Los amigos de Jesús

paisajes-del-mundo-marino-809354El Amigo de cada hombre es Jesús de Nazaret, que vivió hace más de veinte siglos y vive ahora también. Él es el modelo perfecto de amistad.

Nunca hizo milagro alguno para sí, para resolver una necesidad propia. Sin embargo, realizó muchos para sacar de apuros, y utilizó su poder para caminar sobre el agua y acercarse a sus discípulos –sus amigos– que, en medio de la tempestad, corrían el riesgo de naufragar. Anduvo sobre el mar porque ellos necesitaban ayuda.

La amistad de Jesús es total, incondicional, nunca falla. Siempre cumple con lo que afirmó a sus discípulos: nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos.

Él está siempre cerca, es «el compañero, el Amigo. Un compañero que se deja ver solo entre sombras, pero cuya realidad llena toda nuestra vida». Quizá, solo la experiencia permite la certeza de esta afirmación. Pero Él ofrece a todos su amistad y aguarda a que libremente se acojan a ella.

Jesús tuvo amigos en todas las clases sociales y en todas las profesiones: eran de edad y de condición bien diversas. Desde personas de gran prestigio social, como Nicodemo o José de Arimatea, hasta mendigos como Bartimeo, que le seguía en el camino después de su curación. En la mayor parte de las ciudades y aldeas encontraba gentes que le querían y que se sentían correspondidas por el Maestro, amigos que no siempre el Evangelio menciona por sus nombres, pero cuya existencia se deja entrever.

En Betania, las hermanas de Lázaro, con el mensaje confiado y doloroso a un tiempo que le hacen llegar a Jesús, dejan bien claro el lazo que unía a aquella familia con el Maestro: Señor, mira, el que amas está enfermo. Jesús amaba a Marta y María y a Lázaro. Cuando llegó el Maestro a Betania, Lázaro había muerto. Y, ante la sorpresa de todos, Jesús comenzó a llorar. Decían entonces los judíos: mirad cómo le amaba. ¡Jesús llora por un amigo!, no permanece impasible ante el dolor de quienes más aprecia ni ante la experiencia del hombre frente a la muerte, la muerte de una persona particularmente amada. Jesús llora en silencio lágrimas de hombre; los que estaban allí quedaron asombrados.

A Jesús le gustaba conversar con las personas que acudían a Él o encontraba en el camino. Aprovechaba esas conversaciones, que en ocasiones se iniciaban sobre temas intrascendentes, para llegar al fondo de las almas. Todas las circunstancias fueron buenas para hacer amigos y llevarles el mensaje divino que había traído a la tierra. Los caminos eran buenos lugares de encuentro y ocasión para nuevos amigos. Jesús buscó y facilitó la amistad a todos aquellos que encontró por los caminos de Palestina.

Los Apóstoles encontraron en Jesús al mejor amigo que pudieran desear. Era alguien que les apreciaba de verdad, a quien podían comunicar sus penas y alegrías, a quien podían preguntar con confianza.

Jesucristo está siempre disponible y espera con el mismo calor de bienvenida, aunque por nuestra parte haya a veces olvido y frialdad. Él ayuda siempre, anima. Los Apóstoles aprendieron de Cristo el verdadero sentido de la amistad.

Jesucristo es el amigo accesible, acogedor, benevolente, desinteresado, generoso, sacrificado; fiel, a pesar de infidelidades y torpezas. No se cansa, espera, consuela, cura las heridas, perdona siempre, anima. Vive en el lugar más íntimo de nuestro ser, donde podemos encontrarlo siempre cuando le buscamos. Escucha con toda atención palabras y silencios: Tú me conoces, sabes cuándo me siento y me levanto; de lejos sabes ya mis pensamientos; contemplas todos mis caminos; no está aún en mis labios la palabra y Tú ya la conoces; por la espalda y de frente me abrazas. Si subo hasta los cielos, allí te encuentro. Si llego a los límites del universo, estoy aún contigo.

