Ante la frontera de la muerte

JES_S_CRUZ_DE_CRISTO_CON_FONDO_ROJO_Y_AMARILLO_Jesus_Cross890CCuando el amor brota, todo parece fácil. En esos primeros momentos, una alegría fresca y limpia fluye entre los corazones como una corriente imparable y gozosa. Es necesario que así sea, para que la unión entre los amantes se haga fuerte.

Pero, más adelante, se alcanza una línea, una frontera a partir de la cual el amor duele. Es el momento de dar la vida, de renunciar a lo que uno tiene en favor del ser amado. Es la hora de morir y de entregarse. Cuando esa frontera se alcanza, muchos dan marcha atrás. «No he nacido para inmolarme», me dice una mujer que está punto de abandonar a su marido. La he invitado a mirar al Crucifijo, y a repetir esas palabras delante de Él.

Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Hoy estamos ante esa frontera. Y Jesús la cruzará temblando. Ayer noche le viste sudar sangre en Getsemaní. Hoy le vemos colgado del madero que le da muerte.

¿Cruzarás con Él, o seguirás practicando una religión sin cruz? Responde. Hoy te lo juegas todo. (Fuente: José-Fernado Rey)

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3 comentarios en “Ante la frontera de la muerte

  1. Música diversa y silencios graves, con capirotes de humildad o a cara descubierta -que, sin duda, es otra figura de reverencia-, con sobrios tambores o música da trompetas, acalladas por una saeta: cantar de la tierra mía con balada de Serrat sobre la letra incomparable de Machado, quizá en silencio respetuoso y justo. Los pueblos de España celebran la Pasión de Cristo que siempre, como manda la historia más grande jamás contada, concluye en el Domingo de Gloria ratificando con la Resurrección, la verosimilitud de los hechos y dichos del Verbo encarnado, aquel divino loco de amor por los hombres, el único revolucionario entregado libérrimamente a la muerte por nuestra salvación. No mata a nadie por razón alguna, muere por todos.

    Unamuno firmó una poesía : ¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío? El vasco, profesor de Salamanca, con sublimes acentos, inspirados en el Cristo de Velázquez, refiérese al blanco del cuerpo como la hostia del cielo de la noche soberana. Que eres, Cristo -canta don Miguel- el único Hombre que sucumbió de pleno grado, triunfador de la muerte que a la vida por Ti quedó encumbrada. Desde entonces por Ti nos vivifica esa tu muerte, por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre, Por Ti la muerte es el amparo dulce que azucara los amargores de la vida; Por Ti, el Hombre muerto que no muere, blanco cual la luna de la noche. Desde una cierta heterodoxia, el Unamuno universal alumbra con cabeza y corazón no sólo unas bellas estrofas, sino el amor al Crucificado que entrañan.

    Es el Hijo de Dios hecho hombre quien contemplamos en estos días en su Pasión, Muerte y Resurrección. Es necesaria la fe, pero también la razón. San Josemaría se refiriere a las personas que hacen barricadas con su libertad: ¡Mi libertad!, mi libertad! La tienen y no la siguen; la miran, y la ponen como un ídolo de barro dentro de su entendimiento mezquino. Añadiría que necesitan dogmas -la ideología de género, por ejemplo- que intentan imponer al resto. La Fe cristiana, no se impone, necesita de la libertad. Por seguir con la lírica relativa a los Misterios de la Semana Santa, preferimos recordar y vivir -con defectos, pero soñando en perdurar con lo que conmemoramos- con el clásico estos versos bien conocidos, relativos al motor de la existencia cristiana: Tú me mueves, Señor; muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido; muéveme ver tu cuerpo tan herido; muévenme tus afrentas y tu muerte. Muevéme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara y aunque no hubiera infierno te temiera.

    ¿A quien puede molestar, sino por prejuicios ideológicos o por oportunismos estrechos, esta historia de amor por los hombres, la historia más grande jamás contada. El agnóstico Tierno Galván no permitió retirar de su despacho la imagen de un crucificado, aludiendo a que no podía hacer mal a nadie. ¿A quien va a poder hacer mal la efigie de quien lo dio todo hasta el final de su vida con la muerte más afrentosa, la propia de los esclavos, y la más penosa, aquella a la que alude el citado soneto: No me tienes que dar porque te quiera; pues aunque cuanto espero no esperara, lo mismo que te quiero, te quisiera.

