La humildad se basa en saber y aceptar la verdad sobre uno mismo (video)

Este vídeo trata sobre la virtud de la humildad, que se basa en saber y aceptar la verdad sobre uno mismo.

Ha sido realizado por ‘Investigar y promover la educación del carácter en escuelas de secundaria de Latinoamérica’, un proyecto conjunto de la Facultad de Educación y Psicología y el Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra. Recibe financiación de Templeton World Charity Foundation. Para más información: http://www.unav.edu/web/educacion-del-caracter

 

8 comentarios sobre “La humildad se basa en saber y aceptar la verdad sobre uno mismo (video)

  1. “La humildad es el rechazo de las apariencias y de la superficialidad; es la expresión de la profundidad del espíritu humano; es condición de su grandeza”
    Juan Pablo II

    En la vida se presenta a veces dos caminos: el de la humildad o el de la soberbia; el primero siempre tiene un final feliz, el segundo acaba mal. Este valor lleva a la persona a conocer y aceptar la realidad de su vida, sin subestimarse ni creerse superior a los demás.

    La humildad es la actitud derivada del conocimiento de las propias limitaciones y que lleva a obrar sin orgullo. Este valor lleva a la persona a conocer y aceptar la realidad de su vida, sin subestimarse ni creerse superior a los demás. Es la verdad sobre uno mismo.

    Humildad no quiere decir “flojera”, falta de carácter o debilidad -pues no se le puede llamar así a la virtud que denota pureza de alma y paz interior-, como tampoco la soberbia es signo de fortaleza.

    Recordamos entonces las palabras de Santo Tomás: “La soberbia consiste en el desordenado amor de la propia excelencia”. La soberbia enceguece al hombre, pues no le permite aceptar o ver sus defectos y por eso mismo, no puede corregirlos. El hombre humilde en cambio, cuando detecta una rama torcida, puede enderezarla, aunque le duela.

    Los beneficios de la humildad

    Covadonga O´Shea, en su libro “En busca de los valores”, hace un interesante análisis en su apartado sobre la humildad. La autora con base en su experiencia, conocimientos y aprendizaje de otras personas, dice que la humildad provee un estado de alerta y de admiración hacia el trabajo de los demás. De igual manera, afirma: “quien tiene una actitud humilde en la vida diaria está siempre abierto a pedir consejo, no porque no nos fiemos de nuestra inteligencia, sino porque tenemos en mucho la de los demás. Otra consecuencia positiva de quien trata de ser humilde es que esta virtud no nos deja creer que hemos llegado a la cumbre en ningún sentido, ni nos ciega hasta el punto de no ver lo mucho que nos queda por recorrer hacia adelante y la ventaja que nos llevan otros”.

    Por tanto, la humildad es una vía hacia la felicidad, pues se vive en armonía con los demás, se valora a sí mismo de la misma forma que se valora a quienes le rodean, se experimenta serenidad, tranquilidad y se desarrolla la capacidad de admitir las equivocaciones, se facilita el perdón, hace que la crítica se transforme en una posibilidad de crecimiento, y finalmente, se elimina la presión externa y el miedo a mostrarse como un ser perfecto, lo cual no es posible bajo ningún punto de vista.

    La humildad en acción

    La humildad va más allá de las palabras. Vivir con humildad es reconocer los propios errores y además comunicárselo a quien fue ofendido. Un ejemplo claro de esto, es cuando los padres de familia se equivocan en cualquier actuar con los hijos, donde es válido y necesario pedirles disculpas, lo que está lejos de ser un declive de autoridad. Este gesto de humildad, además del crecimiento personal que representa, les enseñará a los hijos que aunque los seres humanos se equivocan, tienen derecho a rectificar sus errores, logrando así superar las dificultades sin afectar el cauce natural de la vida.

    También se es humilde, cuando en el rol de líderes (dentro de grupos sociales, trabajo, etc.) se aprende de los demás y se reconoce en el otro su valor como ser humano. Asimismo, se reconocen las propias fortalezas pero no se enaltecen aplastando las de los otros.

