3 comentarios en “La verdad del sexo

  1. La sexualidad humana puede dar origen a una nueva vida humana
    por estar en condiciones de poner en la existencia una comunión de amor.

    Toda persona es un fin, término del amor humano
    Aunque tal vez se quedara un poco corto y no lo justificara ontológicamente, Kant acertó al sostener que ningún ser humano debe nunca ser tratado como simple medio, sino siempre también como fin.

    Y Soloviev lo expone ajustadamente, en relación al tema que nos ocupa. Tras sostener de forma explícita que «el amor sexual es, tanto para los animales como para el hombre, el momento de máximo esplendor de la existencia individual»; y tras aclarar que eso «no significa que la atracción sexual sea solo un medio para la simple reproducción o multiplicación de los organismos, sino más bien que está finalizada a través de la rivalidad y la selección sexual a la producción de organismos cada vez más perfectos», afirma sin la menor vacilación que tal cosa no puede afirmarse del ser humano. Y da la razón oportuna:

    De hecho, en la humanidad, el principio individual [personal] tiene un valor autónomo y no puede ser, en su más alta manifestación, un mero instrumento para fines como el del proceso histórico, que le son extraños. O más bien habría que decir que el auténtico fin del proceso histórico no es tal que la persona humana pueda servirle exclusivamente como instrumento pasivo o transitorio.

    Con palabras más certeras, quiere esto decir que la única actitud definitivamente adecuada respecto a una persona, a cualquiera, es la de amarla, procurando su bien, perfectamente compatible con la búsqueda simultánea de bienes distintos, pero dotado de cierta y clara prioridad de naturaleza respecto a esos otros.

    A ello he apuntado tantas veces al sostener que todo hombre es término de amor. En las circunstancias que fueren, si no lo amo, si no persigo su bien de manera decidida, estoy atentando contra su dignidad. Siempre.

    Con todo, hay momentos en una biografía donde esa exigencia se torna más perentoria. Por ejemplo, cuando el cónyuge, un hijo o un amigo vuelven a uno, arrepentidos por la injuria más o menos grave que le hayan podido infligir… o por cualquier barbaridad llevada a cabo. En esa coyuntura, más conforme mayores fueran la afrenta y el arrepentimiento, nuestro amor hacia quien viene a nosotros debe alcanzar cotas que rozan con lo inefable: ante un alma compungida que se acerca en busca de perdón, deberíamos incrementar nuestro cariño hasta el punto de que, con un deje de metáfora que no aleja sin embargo de la auténtica disposición interior, la única actitud coherente sería la de acogerla de rodillas. Algo muy similar ocurre en las cercanías de la muerte o en el momento de contraer matrimonio: resultaría vil y canallesco que en tales circunstancias nuestra conducta incluyera algún móvil distinto del más noble y limpio amor. Y lo mismo podría sostenerse de casos análogos.

    Pero si existe un instante privilegiado en que las disposiciones amorosas han de llevarse al extremo, este es precisamente el de la concepción, condición de condiciones de todo desarrollo humano, justo por estar situada en su mismo inicio. De ahí que cualquier modo de dar entrada al mundo a un hombre que no sea el explícito y directísimo acto de amor entre un varón y una mujer constituya una afrenta grave contra la dignidad de la persona a la que se va a otorgar la vida… con independencia absoluta de las intenciones subjetivas y de la imputabilidad de la acción.

    Cualquier modo de dar entrada al mundo a un hombre que no sea el explícito y directísimo acto de amor entre un varón y una mujer constituye una afrenta grave contra la dignidad de la persona a la que se va a otorgar la vida Y, más todavía, término del Amor de Dios

    A la misma conclusión cabe llegar desde un punto de vista complementario. Lo definitivamente decisivo en la irrupción al mundo de cualquier persona humana es el infinito Acto de Amor con el que Dios le confiere el ser, volcándose sin reservas sobre ella.

    Con lenguaje figurado, ese Amor insondable es el “Texto” con que se escribe la concepción de una nueva vida personal. Y el único “contexto” proporcionado a ese Amor sin límites es justo un también exquisito acto de amor entre los hombres: a saber, el que dentro del matrimonio llevan a término un varón y una mujer cuando se entregan en una unión sin reservas, abierta a la fecundidad.

    Siguiendo con el símil utilizado, cualquier otro procedimiento provoca una ruptura insalvable y desgarradora entre “Texto” y “contexto” y, por ese motivo, atenta contra la nobleza de quien se pretende engendrar.

    De ahí la atrocidad de las tácticas que aspiran a sustituir la maravillosa expresión del amor sexual entre varón y mujer por un acto de dominio técnico sobre la persona que ha de ser procreada y la radical ilicitud de todos estos procedimientos.

    Pero de ahí también que, aunque cualquiera de estas prácticas —fecundación artificial homóloga o heteróloga, cualquier otra técnica de instrumentación genética, eventual clonación…— se opongan materialmente a la grandeza de quien va a ser concebido, la dignidad de esa persona quede radical y absolutamente salvada, ¡plenamente intacta!, por el inconmensurable Amor de Dios en virtud del cual la persona recién engendrada entra siempre en el banquete de la existencia.

    Ese Amor divino —el “Texto” de nuestra metáfora— sana de raíz las circunstancias y disposiciones más adversas, de modo que la persona surgida por los medios menos convenientes posee una dignidad absoluta, como fruto inmediato de la amorosa acción divina creadora.

    Se entiende entonces que San Agustín, en uno de los más entrañables momentos de sus Confesiones, elevando su corazón a Dios, le dé gracias sincerísimas por su hijo Adeodato, surgido como se sabe de una relación extramatrimonial, «en la que yo —confiesa el santo— no puse sino el pecado».
    (Basado en un artículo de Almudi)

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