    (Basado en un relato de Almudi)

  2. Gabriela, respondo a tu pregunta , espero te quede claro. Saludos.

    Almudi Escrito por Fernando Ocáriz Publicado: 18 Marzo 2007 (Ahora Prelado del Opus Dei)
    Cfr Ocáriz, Mateo-Seco, Riestra, El misterio de Jesucristo, 2ª ed. Eunsa 1993, pp. 347-376

    La predicación apostólica sobre la muerte de Jesús no termina en ella, sino que menciona inmediatamente su exaltación. Tenga, pues, por cierto toda la casa de Israel que Dios ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, dice San Pedro en su discurso del día de Pentecostés (Act 2,36), refiriéndose a este acontecimiento como la entronización del Mesías. Esta exaltación comporta la resurrección de entre los muertos, su ascensión a la diestra del Padre y el envío del Espíritu Santo (cfr Act 2,32-33). La glorificación de Cristo tras su muerte no debe entenderse como algo que aconteció a Jesús una vez cumplida nuestra redención, sino que esta glorificación es parte integrante de la obra redentora [139].

    Sin embargo, la glorificación del Señor comenzó inmediatamente después de su muerte, en el descenso a los infiernos: «Si la muerte comporta la separación del alma y el cuerpo, se sigue que también para Jesús ha habido por una parte el estado de cadáver del cuerpo, y por otra la glorificación celeste de su alma desde el momento de la muerte. La primera Carta de Pedro habla de esta dualidad, cuando, refiriéndose a la muerte de Cristo por los pecados, dice de El: muerto según la carne, pero vivificado en el espíritu (1 Pet 3,18)» [140]. El alma de Cristo, unida secundum Personam al Verbo, recibe ya plenamente la gloria que se deriva de la visión beatífica, como la reciben los santos inmediatamente después de la muerte [141].

    Pero la completa glorificación de Cristo, en la integridad de su ser Dios-Hombre, tiene lugar mediante la Resurrección y Ascensión a los cielos.

    1. La resurrección del Señor
    La resurrección de Jesús es tema central de la predicación apostólica, y forma una unidad indisoluble con el misterio de la crucifixión y de la muerte. A este Jesús —dice San Pedro en el discurso recién citado—, Dios lo ha constituido Señor y Mesías (Act 2,32.36). Es la misma afirmación que encontramos en los discursos de San Pablo: Os anunciamos -dice en la sinagoga de Antioquía- la realización de la promesa hecha a nuestros padres, que Dios ha llevado a cabo para nosotros, sus descendientes, al resucitar a Jesús, según estaba escrito en el salmo segundo: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy (Act 13,32-33).

    La resurrección del Señor se encuentra presente también en todos los Símbolos [142] y profesiones de fe [143], pues siguen fielmente el núcleo de la predicación apostólica. En algunas de estas profesiones, se precisa que se trata de verdadera resurrección con frases todo lo explícitas posible para evitar el docetismo; de ahí que se aluda a que comió y bebió después de la resurrección [144]. En algunos textos se afirma que el Señor resucitó por propio poder [145]. También está presente en las profesiones de fe en la Resurrección la mención de que resucitó al tercer día; en los Símbolos latinos se suele expresar diciendo simplemente que «resucitó al tercer día», mientras que en los Símbolos griegos, como el Nicenoconstantinopolitano, es más frecuente encontrar la expresión «resucitó al tercer día según las Escrituras». En esto los Símbolos no hacen otra cosa que seguir de cerca las expresiones del Nuevo Testamento. Así se encuentra dicho explícitamente, p. e., en 1 Cor 15,4. Y San Pedro recurre al Sal 15,10 (Pues no has de abandonar mi alma en el sheol, ni dejarás que tu santo vea la corrupción) para aplicarlo, como texto profético, a la Resurrección del Señor (cfr Act 2,24, ss). También lo hace San Pablo (cfr Act 13,35 ss) [146].