Algo parecido manifestó Dios a David por medio del profeta Natán: estuve contigo en todas partes por donde anduviste.

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3 comentarios en “Los amigos de Jesús

  1. Es verdad que Jesús ama a todos por igual, sin condicionamientos sociales, económicos o nacionales. Incluso ama a sus enemigos. Y los ama hasta la muerte.,Y su amor por todos los hombres no es un amor de sentimiento pasajero ni de expresiones exteriores tiernas y afectadas. Su amor es de caridad, que encierra estas características ricas y valiosas:

    Se dirige hacia los demás con un corazón abierto, sin aislarse o evadir el trato; va al encuentro de todos los que ama (cf Mt 11, 28). Cura, consuela, perdona, da de comer, procura hacer descansar a sus íntimos.
    Se compadece de quien está necesitado (cf Mt 9, 36). No discute con sus amigos; los corrige, pero no choca con disputas hirientes (cf Mt 20, 20-28). Se alegra con ellos en sus momentos felices (cf Lc 10, 21).
    Rechaza sus intenciones desviadas (cf Mt 16, 23).,No desea nada de los hombres; no busca dar para recibir. Y cuando una vez busca consuelo en la agonía, no lo encuentra (cf Mt 26, 40). Se siente incomprendido por ellos, pero era parte de su cruz, pues aún no había venido el Espíritu Santo que les hiciera comprender todo (cf Jn 12, 24). Los ama sobrenaturalmente, no por sus cualidades humanas (cf Jn 13, 14). Pero también mantiene una distancia entre sus amigos y Él, pues su mundo está mucho más allá del de ellos (cf Jn 2, 25).

    ¿Ha habido hombre alguno en la tierra que haya amado a los hombres como Jesús?
    Es verdad esto que acabamos de decir: Jesús ama a todos los hombres, y los considera como amigos. Pero también es verdad que tuvo amigos especiales. Abramos el Evangelio.
    Tiene una especial relación con Juan, el discípulo amado. En esta amistad descubrimos que Jesús compartió con alguien, en modo especial, sus experiencias interiores y reservadas. Amistad íntima. Manifestación de esta amistad íntima es el Evangelio que Juan escribió. En él se oye palpitar el Corazón de Jesús; ahí descubrimos la profundidad de Dios. Por eso, a Juan se le representa como a un águila, porque voló alto, hasta el cenit de Dios.
    También tuvo especial relación con tres apóstoles: Pedro, Santiago y Juan.. En esta amistad descubrimos que busca la compañía para compartir momentos especiales, sean felices, como en la transfiguración, o tristes, como en Getsemaní. Amistad compartida.
    ¿Quién no recuerda la especial relación con los tres hermanos de Betania, Lázaro, Marta y María? En ellos descubrimos la amistad de Jesús que corresponde con la misma medida que se le ofrece. Amistad agradecida. Betania era uno de esos rincones donde Jesús descansaba y donde abría su corazón de amigo. Allí, Cristo tenía siempre la puerta abierta, tenía la llave de entrada; se sentía a gusto entre gente querida y que le estimaba.

    Cristo tuvo amigos, claro que sí. No hubiera sido totalmente hombre si le hubiera faltado esta faceta humanísima. Tuvo amigos en todas las clases sociales y en todas las profesiones. Desde personas de gran prestigio social, como Nicodemo o José de Arimatea, hasta mendigos, como Bartimeo. En la mayor parte de las ciudades y aldeas encontraba gentes que le querían y que se sentían correspondidas por el Maestro; amigos que no siempre el Evangelio menciona por sus nombres, pero cuya existencia se deja entrever.

