El juicio de la conciencia

orgullo-y-prejuicio-1Esta entrada forma parte de “el orden de los amores” (parte 3)

Un padre de familia, o cualquier persona que tenga responsabilidad sobre otras personas, aunque esté en una situación extrema, no puede satisfacer su hambre sin pensar antes en el hambre de los que tiene a su cargo. Su hambre no es lo primero, por muy real y verdadera que sea.

  • Sentir hambre –el deseo de comer– puede ser una llamada de atención para que cubramos esa necesidad elemental, sin la cual no podemos sobrevivir. Pero no siempre hay que atender esa voz. No es necesario comer siempre que se siente hambre. Por muchos motivos prácticos, de higiene, de salud y de trabajo, es preferible, por ejemplo, llevar un sistema ordenado de comidas y comer a horas fijas. Tampoco es bueno dejarse llevar en la comida estrictamente por los gustos, porque la dieta debe ser equilibrada y esto exige una alimentación variada, donde lógicamente habrá cosas que gusten más y otras menos. Y no conviene comer hasta saciarse; es decir, hasta que no quede hambre; siempre se ha recomendado lo contrario: es buena medida para la salud levantarse de la mesa con un poco de apetito; de otro modo frecuentemente se come más de lo necesario y se engorda. La inteligencia tiene que poner condiciones a la voz del deseo. Tiene que establecer cuándo, cómo y en qué medida; tiene que conjugar la voz de los bienes y la de los deberes.

Somos limitados: nuestras fuerzas son limitadas y nuestro tiempo también es limitado. Son muchos los bienes que debemos adquirir y muchos los deberes que hemos de atender. No podemos hacerlo todo a la vez. Hay que poner medida y orden de prioridades, tanto en las grandes dedicaciones de tiempo y energía de nuestra vida, como en el reparto diario.

  • Primero hace falta medida. Muchos bienes sólo son bienes cuando se quieren con medida. Necesitan medida los bienes primarios: la comodidad, la salud, la comida la bebida, etc. Y también necesitan medida otros bienes que tienden a ser absorbentes: el dinero, el prestigio, el trabajo, las aficiones. En realidad, todos los bienes excepto los más altos –el amor a Dios y a los demás– necesitan medida. Cuando no hay medida, el exceso nos hace daño, bien porque nos dañan físicamente (comida, bebida, etc.) o porque consumen tantas energías y tiempo que no dejan para lo demás.
  • En segundo lugar, hace falta un orden de prioridades porque no podemos hacer todo a la vez: hay que elegir lo que tenemos que hacer en cada momento. Los bienes y los deberes se van presentando y hay que ponerlos en orden. A veces entran en conflicto: no podemos trabajar y descansar al mismo tiempo; no podemos atender a un enfermo y ver una película; no podemos visitar al mismo tiempo a todos nuestros parientes. Hay que pararse un momento y pensar cómo conjugar los distintos bienes y deberes que están en juego.

Todo lo anterior, es algo que hacemos espontáneamente. Tanteamos mentalmente las posibilidades de obrar y se nos plantean en cada caso los bienes a los que renunciamos y los deberes que no atendemos. A esta valoración que hacemos casi sin darnos cuenta se le llama «voz de la conciencia». La voz de la conciencia no es nada más que esto: la capacidad natural de advertir en cada caso y en concreto a qué deber o a qué bien hay que atender primero. La conciencia valora qué tiene prioridad y también, cuando se trata de bienes, cuál es la medida.

  • La conciencia actúa como un caer en la cuenta de lo que debemos hacer. No es la decisión de cómo queremos obrar: La decisión viene después y consiste en seguir o no el juicio de la conciencia. La conciencia no consiste en decidir con la voluntad, sino en caer en la cuenta con la inteligencia. Y no juzga qué es lo que más nos apetece hacer, sino qué es lo que debemos hacer.
  • Ante los datos que se ofrecen, se abre paso la convicción de que una manera determinada de obrar es la mejor porque es la que mejor responde a la situación concreta de bienes y deberes. Por eso se suele hablar de la voz de la conciencia, como queriendo indicar que es algo que oímos, que nos viene dado; que no hacemos o inventamos nosotros, sino que nos viene de la misma situación.
  • Es el acto más propio e interior del hombre, donde se relacionan la inteligencia que descubre la verdad del orden y la voluntad que debe amarlo. El valor de una vida depende de esos repetidos momentos donde primero se valora lo que hay que hacer y después se decide. Es propio del hombre recto guiarse por la voz de su conciencia; es decir: querer lo que la conciencia ve.
  • El juicio de la conciencia se hace antes de obrar, pero se repite también después, cuando hemos obrado. A la vista de los resultados valoramos si hemos hecho bien las cosas o no y si hemos seguido o no la voz de nuestra conciencia.
  • Cuando se obra contra la conciencia se ataca la parte más delicada e íntima del hombre: ese delicado sistema que nos hace libres: algo muy íntimo se rompe dentro de nosotros. Por eso, obrar contra la conciencia deja una huella de malestar, que llamamos remordimiento. Cuando nos acostumbramos a obrar contra la conciencia, se deteriora: perdemos esa luz que nos permite ser libres. Quien no respeta su conciencia acaba no sabiendo lo que es justo y queda a merced de las fuerzas irracionales de sus instintos, de sus inclinaciones o de la presión exterior.

