La discreción lleva a no indagar en las vidas ajenas; reservar la propia intimidad ante extraños y no airear asuntos ajenos

jesus-630px.jpgLa discreción es una gran virtud… Los secretos verdaderos son para guardarlos. Este es un deber de lealtad y de prudencia. Quienes no guardan un secreto son personas de poco fiar porque traicionan a quienes han confiado en ellos.

Lo que se comunica basado en la confianza entre dos personas viene a ser en cierto modo sagrado.

Hay personas siempre deseosas de dar a conocer lo que saben, incluso, buscan comunicarlo antes que nadie, revelarlo a un grupo como primicia y adquirir así la imagen de persona enterada. Correveidile es el calificativo que se les puede aplicar.

El escritor sagrado no vacila en declarar: el hombre discreto encubre lo que sabe, mas el corazón de los imprudentes descubre su necedad.

Muchos textos de la Escritura señalan la semejanza entre sabiduría, justicia y discreción.

La discreción es virtud que conlleva una actitud positiva que ennoblece a la persona. Se reconoce que es respetuosa, leal, se confía en ella, ofrece seguridad.

La discreción comienza por no indagar en las vidas ajenas.

Lleva a reservar la propia intimidad ante los extraños.

Consiste en no airear asuntos ajenos.

Guardar lo que ha conocido confidencialmente.

Ser oportunos para hablar: aguardar hasta el momento adecuado para decir, pensar antes de hablar, escuchar antes de dar una respuesta.

También consiste en elegir las mejores palabras –las que menos hieren, las fáciles de entender, las que animan– para decir la verdad. Sabemos que esto es también delicadeza, respeto y caridad.

Las personas discretas saben que hay un tiempo de callar y un tiempo de hablar[272]. [F. F. Carvajal en Pasó haciendo el bien]

7 comentarios sobre “La discreción lleva a no indagar en las vidas ajenas; reservar la propia intimidad ante extraños y no airear asuntos ajenos

  1. Seguro que conocéis lo de “los tres filtros” de Sócrates, un hombre que manejaba el discurso con brillantez, y otras claves útiles cuando lo que se plantea no es hablar de otro sino hablar con otro

    Cuentan que alguien le comentó a Jacinto Benavente: −“Usted, don Jacinto, siempre habla bien de Valle-Inclán y en cambio él siempre habla mal de usted”. −“Tal vez los dos estemos equivocados”, respondió Benavente.

    Si al escritor madrileño le concedieron el Nobel de Literatura, el filósofo Sócrates es también un referente universal como orador. Murió envenenado, pero no fue precisamente por morderse la lengua…

    Seguro que conocéis lo de “los tres filtros” de Sócrates, un hombre que manejaba el discurso con brillantez: Hay TRES PREGUNTAS que debemos formular, o formularnos, ante la ocasión de HABLAR DE OTRO:

    «Lo que quieres contar…

    ● ¿Tienes certeza de que es verdadero en todos sus extremos?

    ● ¿Es algo bueno para alguien?

    ● ¿Es necesario, útil, saberlo?

    Se trata de no incurrir en lo que se conoce como “hablar por no callar”. O en riesgos mayores.

    Más allá de los filtros socráticos, es interesante contar con otras CLAVES ÚTILES cuando lo que se plantea no es hablar de otro sino HABLAR CON OTRO.

    Te menciono diez:

    1. Antes de hablar, escucho. Debo prestar atención a quien se dirige a mí. Y a aquello que me quiere decir. Es una muestra de respeto y suele ser de utilidad. Se trata, además, de escuchar para comprender y no simplemente de escuchar para contestar.

    2. Pienso antes de hablar. Es −nunca mejor dicho− razonable y sensato: no muevas la lengua sin antes haber “movido” la cabeza. En ocasiones hay que darle un par de vueltas…

    3. Escucho más de lo que hablo. Recuerda: tenemos dos orejas y una boca. Y, cuando hablo con alguien, he de ser consciente de que más de una vez lo que tengo que decir… suele interesarme más a mí que a mi interlocutor. Además, el silencio “doméstica” el ego. Nunca viene mal…

    4. He de ser oportuno: escoger bien la ocasión, el lugar, el modo adecuado… “Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo”, decía Cervantes.

    5. Debo medir el tono y las formas. Elevar la voz, gesticular vehementemente, descalificar… no me da más la razón. ¿Por qué decir mal lo que puedo decir bien? Un comentario con respeto ¡cuánto puede ayudar! Si es hiriente ¡qué gran daño puede ocasionar! Observa la diferencia entre “bien-decir” y “mal-decir”; y sus efectos.

    6. Debo expresarme de manera clara y sucinta. Cuando he de exponer algo, es importante ser diáfano y conciso y utilizar adecuadamente las palabras. No hay que irse por las ramas o “por los cerros de Úbeda”.

    7. La empatía y la prudencia son esenciales. Intenta ponerte siempre “en los zapatos” de la otra persona. Y recuerda que “por la boca muere el pez” o −si lo prefieres− que “el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios”. Aunque nunca olvides que la prudencia no es ser timorato, sino distinguir lo bueno y lo malo y escoger lo primero. A veces, la prudencia exige hablar.

    8. La discreción, una virtud. A pesar de que, en ocasiones, la tentación al chismorreo pueda ser grande… sé reservado. No siempre es fácil. Nos decía Hemingway que “se necesitan dos años para aprender a hablar… y sesenta para aprender a callar”.

    9. Ser coherente es fundamental. Hay que predicar con el ejemplo. Tus palabras deben ser avaladas por tu conducta. El ejemplo arrastra… y la incoherencia es letal.

    10. Habla sólo si eres capaz de mejorar el silencio. A veces no es fácil; hay silencios elocuentes.

    Leí una vez que dicen que el silencio es oro… aunque la frase completa, a decir verdad, era: “Dicen que el silencio es oro… pero si tienes niños, ¿qué estarán tramando?”

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