Para que la conciencia acierte

paisajes-del-mundoOrden en los amores (parte 4)

La valoración sobre lo que hay que hacer, es decir, el juicio de la conciencia, depende mucho de los conocimientos morales que se tengan; es decir, 1) del conocimiento acerca de cuáles son los bienes y deberes; 2) de la medida y el orden en que hay que querer los distintos bienes; y 3) sobre cuál debe ser el orden de los amores.

Hay un conocimiento espontáneo de lo que es ordenado o desordenado, bueno o malo. En principio, la acción buena se nos presenta como bella y la mala como repugnante. Todos los hombres normales sienten aprobación por la persona que se sacrifica y cumple con su deber, y repugnancia ante actos como el asesinato, el robo o la mentira. Quizá no sabrían explicarlo, pero todos se dan cuenta espontáneamente de que es malo incumplir una promesa (faltar a un deber); robar (hacer daño a un bien del prójimo); emborracharse (faltar a la medida en que se quiere un bien) o ser egoísta… Pero esta aprobación o repugnancia depende mucho de que se capte intuitivamente el orden o el desorden de la acción. Es decir, depende de que efectivamente parezca feo el mal y bello el bien. Si las acciones están disfrazadas, el sentido moral natural puede equivocarse.

  • Imaginemos que un día tenemos la triste oportunidad de asistir impotentes ante un asesinato. Imaginemos que estamos encerrados e incomunicados en una habitación y contemplamos por la ventana que un asesino acuchilla a un niño indefenso. Vemos la sangre, contemplamos el sufrimiento del niño, oímos sus gritos… El horror de aquella escena no desaparecerá nunca de nuestra imaginación: no necesitaremos hacer ningún razonamiento para juzgar que aquella acción es muy mala. Entra por los ojos… Pero imaginemos ahora que, en medio de una inmensa muchedumbre que grita entusiasmada y divertida, asistimos en un circo romano a un espectáculo habitual. Entre un número y otro, se ha soltado un esclavo para que pelee con un león; cuando le ha atacado el león, el esclavo no ha sabido qué hacer con el tridente y ha salido huyendo, provocando la risa del gentío. Probablemente, si fuéramos un hombre más de aquella época reiríamos como todos, mientras el león alcanzaba al esclavo y daba cuenta de él. Para aquellos hombres, se trataba de un espectáculo normal. Estaban acostumbrados a la dureza de la vida. Habían visto muchos otros esclavos morir así o de manera parecida y no les causaba ninguna impresión especial. Los esclavos eran entonces seres de otra categoría y se les castigaba con dureza en los trabajos caseros. Muy pocos se planteaban, y mucho menos en el circo, si aquello estaba bien. Todos pensarían que si aquel pobre desgraciado estaba en la arena sería por algo: quizá era un peligroso prisionero de guerra o quizá robaba en la casa donde servía o quizá se emborrachaba y maltrataba a otros esclavos… Para que lo malo repugne y lo bueno atraiga, se requiere que se vea claramente lo que tiene de malo o de bueno. Si somos ciudadanos acostumbrados a ver morir esclavos en la arena del circo, probablemente ya no tenemos sensibilidad para percibir lo que hay en eso de inhumano. Si en lugar de ver el espectáculo del esclavo desde la grada, fuéramos su amigos o contempláramos la desesperación de sus hijos, juzgaríamos la situación de otro modo, más próximo y humano.
  • Una plaga como el aborto, que consiste en algo tan antinatural y tan horrible como asesinar al propio hijo indefenso, se extiende muchas veces por la presión social y por el sencillo hecho de que muchos no han visto nunca cómo se hace. No han visto cuerpos destrozados, ni caras de horror, ni quemaduras. Basta contemplarlo una vez y tener un mínimo de sensibilidad para caer en la cuenta de que es una atrocidad. Por eso precisamente, se tiende a ocultar el horror de esta práctica, disfrazando la realidad; así el sentido moral natural no reacciona: no es lo mismo hablar, por ejemplo, de interrupción voluntaria del embarazo que de matar o asesinar a la criatura no nacida. En el primer caso, la realidad queda disfrazada y distante… Para que la conciencia juzgue espontáneamente bien tiene que ponerse claramente ante los hechos. Y tiene que intuir el orden de bienes y deberes que está en juego. Porque puede suceder que tengamos un conocimiento suficiente de los hechos pero que se nos escape lo que está en juego.

