El deber cobra una fuerza enorme cuando se aprende a amarlo

48854f0fe6f7d66fba14d98a21dd3002.jpgYa vimos como los bienes generan deberes en la conciencia (es la voz de los bienes). Ahora nos queda ver la proposición contraria; es decir, que seguir la voz de los deberes es un bien que es muy bueno y deseable para el hombre.

  • Esto es evidente. Lo propio del hombre es escuchar la voz de los deberes, sentir los deberes, percibirlos. Es lo que da dignidad al ser humano y lo que le hace diferente de los animales. El hombre es tanto más digno y tanto más maduro, cuanto tiene más sentido del deber.
  • Para vivir moralmente, oyendo la voz de los deberes, se necesita mucha fuerza. Y parte de esa fuerza proviene de tener la convicción profunda de que ese modo de vivir es bueno y bello. La vida moral alcanza una gran altura cuando esta manera de vivir es firmemente deseada como un bien. Entonces es cuando se combinan en plenitud la voz de los deberes y la de los bienes.

El deber cobra una fuerza enorme cuando se aprende a amarlo como un bien. Es completamente distinto un estoico (o kantiano) cumplir con el deber que un apasionado amar el deber. El hombre apasionado por su familia y por sus hijos cumple sus deberes familiares con una intensidad y plenitud que ni siquiera puede imaginarse el que ha aprendido a cumplir sus deberes leyendo un libro. Ninguna consideración teórica puede sustituir eficazmente la fuerza de una pasión rectamente orientada. El alcalde verdaderamente enamorado de su ciudad tiene una fuerza para buscar el bien público que no podría encontrar en ningún otro estímulo, y le hace capaz de cualquier sacrificio.

  • El hombre es un ser corporal, que tiene sentimientos: necesita de ellos para obrar con fuerza, con hondura y con perseverancia. Una decisión aislada no suele bastar para cumplir un deber que se hace difícil, costoso o que exige un esfuerzo prolongado. En cambio, si ese deber se ama con afición, se adquiere una fuerza extraordinaria para cumplirlo. Entonces es todo el hombre, con cuerpo y alma, el que quiere.
  • Una madre buena es capaz de una abnegación increíble por sus hijos. Sus sentimientos le ayudan a cumplir incluso heroicamente sus obligaciones: Un profesor con vocación docente o un artesano que ama su trabajo son capaces de desarrollar una energía y un espíritu de sacrificio extraordinarios por el afecto que sienten hacia sus obligaciones. Y lo más notable es que no se sienten desgraciados cuando se sacrifican; incluso se podría decir que encuentran gusto en cumplir con su tarea y en excederse. Es que aman su deber con cuerpo y alma, y afectos profundos refuerzan la decisión de su voluntad. Han llegado a esa situación feliz en que el deber es amado como un bien. Esto tiene mucho que ver con la plenitud humana.

Claro es que no siempre resulta posible, porque no tenemos un dominio fácil sobre nuestros sentimientos. Nuestros sentimientos tienen también una base corporal y están muy condicionados por factores incontrolables de clima, salud, alimentación, etc.: sólo nos siguen en alguna medida. Y son lentos: necesitan tiempo para aficionarse a algo y sentirlo como un bien. Hace falta educarlos, acostumbrarlos a amar nuestros deberes.

  • Muchas veces hay que cumplir con el deber sin sentir nada o incluso sintiendo repugnancia. La costumbre de vencerse y hacer lo que se debe, con o sin sentimientos, los educa y los hace más ágiles para seguir las determinaciones de la voluntad. Los hombres muy rectos tienen los sentimientos educados y esto les da mucha fuerza cuando toman decisiones. En su fuerza de voluntad intervienen fuertes sentimientos que refuerzan y dan consistencia y pasión a la decisión de la voluntad.
  • Cuando tomamos decisiones muy firmes, arrastramos nuestros sentimientos. Y cuando las repetimos muchas veces creamos aficiones. Cuando nos sentimos orgullosos por haber cumplido con el deber la afición crece. Y también cuando consideramos lo hermoso que es vivir así. Los sentimientos se mueven cuando se descubre en el deber su aspecto de belleza.
  • Los sentimientos bien educados sostienen la vida moral: le dan estabilidad y consistencia. Por eso, un aspecto fundamental de la educación moral, de la educación para ser hombre, es la educación de los sentimientos: enseñar a amar la conducta recta y sentir repugnancia por la conducta desordenada.

Y el modo de educar ese amor y esa repugnancia es mostrar la belleza de la conducta recta y la fealdad de la conducta torcida. Las cosas buenas entran por los ojos mucho antes que por la inteligencia. Así, dice Platón, el joven «alabará con entusiasmo la belleza que observe, le dará entrada en su alma, se alimentará con ella, y se formará por este medio en la virtud; mientras que en el caso contrario mirará con desprecio y con una aversión natural lo que encuentre de vicioso; y como esto sucederá desde la edad más tierna, antes de que le ilumine la luz de la razón, apenas haya ésta aparecido, invadirá su alma y se unirá a ella» (República, 402 A). C.S. Lewis ha escrito sobre esto páginas memorables en su libro La abolición del hombre. (J. L. Lorda en la Moral. El arte de vivir)

Cfr. Autonomia y heteronomia… amar el deber y brindis de la conciencia de Newman

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2 comentarios en “El deber cobra una fuerza enorme cuando se aprende a amarlo

  1. «Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado… Lo que os mando es que os améis los unos a los otros». Hechos 10, 25-27. 34-35. 44-48; I Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

    El amor, ¿un mandamiento? ¿Se puede hacer del amor un mandamiento sin destruirlo? ¿Qué relación puede haber entre amor y deber, dado que uno representa la espontaneidad y el otro la obligación?

    Hay que saber que existen dos tipos de mandamientos. Existe un mandamiento o una obligación que viene del exterior, de una voluntad diferente a la mía, y un mandamiento u obligación que viene de dentro y que nace de la cosa misma. La piedra que se lanza al aire, o la manzana que cae del árbol, está «obligada» a caer, no puede hacer otra cosa; no porque alguien se lo imponga, sino porque en ella hay una fuerza interior de gravedad que la atrae hacia el centro de la tierra.

    De igual forma, hay dos grandes modos según los cuales el hombre puede ser inducido a hacer o no determinada cosa: por constricción o por atracción. La ley y los mandamientos ordinarios le inducen del primer modo: por constricción, con la amenaza del castigo; el amor le induce del segundo modo: por atracción, por un impulso interior. Cada uno, en efecto, es atraído por lo que ama, sin que sufra constricción alguna desde el exterior. Enseña a un niño un juguete y le verás lanzarse para agarrarlo. ¿Qué le empuja? Nadie; es atraído por el objeto de su deseo. Enseña un Bien a un alma sedienta de verdad y se lanzará hacia él. ¿Quién la empuja? Nadie; es atraída por su deseo.

    Pero si es así –esto es, somos atraídos espontáneamente por el bien y por la verdad que es Dios–, ¿qué necesidad había, se dirá, de hacer de este amor un mandamiento y un deber? Es que, rodeados como estamos de otros bienes, corremos peligro de errar el blanco, de tender a falsos bienes y perder así el Sumo Bien. Como una nave espacial dirigida hacia el sol debe seguir ciertas reglas para no caer en la esfera de gravedad de algún planeta o satélite intermedio, igual nosotros al tender hacia Dios. Los mandamientos, empezando por el «primero y mayor de todos» que es el de amar a Dios, sirven para esto.

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