Papa Francisco: “Dios se conmueve ante nuestra tristeza y desilusión, y dice nuestro nombre”

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6 comentarios en “Papa Francisco: “Dios se conmueve ante nuestra tristeza y desilusión, y dice nuestro nombre”

  1. El Papa ha recorrido la plaza de San Pedro bajo un sol espectacular antes de comenzar la audiencia general. Durante el trayecto, ha saludado a varios bebés peregrino y también ha recibido muchos regalos…

    Francisco ha continuado su ciclo de catequesis sobre la esperanza, esta vez centrada en María Magdalena, la primera persona que vio a Jesús resucitado. Se había acercado al sepulcro muy deprimida porque pensaba que habían robado el cadáver. Y entonces, se le apareció Jesús.

    FRANCISCO

    “¡Es precioso que la primera aparición del Resucitado, según el Evangelio, haya sucedido de un modo tan personal: hay uno que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros y que nos llama por nuestro nombre”.

    El Papa aseguró que esto sigue ocurriendo: que Dios sigue actuando así, especialmente en los momentos de tristeza y desilusión.

    FRANCISCO

    “Intentad pensar también vosotros en este instante, con las desilusiones y derrotas, que cada uno lleva en el corazón, que hay un Dios cercano, que nos llama por nuestro nombre y nos dice: “Levántate, deja de llorar, porque he venido a liberarte”.

    Francisco recordó que Dios no se queda de brazos cruzados ante las dificultades de las personas, y que ha respondido con su resurrección.

    Cuando acabó la audiencia general saludó a muchas personas, entre ellas al cardenal de Hong Kong, Joseph Zen, uno de los protagonistas del diálogo entre China y el Vaticano.

    1. Texto completo de la catequesis del Papa Francisco en la audiencia del 17 de mayo de 2017
      El Santo Padre prosiguió con las catequesis sobre la esperanza. Este miércoles en la figura de María Magdalena

      •17 mayo 2017•Redaccion•El papa Francisco

      (ZENIT – Ciudad del Vaticano, 17 MAY. 2017).- El papa Francisco prosiguió con la serie de catequesis sobre la virtud de la esperanza. Este miércoles la centró en la figura de María Magdalena, relacionándola con el tiempo pascual.

      «Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

      En estas semanas, nuestra reflexión se mueve, por decir así, en la órbita del misterio pascual. Hoy, encontramos a aquella que, según los Evangelios, fue la primera en ver a Jesús Resucitado: María Magdalena. Acababa de terminar el descanso del sábado. El día de la pasión no había habido tiempo para completar los ritos fúnebres; por ello, en ese amanecer lleno de tristeza, las mujeres van a la tumba de Jesús, con los ungüentos perfumados. La primera que llega es ella: María de Magdala, una de las discípulas que habían acompañado a Jesús desde Galilea, poniéndose al servicio de la Iglesia naciente. En su camino hacia el sepulcro, se refleja la fidelidad de tantas mujeres, que durante años acuden con devoción a los cementerios, recordando a alguien que ya no está. Los lazos más auténticos no se quiebran ni siquiera con la muerte: hay quien sigue amando, aunque la persona amada se haya ido para siempre.

      El Evangelio (cfr Jn 20, 1-2-11-18) describe a la Magdalena subrayando enseguida que no era una mujer que se entusiasmaba con facilidad. En efecto, después de la primera visita al sepulcro, vuelve desilusionada al lugar donde los discípulos se escondían; refiere que la piedra ha sido movida de la entrada del sepulcro y su primera hipótesis es la más sencilla que se pueda formular: alguien debe haberse llevado el cuerpo de Jesús. Así, el primer anuncio que María lleva no es el de la resurrección, sino el de un robo que algunos desconocidos han perpetrado, mientras toda Jerusalén dormía.

      Luego, los Evangelios cuentan otra ida de la Magdalena al sepulcro de Jesús. Era una testaruda ésta, ¿eh? Fue, volvió… y no, no se convencía…Esta vez su paso es lento, muy pesado. María sufre doblemente: ante todo por la muerte de Jesús, y luego por la inexplicable desaparición de su cuerpo.

      Es mientras está inclinada cerca de la tumba, con los ojos llenos de lágrimas, cuando Dios la sorprende de la manera más inesperada. El evangelista Juan subraya cuán persistente es su ceguera: no se da cuenta de la presencia de los dos ángeles que la interrogan y ni siquiera sospecha viendo al hombre a sus espaldas, creyendo que era el guardián del jardín. Y, sin embargo, descubre el acontecimiento más sobrecogedor de la historia humana cuando finalmente es llamada por su nombre: ¡«María!» (v. 16)

      ¡Qué lindo es pensar que la primera aparición del Resucitado según los evangelios, fue de una forma tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre. Es una ley que encontramos grabada en muchas páginas del Evangelio. Alrededor de Jesús hay tantas personas que buscan a Dios; pero la realidad más prodigiosa es que, mucho antes, es ante todo Dios el que se preocupa por nuestra vida, que quiere volverla a levantar, y para hacer esto nos llama por nuestro nombre, reconociendo el rostro personal de cada uno. Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra. Cada uno de nosotros es una historia de amor de Dios. A cada uno de nosotros, Dios nos llama por nuestro nombre: nos conoce por nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros. ¿Es verdad o no es verdad? Cada uno de nosotros tiene esta experiencia.

      Y Jesús la llama: «¡María!»: la revolución de su vida, la revolución destinada a transformar la existencia de todo hombre y de toda mujer, comienza con un nombre que resuena en el jardín del sepulcro vació. Los Evangelios nos describen la felicidad de María: la resurrección de Jesús n es una alegría dada con cuentagotas, sino una cascada que arrolla toda la vida. La existencia cristiana no está entretejida con felicidades blandas, sino con oleadas que lo arrollan todo. Intenten pensar también ustedes, en este instante, con el bagaje de desilusiones y derrotas que cada uno de nosotros lleva en el corazón, que hay un Dios cercano a nosotros, que nos llama por nuestro nombre y nos dice: «¡Levántate, deja de llorar, porque he venido a liberarte!». Esto es muy bello.

