Amor a la libertad

Old Archway in Beynac Castle - France by Jimmy McIntyre«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres».

Cuando redactó esta consideración, Cervantes conocía bien lo que es estar en prisión. En los cinco años que estuvo encarcelado en Argel trató de escapar en cuatro ocasiones, y no lo consiguió: «no hay en la tierra, conforme a mi parecer, contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida», pudo decir con la voz de una experiencia vivida.

La libertad es un don divino concedido al hombre, solamente a él. Del animal no se puede decir que es libre. No se trata solo de una capacidad de elección entre diversas opciones; este es solamente el aspecto práctico. La libertad es más honda, es el propio ser de la persona, que está orientado hacia una finalidad. «Es el señorío de quien, mediante las virtudes, es dueño de sus propios actos, y no un esclavo de las tendencias desordenadas, presentes en todo ser humano».

De la libertad emana este imperativo: sé mejor, ve a más, sé hombre, vive de acuerdo con lo que eres: hijo de Dios, querido y amado por Él para hacer el bien, para ser bueno. Este es el núcleo del cristianismo.

Se puede afirmar que «la imagen de Dios en las personas creadas se halla sobre todo en la libertad».

La libertad humana no es absoluta, las leyes del universo material en que vivimos establecen unas condiciones: si quiero ir a Toledo, no puedo ir en las mismas fechas a Cádiz.

A raíz del pecado de origen, la naturaleza humana perdió aptitudes que le hubieran permitido un vivir más amplio y hondo, con mayor felicidad y con más poder para hacer el bien. En la vida actual la libertad es limitada, se encuentra herida. La libertad será plena si alcanza a Dios en la vida que será eterna. Necesita de la gracia.

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12 comentarios en “Amor a la libertad

  1. Dios. da la libertad,vale,.Si elijo “vivir el hoy y ahora “un lienzo en blanco llenarlo de lo que me gusta.Renunciar a una.vida eterna ¿para que quiero vivir eternamente ?Dios me da libertad, sin embargo me condena a.vivir eternamente.?? ….DRafael creo que estoy de bajón en todos los sentidos.Dios,está. perdiendo terreno, y él mal se.está comiendo L poco bueno que quedaba.

  2. “Por que me da la gana…” con esta frase rotunda y castiza, Josemaría Escrivá sintetizaba la respuesta afirmativa del creyente, capaz de comprometer su existencia por encima de condicionamentos o componendas egoístas. El amor a la libertad fue a juicio del autor del artículo, junto con el buen humor, un rasgo dominante de la personalidad del Fundador del Opus Dei.

    Así lo intuí desde 1956, en mis primeros contactos con miembros del Opus Dei en Madrid: la pasión por la libertad no era exclusiva de mis inolvidables maestros de la Academia Audiencia, en la calle del Prado cerca del Ateneo, sino patrimonio del cristiano. En aquel mínimo piso de Gurtubay mejoré mi comprensión de la espontaneidad y aprendí qué era el pluralismo, un término que casi nadie empleaba en la España de entonces. Mons. Escrivá de Balaguer afirmaba que “como consecuencia del fin exclusivamente divino de la Obra, su espíritu es un espíritu de libertad, de amor a la libertad personal de todos los hombres. Y como ese amor a la libertad es sincero y no un mero enunciado teórico, nosotros amamos la necesaria consecuencia de la libertad: es decir, el pluralismo. En el Opus Dei el pluralismo es querido y amado, no sencillamente tolerado y en modo alguno dificultado” (Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 67).

    Un mínimo de libertad
    Cuando le conocí un día de septiembre de 1960, rodeado de universitarios en el pequeñísimo jardín del Colegio Mayor Aralar de Pamplona, alguien le preguntó por el comienzo del Opus Dei en los países del Este. La respuesta surgió inmediata: “Cuando haya un mínimo de libertad”. Porque él, que había sufrido en su carne la persecución religiosa por razones ideológicas, no podía enviar irresponsablemente a nadie a trabajar bajo regímenes que ignoraban la libertad de las conciencias y practicaban, en cambio, tipos diversos de “lavado de cerebro”. Pero no era cuestión de coyunturas históricas. Entraban en juego razones profundas. “Sin libertad no se puede amar a Dios”, enseñaba. La facultad de escogerle sin coacción o rechazarle es suprema manifestación de albedrío, y tal vez raíz honda de los demás derechos humanos, como se deduce del Concilio Vaticano II, tan favorecedor de la dignidad de la persona.