    Claves para estimular la humildad

    El libro “Pequeña Guía de los Valores Humanos”, presenta las siguientes claves para no caer en comportamientos que denoten falta de humildad o de modestia:
    ◾Ser consciente de que se poseen virtudes, pero también defectos, y reconocerlos con total naturalidad sin menospreciarse por ello.
    ◾Diferenciar una crítica constructiva de un ataque injustificado y no dejarse amedrentar por reproches sin fundamento.
    ◾Saber qué lugar nos corresponde dentro de la familia, sociedad, etc., e intentar cumplir nuestra misión lo mejor posible sin pretender sustituir a otras personas.
    ◾Intentar en todo momento mejorar y superarnos sin dejarnos abatir por las adversidades.
    ◾Mostrar siempre nuestra auténtica cara sin máscaras ni disfraces.
    ◾Ser laboriosos e insistentes en nuestro intento de mejorar y crecer.
    ◾Amarnos a nosotros mismos y a quienes nos rodean para perdonarnos y perdonar los errores.
    ◾Ser delicados y tiernos con el prójimo.
    ◾Conservar la sencillez y accesibilidad que pueda ganarnos el respeto y cariño de quienes nos rodean.

    Fuentes: Libro En busca de los valores, Covadonga O´Shea. Ediciones La Esfera de los Libros. Madrid, 2006.

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  2. Padre Antonio Rivero: “La humildad es la verdad”

    XXII Domingo Ordinario

    •agosto 27, 2019 14:26•Antonio Rivero•Espiritualidad y oración

    VIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO COMÚN

    Ciclo C

    Textos: Eclesiástico 3, 19-21.31.33; Hbr 12, 18-19.22-24a;Lc 14, 1.7-14

    Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.

    Idea principal: Todo seguidor de Jesús en el “banquete de la vida” debe ser humilde para ponerse en el último lugar y generoso, cuando invite a comer a los demás.

    Síntesis del mensaje: No es fácil vivir los dos consejos que Cristo hoy nos invita a poner en práctica: primero, ponernos en el último lugar – ¡qué locura! -, y después, invitar a comer, no a nuestros amigos y familiares, sino a los que no conocemos, – ¡el colmo! – e incluso a quienes nos resultan antipáticos. Razones habrá tenido Jesús al darnos estos dos consejos que no son a primera vista naturales. Ya la 1ª lectura nos decía: “Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios”.

    Puntos de la idea principal:

    En primer lugar, toda la liturgia de hoy es una invitación a vivir la virtud de la humildad. Virtud que antes de Cristo no era cotizada, al contrario, era infamia y defecto, porque los grecolatinos siempre buscaban la excelencia, el sobresalir, la “areté”. La palabra humildad proviene del latín humilitas, que significa “pegado a la tierra”. Es una virtud moral contraria a la soberbia. Virtud que nos hace reconocer nuestras debilidades, cualidades y capacidades, y aprovecharlas para obrar en bien de los demás, sin decirlo.De este modo esta virtud nos hacer mantener los pies en la tierra, sin vanidosas evasiones a las quimeras del orgullo.Santo Tomás estudia la humildad en la 2-2, 161, y dice: “La humildad significa cierto laudable rebajamiento de sí mismo, por convencimiento interior“. La humildad es una virtud derivada de la templanza por la que el hombre tiene facilidad para moderar el apetito desordenado de la propia excelencia, porque recibe luces para entender su pequeñez y su miseria, principalmente con relación a Dios. Humildad es ponernos en nuestro sitio exacto: soy pecador, redimido por Cristo. ¿De qué puedo presumir? Y poner a Dios en su lugar, el primero. Por eso, también la humildad es virtud derivada de la justicia, por la que damos a Dios lo que es de Dios: nuestras cualidades y talentos. La humildad es el cimiento de todo el edificio, como escribió santa Teresa en las Moradas Séptimas 4, 9. Sin humildad todas las demás virtudes se derrumban o son postizas.