    La Resurrección es, antes que nada, la glorificación del mismo Cristo, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz, por lo que Dios le exaltó y le otorgó un nombre que está sobre todo nombre ( Fil 2,9). Esta glorificación que le corresponde en atención a su dignidad de Hijo [147], al mismo tiempo, ha sido conquistada —merecida— por Jesucristo, conforme se subraya en el texto citado de Filipenses: Dios lo exaltó por haber sido obediente hasta la muerte de cruz, es decir, Cristo, obedeciendo, mereció su exaltación. Esta exaltación fue también objeto de esperanza para Cristo [148], y de oración, conforme se ve, p.e., en Jn 17,1 y 5: Padre, llegó la hora: glorifica a tu Hijo, para que el Hijo te glorifique (…). Ahora tú, Padre, glorifícame cerca de ti mismo con la que tuve cerca de tí antes de que el mundo existiese [149]. La exaltación de Cristo culmina, pues, su vida y su obra, de forma que con la resurrección no sólo se inaugura una nueva forma de existencia de Jesús de Nazaret —la existencia gloriosa—, sino que se inaugura también una nueva forma —en poder—, de su misma acción como Mesías, conforme dice San Pablo: constituido Hijo de Dios, poderoso según el Espíritu de Santidad a partir de la resurrección de entre los muertos (Rom 1,4).

    En cierto sentido, esta nueva forma —en poder— se halla presente ya en la misma humillación de la Pasión y de la Muerte, de modo que se trata de acontecimientos que no deben separarse en la consideración teológica. Como hemos visto, San Juan lo pone de relieve al considerar la crucifixión como una exaltación [150]; al mismo tiempo, la resurrección jamás aparece separada de la crucifixión, pues quien resucita es el crucificado, que conserva las heridas de la cruz (cfr p.e., Jn 20,26-29). Se trata de un único misterio: el misterio de la Pascua del Señor [151], en el que existe una indisoluble continuidad entre el crucificado y el resucitado.

    En este misterio se manifiesta la íntima naturaleza del Señorío de Jesús: Si confiesas con tu boca al Señor Jesús y creyeres en tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, serás salvo, escribe San Pablo poniendo de manifiesto que la fe en Jesús como Señor está en dependencia del acontecimiento supremo en que se manifiesta: la resurrección (cfr Rom 10,9). Es el mismo pensamiento que aparece en los discursos de San Pedro recogidos en Hechos (cfr Act 2,32.36; 3,13-26). La resurrección de Jesús tiene, pues, una dimensión soteriológica indiscutible. Con la resurrección de Jesús, Dios da cumplimiento a sus promesas de un Mesías salvador (cfr Act 13,30.32-37). La relación entre la resurrección de Jesús y nuestra salvación es tan estrecha, que San Pablo no duda en afirmar: Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana es nuestra fe (…). Si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe, aún estáis en vuestros pecados (1 Cor 15,14.17).

    Conviene precisar que estas afirmaciones están hechas desde una consideración soteriológica de la resurrección, y no desde una perspectiva primordialmente apologética. Lo que se considera aquí, antes que el hecho de que con la resurrección se confirma la verdad de las palabras de Jesús -perspectiva apologética [152], es el que la resurrección de Jesús constituye la auténtica y definitiva victoria sobre la muerte [153], una victoria que es parte esencial de nuestra redención y en la que participamos mediante la unión con El: Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primicias de los que duermen. Porque como por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos (1 Cor 15,20-21).

    Finalmente, la resurrección de Jesús se puede considerar en su aspecto apologético, es decir, en su carácter de milagro que confirma la santidad de Jesús, la verdad de sus palabras, la legitimidad de su pretensión mesiánica. En efecto, el hecho de que Dios le haya resucitado de entre los muertos confirma la credibilidad de Jesús. Durante su vida terrena el mismo Jesús apeló a sus milagros como razón para que se creyese en El (cfr Jn 10,38), y habló de su resurrección como signo para la generación que le escuchaba (cfr Mt 12,39-40), es decir, remitió a su resurrección como prueba de la autenticidad de su mesianismo [154].

    2. El testimonio neotestamentario
    En el Nuevo Testamento se encuentran numerosísimos testimonios referentes a la resurrección del Señor, incluso en aquellos escritos que se detienen poco en la narración de hechos de la vida de Jesús. Hay como una universal urgencia de dar testimonio de la resurrección del Señor, de forma que se encuentra reflejada no sólo en los cuatros evangelios, sino en los discursos misioneros de San Pedro y San Pablo recogidos en Hechos, en las cartas paulinas y en los otros escritos apostólicos.

