Un comentario en “Los tres frentes: el amor desordenado, la pereza y el ambiente

  1. Estoy completamente de acuerdo con todo lo que menciona. Me permito destacar también el miedo.
    •La falta de fe y convicciones profundas llena de miedo e inseguridad. El miedo está relacionado con la falta de fe. Cuanto menos fe se tiene, más se temen las dificultades. El miedo es un sentimiento de rechazo ante lo que presenta como contrario al bien que se desea. La aprehensión de que suceda lo contrario de lo que se desea.
    •El miedo es para todos y genera cobardía, nerviosismo e indecisión. No es el simple SENTIR MIEDO lo que debiilita, sino el dejar que el miedo nos domine. El miedo hace parte de nosotros. Depende cómo lo encaramos puede hacer de nosotros héroes o cobardes, santos o apóstatas.
    •El Señor cuida de cada uno de los hombres. ( Mt 10,30).
    •El miedo se dispara cuando falta una visión clara y trascendente de la vida.

    a) Miedo al dolor. Lo importante no es cómo sufrir el dolor, sino cómo reaccionar ante él, cómo captar su verdadero sentido. Hay quienes piensan que el dolor es un mal contra la salud o contra su equilibrio psíquico. De ahí que se intente rechazarlo. El dolor punza más cuanto más se le rechaza. El dolor, que cuando se interioriza se llama sufrimiento, es una prueba de autenticidad. Hay que mirar más allá del dolor. Detrás de cada dolor nos aguarda una vida más nueva y verdadera. La vida se valora cuando se pierde la salud. Cuanto más se ama, más capacidad se tiene para sobrellevar el sufrimiento. El dolor bien entendido es el punto culminante del amor. Los bienes terrenos están llamados a desaparecer; el perderlos, en realidad, nos benefician, nos empuja a buscar los que no se pierden.

    Así, el sufrimiento, aceptado por amor, nos libera de la vana complacencia de sí mismo y nos impulsa a ser más modestos y prudentes, más generosos y serviciales, más fieles. En la escuela del dolor, del fracaso y desengaño nos curamos de nuestra profunda y arraigada soberbia y nos inclinamos generosamente sobre los demás.

    El hombre de fe sabe que “el dolor, penetrado por el sufrimiento de Cristo, es el mediador insustituible y autor de los bienes indispensables para la salvación del mundo. El sufrimiento, más que otra cosa, es el que abre el camino a la gracia y hace, más que los demás, presente en la historia de la humanidad la fuerza de la Redención”.

    b) Miedo al esfuerzo. El cristiano está llamado a reflejar la imagen de Dios vivo en identificación plena con Jesucristo. Esta tarea requiere finura de espíritu, entrega sin condiciones, de modo que la melodía de nuestra vida suene en armonía con la melodía divina. Esto es imposible para nuestras fuerzas. De ahí que muchos aparcan sus buenos propósitos cuando aparecen las dificultades. Especialmente las pequeñas y cotidianas. Sin un esfuerzo sostenido es difícil. Se requiere constancia, tenacidad, espíritu de lucha y resistencia al cansancio.

    El pecado original nos lleva a lo fácil y placentero. La comodidad, la inconstancia y al pereza nos pueden dominar. Obsesionados con el bienestar material, muchos descuidan el bien del espíritu. No se entiende que la felicidad exige grandes dosis de generosidad y de esfuerzo. La estrechez de miras vuelve a uno egoísta, incapaz de sacrificarse por algo que no sea satisfacer sus sentidos. Incapaces de amar y sufrir, miran con desprecio al que se atreva a contradecirlos o echarles en cara su egoísmo.

    El miedo al esfuerzo alcanza su meta más alta cuando se trata de ser santos. Uno se angustia ante lo que Dios puede pedirle.

    Para escuchar y seguir al Maestro se necesita una gran generosidad. Se trata de querer su voluntad con ganas o sin ganas, sano o enfermo, si te apetece o si desagrada. De la respuesta que se dé depende el “ir tirando” o tomarse en serio la santidad. Es importante decidirse a combatir la apatía, a hacer examen para descubrir lo que se ha hecho mal y lo que se podía hacer mejor.

    Dice san Agustín: “Haz tú lo que puedas, pide lo que no puedas y Dios dará para que puedas”. (Serm 43: cf Lc 6,38)

    c) Miedo al futuro. El hombre es incapaz de prever el futuro, que es libre y sólo puede ser conocido por Dios en su sabiduría infinita. Lo más sensato es vivir el presente, pidiendo a Dios que nos dé “el pan de cada día”. O sea, la fuerza que necesitamos para afrontar cada jornada, para vivir de fe y esperanza, sin desalentarnos. De lo que hagamos hoy, recogeremos mañana.

    A pesar de la buena voluntad, habrá que enfrentar imprevistos. ¿Qué hacer? ¿Deprimirse? Lo mejor es mantener la calma, levantar la mirada al cielo y confiar en la misericordia divina, pues Dios gobierna el mundo. El que está unido a él y acepta su voluntad nunca fracasará. A veces, no se sabe encajar una contrariedad, no se acepta la manera de ser del otro. Dominados por la ira y el mal humor, pierden la serenidad para resolver una situación tan simple. Por causa de su orgullo herido, por no reconocer las faltas, por no pedir perdón. Conflictos que podrían evitarse con una pequeña dosis de sensatez y de buen humor.

    Aceptar al realidad tal cual es. Sabiendo que todo es querido o al menos permitido por nuestro Padre Dios. Mirar al futuro con esperanza, confiar en la gracia, luchar por corregir lo que esté de nuestra parte.

    d) Miedo al qué dirán. El Señor quiere que vivamos sin miedos, con el orgullo y coraje de los hijos de Dios. “El Señor es mi luz y mi Salvación, ¿A quién temeré? Él es la fortaleza de mi vida. ¿por qué he de templar?”. (Sal 27,1) Así por grandes que sean las críticas o los problemas no se vendrá abajo, ni se refugiará en su timidez para ocultar su condición de cristiano.

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