    Primero la persona
    La apertura dominaba la personalidad de Mons. Escrivá de Balaguer. Las diversas facetas de su carácter y de la intimidad de su alma están muy entrelazadas. Pero me parece advertir un retornelo constante que acentúa –sin oposiciones dialécticas, con espíritu solidario– la primacía de lo personal sobre lo corporativo, de la iniciativa sobre el control, del albedrío sobre la disciplina, de la espontaneidad sobre la organización. Se puede asociar este primado de la persona y de su libertad a las raíces aragonesas y al temperamento de Josemaría Escrivá. Pero lo acrisola su profundización en la fe católica: la afirmación de lo divino no exige minusvalorar lo terreno; al contrario, rechazar o empobrecer las realidades creadas, denotaría quizá un desprecio inadvertido al Dios creador, que desborda amor por sus criaturas. Y, en el centro de la tierra, está el hombre, objeto del Amor divino por el nuevo título de la Redención. Si Jesús ha entregado su vida por todos, cada hombre –cada uno, uno solo– vale la Sangre de Cristo, tiene un precio infinito. En definitiva, sólo siendo muy humano se puede ser muy divino; y, al revés, las íntimas luchas del espíritu no anulan, sino potencian la propia personalidad.

    Libertad, don de Dios
    “La libertad, don de Dios”: así tituló el Fundador del Opus Dei una homilía de 1956, en la que evoca el tono afable con que habla Jesús a las gentes de Palestina, sin pretender nunca imponerse, como sintetiza la escena del joven rico: “Si quieres ser perfecto…” El muchacho se alejó entristecido: “perdió la alegría porque se negó a entregar su libertad a Dios”. En cambio, la entrega cristiana es gozosa atadura, amorosa espontaneidad, libertad de hijo y no de esclavo. En 1985, Cornelio Fabro destacaría la innovación que suponían estas enseñanzas, también respecto del pensamiento moderno: “Hombre nuevo para los tiempos nuevos de la Iglesia del futuro, Josemaría Escrivá de Balaguer ha aferrado por una especie de connaturalidad —y también, sin duda, por luz sobrenatural— la noción originaria de libertad cristiana. Inmerso en el anuncio evangélico de la libertad entendida como liberación de la esclavitud del pecado, confía en el creyente en Cristo y, después de siglos de espiritualidades cristianas basadas en la prioridad de la obediencia, invierte la situación y hace de la obediencia una actitud y consecuencia de la libertad, como un fruto de su flor o, más profundamente, de su raíz”.

    Estuve en diversas ocasiones de mi vida junto al Fundador del Opus Dei. Resultaba patente su espíritu de comprensión. Su temple acogedor excluía por completo las cautelas negativas, las desconfianzas medrosas, la confrontación, las descalificaciones globales, actitudes incompatibles con un corazón cristiano, porque “el que tiene miedo no sabe querer”, según traducía libremente el conocido pasaje de la primera Epístola de San Juan. Y es que el amor cristiano, añadía el Fundador, “se dirige, antes que nada, a respetar y comprender a cada individuo en cuanto tal, en su intrínseca dignidad de hombre y de hijo del Creador”. Fue otra de mis vivencias, cuando le conocí en 1960: sin libertad no se puede amar a Dios ni construir la convivencia; de la plenitud enamorada del corazón surge el compromiso social, con espontaneidad y pluralismo; en definitiva, la comprensión y confianza en el hombre es fuente de las libertades, lejos de todo pesimismo antropológico.

