Un comentario en “La mentalidad economicista

  1. Un síntoma del desconocimiento de la doctrina social de la Iglesia es el afán de presentarla como una “tercera vía” entre capitalismo y socialismo. En tal caso todo análisis se reduce a ver si toma más elementos de un sistema o de otro, si discurre más cerca o más lejos de cualquiera de las dos vías. En cambio, el capítulo que la “Laborem exercens” dedica al conflicto entre trabajo y capital, muestra que la doctrina social de la Iglesia se refiere al hombre real, no a la entelequia de las ideologías.

    Con el metro de la dignidad del hombre

    Desde el inicio de su pontificado, Juan Pablo II insiste en que la Iglesia posee, gracias al Evangelio, la verdad sobre el hombre. Para cumplir su misión no necesita tomar prestados conceptos y métodos procedentes de ideologías humanas, pues la verdad antropológica radical es la del hombre como imagen de Dios. De ahí que la doctrina social de la Iglesia se sitúe por encima de los sistemas económicos. No ofrece una “tercera vía”, que podría ser tan utópica y tan falible como las otras, sino unos criterios éticos para juzgar las múltiples vías en que puede organizarse el orden social del trabajo.

    En la raíz, una idea clave expuesta en la primera parte de la encíclica (cfr. servicios 147 y 148/81), que trastoca el modo habitual de valorar el trabajo: aunque algunos trabajos puedan tener un valor objetivo más o menos grande, “cada uno de ellos se mide sobre todo con el metro de la dignidad (…) del hombre que lo realiza”. Con criterios a ras de tierra, el trabajo suele medirse con el metro del dinero, del poder o de la autoafirmación que proporciona. Pero, cara al destino último del hombre, una cumbre profesional puede ser una bajeza, y un trabajo humilde puede ser una cumbre a los ojos de Dios. Todo dependerá de que ese trabajo eleve o degrade al hombre -en lo material y en lo espiritual-, tanto por la actitud del hombre ante el trabajo como por el modo de organizar el proceso productivo. De ahí nace “la obligación moral de unir la laboriosidad como virtud con el orden social del trabajo, que permitirá al hombre hacerse más hombre en el trabajo, y no degradarse a causa del trabajo”.

    Primacía del hombre en el trabajo

    Dentro de estas coordenadas se mueven los principios expuestos por Juan Pablo II respecto a las relaciones entre trabajo y capital. Si el primer fundamento del valor del trabajo es el hombre que lo realiza, es lógico que el Papa afirme la prioridad del trabajo sobre el capital, es decir, la primacía de las personas que trabajan sobre el conjunto de medios de producción que utilizan.

    Este principio, “enseñado siempre por la Iglesia”, chocó y choca con las diversas corrientes de pensamiento “materialista” y “economicista” que despersonalizan el trabajo y le privan por tanto de su dignidad. Así ocurrió en el capitalismo primitivo, donde el trabajo se entendía como una especie de mercancía, lo cual provocó una reacción del mundo obrero contra esta degradación, respuesta que el Papa -siguiendo las huellas de sus predecesores- califica de justificada. Juan Pablo II señala que hoy día se valora de modo más humano el trabajo, pero advierte que aquel error “puede repetirse dondequiera que el hombre sea tratado de alguna manera a la par de todo el complejo de medios materiales de producción, como un instrumento y no según la verdadera dignidad del trabajo”, o sea, como sujeto y fin del proceso productivo.

    Compenetración de trabajo y capital

    Un segundo principio, consecuencia del anterior, es que no se puede contraponer el trabajo y el capital como elementos antagónicos, “ni menos aún los hombres concretos que están detrás de estos conceptos”. Juan Pablo II excluye así cualquier planteamiento que lleve a la explotación del hombre en el trabajo y a la lucha de clases. La antinomia entre trabajo y capital, dice, no responde a la estructura del proceso de producción, sino que ha tenido lugar en la mente humana, en el error del economicismo, que considera el trabajo sólo según su finalidad económica, y del materialismo teórico o práctico, que cuenta sólo con lo material para apagar las necesidades humanas.

    Por eso el Papa descarta también el materialismo dialéctico, como doctrina contraria a la dignidad humana, ya que en ella el hombre “es entendido y tratado como dependiendo de lo material, como una especie de resultante de las relaciones económicas y de producción predominantes en una determinada época”.

    Juan Pablo II defiende la compenetración recíproca entre trabajo y capital, como algo exigido por la misma naturaleza de las cosas. Solo así podrá superarse esa visión conflictiva, y por lo tanto perjudicial para el hombre, que ha encontrado su expresión ideológica en el conflicto entre capitalismo y socialismo. Estas dos concepciones materialistas, hijas ambas de la filosofía de la Ilustración, han roto esta imagen coherente del trabajo humano, donde debe afirmarse siempre la primacía de la persona sobre las cosas.

