Hay una buena y una mala escucha… Y tú ¿sabes escuchar bien?

escuchar al otro.jpgOír no es lo mismo que escuchar. La buena escucha requiere sintonizar, hacerse cargo del estado del otro, no solo de lo que dice, sino también de qué le pasa y por qué dice estas cosas y calla otras, cuál es su intención, qué siente, qué necesita; comprender la entonación, la energía o el desaliento con que habla. Escuchar bien reclama nuestro ser entero, olvidarse de lo demás y ser todo para el otro que habla. Solo de esta forma será posible responder bien y, sobre todo, llegar a un encuentro verdadero entre persona y persona. Un padre cuando escucha a su hijo de trece años es todo para él; no es un tercio para el niño, y dos tercios para oír las noticias…

No podemos concebir a Jesús distraído y pensando en otras cosas cuando uno de los discípulos, o alguien que se le acerca, le dice o pregunta algo. Jesús entra de lleno en el tema que le presentan y atiende a la persona: así ocurre con Nicodemo, con la samaritana, con el joven rico, con Bartimeo, el ciego de nacimiento, y con todos. Cada uno podría contar después que el Señor le atendió con un interés especial, único. Toda la atención de Jesús estaba por entero en quien le hablaba.

Escuchar requiere no interrumpir el discurso del que habla. A veces, conviene preguntar para aclarar un detalle; otras veces, decir algo para manifestar que se comprende o que se está de acuerdo. Este silencio atento favorece la escucha… Cuando nos piden un consejo conviene escuchar bien los detalles significativos del problema. No deja de sorprender la rapidez con que algunas personas suelen responder a cualquier consulta que se les haga, sobre los temas más variados. Algunas veces habrá que decir con toda sencillez que no tenemos respuesta para el problema consultado, que necesitamos un tiempo para reflexionar; conviene ser honrados y por respeto a la persona no improvisar el consejo, sino decir sencillamente que queremos pensarlo mejor.

También es necesario saber escuchar en las conversaciones entre un grupo de personas: no quitarse la palabra, interrumpir, no cambiar de tema sin más ni más, no dejar terminar al que habla… Hay personas que, si no opinan, sienten que no existen: quieren a toda costa decir lo que se les ocurre y que los demás se enteren de que saben del asunto; cuentan su versión o su interpretación del tema aunque sea una ocurrencia inoportuna que «no viene a cuento», y seguramente sin haber atendido a los demás. Así, no dejan profundizar en los asuntos, sin aportar algo de interés. En muchas de estas situaciones está presente la vanidad, la frivolidad, la falta de tacto, la ausencia de ideas y de reflexión.

Otras personas se escuchan a sí mismas: la vanidad les lleva a recrearse con las propias palabras. Causan un efecto cómico… No pocos escuchan buscando la oportunidad de poder hablar de sí mismos: si alguien empieza a contar lo que le ha pasado, suelen interrumpirle enseguida con un «pues a mí…». Cuentan que un viejo escritor se encontró con un amigo al que le habló largamente de sus trabajos y sus éxitos, que no parecían tener fin. Al cabo de un buen rato le pidió disculpas con estas palabras: «Perdona, solo he hablado de mí; por favor, cuéntame algo de tu vida. Por cierto, ¿qué piensas de mi último libro?».

En las tertulias entre amigos, amigas, matrimonios, ocurren también muchos disparates. Desde quien cuenta chistes hasta la extenuación de sus oyentes, hasta el que se toma en serio las más mínimas afirmaciones, las tergiversa y las discute. [F. F. Carvajal en Pasó haciendo el bien]

6 comentarios sobre “Hay una buena y una mala escucha… Y tú ¿sabes escuchar bien?

  1. He leído este artículo que me parece interesante porque está basado en hechos reales.

    Ayudar a alguien en problemas puede generar un conflicto si solo juzgamos sus acciones. Hay que aceptar que las soluciones que nos vienen bien a nosotros no siempre se pueden extrapolar. Y que lo más importante es escuchar al otro.

