Amistad (1)

buenos-amigos«La amistad es la mayor necesidad de la vida:
nadie aceptaría esta sin amigos… Todos están
de acuerdo en que los amigos son el único asilo
donde podemos refugiarnos en la miseria
y en los reveses de cualquier género».
Aristóteles, Ética a Nicómaco, libro VIII, cap. 1

Los soldados vuelven, maltrechos, de las trincheras avanzadas del enemigo. El intento de apoderarse de ese lugar estratégico ha fracasado y se inicia una retirada que quiere ser ordenada en lo posible. Ha habido bajas considerables y no pocos heridos. De pronto, un soldado se da cuenta de algo terrible: su amigo no ha vuelto, se ha quedado en las alambradas. Se dirige con premura al jefe de la sección. Esos minutos son vitales.
—Mi teniente, mi amigo no ha regresado. Sé dónde nos vimos por última vez y lo perdí de vista más allá de aquella alambrada. Solicito permiso para ir a buscarlo. Todavía hay claridad suficiente. La noche se echa encima y entonces no podremos hacer nada.
—Permiso denegado. No quiero que arriesgue su vida por un hombre que probablemente esté muerto. Mañana veremos qué se puede hacer.

El soldado hizo caso omiso de la prohibición y salió en busca de su amigo. Unas horas más tarde volvió al cuartel mortalmente herido. Transportaba el cadáver de su amigo sobre sus hombros.
El oficial estaba furioso:
—Ya le dije que habría muerto. ¡Ahora he perdido a dos hombres! Dígame, ¿merecía la pena ir allí, para traer un muerto?
Y el soldado, moribundo, respondió:
—Sí, señor. Cuando lo encontré todavía estaba vivo y pudo decirme: ¡¡estaba seguro de que vendrías!!
Ese atardecer, muchos aprendieron en el batallón una gran enseñanza sobre compañerismo y amistad.”

Fragmento de: Francisco Fernández-Carvajal. “Pasó haciendo el bien (Grandes obras) (Spanish Edition)”. iBooks.

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2 comentarios en “Amistad (1)

  1. Dice C. S. Lewis, en un excelente libro titulado Los cuatro amores, que la amistad hoy es considerada «algo bastante marginal, no un plato fuerte en el banquete de la vida… Pocos la valoran, porque pocos la experimentan». Podrá extrañarte quizá que en un libro como éste te hable de la amistad.

    La amistad no es algo innato. No se da sin esfuerzo; hay que conquistarla. Ha de ser alcanza- da y mantenida. La amistad necesita, en primer lugar, unos presupuestos desde los cuales desplegarse. Y, después, dice el profesor Millán Puelles, «necesita tiempo» de crecimiento, de esfuerzo, de ganarse la confianza del amigo, de hacerse dignos de él.

    La amistad es, por tanto, un despliegue, un crecimiento y una diversificación a partir de una situación inicial, aquella en la cual los hombres y mujeres somos solidarios porque somos iguales. La solidaridad es una consecuencia de nuestra semejanza con los demás. Por eso surge espontáneamente, sin necesidad de pensar, y no puede desaparecer, por mucho odio o despotismo que exista: el otro, la otra, son iguales a mí. La solidaridad de unos hombres con otros es reacción e impulso naturales: los demás son como yo. La solidaridad es la unión de los individuos humanos de una misma especie. Es cemento de unión hasta formar sociedad cooperando juntos.

    Otro supuesto de la amistad es la fraternidad: todos somos hombres, descendemos de un tronco común. Somos por eso hermanos. La fraternidad no es algo que debamos alcanzar, no es un ideal. Es nuestra situación inicial, no un lema. Ya somos iguales. Es punto de partida, no de llegada.

    Somos hermanos, solidarios. Pero aún no somos amigos. Por eso la amistad, dice mi maestro, podría definirse como una conquista, un desarrollo voluntario, un intento de hacer coherente y madura la fraternidad y solidaridad humanas que existen entre los hombres.

    Como la amistad necesita tiempo, es un desarrollo que se vuelve resistente y duradero: no se rompe fácilmente. Este es su primer carácter. Las amistades que se rompen con facilidad no son auténticas, sino simples solidaridades. El concepto de amistad efímera o superficial es contradictorio: ser sólo un poco conocidos es solidaridad sin mas. La amistad, si es verdadera, aguanta, no se rompe por cualquier desacuerdo. Consiste en mantenerse amigos en el desacuerdo. No forma parte del ideal de la amistad estar de acuerdo en todo. Estarlo enteramente es imposible. Podemos coincidir en lo básico, y es ese consenso fundamental lo que justifica las discrepancias. Pero un acuerdo total es imposible. Discrepar es saludable si se mantiene el diálogo.

    Cada hombre tiene que ver con la realidad según su propia mirada, según el esfuerzo de sacar adelante lo que lleva entre manos. Por eso el ideal de la amistad no es el acuerdo total, sino, por así decir, dotar a la realidad del número suficiente de miradas que la realidad necesita para ser bien vista.

