Anda, dí que sí!

hqdefault.jpg Si, después de toda una Cuaresma, llegas al Martes Santo y te dice Jesús: Adonde yo voy no me puedes acompañar ahora, te quedas helado. ¿Para qué, entonces, todas las penitencias, rigores, mortificaciones y ayunos? Si, llegado el momento, tienes que darte la vuelta, ¿no hubiera sido mejor no haber empezado?

    No te enfades. La culpa no es de Jesús. Y no se trata de que Él te prohíba acompañarle. Al contrario, Jesús desea que lo sigas hasta el final, hasta la misma Cruz, para con Él amanecer, en Pascua, a la vida eterna. Lo que ocurre es tú, no Él, te has quedado a mitad de camino; has hecho las cosas a medias.

    Quieres rezar, y aceptas ayunar y mortificarte. Si te preguntan si quieres ser santo, dices -¡por supuesto!- que sí… Pero, en el fondo, no quieres entregar la vida. Renunciar a todo, rendir el juicio y la voluntad, obedecer y dejar que Cristo se viva tu vida… La verdad, la verdad: no quieres…

    ¿No será que, al decirte Jesús que así “no me puedes acompañar ahora“, te está invitando a que des ese último paso que tanto te cuesta? Anda, di que sí.

Fuente: José-Fernando Rey

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Un comentario en “Anda, dí que sí!

  1. No me mueve, mi Dios, para quererte
    el cielo que me tienes prometido,
    ni me mueve el infierno tan temido
    para dejar por eso de ofenderte.

    Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
    clavado en la Cruz y escarnecido.
    Muéveme ver tu cuerpo tan herido
    muévenme tus afrentas y tu muerte.

    Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,
    que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
    y aunque no hubiera infierno, te temiera.

    No me tienes que dar porque te quiera;
    pues aunque lo que espero no esperara,
    lo mismo que te quiero te quisiera.

    Se curó el monstruo. Lo escribía J. Urteaga: “Ocurrió en un pueblo español. Intervienen como protagonistas: un muchacho enfermo, su familia, una ermita dedicada a Santa María y muchas súplicas.

    El chico tiene 14 años, era alegre, dinámico, dicharachero, incapaz de estarse quieto un instante, deportista … ; en muy poco tiempo el muchacho ha sufrido un cambio espectacular. Una parálisis progresiva le tiene inmovilizado en un sillón de ruedas. Toda aquella alegría contagiosa se ha transformado en un infierno, especialmente para la familia; en lo humano es inútil, en lo espiritual un pequeño monstruo egoísta. Todos deben servirle, cuidarle, atenderle, desvivirse por él. Todo es poco.

    Una luz se ha encendido en el alma de su madre. Le llevaran a la ermita. Rezarán a la Virgen. Le pedirán su curación. Se hará el milagro.

    Llegó el día. Ante la reja hay una madre que habla en voz alta con la Virgen, sin que le importe ni poco ni mucho que haya gente en su entorno.

    ¡María, tienes que cuidar a mi hija! ¡Es mi pequeña! Cúrala María. Que fallen los diagnósticos. ¡Qué no sea cáncer! Esta niña es todo lo que tengo en mi vida. ¡Cómo te la vas a llevar! ¡María, que no sea cáncer! Ella también te lo pide. Me ha dicho que venga a rezarte a la ermita. ¡Anda, María, que no sea cáncer!

    Poco después, aquella madre angustiada, santiguándose, abandonó la reja de la ermita.

    Es ahora cuando la otra madre, la de nuestro muchacho, se acerca para decirle, al tiempo, con miedo y con dulzura:

    ¡Hijo!, ¿ya has Pedido a la Virgen … ?

    Y se realiza el portento.

    – Sí, mamá. He pedido la curación … He pedido a la Virgen que no sea cáncer.

    Señor, a veces yo también soy un auténtico monstruo por el egoísmo. Si ser cristiano es parecerse a Ti… me tienes que cambiar. ¡Qué piense en los demás! ¡que haga más por los demás que por mi! ¡que ayude, que haga favores, que me dé cuenta de lo que necesitan o de lo que podría alegrarles! ¡Cúrame, Madre mía, y dame mi corazón generoso! Gracias.

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