    ME DEJAS que te cuente algo?

    —Sí, claro…
    —Ayer salí por la noche a tomar algo…
    —Pero ¿cómo se te ocurre salir entre semana?
    —Ya, el caso es que lo hice, y me encontré a Laura. Y otra vez discutimos…
    —Como siempre, si es que cuando te pones…
    —No empecé yo precisamente.
    —Es igual. Lo que tienes que hacer es llamarla. Ahora mismo. Y te disculpas.
    —No te lo contaba para que me dijeras eso.
    —¿Y qué esperabas?
    —Tenía bastante con que me escucharas. Y desde luego no necesitaba nada de lo que me has dicho.

    Esta es una conversación entre dos amigos que tuve ocasión de escuchar en el AVE (me sigue sorprendiendo lo imprudente que es la gente contando su vida y hablando sobre sus negocios a oídos de todo el vagón). Una charla en la que uno de ellos busca ayuda y el otro se la brinda con la mejor de las intenciones, pero con el peor de los resultados.

    ¿Qué ha fallado?
    La respuesta es sencilla: es una conversación plagada de juicios que termina con un consejo que no sienta nada bien. Los dos elementos más peligrosos (y más usuales) del acompañamiento o de la amistad.

    Juicios: ¿Y tú qué sabes? Una de las formas más rápidas de crear distancia entre las personas es juzgando sus actos. En el contexto del acompañamiento, podemos opinar sobre un hecho (robar no está bien), pero no deberíamos sentenciar a las personas (eres un ladrón). Porque cuando lo hacemos, dejamos de aceptarlo. Lejos de ayudarle a reflexionar, lo que vamos a provocar es que salga a la defensiva o que deje de estar interesado en lo que le podamos decir.
    Juzgar tiene además un riesgo, y es que podemos ser terriblemente injustos. Porque a menudo nos precipitamos con nuestras conclusiones sin saber de la misa la mitad, sin pararnos a pensar (o a descubrir) los motivos por los que alguien ha tenido un determinado comportamiento. Hace unos meses tuve que suspender un curso porque la noche anterior había tenido una cena que terminó tarde, y por la mañana me encontraba fatal. Muchos me tacharon de juerguista o de irresponsable… hasta que se enteraron de que tuvimos una intoxicación alimentaria por unas croquetas de la comida anterior, y que un par acabaron en el hospital.

    ¿Por qué alguien tendría que pensar por sí mismo sobre lo que tiene que hacer si puede simplemente venir a preguntarnos?

    Consejos: aceptar que mis soluciones no son las tuyas. Cuando alguien nos cuenta un problema, sentimos la necesidad de resolverlo. Es loable, pero cero efectivo. En primer lugar, porque lo que a uno le parece que puede funcionar no tiene por qué venirle bien a otro. Y los consejos generan además fuertes dependencias. ¿Por qué alguien tendría que pensar por sí mismo sobre lo que tiene que hacer si puede simplemente venir a preguntarnos? Si ­acostumbramos a los amigos a ser asesorados, les privamos de desarrollar sus propios recursos en futuras decisiones. Lo único que logramos es cargarnos con la mochila de sus problemas. Yo tuve un jefe que siempre me aconsejaba. A mí y a todos sus compañeros. No movíamos un dedo sin sus instrucciones o recomendaciones. Su primera baja no se debió a una gripe. La causa fue el estrés.

    Entonces… ¿cómo lo hacemos? Acompañar es estar a disposición. Caminar al lado del otro, siguiendo su ritmo y haciéndole de espejo. Sin empujarle ni estirarle. Parando cuando él para y acelerando cuando él acelera. Y esto, en términos de comunicación, significa básicamente escuchar. Escuchar para que el otro ordene sus ideas y encuentre sus soluciones. Ideas que quizás uno ya había intuido, pero cuya comunicación se intenta evitar en forma de consejo. Acompañar es también aceptar el momento en el que se encuentra otra persona. Con sus virtudes y sus defectos. Con sus miedos y vulnerabilidades. Acompañar es un juego en el que la posesión del balón es mayoritariamente del otro. Y si nos lo pasa, se lo vamos a devolver. Porque nosotros no somos el protagonista, somos solo el espejo.