    Todos los escritos del Nuevo Testamento hablan de la resurrección de Jesús. Unas veces se trata de narrraciones largas, como es el caso de los evangelios; otras, de exposiciones directas y aplicaciones teológicas, como en Hechos o en el capítulo 15 de 1 Cor; otras veces se trata de proclamaciones en himnos, o de breves confesiones de fe. Puede decirse con rigor que todos estos testimonios apuntan hacia lo que constituye una dimensión esencial del ministerio apostólico: dar testimonio de la resurrección de Jesús, conforme a la frase de San Pedro: Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos (Act 3, 15). Es significativo que la condición que se pone para la elección de quien ha de ocupar el puesto que Judas ha dejado vacante es que quien sea elegido haya convivido con el Señor y sea testigo con nosotros de su resurrección (Act 1, 21-22).

    La resurrección de Jesús ocupa el centro de la predicación apostólica, como se ve por los discursos de San Pedro y de San Pablo, incluso los dirigidos a paganos, o los pronunciados en un ambiente de claro rechazo de la resurrección como es el caso del discurso de San Pablo en el areópago (cfr Act 17, 31), pues la conversión al cristianismo implica necesariamente la fe en la resurrección de Jesús. De ahí que se encuentre explícitamente afirmada en los escritos más antiguos del Nuevo Testamento, que a su vez remiten a una parádosis recibida y de la que se tiene conciencia que hay que transmitir íntegramente. Es decir, remiten a las primeras predicaciones, algunas de las cuales se recogen en Hechos.

    Tal es el caso del conocido pasaje de 1 Cor 15,3-8, escrito entre el 53-57, donde el comienzo solemne nos advierte ya de que nos encontramos ante lo esencial de la parádosis: Pues a la verdad os he transmitido lo que yo mismo he recibido: que Cristo (…) resucitó al tercer día, según las Escrituras, y que se apareció a Cefas, luego a los Once. Después se apareció una vez a más de quinientos hermanos, de los cuales muchos permanecen todavía, y algunos durmieron; luego se apareció a Santiago, luego a todos los apóstoles, y después de todos, como a un aborto, se me apareció a mí. Es clara la solemnidad con que se proclama la resurrección del Señor, así como el empeño en subrayar su realidad, es decir, en el empeño por dejar claro que no pertenece al ámbito de la mera subjetividad de los discípulos. Este empeño se manifiesta entre otras cosas al aducir esa lista de apariciones -con la expresa mención de que aún viven muchos de esos más de quinientos hermanos-, como acontecimientos que garantizan la realidad objetiva de la resurrección del Señor [155].

    A este respecto, se suele subrayar la importancia dada a las apariciones del resucitado y la fuerza que implica el verbo que se utiliza para mencionarlas: ofthé, fue visto, se apareció, porque con este verbo se subraya la objetividad de la visión: que es el mismo Jesús el que se manifiesta [156], el que se hace ver [157], es decir, es el mismo Cristo el que se muestra por sí y desde sí [158], hasta el punto de que es El quien sale al encuentro; el verbo ofthé indica que es El quien se aparece, quien toma la iniciativa. Esto es algo, por otra parte, que está ligado con otros pormenores en los relatos de las apariciones: éstas parten siempre del resucitado, y no son efecto de la fe, de la esperanza o del deseo de verlo por parte de los apóstoles. Es el resucitado el que sale al encuentro, el que se hace presente.

    1 Cor 15, 3-8 es un texto de carácter semítico que en su mismo lenguaje, con expresiones no usadas normalmente por San Pablo, muestra la fidelidad con que intenta transmitir la fórmula recibida. Se trata de un texto, de tradición primitiva, «articulado de modo que unos verbos confirman a los otros: murió, pues fue sepultado; fue sepultado, pero resucitó; fue resucitado, pues se apareció» [159].

    Estas afirmaciones breves constituyen las más antiguas expresiones de la predicación y de la fe en la resurrección de Jesús, como formulaciones que van cristalizando. Cfr p.e., además de 1 Cor 15,3-8, Rom 10,9 (Jesús es el Señor; Dios lo ha resucitado de entre los muertos), Act 2,23 ss; 3,15; 4,10; 5,30-31; 10,37-40; 13,27-31; 1 Pet 3,18 ss. etc. Sólo más tarde se pasa a hablar de la resurrección de Jesús en las formas narrativas, es decir, en los relatos evangélicos de las apariciones y del sepulcro vacío. Estos relatos, como es obvio, están en estrecha dependencia de la fe, firmemente profesada desde el principio, en la resurrección de Jesús: de lo que constituye su afirmación esencial: Verdaderamente el Señor ha resucitado (Lc 24,34) [160].