    A la realidad no le basta con la mirada de uno. Un solo par de ojos humanos no pueden agotaría. Lo que yo veo puede ser ampliado por otros; puedo aceptar el enriquecimiento de las miradas de los demás. La amistad tiene algo que la transciende y la funda: la realidad, las cosas, la importancia de lo que hay que descubrir, pensar y hacer juntos, compartir una tarea, unos problemas. Este carácter compartido de la amistad está muy bien expresado por C. S. Lewis: «describimos a los enamorados mirándose cara a cara, y en cambio a los amigos, uno al lado del otro, mirando hacia adelante, absortos en algún interés común».

    El interés común de los amigos es una tarea compartida en alegre camaradería. Pero ¿qué clase de tarea es ésa? Para contestar podemos dividir en dos fases el crecimiento propio de la amistad. La primera es la fase inmadura: la llamaríamos camaradería juvenil, compartir actividades lúdicas en las que encontramos interesante la compañía del otro. La amistad infantil y juvenil empieza siempre así: jugar y divertirse juntos. Pero la auténtica amistad madura con el tiempo: la vida, con los años, diversifica las circunstancias de los amigos, surgen situaciones nuevas, de alejamiento, y la vida del otro se vuelve diferente a la nuestra. Se hace más difícil entonces compartir el juego y la tertulia abstrayendo de lo que somos fuera de él, como hacíamos antes.

    Es la fase madura: el amigo nos interesa no sólo por lo que dice, sino por lo que es. La ayuda mutua es recabada como favor que se pide y se da: «esto no se le hace a un amigo». La amistad auténtica es comprender y compartir el sufrimiento y el gozo del otro, y ayudarle en su tarea. Conocimiento y ayuda, en definitiva. Así maduran los amigos. Su lazo es imán atrayente, más fuerte que la disgregación connatural a la vida. La amistad es lealtad, estar unidos en la adversidad y la ventura, asumir como parte de nuestra existencia la del otro, y organizarse contando con ella, para integrar ambas en un camino común.

    El segundo elemento de la amistad es el carácter iluminante del diálogo que la constituye. Ante todo amistad es conversación. hablar, intercambiar miradas, lo que se ha averiguado, participar del saber de otro. Dice Pieper que la amistad se nota en el decir sin reticencias ni disimulos: el amigo es la persona con la que se piensa en alto, con la que se habla sinceramente, aquel con quien somos sinceros. Con el amigo no nos andamos con remilgos, es aquel con quien nos podemos sincerar. La amistad es ámbito de intimidad. Al amigo se le introduce en casa, el lugar donde somos por fuera como por dentro. No es una visita. Forma parte de nuestro hogar.

    Así pues, el segundo elemento de la amistad es la pluralidad compatible y enriquecedora de los puntos de vista, el diálogo iluminante, franco, sincero. Toda mirada puede iluminar a otra porque ha visto algo que el otro aún no. El diálogo va del desacuerdo al intercambio de opiniones, al dejarse convencer sola y exclusivamente si el otro tiene razón, si lo que dice es verdad. Eso es ser amigos. La justificación para hablar con el amigo es justamente que haya algo importante que decir: «los pequeños círculos de amigos que dan la espalda al mundo son los que los transforman de veras», dice Lewis.

    El tercer elemento de la amistad es la movilización de energías por el diálogo: es una potenciación recíproca. Con lo que el otro ve, añado a lo que he visto, incremento lo que veo, y lo que asimilo lo devuelvo al otro. La amistad saca al otro de la indiferencia y pone en marcha su iniciativa, amplía el radio de lo que a él le va. Lo mismo es ser capaz de amistad y ser capaz de compromiso, de aumentar la atención a las cosas grandes. El enemigo de la amistad es la falta de interés, el pasotismo y la indiferencia. La amistad moviliza, crea energías. Hoy se alude a esto con el término sinergia: una concurrencia de ímpetus que se multiplican recíprocamente. La mayor sinergia es ser amigos.

    El cuarto elemento es su carácter personal. Sólo las personas pueden ser amigas. Hay una característica de la persona, y que conviene volver a resaltar: es un ser generoso, lo cual significa ser fuente de actos, de novedad, origen. La persona es el único ser que puede dar sin perder. Ser persona consiste precisamente en eso: poner en la realidad algo nuevo, aumentar lo que existe sin perder el propio ser. Es fuente de realidad. Cuando da, no pierde, gana, se expresa a sí misma. La persona aporta, aguanta, sostiene, sirve de fundamento para las realidades a que da lugar. La persona es fuente de ser.