    Para que la propiedad sirva al trabajo

    Este criterio “personalista” es también la piedra de toque en las reflexiones del Papa sobre la propiedad. No es competencia de la Iglesia definir qué sistema de propiedad es más eficaz en lo económico. Lo que sí puede decir es a qué criterios debe responder la gestión de toda propiedad -ya sea privada o pública- para favorecer la dignidad del hombre en el trabajo.

    Juan Pablo II confirma la doctrina de la Iglesia sobre el derecho a la propiedad privada, “incluso cuando se trata de los medios de producción”. Pero indica que “la tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como absoluto e intocable”, sino subordinado “al derecho al uso común, al destino universal de los bienes”. Hay tanta ignorancia sobre la doctrina social de la Iglesia que esto puede sonar a innovación, cuando es algo que siempre han repetido los documentos pontificios y era ya enseñado por Santo Tomás -a quien el Papa cita- allá por el siglo XIII.

    Cuando la Iglesia defiende este derecho no aboga por un modo determinado de regulación de la propiedad. Sencillamente constata que el reconocimiento del derecho-de propiedad y el empeño por difundirla es un medio para que el hombre se sienta responsable de su trabajo. Pero, bien entendido que la posesión del capital debe servir al trabajo, de modo que todos los que están relacionados con esa propiedad han de poder beneficiarse de sus frutos, y se respete así el destino universal de los bienes. La propiedad es un derecho para cumplir un deber.

    Los equívocos de la “socialización”

    Nada tiene que ver esta postura con el rígido capitalismo, que concibe la propiedad como un fin en sí mismo, ni con el colectivismo marxista que pretende zanjar el problema “mediante la eliminación apriorística de la propiedad privada de los medios de producción”. En determinadas circunstancias, “en consideración del trabajo humano y del acceso común a los bienes destinados al hombre”, no cabe excluir la socialización de ciertos medios de producción.

    Pero el Papa advierte algo que la experiencia histórica confirma: “El mero paso de los medios de producción a propiedad del Estado, dentro del sistema colectivista, no equivale ciertamente a la socialización de esta propiedad”. Es más, tal cambio no excluye el riesgo de una acumulación de poder en manos de un nuevo grupo, que monopolice la administración y disposición de esos bienes, “no dando marcha atrás ni siquiera ante la ofensa a los derechos fundamentales del hombre”. Aquí, lo que el Papa ha conocido en su patria corrobora un peligro que la Iglesia avizoró antes de que los desengañados del colectivismo empezaran a pensar en un socialismo “con rostro humano”.

    Copartícipe de una tarea común

    El criterio decisivo es que el trabajo –ya se encuentre en un sistema basado en el principio de propiedad privada o en uno que lo ha limitado radicalmente- “sea consciente de que está trabajando en algo propio”, que no es un simple instrumento de producción ni una pieza en un engranaje burocrático movido desde arriba. Para ello no basta sólo una justa remuneración, sino también unas condiciones de trabajo que le permitan aparecer como corresponsable y copartícipe en esa tarea común.

    El Papa no da fórmulas para lograr esta aspiración, que siempre estarán sujetas a las mudables circunstancias históricas. Se hace eco de las propuestas que se refieren a la copropiedad de los medios de trabajo, a la participación de los trabajadores en la gestión o en los beneficios de la empresa, al llamado “accionariado” del trabajo y a otras semejantes. Cada una deberá revelar su eficacia para conseguir que “cada persona tenga pleno título a considerarse al mismo tiempo copropietario de esa especie de gran taller del trabajo en el que se compromete con todos”.

    Por encima de las ideologías

    Juan Pablo II, a diferencia de tanto ideólogo de carril único, no absolutiza estas soluciones. Simplemente sugiere, en línea también con la anterior doctrina social de la Iglesia, que un camino podría ser el de “asociar, en cuanto sea posible, el trabajo a 1a propiedad del capital y dar vida a una rica gama de cuerpos intermedios con finalidades económicas, sociales, culturales”, cuerpos que gocen de una autonomía efectiva respecto a los poderes públicos y donde las personas puedan tomar parte activa en la vida de la comunidad. Un criterio que podrá plasmarse en múltiples fórmulas, según las circunstancias históricas y económicas imperantes en cada lugar.

    Una vez más, Juan Pablo II pasa por encima de las barreras ideológicas y geográficas para dirigirse al hombre concreto que gasta una gran parte de su vida en el trabajo. Su encíclica es una invitación a buscar modos flexibles y originales de organización del trabajo, no lastrados por rigideces ideológicas. Dentro de la doctrina social de la Iglesia, Laborem exercens quedará como un documento tradicional y progresista: un paso adelante apoyado en la doctrina anterior y sin cambiar de rumbo.

    (Basado en un artículo de Almudi)

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