Llegar a apreciar como bienes los verdaderos bienes, es lo más importante de la educación

-true-forgiveness_idjhbiYa hemos dicho que podemos escuchar en nuestro interior dos voces o llamadas. La de dentro o de los bienes y la de fuera o la de los deberes. En esta entrada veremos la llamada de los bienes.

Ya hace muchos siglos Aristóteles definió como bien aquello que es deseable por el hombre, aquello a lo que se siente inclinado, aquello que le apetece. Aristóteles definía el bien como «lo que todos apetecen o desean».

  • Como la naturaleza es sabia, el hombre sano, como todos los animales sanos, desea espontáneamente lo que le conviene: la comida, la bebida, etc. En principio, las cosas que desea son realmente bienes; aunque en algún caso puede equivocarse en la interpretación de lo que es bien o en la medida en que lo quiere. Esos impulsos se refuerzan por la satisfacción que produce alcanzar los bienes (placer) o por el daño que produce el verse privado de ellos (dolor). Las sucesivas experiencias de placer y dolor dan forma y educan el comportamiento instintivo. Por eso, se puede amaestrar a los animales con un sistema de premios y castigos.

El desarrollo de la inteligencia amplía enormemente la posibilidad de descubrir bienes, es decir, la posibilidad de descubrir cosas que convienen.

  • En seguida se aprende a desear como bienes aquellas cosas que pueden proporcionar los bienes primarios. Por ejemplo, el dinero no es comestible, pero puede proporcionar comestibles; en esa medida es un bien. Para descubrirlo hace falta un razonamiento elemental: un animal es incapaz de captar la relación entre el dinero y la comida, por eso no desea el dinero; en cambio, el niño muy pronto es capaz de entender esa relación y empieza a querer el dinero como un bien, aunque no se lo pueda comer. No lo conoce por instinto, sino por su inteligencia.
  • Así se aprende a desear como bienes otras cosas que son útiles para conseguir o preservar la comodidad, la seguridad, la salud. Además, como la inteligencia permite prever el futuro, descubre que son bienes no sólo los que satisfacen las necesidades actuales, sino también los que pueden servir más adelante: enseguida se aprende que es bueno almacenar comida o dinero, aunque de momento no se tenga hambre.
  • Cuando el niño madura, descubre que el campo de los bienes es muchísimo más amplio que el de las necesidades primarias; y empieza a aficionarse y desear muchos otros bienes. Según la educación que reciba aprende a apreciar los bienes que tienen que ver con la realización personal: las habilidades, destrezas y conocimientos; la posición, la buena fama y el triunfo profesional; las relaciones personales de amistad y amor; los bienes estéticos; las costumbres morales –las virtudes– que hacen a un hombre honrado y honesto.

A todas estas cosas que son deseables, les llamamos bienes. Son bienes precisamente porque son deseables; y son deseados porque nos benefician de un modo u otro. En unos casos, el deseo procede directamente de nuestro patrimonio instintivo: es el caso de los bienes primarios: comida, bebida, etc. En otros, el deseo es inducido por la inteligencia cuando ha descubierto la utilidad que tienen (el dinero). En otros es la consideración social la que empuja a considerarlos y amarlos (la posición, el triunfo profesional, la fama, etc.). Para los bienes estéticos, religiosos y morales, en cambio, se requiere una educación muy cuidadosa, que enseñe a apreciar su belleza. Esos bienes son deseados sólo y en la medida en que se ha descubierto su calidad.

  • En los bienes primarios, la valoración es automática y la hace el instinto: sentimos que son buenos; en los otros, la hace la inteligencia y la consideración social. Primero llegamos a saber que son buenos; y, a medida que nos aficionamos a esos bienes, también sentimos que son buenos: los queremos con todo nuestro ser; no sólo con la voluntad. Por eso nos ponemos tristes cuando nos faltan y alegres cuando los tenemos. El niño –o el adulto– que ha llegado a aprender que el dinero es un bien, acaba también sintiéndolo como un bien; llega a sentir el atractivo del dinero y lo puede acabar sintiendo con la misma fuerza con que siente el hambre o la sed. Y lo mismo sucede con la fama, la posición, el trabajo, el deporte y todas las demás cosas a las que nos aficionamos: llega un momento en que los sentimos como bienes y nos atraen.

Llegar a apreciar como bienes los verdaderos bienes, es decir, los que verdaderamente nos convienen, es la parte más importante de la educación; y no es fácil. Si a un hombre no se le ha enseñado a amar todos los bienes, su conducta puede quedar dominada por los bienes primarios: comida, bebida, comodidad, sexo, seguridad, salud, etc.; o por otras aficiones que haya adquirido: el dinero, el juego, etc.

  • Los bienes primarios tienen, evidentemente, su importancia y no se pueden despreciar. Pero no es digno del hombre dedicarles la vida entera, porque es capaz de mucho más. «Primum vivere, deinde philosophare», decía el adagio clásico: «primero vivir y luego se puede filosofar». Es cierto: no podemos vivir como si no tuviéramos que comer, pero tampoco podemos vivir como si sólo tuviéramos que comer. Hay que conseguir ordenadamente todos los bienes que son propios de la plenitud humana.