La conciencia es una función natural y espontánea de la inteligencia. Comienza a funcionar en cuanto empieza la inteligencia a abrirse y llega a su madurez cuando la inteligencia llega a su madurez. Cuando se empieza a conocer el mundo, se comienza a percibir los deberes y comienzan las valoraciones para determinar cómo hay que obrar. Se suele considerar que la responsabilidad comienza con el uso de razón, hacia los siete años.

  • La conciencia es exquisitamente personal: cada uno debe descubrir personalmente cuál es el modo correcto de obrar en cada instante. Desde fuera nos pueden ayudar, pero no transmitir una solución. En realidad, es lo mismo que sucede en todos los procesos de la inteligencia. Nadie puede comprender por otro; no tenemos modo de transmitirle, como por un cable telefónico, nuestras opiniones o nuestros conocimientos. Por eso la educación es una tarea tan difícil: quien tiene que aprender es el alumno con su propia inteligencia; el profesor sólo ayuda externamente. No es posible pensar por otro y tampoco es posible ejercitar la libertad por otro.
  • No se pueden imponer a otros con violencia los propios criterios, porque esto atenta contra el modo natural de ejercerse la libertad humana. No se debe obligar a nadie a que obre contra su conciencia: porque sería destruir su vida moral. Éste es uno de los principios morales más básicos.
  • Pero esto no significa que todas las decisiones que se toman en conciencia sean correctas. Incluso con muy buena voluntad, todos podemos equivocarnos por falta de conocimientos, por falta de claridad o por no querer plantearnos bien las cosas. Desde fuera pueden darse cuenta y también pueden –y a veces deben– señalarnos dónde nos equivocamos y por qué. Lo que no pueden es obligarnos a verlo, porque sería como si nos obligaran a entender un problema de matemáticas que no vemos.
  • Hay que defender la libertad de las conciencias: es decir, respetar el proceso por el que cada uno llega a ver lo que debe hacer. Esto no quiere decir que todas las opiniones valgan lo mismo, ni que haya que permitir a todos que hagan lo que quieran. La intimidad de la conciencia es inviolable pero el obrar externo no: allí podemos intervenir. Podemos y debemos impedir, por ejemplo, que una persona cometa un asesinato o que se suicide, aunque a él le parezca correcto, y aunque no entienda nuestras razones.

La conciencia no depende de gustos o decisiones personales, sino que es una captación de la realidad. La conciencia pone en el obrar el orden de la inteligencia. Se trata, por tanto, de un orden que se puede razonar. Por eso, se puede explicar en abstracto lo que está bien y lo que está mal: qué acciones son ordenadas y cuáles desordenadas. Y esto es objetivo, independiente del modo como lo vea cada uno.

  • No respetar las obligaciones que tenemos con Dios, con el prójimo, con la sociedad o con la naturaleza es objetivamente malo. Querer con falta de medida o desordenadamente los propios bienes es objetivamente malo. Hacer un daño a los bienes del prójimo es también objetivamente malo. Preferir un bien propio a un deber grave es objetivamente malo. Esto lo podemos saber y razonar.
  • Y es útil saberlo porque ayuda a formar la conciencia y le da seguridad en sus juicios. Es útil saber que el asesinato, el robo, la mentira, la lujuria, los malos pensamientos, el fraude, la envidia, el soborno, la blasfemia o el insulto son acciones desordenadas y malas. Por eso cabe y es útil una enseñanza racional de lo que es bueno o malo.

Podemos juzgar las acciones en abstracto. En cambio, ordinariamente no podemos juzgarlas en concreto, porque las acciones humanas son, muchas veces, de una complejidad extrema (otras no), con aspectos que no es posible valorar desde fuera. Por eso, ordinariamente, no podemos ni debemos juzgar a los demás por sus acciones. No podemos penetrar en sus conciencias. Interesa, a veces, juzgar las acciones en lo que tienen de objetivo y externo, porque se obtiene experiencia; y desde luego podemos y debemos juzgar nuestras acciones porque con frecuencia debemos arrepentirnos de ellas. Pero en el fondo, sólo Dios puede juzgar bien.