La valoración social ejerce sobre cada persona un influjo muy grande y que modifica muchas veces el sentido natural de lo que es bueno o malo. Los hombres somos seres sociales y nos resulta muy difícil librarnos de esa presión que suele ser inconsciente. Todos los hombres de una época son parecidos: tienden a pensar, vestir y comportarse de un modo semejante; y tienden a valorar las cosas de la misma manera: con los mismos acentos, con los mismos prejuicios. Esto prueba la enorme influencia que el ambiente ejerce sobre los individuos.

  • Imaginemos que una noche se presenta un sujeto en nuestra casa y nos pide que asesinemos al hijo de la portera. Si somos personas normales, nos parecerá una propuesta espantosa. Imaginemos ahora que, sentados en la mesa de nuestra oficina, recibimos una carpeta llena de expedientes para firmar. Es la misma carpeta de todos los días, con docenas y docenas de expedientes que hay que firmar, para pasarla a otros y que firmen también. Mientras firmamos rutinariamente, sin leer siquiera los expedientes, todos iguales o parecidos, ni siquiera pensamos que estamos dando el visto bueno a la ejecución de algunos traidores, maleantes y enemigos –así lo creemos– de la sociedad a la que procuramos servir como funcionarios. Estamos en guerra, los tiempos son malos, la vida es dura y hay que sobrevivir. Podemos volver a casa tranquilamente después de haber firmado el asesinato del hijo de la portera… El horror de aquel asesinato queda encubierto porque no lo vemos de cerca, porque es una práctica aceptada. La presión social nos inclina a interpretarlo como una cosa buena. Y es que la presión social puede deformar el sentido moral hasta extremos aberrantes. Ha sucedido multitud de veces en la historia; se requiere una sensibilidad moral muy grande para no caer en lo que han caído tantos antes que nosotros.
  • Si somos personas normales, que vivimos en una sociedad civilizada y oímos los gritos desgarradores del que están asesinando y vemos la sangre y contemplamos la saña de los asesinos, nos daremos cuenta de que aquello es muy malo. Pero si vivimos en una sociedad traumatizada por la violencia y se nos han explicado muchas veces los motivos por los que conviene eliminar a algunos sujetos y, además, no los vemos ni los oímos, quizá no nos parezca tan malo o incluso nos parezca estupendo.

Según vemos, el sentido moral natural nos indica espontáneamente lo que es bueno o malo, pero sólo cuando percibimos con claridad la razón de bien o de mal. Hay muchas circunstancias en que esto no es tan fácil. El juicio de la conciencia es muy delicado: depende mucho de la educación y de la experiencia. La conciencia necesita una educación delicada. Para juzgar bien, necesita tener principios, y necesita conocer con profundidad el sentido natural de los distintos actos humanos: es decir, qué bienes y deberes entran en juego.

Por eso se hace necesario tener también unas directrices seguras y ciertas (el Decálogo) (J.L. Lorda en La Moral. El arte de vivir)

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6 comentarios en “Para que la conciencia acierte

  1. Efectivamente, el poder del ambiente sobre las personas para que admitamos como bueno lo que realmente es malo. Por ejemplo, pensar que la separación de un matrimonio es algo que debemos aceptar de forma natural y que hay que asimilar que la unión de un hombre y una mujer no es para siempre; sólo “mientras aquello funcione”.
    O cuando en las películas del oeste, cuando uno gritaba “a la horca”, lo demás jaleaban lo mismo: “a la horca”, independientemente de que el reo fuera culpable o no. Algo así como lo que acabamos de vivir esta Semana Santa: “- A quién queréis que libere: ¿A Jesús o a Barrabás?”. – A Barrabás, a Barrbás”.
    ¿Qué hubiéramos gritado nosotros en aquella situación?
    Buen día a todos!

  2. Desde el punto de vista psicológico, la conciencia es el conocimiento íntimo que el hombre tiene de sí mismo y de sus actos. En moral, en cambio, la conciencia es la misma inteligencia que hace un juicio práctico sobre la bondad o maldad de un acto:
    a) juicio: porque por la conciencia juzgamos acerca de la moralidad de nuestros actos;
    b) práctico: porque aplica en la práctica es decir, en cada caso particular y concreto lo que la ley dice;
    c) sobre la moralidad de un acto: es lo que la distingue de la conciencia psicológica; lo que le es propio es juzgar si una acción es buena, mala o indiferente.

    Este juicio de la conciencia es la norma próxima e inmediata –subjetiva- de nuestras acciones, porque ninguna norma objetiva -la ley- puede ser regla de un acto si no es a través de la aplicación que cada sujeto haga de ella al actuar.