    Estas narraciones se encuentran en los cuatro Evangelios ocupando los capítulos finales (Mc 16; Mt 28; Lc 24; Jn 20-21), y en Act 1,1-11. Son relatos de una gran sobriedad. Todos ellos hablan de apariciones de Jesús, pero en ninguno se dice que nadie haya visto resucitar al Señor; sólo testifican con sencillez que el resucitado se les ha aparecido. Está claro que ninguno pretende haber sido testigo del acontecimiento de la resurrección de Jesús en cuanto tal. Se testifica la resurrección por el encuentro con el resucitado.

    En estos relatos se destaca la continuidad entre el crucificado y el resucitado. Se trata del mismo Jesús, que es reconocido al aparecerse. Se le reconoce, p. e., al hablar (cfr Jn 20,16), en la fracción del pan (cfr Lc 24,31). A veces, esta identidad queda subrayada incluso en el aspecto corporal. Así p.e., Jesús invita a comprobar mediante el tacto que es él mismo, que tiene verdadero cuerpo (cfr Lc 24,39), Y mostrando las manos taladradas Y el costado traspasado, insiste en que este cuerpo es el mismo que fue crucificado (Jn 20,27).

    En este aspecto tiene gran importancia el hecho del sepulcro vacío. Los cuatro evangelios comienzan a tratar de la resurrección precisamente mencionando el hallazgo del sepulcro vacío. No es que el sepulcro vacío en cuanto tal sea prueba principal de la resurrección: la prueba definitiva de la realidad de la resurrección son las apariciones, particularmente a los Once. La realidad del sepulcro vacío sí es imprescindible, en cambio, para que haya tenido lugar la resurrección [161]. Los relatos hablan de una continuidad entre el cuerpo sepultado y el cuerpo resucitado, imposible si el sepulcro no hubiese estado vacío. El sepulcro vacío orienta hacia la resurrección y, particularmente, hacia la verdadera corporeidad del resucitado. Jesús no está en el sepulcro, porque ha resucitado: quien quiera encontrarlo debe buscarlo entre los vivos, no en el sepulcro. Este es el mensaje de los ángeles a las mujeres: No está aquí: ha resucitado, según lo había dicho (Mt 28,6); Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aquí (Mc 16,6); ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí; ha resucitado (Lc 24,5-6). Aunque el sepulcro vacío no es en sí una prueba directa de la Resurrección, ha constituido para todos un signo esencial. San Juan dice que, al entrar en el sepulcro vacío y «descubrir las vendas en el suelo (Jn 20,6) vio y creyó (Jn 20,8). Esto supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cfr Jn 20,5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro» [162].

    Es indudable, pues, la importancia que el sepulcro vacío tiene en la mente de los discípulos a la hora de hablar de la resurrección, para distinguirla de la simple pervivencia de un elemento «espiritual». Es el hilo argumentativo subyacente al discurso de Pedro a la hora de hablar de la resurrección de Jesús: Hermanos, séame permitido decir con toda libertad y franqueza: el patriarca David murió y fue sepultado, y ahí está su sepulcro hasta nuestros días; pero, como profeta que era (…) habló sobre la resurrección del Mesías: éste no fue abandonado en el sheol, ni su carne experimentó la corrupción (Act 2,29-31) 163. Esta forma de argumentar supone no sólo que el cuerpo de Jesús no está en el sepulcro, sino que es conocido que no está en el sepulcro, es decir, que se sabe que se descubrió que el sepulcro estaba vacío. Estas palabras, dichas en Jerusalén, suponen, además la seguridad de que nadie —ninguno de los adversarios— podrá demostrar lo contrario.

    Los relatos de la resurrección, al mismo tiempo que ponen de relieve que existe identidad entre el cuerpo sepultado y el cuerpo resucitado de Cristo, dan fe de que, siendo el mismo, se encuentra en un estado superior en el que no está sometido a las normales leyes físicas. Así se desprende de la forma en que tienen lugar las apariciones: Jesús entra en el cenáculo estando las puertas cerradas (cfr Lc 24,36; Jn 20,19.26). En el texto de 1 Cor 15, San Pablo hablará de la resurrección gloriosa teniendo en mente la gloria que se desprende del cuerpo resucitado de Jesús: se resucita en incorrupción, en poder y en gloria. Se trata, pues, de la corporeidad llevada hasta su máxima posibilidad de glorificación. El mismo San Pablo llamará al cuerpo glorioso soma neumatycon, cuerpo espiritual (1 Cor 15,44), para destacar la diferencia existente con el cuerpo terreno [164].

