¡Quieres aprender de Dios? Empieza por escucharle

escuchar a Dios oracion.jpgSaber escuchar. Aprender de Dios. Escucharle

Dios habla, nos llama, reclama nuestra atención, insiste: Yo soy el Señor Dios tuyo, escucha mi voz. Escucha, pueblo mío. Ojalá me escuchase mi pueblo, y caminase Israel por mi camino. Es casi una súplica que nace de un amor infinito que desea solo nuestra felicidad… Escucha, Israel, el Señor tu Dios es el único Señor. Amarás… Estas palabras que hoy te doy estarán grabadas en tu corazón… La expresión shemá –escucha– aparece insistente en boca de Dios. Llama a la puerta del corazón y dice: escucha mi voz.

Dios habla.

Su voz se oye en el corazón unas veces, y otras a través de las palabras de los demás y de los sucesos mismos que tienen lugar cerca y lejos de nosotros… Su voz se distingue entre las otras voces. Sus palabras son llamadas, peticiones, sugerencias que señalan el sendero del bien, el camino bueno para encontrar la alegría, incluso en el dolor… Hay situaciones de confusión en las que preguntamos al Señor: ¿qué podemos hacer?, ¿qué es lo que importa de verdad entre todo lo que me pasa? El Señor responde de muchas maneras a través de las circunstancias, de las oportunidades que se presentan, de las personas que nos quieren. [F. F. Carvajal en Pasó haciendo el bien]

3 comentarios sobre “¡Quieres aprender de Dios? Empieza por escucharle

  1. Las palabras del rey Darío resonaban en la mente de Daniel mientras sus servidores lo bajaban al foso de los leones. «El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre» (Dn 6.16). Los encargados pusieron entonces una pesada piedra sobre la entrada al recinto subterráneo.

    Aun después de evaluar la gravedad de su situación, Daniel no vaciló en su fe. La mañana siguiente el rey Darío encontró a Daniel ileso y proclamando: «Oh rey, vive para siempre. Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen daño» (vv. 21, 22).

    ¿Cómo sobrevivió Daniel? ¿No tenían hambre los leones? Los historiadores cuentan que a los animales usados para ese tipo de ejecuciones se les dejaba varios días sin alimentar, para asegurarse de la muerte de los acusados. Pero la suerte de Daniel nunca estuvo en manos de los hombres. Su vida pertenecía a Dios, y ahí radica la victoria. Daniel sobrevivió por poner su confianza en Dios, y su fe en las promesas divinas.

    Las promesas de Dios son esenciales para nuestro bienestar espiritual.

    Cada uno de nosotros puede recordar ocasiones en las que deseamos haber tenido una palabra certera de parte de Dios, algo a qué aferrarnos para cuando surgieran las dudas y el temor. Dios sabe cuándo necesitamos ánimo, guía y esperanza. Es por eso que nos ha dado promesas concretas en su Palabra, para que podamos entender su naturaleza y confiar en Él. En los momentos emocionalmente devastadores, las promesas de Dios son esenciales para nuestro bienestar espiritual.

    La Palabra de Dios es, por consiguiente, una brújula, una guía y un libro de instrucciones para la vida. Así como usamos manuales de instrucciones en el trabajo o en la cocina, también debemos usar la Palabra de Dios como nuestra fuente de sabiduría y verdad. A nadie se le ocurriría hacer un pastel sin una receta, y ningún mecánico montaría un motor sin un manual.

    Algunas de las promesas de Dios son condicionales (véase «¿Cómo puedo reclamar las promesas de Dios?», cerca de He 10.23), pero podemos tener fe en todas ellas. Sin embargo, no se trata de nombrar y reclamar una promesa; las promesas deben estar acompañadas de oración y de un ardiente deseo de conocer la voluntad de Dios para nuestras vidas. Aunque Dios quiere que todos experimentemos lo mejor de Él, también desea que conozcamos y disfrutemos su presencia de un modo personal que exprese su suficiencia de la mejor manera posible. Reclamar una promesa sin la guía de su Espíritu Santo nos conducirá a desengaños, desilusiones y frustraciones.

    A veces, Dios trae un pasaje específico a nuestra mente que da esperanza y certeza a nuestros corazones. En otros momentos, nos motiva a orar y buscar su sabiduría en un asunto específico. Si acudimos a Dios con fe, Él nos guiará de acuerdo con su voluntad. Esto, por supuesto, no sucederá de la noche a la mañana. Muchas veces, Dios quiere que meditemos sobre cierto pasaje bíblico durante cierto tiempo antes de darnos su dirección.

    Dios no quiere que nos involucremos en nada que contradiga las Escrituras.

    Cuando el rey David buscó el corazón de Dios en cuanto a su deseo de construir el templo, la Biblia dice: «Y entró el rey David y se puso delante de Jehová» (2 S 7.18). David no ordenó a sus hombres que comenzaran la construcción. Esperó la dirección de Dios, e hizo bien, porque el Señor quería que fuera Salomón, el hijo de David, quien hiciera el trabajo.

    Pero Dios honró la actitud de David y le dio una promesa maravillosa: «Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente» (2 S 7.16). Dios siempre honra nuestro deseo de buscar su dirección y sabiduría. Si venimos a Dios esperando su respuesta, Él nunca nos decepcionará.

    En el tiempo de Daniel, Dios hablaba por medio de visiones, sueños y, a veces, audiblemente. Hoy habla principalmente por medio de su Palabra, porque no quiere que nos involucremos en nada que contradiga las Escrituras. Cualquier versículo puede ser sacado de contexto y tergiversado. Pero si somos fieles a la Palabra de Dios y la interpretamos en su contexto, sabremos aplicar los preceptos y las promesas del Señor a nuestras vidas, y encontrar fortaleza para aferrarnos al Señor en las situaciones más difíciles. En vez de ser lanzados emocionalmente de un lado a otro, aprendemos a permanecer firmes en nuestra devoción y confianza en Cristo.

    Por tanto, considera las promesas de Dios sus anclas espirituales. Una vez que aprendas a seguirle, sigue su dirección dondequiera que Él te dirija, porque el Señor nunca deja de cumplir sus promesas. Más bien, te está enseñando a depender de Él por medio de la meditación en su Palabra y la atención a su voz.

    ¿Estamos dispuestos a esperar pacientemente que Él cumpla todo lo que ha prometido, y a que nos rescate como lo hizo con Daniel? Nunca tratemos de imponerle su tiempo a Dios. Por el contrario, aférrate a Él, ancla su corazón a su Palabra, y déjale espacio para que lo haga todo de acuerdo con su plan y en su tiempo. Nos alegraremos de haberlo hecho.

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