  • Dios juzga desde dentro de la conciencia; los hombres sólo podemos juzgar desde fuera. La moral o la ética nos dan elementos de juicio para que aprendamos a juzgar lo que tenemos que hacer, no para que juzguemos a los demás; su función principal es orientar la conducta.

 

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7 comentarios en “El juicio de la conciencia

  1. La conciencia moral, presente en lo íntimo de la persona, es un juicio de la razón, que en el momento oportuno, impulsa al hombre a hacer el bien y a evitar el mal. Gracias a ella, la persona humana percibe la cualidad moral de un acto a realizar o ya realizado, permitiéndole asumir la responsabilidad del mismo. Cuando escucha la conciencia moral, el hombre prudente puede sentir la voz de Dios que le habla.

    La dignidad de la persona humana supone la rectitud de la conciencia moral, es decir que ésta se halle de acuerdo con lo que es justo y bueno según la razón y la ley de Dios. A causa de la misma dignidad personal, el hombre no debe ser forzado a obrar contra su conciencia, ni se le debe impedir obrar de acuerdo con ella, sobre todo en el campo religioso, dentro de los límites del bien común.

    ¿Cómo se forma la conciencia moral para que sea recta y veraz?
    La conciencia recta y veraz se forma con la educación, con la asimilación de la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Se ve asistida por los dones del Espíritu Santo y ayudada con los consejos de personas prudentes. Además, favorecen mucho la formación moral tanto la oración como el examen de conciencia.

    ¿Qué normas debe seguir siempre la conciencia?
    Tres son las normas más generales que debe seguir siempre la conciencia:
    1) Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien.
    2) La llamada Regla de oro: «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos» (Mt 7, 12).
    3) La caridad supone siempre el respeto del prójimo y de su conciencia, aunque esto no significa aceptar como bueno lo que objetivamente es malo.

    La persona debe obedecer siempre al juicio cierto de la propia conciencia, la cual, sin embargo, puede también emitir juicios erróneos, por causas no siempre exentas de culpabilidad personal. Con todo, no es imputable a la persona el mal cometido por ignorancia involuntaria, aunque siga siendo objetivamente un mal. Es necesario, por tanto, esforzarse para corregir la conciencia moral de sus errores.

    (tomado del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica)

  2. Jueves Santo: Hoy también es el día del sacerdote

    D. Rafael. GRACIAS (ES LA ÚNICA PALABRA QUE HE ENCONTRADO PARA SIGNIFICAR MI AGRADECIMIENTO A TODOS LOS SACERDOTES Y ESPECIALMENTE A VD. QUE TANTO ME HA AYUDADO CON SUS ENTRADAS, REFLEXIONES, PREOCUPACIONES. RECTIFICACIONES…..)
    UN CORDIAL SALUDO.

    13 Abr. 17 / 01:16 am (ACI).- El Jueves Santo, día en que Jesús instituyó el Sacramento del Orden sacerdotal, se celebra el día del sacerdote. ¿Quién no conoce algún obispo o presbítero que ayudó a ver la vida más alegre con un gesto o una palabra?

    “Este día es especialmente grande para nosotros, queridos hermanos sacerdotes. Es la fiesta de los sacerdotes. Es el día en que nació nuestro Sacerdocio, el cual es participación del único Sacerdocio de Cristo Mediador”, escribió San Juan Pablo II a los presbíteros con ocasión del Jueves Santo de 1986.

    “En este día, los sacerdotes del mundo entero son invitados a concelebrar la Eucaristía con sus obispos y a renovar a su alrededor las promesas de sus compromisos sacerdotales al servicio de Cristo y de su Iglesia”, añadió.

    Según las estadísticas de la Iglesia Católica del 2014, el número de sacerdotes en el mundo ha crecido, alcanzando la cifra de 414.313. Ellos tienen la gracia de hacer que Cristo se haga presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad con la consagración del pan y del vino. Así como la de perdonar los pecados.

    Con la gracia de Dios se ha mantenido en la Iglesia Católica una línea de sucesión jerárquica desde los apóstoles y que se mantiene hasta hoy. Sólo los Obispos pueden ordenar sacerdotes y todos ellos le deben obediencia al Papa, el Obispo de Roma, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo.

    La vida del sacerdote no es fácil. Tiene que dejar el hogar de sus padres y privarse de tener una familia propia. Educan y forman a miles de fieles, que muchas veces terminan haciendo lo contrario a sus consejos.

    Algunos incluso pasan hambre, sed y frío por llevar el Evangelio a lugares recónditos. Otros son incomprendidos, perseguidos y calumniados por anunciar la verdad.

    Lo importante, como recordó el Papa Francisco el Jueves Santo del 2013, es que el sacerdote debe hacer “que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido”.
    (Aciprensa)

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