    . Es necesario actuar siempre con conciencia verdadera, ya que la rectitud de nuestros actos consiste en su conformidad con la ley moral.
    De aquí surge la obligación de emplear todos los medios posibles para llegar a adquirir una conciencia verdadera: conocimiento de las leyes morales, petición de consejo, oración a Dios pidiendo luces, etc.

    No es pecado actuar con una conciencia invenciblemente errónea porque, la conciencia es la norma próxima del actuar y, en ese caso, no se está en el error culpablemente.
    No se olvide, sin embargo, que aquí estamos hablando de error invencible, o porque no vino al entendimiento del que actúa, ni siquiera confusamente, la menor duda sobre la bondad del acto; o porque, aunque tuvo duda, hizo todo lo que pudo para salir de ella sin conseguirlo.
    .
    FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA

    Como la conciencia aplica la norma objetiva la ley moral a las circunstancias y a los casos particulares, se deduce con facilidad la obligación indeclinable que tiene el hombre de formar su propia conciencia.
    La conciencia es susceptible de un mejoramiento continuo, que está en proporción al progreso de la inteligencia: si ésta puede progresar en el conocimiento de la verdad, también pueden ser más rectos los juicios morales que realice. Además, este juicio moral que realiza la inteligencia necesariamente se tiene que adecuar al progresivo desarrollo del acto humano, lo que hace que la conciencia se vaya formando también de esa misma manera progresiva:

    – Comienza con la niñez, al despertar el uso de razón; tiene especial importancia en la juventud, cuando crece el subjetivismo y falta el justo sentido de la realidad.
    – Debe continuar en la madurez, cuando el hombre afirma sus responsabilidades ante Dios, ante sí mismo y ante los demás.

    Por otra parte, la experiencia muestra que no todos los hombres tienen igual disposición para el juicio recto, influyendo en esto también circunstancias puramente naturales: enfermedad mental, ignorancia, prejuicios, hábitos, etc.; y sobrenaturales: la inclinación al pecado que ocasionan en el alma el pecado original y los pecados personales.

    Es necesario, por tanto, que el hombre se vaya haciendo capaz de emitir juicios morales verdaderos y ciertos: es decir, ha de adquirir, mediante la formación una conciencia verdadera y cierta.
    No es lo mismo estar seguro de algo (conciencia cierta) que acertar o dar en el clavo (conciencia verdadera). Quizá nosotros mismos hemos tenido la experiencia de hacer algo con la seguridad de estar en lo cierto, y haber comprobado después nuestro error. En otras ocasiones, en cambio, además de estar totalmente convencidos de algo, acertamos.

    En el primer caso, cuando estamos seguros, hay conciencia cierta seguridad subjetiva aunque luego se compruebe que no tenemos razón y no había, por tanto, conciencia verdadera sino errónea.
    Para tener conciencia verdadera y cierta necesitamos la formación: un conocimiento cabal y profundo de la ley (seguridad objetiva), que nos permite luego aplicarla correctamente (seguridad subjetiva).

    La actitud de fundar la conducta sólo en el criterio personal, pensar que para actuar bien basta el estar seguro de que mi actuación es buena, es de hecho ponerse en el lugar de Dios, que es el único que no se equivoca nunca.
    Por eso, la necesidad de formarnos es tanto más imperativa cuanto más nos percatemos de que sin una conciencia verdadera no es posible la rectitud en la vida misma y, en consecuencia, alcanzar nuestro fin último.
    A esto se dirige precisamente la formación de la conciencia, que no es otra cosa que una sencilla y humilde apertura a la verdad, un ir poniendo los medios para que libremente podamos alcanzar nuestra felicidad eterna.

    Sin tratar de ser exhaustivos, ni de explicar cada uno de ellos, sí podemos señalar algunos de los medios que nos ayudan a formar la conciencia:

    1) estudio de la ley moral, considerándola no como carga pesada sino como camino que conduce a Dios;
    2) hábito cada día más firme de reflexionar antes de actuar;
    3) deseo serio de buscar a Dios a través de la oración y de los sacramentos, pidiéndole los dones sobrenaturales que iluminan la inteligencia y fortalecen la voluntad;
    4) plena sinceridad ante nosotros mismos, ante Dios y ante quienes dirijen nuestra alma;
    5) petición de ayuda y de consejo a quienes tienen virtud y conocimiento, gracia de Dios para impulsar a los demás.

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