    Libertad y convivencia
    Recuerdo la energía con que explicaba en Tajamar, a gentes de Vallecas, la libertad de las conciencias, un domingo de 1967: nadie puede elegir por nosotros; cada alma es dueña de su propio destino. Sus palabras excluían por completo el anonimato, tanto en la lucha interior íntima, como cara a los hombres. Cada uno se juega su propia vida. Por eso, en la Prelatura del Opus Dei se conjuga el yo: los fieles de la Obra no van en grupo, sino abiertos en abanico. Luchan —a pesar de evidentes defectos— por santificarse, en su propio sitio en el mundo. Sin libertad, no es posible la convivencia pacífica entre los ciudadanos.

    Algunos han interpretado mal aquel punto de Camino sobre “santa coacción”, que urge la responsabilidad apostólica y espiritual de los cristianos, lejos de comodidades o indiferencias. Resuena el eco del compelle intrare —obliga a entrar— con que se convoca en la parábola evangélica a los invitados a la Gran Boda. Esa “coacción” nada tiene que ver con la política, ni entraña violencia física o moral: refleja el ímpetu del ejemplo cristiano, cauce de la gracia de Dios. Bien lejos estaba de servidumbres humanas, quien escribía en Surco, 397, graves palabras sobre el autoritarismo dictatorial. Me emocioné en un acto académico celebrado en Pamplona, el 7 de octubre de 1972. Lo clausuraba Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, como Gran Canciller de la Universidad de Navarra. En un pasaje de su discurso, le salía del alma la mentalidad jurídica, amante de las libertades: “el Derecho ordena según justicia la convivencia de los hombres y de los pueblos, y garantiza contra los abusos y tiranías de quienes querrían vivir o gobernar a tenor de su propio arbitrio o de su fuerza prepotente”.

    Libertad, pues, en la vida política y social. Apertura también en la ciencia y en la cultura. No hay fideísmos que valgan, ni clericalismos o fundamentalismos: porque no caben dogmas en las cosas temporales. Como titulaba La Stampa de Turín en el contexto de su beatificación, Josemaría Escrivá será un santo “anticlerical”… Quiere esto decir que pugnó por difundir —con alma sacerdotal: no es un juego de palabras— la auténtica mentalidad laical, que lleva —no importa repetir un texto suyo muchas veces recogido—: “a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal; “a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen —en materias opinables— soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene; “y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas”. Josemaría Escrivá no fue un cura trabucaire durante la II República española, ni levantó el brazo en la postguerra. Fomentó la paz y la comprensión antes y después y siempre. Defendió la libertad de las conciencias. No admitió la violencia: “no me parece apta —declaraba en 1966 a Le Figaro— ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio; nunca con la fuerza, siempre con la caridad”.

    Sin escuela propia
    En fin, la libertad penetra la teología y las ciencias eclesiásticas. No hay una “escuela” del Opus Dei, ni siquiera en las Facultades de Teología o Derecho Canónico de Navarra o de Roma. Como recoge sintéticamente Surco 428: “Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características:
    “ — amplitud de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica;
    “ — afán recto y sano –nunca frivolidad– de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia…;
    “ — una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos;
    “ — y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida”.

    San Josemaría vibraba ante la libertad, ese gran privilegio del hombre, que aletea en los misterios de la fe, sin desconocer su claroscuro. No dejó de aludir con realismo a tristes voceríos que conducen a trágicas servidumbres. Dirigió el Opus Dei con prudentes normas pastorales. Pero, sin pesimismo alguno, manifestó un profundo amor a la libertad de los demás, convencido de que la comprensión y la confianza fundamentan una convivencia armónica y plural. Y vuelvo a la frase con que arranqué este artículo. En 1964 preguntaron a Mons. Escrivá de Balaguer en el Teatro Gayarre de Pamplona: ¿qué posición tienen los miembros del Opus Dei en la vida pública de las naciones? La respuesta, rota por una espontánea ovación, se inició con estas palabras verdaderas: “¡La que les dé la gana!”. Así, siempre y en todo.

