Dios está muerto y sepultado

El_cristo_de_san_juan_de_la_cruz-4En este día, la Iglesia le grita en voz baja al mundo entero que Dios está muerto y sepultado… ¡Qué terrible noticia! Porque, si es Dios, no debería morir. Y, si muere, parecería demostrado que no es Dios. Así pensaron, sin duda, quienes lo mataron.

Sin embargo, Dios ha muerto en verdad. Y, muerto, sigue siendo Dios. Su Amor ha trascendido toda frontera y ha alcanzado hasta más allá de la muerte. Ese Amor es el que yace esta día en un sepulcro. En el reino de los muertos, el abrazo de Dios perfuma de gracia las tinieblas.

Dios muere de Amor. Ofrece su vida al Padre para obtener el perdón de mis culpas. «Mira cómo te amo», me dice desde du silencio… Hoy debemos dejarnos amar. No es día para hacer, sino para recibir en silencio el Amor.

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3 comentarios en “Dios está muerto y sepultado

  1. El centro y la gran obra del Padre es haber resucitado a su Hijo, muerto y sepultado por nosotros y por nuestra salvación, con la fuerza del Espíritu. Nosotros descubrimos en su persona el misterio del amor apasionado de Dios por cada uno y por todos los hombres hasta hacernos hijos y hermanos en Cristo y con su Espíritu, coherederos con Él. En Jesucristo, la pretensión del hombre de ser dios se ha realizado, pero, no por la vía de la soberbia, de querer robar el fuego divino, sino por la vía de la obediencia y humildad; rebajándose hasta despojarse de su condición divina, asumió nuestra condición humana, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz y nos elevó hasta elevarnos a la condición de hijos y sentándonos con Él en el cielo. Es el colmo del amor de Dios.

    Esto es lo que celebra la Iglesia en la Liturgia y lo que se refleja en nuestros pasos procesionales portados por cofrades, en la música, en la literatura, en el arte. Este es el misterio de nuestra fe, la síntesis que confesamos en el Credo. Esto es lo que nos llena de alegría, júbilo y esperanza.

    ¿Cómo vivir estos días, cómo vivir estos misterios? Con los ojos de la cara y del corazón fijos en Cristo, dejándonos amar por Él. Esta convicción y sentimiento es lo primero. San Pablo decía: «Vivo yo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mi» (Gal 2, 20). ¿Podremos decirlo nosotros? Para eso debemos meditar, orar, dejarnos interpelar, pedir perdón, agradecer, alabar, bendecir.

    En segundo lugar, responder, porque amor con amor se paga. Y la respuesta es seguirle. Creer en Él y vivir como él vivió; ser hombres y mujeres nuevos viviendo según su ejemplo y palabra; amarle y servirle a Él en nuestros hermanos, en nuestros prójimos, especialmente los más desfavorecidos y empobrecidos de cerca y de lejos, en los descartados de la sociedad. .

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