3 comentarios en “Vivir en la verdad (1)

  1. La prudencia es condición de libertad. Sólo a partir del conocimiento de la verdad sobre el bien se puede elegir la acción prudente, y sólo la conducta prudente hace libre a la persona: «Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois en verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32).

    La libertad es necesaria para ser prudentes. Para conocer la verdad sobre el bien y, por tanto, para ser prudentes, se requieren buenas disposiciones morales, es decir, el deseo eficaz de liberarse del pecado, de tener un “corazón limpio”. Únicamente el corazón libre de ataduras, que ama a Dios sobre todas las cosas, es capaz de “ver” la verdad. El citado texto de san Juan, implica que para poder “conocer la verdad” se requiere “permanecer en la palabra de Cristo, ser su discípulo”. «La libertad hará florecer la verdad», podríamos decir con J. Stuart Mill, a condición de entender la libertad en un sentido diferente al del autor de On Liberty.

    La constatación de esta intrínseca dependencia entre conocimiento de la verdad y buenas disposiciones morales es muy antigua en el ámbito filosófico. Ya Platón enseñó que la verdad sólo se manifiesta a los hombres de mente y corazón puros. Aristóteles la expresa brevemente diciendo que «el bueno… juzga bien todas las cosas y en todas ellas se le muestra la verdad».

    Sin embargo, para entender adecuadamente la relación prudencia-libertad, es imprescindible advertir que el concepto de libertad al que nos referimos es aquél que sitúa su esencia no en la posibilidad de elegir entre el bien y el mal (libertad de indiferencia), sino en el poder de obrar con perfección moral cuando se quiere. La diferencia entre ambos conceptos es fundamental, y la opción por uno u otro lleva consigo un cambio profundo en el modo de entender toda la vida moral.

    Mientras la primera rechaza toda influencia encaminada a realizar la elección adecuada, la libertad como poder de obrar el bien acepta agradecida todo lo que suponga una ayuda en ese sentido. No adopta una actitud “objetiva”, “neutral”, sino “interesada”, una disposición interior de amor al bien, que es necesaria para “conocer” y “reconocer” la verdad moral. «La voluntad no es ajena al juicio de la inteligencia». Por el contrario, es ella la que dirige la mirada de la inteligencia hacia lo que le gusta ver. Si la voluntad está deseosa de identificarse con el bien, si es la voluntad de una persona recta, de corazón limpio, verdaderamente libre, dirigirá a la inteligencia hacia la consideración de la verdad. «No se encuentra la verdad si no se la ama; no se conoce la verdad si no se quiere conocerla».

    La verdad práctica es mucho más difícil de reconocer que la verdad teórica, por la sencilla razón de que es toda la persona (no sólo su inteligencia), con sus virtudes y defectos, quien tiene que buscarla, y tropieza en sí misma con el mayor obstáculo: la resistencia a subordinarse a ella y a conformar a ella la propia conducta. Kierkegaard llega a decir que los hombres tienen más miedo a la verdad que a la muerte, y Carlos Cardona explica así esa afirmación aparentemente exagerada: «La verdad es como la sentencia de muerte de la soberbia, de la ambición, de la lujuria y de los demás desórdenes de las pasiones; de ahí que quien se obstina en vivir en la “triple concupiscencia” de la que hablara el apóstol Juan, tenga horror a la verdad y la rehuya siempre. Pero incluso sin esa obstinación, la verdad, decía, asusta siempre un poco porque compromete personalmente. La verdad tiene consecuencias prácticas, y eso da miedo, porque no se sabe bien a dónde me puede llevar, qué sacrificios me puede exigir, qué renuncias me puede imponer».

    La soberbia se muestra sin duda como el gran inconveniente para reconocer la verdad. «El mayor dilema humano consiste, de hecho, en cómo enfocar la verdad: si tratarla humildemente o arrogantemente. Aquí radica la tentación más básica. Lo mismo que aquí se encuentra el pecado más básico: el pecado original, que está en el origen de todo pecado, y que consiste en dejarse llevar por la tentación de manipular, de dominar la verdad». La persona soberbia se rebela contra toda sumisión, contra todo aquello que no le permite ser dueño absoluto. La voluntad de afirmación propia le lleva a rechazar la verdad, porque es algo sobre lo que no tiene dominio. «Al deleitarse en la propia excelencia –afirmaba Santo Tomás-, los soberbios sienten fastidio por la excelencia de la verdad». Por eso, sólo la persona que trata de liberarse del orgullo puede adoptar ante la verdad una actitud de sumisión.

    Pero además del impedimento que supone nuestra propia resistencia, es preciso liberarse también de otras trabas que colaboran con ella: la influencia del ambiente, las ideas de moda, los prejuicios que impregnan el modo de pensar, y la opinión de los demás, que tantas veces nos inclina a traicionar las convicciones más arraigadas ante el temor de “quedar mal”.

    La libertad, el poder de hacer el bien moral cuando se quiere, que la persona conquista con la educación en las virtudes, se muestra así necesaria para encontrar la verdad práctica y, por tanto, la actuación prudente, y para realizarla efectivamente.
    (Basado en un texto de Almudi)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s