    En segundo lugar, ¿por qué tenemos que ponernos en el último lugar? Metámonos en el corazón de Jesús. Para evitarnos humillaciones en la vida – “oye, amigo, cede ese lugar a otro más importante que tú”-, Cristo nos aconseja humillarnos a nosotros mismos. A nosotros nos resulta difícil seguir este consejo de Cristo. Nos gusta ocupar siempre, en la medida que podemos, los puestos principales, ¿a quién no? Está en nuestra naturaleza humana. No aceptamos de buena gana ser tan modestos que nos pongamos en el último lugar. Lo que hay detrás de este consejo de Jesús es esto: primero, que sólo Dios nos dé honor y gloria, y no los hombres; segundo, que sólo al humilde Dios le da sus gracias y lo quiere (1ª lectura), y finalmente, Cristo nos dice que para entrar en el banquete del Reino tenemos que ser humildes. Tenemos hambre y sed de honor y gloria personales; pero si cedemos a esta inclinación caemos en egoísmo, soberbia y vanidad, y no andaremos en la verdad, pues como decía santa Teresa de Jesús: “La humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada”(Moradas 6, capítulo 10).Buscar nuestra gloria nos rebaja. Los grandes santos tuvieron que luchar también contra esta tendencia: santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, por poner unos ejemplos. La humildad es una virtud que vino Jesús a enseñárnosla en persona, porque solos no podríamos aprender esta lección. Pero es la humildad la que definitivamente abre el corazón de Dios y el corazón de los hombres. Una persona soberbia y vanidosa cae mal en todas partes. La búsqueda de honores y sillones demuestra una actitud posesiva. Quien busca directamente honores, no los merece. Otro motivo para ser humildes: es que nos hace bien sobre todo a nosotros mismos, pues nos hace conocernos y aceptarnos mejor a nosotros mismos. El que es humilde, se ahorra muchos disgustos y goza de una mayor paz y armonía interior y psicológica.

    Finalmente, ¿por qué tenemos que invitar a comer a quienes no conocemos o son pobres, y ser generosos y espléndidos en nuestros dones y regalos? Metámonos en el corazón de Jesús. Cristo nos dio todo: su Iglesia, sus sacramentos, su vicario el Papa, su Madre, sus vestiduras, su evangelio, su testamento. No se quedó ni se reservó nada para Él. Fue siempre generoso. Lo normal es que cuando hacemos un banquete invitemos a parientes y amigos. Es la ley de la “reciprocidad comercial”. Ellos nos retribuirán después. Y Jesús nos dice que ahí no hay mérito, y propone la ley de la “generosidad gratuita”. Tenemos que buscar la recompensa divina, distinta de la recompensa humana que vicia las relaciones, inoculando el interés personal en una relación que debería ser generosa y gratuita. Invitar a los pobres, sí. En el Salmo de hoy nos dice que Dios prepara casa a los desvalidos y pobres. Ellos, los pobres, serán los mejores guardianes de nuestra humildad. Su indigencia los tiene habituados a considerarse vacíos y despojados, experimentando cada día la necesidad del auxilio ajeno para poder vivir, y así pueden enseñarnos con su ejemplo a practicar esta virtud tan valiosa pero tan ardua. Y no olvidemos lo que nos dice san Pablo: “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hech 20, 35).

    Para reflexionar: Meditemos este párrafo de santa Teresa de Jesús: “Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante a mi parecer sin considerarlo, sino de presto­ esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entienda agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella. Plega a Dios, hermanas, nos haga merced de no salir jamás de este propio conocimiento, amén” (Moradas VI, 10, 7).

    Para rezar: Señor Jesús, manso y humilde.Desde el polvo me sube y me domina esta sed de que todos me estimen, de que todos me quieran.Mi corazón es soberbio. Dame la gracia de la humildad, mi Señor manso y humilde de corazón. No sé de donde me vienen estos locos deseos de imponer mi voluntad, no ceder, sentirme más que otros… Hago lo que no quiero. Ten piedad, Señor, y dame la gracia de la humildad. La gracia de mantenerme sereno en los desprecios, olvidos e indiferencias de otros. Dame la gracia de sentirme verdaderamente feliz, cuando no figuro, no resalto ante los demás, con lo que digo, con lo que hago.Ayúdame, Señor, a pensar menos en mi y abrir espacios en mi corazón para que los puedas ocupar Tu y mis hermanos.En fin, mi Señor Jesucristo, dame la gracia de ir adquiriendo, poco a poco un corazón manso, humilde, paciente y bueno (P. Ignacio Larrañaga).

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