y así se habla de un talle elegante, de un andar elegante, de un gesto elegante. Análogamente se extiende este vocablo a la naturaleza inanimada que parece comportarse como el hombre: así, una casa, un paisaje, un jardín, un paraguas pueden ser elegantes.

    Para el diccionario, elegante es aquello que está dotado de gracia, nobleza y sencillez. Dicho de una persona, significa que tiene buen gusto y distinción para vestir. Dicho de una cosa (v. gr. un mueble) o de un lugar (v. gr. un barrio), significa que revela distinción, refinamiento y buen gusto. No se puede llamar elegante lo que no está bien proporcionado, ni es airoso.

    En su sentido más común, la gracia que es propia de la elegancia viene a ser la cualidad que hace agradable a la persona o cosa que la tiene. Con independencia de la hermosura de las facciones, se llama “gracia” al atractivo que se advierte en la fisonomía de algunas personas. Como esa gracia no surge espontáneamente en todos, sino en algunos, la “gracia” significa también el don o favor que luce sin merecimiento natural, como una concesión gratuita. Es la “gratuidad” lo que elogiamos en la persona elegante, en su afabilidad y buen modo, en su soltura, en el trato con las personas.

    La elegancia es así un modo de portarse. Por ejemplo, en una reunión, la persona elegante ha de tener “porte”, que no es otra cosa que la manera de gobernarse (laute se gerere) en conducta y acciones en todos los actos que conciernen, de manera antecedente o concomitante, al objeto y secuencia de esa reunión. Y aunque el porte tenga algo que ver con la buena o mala disposición natural de una persona, lo cierto es que se identifica con el mayor o menor lucimiento que uno libremente presenta.

    La elegancia es una actitud adquirida
    Es una virtud, una creación del hombre sobre sí mismo; se opone, por eso, a la rusticidad y al aspecto agreste de la naturaleza humana. Se puede tener gracia, pero no se puede tener elegancia sin educación y formación. Elegancia es la gracia decantada; pero libremente apropiada: no hay elegancia impuesta por la fuerza.

    La elegancia es creación noble y distinguida

    La elegancia no se da en cualquier creación que el hombre hace sobre sí mismo.

    Es preciso, en primer lugar, que lo conseguido posea nobleza y otorgue distinción al porte y a los modales.

    En segundo lugar, lo elegante ha de ser bien proporcionado, en el sentido de que no se encuentre inacabado o maltrecho.

    Pero, en tercer lugar, en ello debe brillar la sencillez, entendida como simplicidad y claridad: la forma no ha de ser recargada, los medios no deben ser complicados o embrollados, y los movimientos han de ser suaves. Esta sencillez es la que configura el buen gusto, el cual detesta las complicaciones inútiles. Por ejemplo, al discurso le viene su elegancia en parte de las supresiones: no es preciso, para entender una cosa, decirlo todo ni expresarlo todo; hay que dejar que el espíritu ejerza libremente su agudeza para comprender. Asimismo, la elegancia del valor o del coraje estriba en que estas actitudes no apabullen, no invadan con sus formas la conducta. Estas notas de distinción, proporción y sencillez eran las que tenía en cuenta Honorato de Balzac cuando decía que “la mujer tosca se cubre; la mujer rica y la boba se adornan; la mujer elegante se viste”.

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