    Salvador Bernal

    1. San Josemaría decía muchas cosas. Pero no quiere decir que tuviera razón en todas. Era su manera de entender a Dios. Y al mismo tiempo en el Opus Dei se hacen verdaderas “animaladas” en contra de la libertad y los derechos….ala!! Ya lo he soltado.

    2. Rosa quería pedirte perdón ,es verdad.que. San Josemaría era una gran persona y hizo una gran labor ,Igual que Don ÁLvaro y Don Javier. ,se que tú y mucha gente. Le tiene mucha devoción ,perdóname he sido una bocazas ,.buen comentario ,saludos

      1. Isabel, se quien era San Josemaría, el Beato D. Álvaro y D. Javier. No solo yo, la Iglesia se ha manifestado en este sentido. También se que eres mi amiga y que podemos estar en desacuerdo y solo te ha bastado una pequeña reflexión para darte cuenta de lo que habías dicho. Si Dios te ha perdonado ya, cómo yo no voy a hacerlo?. Un abrazo y hacia adelante. ¿Sabes? Te tengo un gran cariño.

  3. El vocablo Libertad es la facultad natural del hombre para actuar a voluntad sin restricciones, respetando su propia conciencia y el deber ser, para alcanzar su plena realización.La libertad es la posibilidad que tenemos para decidir por nosotros mismo como actuar en las diferentes situaciones que se nos presentan en la vida. El que es libre elige entre determinadas opciones las que le parecen mejores o más convenientes, tanto para su bienestar como para el de los demás o el de la sociedad en general.

    Hay que tener en cuenta que la libertad no es hacer lo que se quiere, sino hacer lo que se debe hacer en sociedad; una persona libre piensa muy bien lo que va hacer antes de decidirse a actuar de una manera. La dimensión o medida de la libertad está condicionada por las delimitaciones que derivan del derecho de los demás, del orden público y social y de la responsabilidad de cada quien. a lo largo de la historia, en especial a partir de las Revoluciones burguesas del siglo XVIII y XIX, la libertad suele estar muy unida a los conceptos de justicia e igualdad.

    Muchos filósofos confirman que la libertad parece ser el bien más preciado que posee el ser humano. La libertad es un valor transcendental; por su conquista y conservación muchos hombres murieron, pero en la actualidad la libertad hay que ganarla día a día cumpliendo con nuestras obligaciones.

    El estado de libertad define la situación, circunstancias o condiciones de quien no es esclavo, ni sujeto, ni impedido al deseo de otros de forma restrictiva. En otras palabras, aquello que permite al hombre decidir si quiere hacer algo o no, lo hace libre, pero también responsable de sus actos. En caso de que no se cumpla esto último se estaría hablando de libertinaje. Pues la libertad implica una clara opción por el bien.

    Existen diferentes tipos de libertad, algunos por ejemplo son la libertad de conciencia, para alcanzar una vida coherente y equilibrada desde el interior; libertad de expresión, para poder difundir las ideas y promover el debate y la discusión abierta; libertad de reunión como garantía para asociarse con aquellos que comparten ideales y trabajar por los mismos; libertad para elegir responsable y pacíficamente a los gobernantes, entre otros.

    Se habla también de libertad al estado o condición del que no está prisionero o sujeto a otro, se tiene a la libertad condicional, beneficio de abandonar la prisión que puede concederse a los penados en el último periodo de su condena, y que está sometido a la posterior observancia de buena conducta; y libertad provisional, beneficio del que gozan los procesados, tras fianza o no, que no son sometidos a prisión preventiva en tanto dura la causa o juicio.

      1. Si de algo estoy orgulloso, a pesar de mis debilidades, y además me hace sentir muy feliz es que -con la gracia de Dios- lleve ya más de 25 años como sacerdote en la Obra, y si Dios me lo concede -algo que le pido cada día, que pueda morir fiel en ella. Ala! ya lo solté

  4. Me alegro por usted. Es un buen sitio para morir……..llegados aquí es mejor que deje el blog.voy cuesta abajo y no quiero arrastrar a nadie. En realidad lo de decepción era por mí ,no por la Obra .

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