    Esta diferencia se encuentra presente en la misma naturaleza de las apariciones. Si bien es verdad que se trata de apariciones reales —es Jesús el que se «muestra» a los discípulos—, estas apariciones para ser aceptadas plenamente como tales exigen la fe de los apóstoles. El cuerpo de Jesús ya no pertenece a este mundo; por decido de algún modo, tiene un carácter sobrenatural. Las narraciones evangélicas destacan las dudas incluso de algunos discípulos que ven a Jesús (cfr Mt 28,17). Era un verdadero ver a Jesús y al mismo tiempo un don de la gracia [165]. Agudamente lo expresa Tomás de Aquino: «Los Apóstoles pudieron testificar la resurrección de Cristo también de visu, porque, después de la resurrección, vieron por los ojos de la fe (oculata fide) a Cristo vivo, el cual sabían que estaba muerto» [166]. La nueva vida de Jesús es ya inaccesible al conocimiento común de los hombres. El se manifiesta a los apóstoles, que le ven oculata fide, con «una fe que tiene ojos», es decir, con los ojos de la fe. Porque le ven, pueden testificar con un testimonio que es único [167]; pero, al mismo tiempo, esa visión es un don de la gracia que, a su vez, han de aceptar por la fe. Jesús dice a Tomás: Porque me has visto has creído; dichosos los que sin ver creyeron (Jn 20,29). Se trata de un auténtico ver, que sólo fructifica si es acogido en la fe. En otros términos, el carácter y las implicaciones sobrenaturales de la Resurrección hacen que los Apóstoles, para aceptada con plena certeza, aun viendo físicamente al Resucitado, hayan necesitado la fe.

    3. La resurrección de Jesús entre la historia y la fe

    Es claro que la afirmación de la resurrección del Señor es de una radical originalidad. No existe paradigma al que pueda remitirse. Lo que se dice de Jesucristo resucitado es único: su cuerpo no está en el sepulcro, porque ha vuelto a la vida; pero esta vida no es la anterior a la muerte, sino muy distinta: ha sido transformada en la gloria de Dios.

    El Resucitado ya no pertenece a la forma de existencia corporal que conocemos y podemos comprobar. En la resurrección de Jesús existe una analogía con la resurrección de muertos de que se habla en los evangelios, p. e., la resurrección de Lázaro o del hijo de la viuda de Naín (cfr Jn 11,33-44; Lc 7,11-17). Con ello se quiere decir que Jesús vuelve a vivir en su corporeidad. Pero una vez dicho esto, aparecen las divergencias con este tipo de resurrecciones, porque Jesús no sólo resucita, sino que su corporeidad entra en otro tipo de vida, inaferrable desde nuestra ladera [168]. Incluso los testigos elegidos de antemano por Dios (Act 10,41) para que den testimonio de la resurrección del Señor sólo podrán aceptada plenamente oculara fide, con los ojos de la fe.

    Esta realidad y el reservar el apelativo de histórico sólo a aquellos acontecimientos cuyas causas y efectos son intrahistóricos dan lugar a que algunos autores contemporáneos califiquen la resurrección de Jesús como un acontecimiento no histórico, sino metahistórico. Se trata del intento de hablar en un lenguaje heredado de la Ilustración, con su peculiar concepto de lo que pertenece a la historia de los hombres. En efecto, si se admite que sólo es histórico aquello que pertenece a lo intramundano en sus causas y en sus efectos y además se encuentra situado en un horizonte de verosimilitud histórica, es decir, en un contexto de sucesos semejantes a él en los que encuadrado, es claro que el apelativo de histórico no se debe aplicar a la resurrección del Señor. Esta resurrección, en efecto, ni tiene sucesos semejantes a ella —es radicalmente nueva—, ni la vida del Resucitado está sometida a nuestras leyes intramundanas.