    Esto tiene que ver con nuestro asunto: esa realidad fontal es amistosa. El cauce para llevar a la práctica la capacidad de otorgamiento de la persona es la amistad. A través de ella se ayuda, se ofrecen y abren oportunidades. Aportar es poner algo nuevo. La oportunidad es abrir caminos, desvelar, decir la verdad, dar inspiración para una tarea. La persona vive siempre en régimen de amanecer, no de atardecer: siempre puede dar más. Esa es la única manera de ser joven. Esta es una perspectiva donal del hombre y de la mujer, la más real, la más metafísica. Somos así

    El don es parte irrenunciable de la amistad: quien regala algo no espera nada a cambio. El don es gratuito. La amistad da lo mejor que tiene desinteresadamente. Por eso, lo más opuesto a la amistad es la instrumentalización del otro. Cuando el otro no es un fin, sino un medio, no se alcanza el juego de intimidades, la amistad se degrada. Si yo sólo busco que el otro haga lo que a mí me conviene en un momento dado, le estoy utilizando.

    El cálculo es ajeno a la amistad. Pensar qué gano y qué pierdo en mi relación es puro interés. Hoy, como siempre, el desinterés es moneda rara en las relaciones humanas. Incluso hay quien dice que sencillamente no existe: todos los hombres se mueven por interés propio. Ese es el motor del mundo: John Stuart Mill, el pensador más puro del liberalismo, lo razonó detalladamente, junto a muchos otros que explican la conducta humana, e incluso el conocimiento, como una determinación o consecuencia de los intereses (el marxismo por ejemplo).

    Pero en la práctica, el interés sacrifica la amistad. Primero mantiene unas relaciones humanas «amistosas», pero superficiales, fruto de la conveniencia mutua, que no aguantan el tiempo ni las dificultades. Pero en segundo lugar, nuestra amistad llega hasta donde coinciden nuestros intereses. No más allá. Y así se viven las relaciones entre «amigos»: una separación amable al dejar de coincidir, una incapacidad de desatender mis «problemas» para «cargar» con los del otro.

    No se admite que la relación mutua tenga unas exigencias propias más importantes que los puros intereses de cada uno. La amistad auténtica, por el contrario, es desinteresada, no instrumentaliza, sino que da. Responde a una exigencia metafísica profunda del ser humano: la de tener réplica y encontrarme con otra persona para ser yo mismo. Sin el otro no alcanzo a conocerme a mí mismo, pues para conocerme necesito expresarme, y para expresarme he de manifestarme. Manifestarse es hablar, ser escuchado, comprendido. Y eso exige alguien que escuche. Por eso dice mi maestro que una persona sin réplica, sola, es un absurdo: no tendría a nadie a quien manifestarse para conocer- se. No sería nadie, ni siquiera para sí.

    La realidad fontal de la persona desafía el paso del tiempo, está por encima de él. Por eso la amistad enlaza con las virtudes, que son nuestro modo de organizar el tiempo y guardar lo que actuamos y conocemos. Por ejemplo: vivir el presente en la amistad es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo. Esto es la definición clásica de justicia. Pero se trata de dar perpetua y constantemente, no una sola vez. Si no vivimos la justicia, no somos felices porque el otro no tiene lo suyo. Para que nosotros seamos felices los demás también han de serlo. Tomás de Aquino dice que el amigo es aquella persona para la que se quiere algo: lo que le pertenece como suyo y le corresponde. Por eso, la amistad en presente es la virtud de la justicia.

    ¿Y la amistad vivida hacia el pasado? Es la piedad, el modo justo de comportarnos respecto de nuestro origen. La piedad es reconocer que no podemos pagar una deuda: hay deudas impagables; uno no puede pagar que le hayan dado la existencia. Por muy personas que seamos, antes somos criaturas con una existencia recibida. La piedad se vive con Dios, con los padres y con la patria. Cuando se es amigo, se tiene piedad, pero no compasión. Quien es amigo de verdad no da importancia a la generosidad. ¿Cómo no va a ser generoso con aquel a quien ama, aquel de quien recibe algo que no se puede devolver, alguien que nos engendra el alma, el cuerpo o el espíritu?

    Y después, el futuro. El destino más alto de la persona es la fama, la gloria, el perdurar. Por eso la amistad está hecha de estima, de honor hacia el amigo. Los amigos se deben honor, estima, confianza en que el amigo vale, en que tiene algo sólo de él, en que ese algo culminará. Ser amigo incluye la estimación, pero también la irritación: el que no se irrita cuando el amigo se porta mal es un adulador o un indiferente, pero no un amigo. Hay que ser partidario del amigo, estar a su lado, defenderle, estimarle, querer lo mejor para él. La estimación es la clave de la amistad.

    Ser hombre es ser amigo de los demás. El egoísmo es una frustración ontológica, una oclusión de nuestra capacidad de otorgamiento. Si no tengo amigos, soy ontológicamente pobre, estoy sólo. Ya hemos hablado de la soledad: está solo quien no da. Dice un dicho hindú en la película La ciudad de la alegría: «Todo lo que no se da, se pierde». No compartir lo mío es perderme, empobrecerme, porque entonces no puedo recibir nada de lo que los otros tienen. El hombre es así. Te aconsejo fundar tu visión de ti mismo en la estructura donal de la persona. Si no, te saldrá una antropología en la que el hombre es un sujeto que sólo pretende autorrealizar un dinamismo ciego, ajeno a los demás, atento sólo a un resultado que se torna inerte y amenazador.

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