    / Diego Mir

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  2. Muy interesante entrada y comentario. Por mi parte, creo que es uno de mis mayores defectos: “No sé escuchar”. Tengo que esforzarme mucho en ser generoso con el tiempo que solicitan las personas que se nos acercan, pero la acumulación de tareas y la necesidad de buscar respuestas a los problemas cotidianos laborales, familiares o personales, muchas veces me tienen anulado.
    Tengo que mejorar mucho en este aspecto. Gracias!!
    Buen finde.

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  3. Yo lo siento me he perdido entre opiniones y comentarios y entradas.No sé si no sé escuchar,si no me entero .O si hay temas que me están resultando contradictorios. ..O si demasiada información acaba resultando mala para mi..

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      1. Isabel, confío en que esto que he escrito te aclare ideas y no dudes. Solo te pido que lo leas, por favor.

        ¿Conoces el origen del término cordialmente? No sé si a ti te pasa, pero a mí hay palabras a las que les tengo una estima especial. Una de ellas es, sin duda, la palabra cordialmente. Cordialmente es un adverbio creado a partir del adjetivo cordial. Pero, ¿cuál es el origen de la palabra cordial? A continuación te doy la respuesta. Te aseguro que te va a encantar. Te lo digo de corazón…

        La palabra cordial es un adjetivo que deriva del término latino cords, -is, cuyo significado es corazón. De ahí que el adverbio cordialmente se use a menudo como despedida de una carta, porque es allí donde reflejas ‘de todo corazón’ aquello que has escrito. Otra curiosidad es que en sánscrito la palabra que designa el término corazón es hrid, un término que significa saltador en referencia a los saltos o latidos que da tu corazón cuando experimenta algún tipo de sentimiento o emoción. Curiosamente fue del término en sánscrito donde pasó al griego kírdia y más tarde al término latino cor. Ahora que ya sabes un poco más sobre el término cordialmente es hora de que hable de qué maneras puedes enseñar con y desde el corazón.

        4 Razones por las que hay que hablar y escuchar con y desde el corazón.

        1.- No sólo hay que ponerse en la piel de las personas, sino que hay que traspasar esa piel hasta llegar hasta lo más profundo de sus corazones. Y se hace primero escuchando y después comprendiendo.

        2. Sólo se puede escuchar con y desde el corazón si enseñas con toda tu pasión y con todo tu entusiasmo. Un espíritu, un corazón que representa la búsqueda de nuevos retos, de nuevos desafíos, de nuevas experiencias. La profesión de pirata es una profesión que se asocia con la libertad. Pues bien, es desde la libertad desde donde debemos escuchar a nuestros amigos. Es desde la libertad desde donde debemos sacar del corazón aquello que realmente cale y emocione.

        3. Enseñar desde el corazón no es enseñar desde la simpatía. Enseñar desde el corazón va mucho más allá. Se trata de enseñar teniendo muy claro el ejercicio de generosidad que llevas a cabo. Una generosidad que se basa en dar todo lo que tienes, en dar lo mejor de ti para que tus amigos hagan el mejor uso posible de ello. Y, personalmente, no entiendo otra generosidad mayor que aquello que sale directamente del corazón.

        4. Se puede elegir entre explicar o enseñar. Pero si enseñas con y desde el corazón podrás dar un paso más y dejar de explicar o enseñar para empezar a inspirar. Se trata sin duda de una cita preciosa y que te enseña que dando lo mejor de ti, que entregando tu corazón a tus amigos, será cuando dejarás una huella imborrable en ellos. Y esa huella imborrable no será por aquello que les enseñaste, sino que, principalmente, será por aquello que fuiste capaz de transmitirles.

        Un abrazo.

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