    A nadie se oculta, sin embargo, el riesgo de deshistoriza ción y de espiritualización del mensaje pascual —¡El Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Simón! (Lc 24,34)— si se utiliza este lenguaje. En efecto, según el lenguaje usual entre los hombres lo que no se puede llamar histórico no se puede decir que haya sucedido realmente. Esto es así, porque se entiende por histórico aquello que realmente ha sucedido y nosotros podemos conocer porque nos llega testimonio fidedigno de ello. Es decir, el acento recae no en la posibilidad de comprobación experimental por nuestra parte, sino en la fiabilidad del testimonio [169].

    En este sentido es lógico afirmar que la resurrección de Jesús es un hecho histórico, pues sucedió realmente y nos es transmitida por testigos fiables. Ciertamente es un hecho histórico único —sin que tenga otro igual—, trasmitido por unos testigos que pueden dar testimonio porque han visto, no el hecho de la resurrección, sino al Resucitado. Pero su testimonio es válido [170], y la existencia de ese testimonio así como el hallazgo de la tumba vacía sí son comprobables con la comprobación propia de los sucesos pasados, es decir, con la aportación de documentos. Pero de igual forma que los testigos, al ver al resucitado necesitaron la fe para aceptada plenamente, nosotros necesitamos la fe para aceptar su testimonio, que nos llega en la vida y predicación de la Iglesia. En cierto sentido, también hoy la fe cristiana debe producir escándalo a todo pensamiento cerrado a lo sobrenatural, encerrado en el poder de la ciencia, pues lo que proclama la Iglesia es que Jesús ha resucitado, y basa su afirmación, no en razones científicas, ni en el parecer de sabios, sino en el testimonio de los Apóstoles, es decir, en el testimonio de unos pescadores.

    Se trata de un testimonio que da pie a llamar histórico a este acontecimiento, en el sentido de que existen suficientes signos como para poder afirmar que verdaderamente sucedió [171]. De ahí que algunos autores prefieran decir de la resurrección de Jesús que es un acontecimiento histórico en cierta forma, pues aunque, al resucitar, el cuerpo de Jesús se transformó en un cuerpo de gloria (Fil 3,21), «se manifestó en diferentes efectos y señales» [172], Y proponen que, si se decide entender como acontecimientos históricos sólo aquellos que son comprobables por la investigación crítica histórica, entonces se designe a la resurrección de Jesús con un acontecimiento indirectamente histórico, dadas las señales históricas en que se manifiesta [173].

    Otros autores, con los que coincidimos, prefieren denominar histórico al acontecimiento de la resurrección del Señor [174]. En cualquier caso, está clara la importancia de este acontecimiento para la fe cristiana. San Pablo lo expresa con palabras fuertes: Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana es también nuestra fe. Seremos falsos testigos de Dios, porque contra Dios testificamos que ha resucitado a Cristo… y si sólo mirando a esta vida tenemos la esperanza puesta en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres (1 Cor 15,14.18). Así pues, quien acepte la doctrina cristiana, no puede deshistorizar la resurrección del Señor, entendiéndola en forma doceta, es decir, privándola de su realidad fáctica. La insistencia con que los Padres repiten que Jesús resucitó verdaderamente es paralela a su insistencia en que nació verdaderamente de María Virgen, y murió verdaderamente [175], y es testimonio también de la importancia que para la fe cristiana tienen la realidad del cuerpo de Cristo y los hechos de su vida. El repetido uso del adverbio verdaderamente es un intencionado rechazo del docetismo, también de una concepción doceta de los acontecimientos de la vida de Jesús, que, p.e., a la hora de hablar de la resurrección de Jesús la redujese a mera pervivencia como es el caso de los gnósticos del siglo II, o a un acontecimiento que tiene lugar exclusivamente en la fe de los Apóstoles [176], de modo que sea posible desmitologizarlo, eliminando su carácter de acontecimiento real, independiente y previo a la fe de los Apóstoles.

    En conclusión, «podemos ver en la resurrección ante todo un hecho histórico. En efecto, se ha realizado en un marco preciso de tiempo Y espacio (…). Pero, aun siendo un evento cronológica Y espacialmente determinable, la resurrección trasciende y está por encima de la historia» [177].

    La Resurrección del Señor es, pues, un acontecimiento real que trasciende la historia, pero que «tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como atestigua el Nuevo Testamento» [178]. Se trata de unos testimonios que hacen «imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico» [179]. Y al mismo tiempo, este «acontecimiento histórico, demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los apóstoles con Cristo resucitado», pertenece «al centro del Misterio de la fe en aquello que trasciende y sobrepasa la historia» [180].

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