    ¿De qué serviría la prosperidad, diría el orador latino Cicerón, si uno no la comparte con los amigos? ¿Cómo se soportaría una adversidad y una prueba sin alguien que estuviera a nuestro lado y que sufra y comparta con nosotros ese contratiempo? ¿A quién hablar de los anhelos del corazón, si no es al amigo que sintoniza en todo con nosotros? Cito a san Ambrosio: “Ciertamente consuela mucho en esta vida tener un amigo a quien abrir el corazón, desvelar la propia intimidad y manifestar las penas del alma; alivia mucho tener un amigo fiel que se alegre contigo en la prosperidad, comparta tu dolor en la adversidad y te sostenga en los momentos difíciles” (San Ambrosio, Sobre los oficios de los ministros, 3, 134).

    Jesús, pues, tuvo tiempo para la amistad y el descanso. Como hombre que era se cansaría de sus fatigas y correrías apostólicas. Le llegarían al alma los desprecios, las indiferencias, las calumnias de quienes no le amaban. Al mismo tiempo, Él necesitaba expandir su corazón, sus secretos, sus ilusiones. “Dejaba escapar toda la suavidad de su corazón; abría su alma por entero y de ella se esparcía como vapor invisible el más delicado perfume, el perfume de un alma hermosa, de un corazón generoso y noble” (San Bernardo, Comentario al Cantar de los Cantares, 31, 7).

    Habría que preguntarnos qué requisitos se necesitan para entrar en el círculo de amigos de Jesús.
    Jesucristo nos contesta en el Evangelio: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando” (Jn 15, 14). Y lo que nos ha mandado Jesús es amarnos unos a otros, como Él nos ha amado. Él nos ha mandado rezar y vigilar. Él nos ha mandado ser mansos y humildes de corazón. Él nos ha mandado ser santos como su Padre celestial es santo. Él nos ha mandado cargar con su yugo. Y así podríamos seguir con todo el Evangelio. Ahí tenemos lo que Jesús nos ha mandado. Si lo cumplimos, seremos sus amigos.

    Por tanto, para ser amigos de Jesús no es suficiente un amor de sentimientos, de emociones. Hay que amar a Jesús con un amor de entrega, de sacrificio, de fidelidad. Con un amor hecho obras. Obras son amores y no buenas razones.
    Jesús no quiere amigos de conveniencia, que sólo están con Él hasta el partir el pan, pero que le dejan solo y huyen cuando se aproxima la sombra de la cruz. Jesús no quiere amigos que se aprovechen de Él para conseguir los mejores puestos en el cielo
    Jesús quiere amigos humildes, pacíficos, de alma pura y libre de ataduras sensuales. Sólo a éstos acercará Jesús a su divino corazón.
    A todos hay que amar por Jesús. Y a Jesús hay que amarlo por sí mismo. Sólo a Jesucristo se le debe amor total, porque está probado que Él es el único amigo totalmente bueno, totalmente leal.

    Sin Jesús, ¿qué podrá darnos el mundo? Vida sin amistad con Jesús es infierno horroroso. Vida en amorosa amistad con Jesucristo es un paraíso lleno de delicias. “Si Jesús está contigo, no podrá dañarte ni derrotarte ningún enemigo espiritual. Quien halla a Jesús, a su amistad y enseñanzas, halla el más rico tesoro. El mejor de todos los bienes. Pero quien pierde a Jesús y a su amistad, sufre la más terrible e inmensa pérdida. Pierde más que si perdiera el universo entero. La persona que vive en buena amistad con Jesús es riquísima. Pero la que no vive en amistad con Jesús es paupérrima y miserable. El saber vivir en buena amistad con Jesús es una verdadera ciencia y un gran arte. Si eres humilde y pacífico, Jesús estará contigo. Si eres piadoso y paciente, Jesús vivirá contigo… Fácilmente puedes hacer que Jesús se retire, y ahuyentarlo, y perder su gracia y amistad, si te dedicas a dar gusto a tu sensualidad y a darle importancia exageradamente a lo que es material y terreno”(Kempis, Imitación de Cristo, II, 8).

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