4 comentarios en “La libertad situada (2)

  1. Nuestra libertad es siempre una libertad situada. Y eso quiere decir que nuestra libertad de hecho tiene que tener en cuenta a los demás. No solamente estamos en un mundo que tiene sus propias leyes, respecto de las cuales nuestra libertad está coartada (estas leyes no obedecen a la libertad); y no sólo ocurre que normalmente tenemos una constitución psicofísica que en gran parte tampoco obedece a la libertad; además de esto, desde que nacemos estamos insertos en un medio social y de él nos vienen una serie de determinaciones que no podemos saltar: eso es lo que podríamos llamar la situación de nuestra libertad. Nuestra libertad es una libertad finita, no solamente porque está limitada por el mundo físico, no sólo porque está encarnada, es decir, porque tiene que ver con una constitución psicobiológica, sino también porque está situada, es decir, porque inevitablemente tiene que contar con los demás, y los demás no es que coaccionen (esto también puede ocurrir), pero fundamentalmente lo que ocurre es que los demás no me dejan pasar. Además no solamente esto: muchas de las veces que uno se cree que opera en plena autoconciencia, en plena posesión de los motivos, en realidad estos vienen dados desde fuera. No hay más que acudir, por ejemplo, al fenómeno de la publicidad, o al fenómeno social: compro una cosa libremente, ¿o ha sido porque de una manera más bien inconsciente me ha influido un anuncio de la televisión?

    Pero para el cristiano no son solamente estos los modos de la finitud de la libertad, sino que hay más. En primer lugar nuestra libertad es una libertad caída. El pecado tiene que ver con nuestra libertad de una manera muy estricta y perfectamente definida. La manera como se manifiesta la libertad en su finitud en la forma de caída es — y esto es ya un tema muy clásico que recoge San Agustín y luego lo emplea exageradamente Martín Lutero — el tema clásico de las concupiscencias. Estas concupiscencias no son en este sentido las pasiones: las pasiones tenían que ver más bien con que nuestra libertad es una libertad encarnada. La concupiscencia se nota fundamentalmente en lo que podríamos llamar el orden de motivaciones, la imposibilidad de estar seguro de que uno obra con rectitud de intención completa: la habrá incluso en los actos en que uno cree que es más libre, porque es más libre para el bien. En los actos en que uno cree ser más generoso, en los que uno intenta — no cree, sino intenta — ser más generoso, ¿no habrá un fondo erróneo según el cual, en último término uno estará buscándose a sí mismo? Nuestra libertad, ¿es capacidad de autotrascendencia tal, que, cuando actuamos libremente no actuamos en función de algo que ya no es libre y que está en las mismas entrañas de la libertad? No algo externo, como pueden ser los factores psicofísicos o los sociales o los del mundo natural: no algo que está en el mismo dispararse de la libertad. Cuando nuestra libertad se dispara, ¿se dispara de una manera enteramente libre, o hay un punto fijo que es un punto al que la libertad está sujeta? Hay un egoísmo radical según el cual estamos absolutamente incapacitados de hacer un acto completamente bueno, libremente bueno, porque nuestros actos en algún momento tienen un factor que los liga a un interés subjetivo, y que es la marca: libertad caída. Y como los motivos de la concupiscencia no son nada claros, y son los motivos respecto de los cuales uno no puede actuar libremente, por eso son una modalidad de la finitud de la libertad, pero dentro de la libertad misma.

    Por último se puede decir que nuestra libertad es finita porque es creada. Y en este sentido depende de un principio radical, que no le es originariamente propio, que es Dios.

  2. Solo hay una.cosa en la entrada que no me ha gustado…..”se puede sacar a pasear a la mujer”…No somos perros ,no necesitamos que nadie nos saque de paseo,debería decir acompañar de paseo…..no ser tan machista.

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