      Jesús no es uno que se adapta al mundo, tolerando que perduren la muerte, la tristeza, el odio, la destrucción moral de las personas… Nuestro Dios no es inerte, sino que nuestro Dios –me permito la palabra– es un soñador: sueña la transformación del mundo y la ha realizado en el misterio de la Resurrección.

      María quisiera abrazar a su Señor, pero Él ya está orientado hacia el Padre celeste, mientras que ella es enviada a llevar el anuncio a los hermanos. Y así aquella mujer, que antes de encontrar a Jesús estaba en manos del maligno (cfr Lc 8,2), ahora se ha vuelto apóstol de la nueva y mayor esperanza. Que su intercesión nos ayude a vivir también nosotros esa experiencia: en la hora del llanto, en la hora del abandono, escuchar a Jesús Resucitado que nos llama por nombre y, con el corazón lleno de alegría, ir a anunciar: «¡He visto al Señor!». ¡He cambiado vida porque he visto al Señor! Ahora soy diferente a como era antes, soy otra persona. He cambiado porque he visto al Señor. Ésta es nuestra fortaleza y ésta es nuestra esperanza. Gracias»

      (Fuente: Radio Vaticano)

  2. Amplio el comentario del Papa Francisco: hoy miramos a María, Madre de la esperanza. María pasó más de una noche en su camino de madre. Desde la primera aparición en la historia de los Evangelios, su figura destaca como si fuese el personaje de un drama. No era sencillo responder con un “sí” a la invitación del ángel: pero Ella, mujer aún en la flor de la juventud, responde con valentía, a pesar de no saber nada del destino que le esperaba. María en aquel instante se nos presenta como una de las muchas madres de nuestro mundo, valientes hasta el extremo, cuando se trata de acoger en su seño la historia de un nuevo hombre que nace. Ese “sí” es el primer paso de una larga lista de obediencias −¡larga lista de obediencias!− que acompañará su itinerario de madre. Así María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa, que a menudo no comprende todo lo que pasa a su alrededor, pero que medita cada palabra y cada suceso en su corazón.

    En esta disposición hay un detalle bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece salir bien. Tampoco es una mujer que protesta con violencia, que arremete contra el destino de la vida que nos revela a menudo un rostro hostil. En cambio, es una mujer que escucha: no olvidéis que siempre hay una gran relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que escucha. María acoge la existencia tal como se entrega a nosotros, con sus días felices, y también con sus tragedias que nunca hubiéramos querido pasar. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo es clavado al leño de la cruz.

    Hasta ese día, María casi había desaparecido de la trama de los Evangelios: los escritores sagrados dejan entender ese lento eclipsarse de su presencia, su permanecer muda ante el misterio de un Hijo que obedece al Padre. Pero María reaparece precisamente en el momento crucial: cuando buena parte de los amigos se han alejado por miedo. Las madres no traicionan, y en ese instante, al pie de la cruz, nadie puede decir cuál sería la pasión más cruel: si la de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo. Los Evangelios son lacónicos, y extremadamente discretos. Recoge con un simpe verbo la presencia de la Madre: “estaba” (Jn 19,25), Ella estaba. Nada dicen de su reacción: si lloraba, si no lloraba… nada; ni siquiera una pincelada para describir su dolor: de esos detalles luego se dispararía la imaginación de poetas y de pintores regalándonos imágenes que han entrado en la historia del arte y de la literatura. Pero los Evangelios solo dicen: “estaba”. Estaba allí, en el momento más feo, en el momento más cruel, y sufría con el Hijo. “Estaba”.

    María “estaba”, simplemente estaba allí. Ahí está nuevamente, la joven doncella de Nazaret, ya con los cabellos grises por el pasar de los años, todavía luchando con un Dios que solo necesita ser abrazado, y con una vida que ha llegado al umbral de la más densa oscuridad. María “estaba” en la noche más negra, pero “estaba”. No se fue. María está ahí, fielmente presente, cada vez que hay que tener una vela encendida en un lugar de bruma y de niebla. Tampoco Ella conoce el destino de resurrección que su Hijo estaba en aquel instante abriendo para todos los hombres: está allí por fidelidad al plan de Dios de la que se proclamó sierva en el primer día de su vocación, pero también por su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión. Los sufrimientos de las madres: ¡todos hemos conocido mujeres fuertes, que han afrontado tantos sufrimientos de sus hijos!

    La volveremos a encontrar el primer día de la Iglesia, Ella, madre de esperanza, en medio de aquella comunidad de discípulos tan frágiles: uno había renegado, muchos habían huido, todos pasaron miedo (cfr. Hch 1,14). Pero Ella simplemente estaba allí, del modo más normal, como si fuese una cosa absolutamente natural: en la primera Iglesia envuelta por la luz de la Resurrección, pero también por los temblores de los primeros pasos que debía dar en el mundo.

    Por eso, todos la queremos como Madre. No somos huérfanos: tenemos una Madre en el cielo, que es la Santa Madre de Dios. Porque nos enseña la virtud de la espera, también cuando todo parece privado de sentido: Ella siempre confía en el misterio de Dios, incluso cuando Él parece eclipsarse por culpa del mal del mundo. Que en los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús nos regaló a todos, pueda siempre sostener nuestros pasos, pueda siempre decir a nuestro corazón: “¡Levántate! Mira adelante, mira el horizonte”, porque Ella es Madre de esperanza.

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