Aprender cuáles son los bienes del hombre y llegar a amarlos forma parte de la moral; una parte importante, pero sólo una parte: en la moral, como hemos dicho, además de los bienes, están los deberes. (J. L. Lorda, Moral. El arte de vivir)

(seguimos)

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4 comentarios en “Llegar a apreciar como bienes los verdaderos bienes, es lo más importante de la educación

  1. PRINCIPIOS MORALES DEL BIEN COMUN.:
    Se enumeran los ocho principios éticos que lo regulan.

    1-Bien particular y bien común no se contraponen.
    No puede haber contraposición entre el bien particular y el bien común. Este es un principio básico de la antropología que explica el ser del hombre en la singularidad del individuo y en la dimensión social de la persona.
    El conflicto se presenta en la vida práctica cuando se trata de armonizar la esfera privada y la esfera pública o en los casos en los que entran en colisión los derechos personales con las exigencias de la sociedad. Cuando se presentan esos dos conflictos la solución no viene por la simplificación de anular una dimensión del hombre, sino por el esfuerzo de salvar las dos. Como enseña Juan Pablo II:”La persona se ordena al bien común porque la sociedad a su vez está ordenada a la persona y a su bien, estando ambas subordinadas al bien supremo, que es Dios.” Discurso 7.X11.79. Contraponer bien particular> – bien público es optar por una antropología insuficiente y es poner los cimientos de un desorden social. Esta afirmación no va en contra de la disputa acerca de la primacía del bien común, puesto que es una discusión en el terreno teórico. Aún en esos casos no debe haber contraposición, puesto que incluso el bien común debe respetar la ley natural que rige la conducta singular del individuo.

    2- Igualdad de los particulares ante el bien común.
    Los ciudadanos situados en el mismo plano, no pueden ser privilegiados frente a otros, ante el bien común y en la misma escala de valores. Se condenan favoritismos y se defiende la igualdad de oportunidades y de derechos. Este principio condena el tráfico de influencias y mantiene la igualdad de todos los ciudadanos ante a ley. Dice el Concilio Vat. II” Los partidos políticos deben promover todo lo que crean que es necesario para el bien común; pero nunca es lícito anteponer el propio interés al bien común.”

    3-Limitaciones de los derechos de los ciudadanos ante las demandas del bien común.
    No confundir el bien común con un bien colectivo, puesto que el 1º mira por igual al individuo/a que a la colectividad , pero en ocasiones el bien común demanda que el bien particular, ceda ante las exigencias de la colectividad. Pío XI: “Quedando siempre a salvo los derechos primarios y fundamentales, como el de la propiedad, algunas veces el bien común impone restricciones a estos derechos” En este último caso el propietario debe ser recompensado convenientemente.

    4- Gradualidad en la aplicación del bien común.
    El bien común debe redundar en beneficio del conjunto de los ciudadanos,pero no del mismo modo ni en el mismo grado. Han de ser beneficiados los más débiles y los más necesitados.Un trato por igual puede comportar una grave injusticia. Cierto igualitarismo social puede comportar una injusticia social generalizada.

    5-El bien común abarca a todo el hombre.
    El bien común(BC) no se concreta solo en los bienes económicos, sino en la riqueza de la persona, las necesidades de la familia y en el bien de las sociedades intermedias.
    Ante el BC se distinguen:
    Necesidades más urgentes: bienes de subsistencia física (Vivienda)
    Necesidades más importantes: educación, valores éticos o religiosos, protección de la familia. Aunque las urgentes deben ser atendidas pronto, no deben hacer olvidar las verdaderamente importantes. Se debe hacer esto sin omitir aquello.

    6-Valores concretos que integran el BC.
    Cada autor cataloga estos bienes según la propia ideología, además de que cada época demanda nuevas concreciones conforme a las necesidades que su suscitan. Se citan los siguientes:
    Defensa y protección del territorio propio, uso de la lengua, justa regulación jurídica, la independencia de la justicia del poder legislativo, la enseñanza, los servicios públicos ( transporte, vivienda, asistencia sanitaria, comercio, agua potable, energía eléctrica, etc.; garantizar la atención en la enfermedad, viudedad, vejez, desempleo; regulación justa en el campo laboral (deberes y derechos de empresarios y trabajadores), defensa de los derechos ciudadanos, la exigencia jurídica respecto al cumplimiento de los respectivos deberes, la defensa de la libertad personal y de las libertades sociales, protección de la moralidad pública, protección del medio ambiente, la previsión de los bienes de consumo y la regulación del intercambio comercial, garantías jurídicas de protección de la libertad de la conciencia, de religión y de culto, la armonía y conjunción entre las diversas clases sociales y profesionales, la vigilancia sobre el recto funcionamiento de los poderes del Estado, etc, etc.
    Por último una función genérica que no es la menos es la educación cívica a todos los niveles: cultura, preparación técnico laboral de los trabajadores, atención al arte, oferta para el ocio y descanso, etc.

    7-El BC debe respetar la ley natural.
    El BC permite el mal menor, es decir algunos de los bienes anteriores pueden ser postergados en favor de un bien mayor. El límite lo ponen los, derechos exigidos por la ley natural. Nunca puede pasarse la frontera que fija la ley natural. Si el BC está íntimamente ligado a la naturaleza humana es lógico que en su obtención se sigan los dictámenes de la ley que rige esa naturaleza. La tolerancia en el gobierno de un pueblo tiene sus límites. El gobernante en ocasiones no puede legislar lo mejor, pero tampoco puede hacerlo permitiendo que se quebrante la ley natural. J. Maritain dice: ” El BC… no se mantiene en su verdadera naturaleza si no respeta aquello que es superior a él, si no está subordinado… al orden de los bienes eternos y a los valores supratemporales de los que depende la vida humana … . Me refiero a la ley natural y a las reglas de la justicia y a las exigencias del amor fraterno.. a la vida del espíritu… a la dignidad inmaterial de la verdad … y de la belleza”

    8-El BC y el bien posible.
    Una vez salvados los principios de la ley natural, al gobernante le queda un margen para buscar el BC, sin legislar lo mejor, sino lo que sea posible. Los documentos del Magisterio recuerdan que “la prudencia es la virtud del príncipe”. El legislador cristiano también puede encontrarse en la obligación de buscar el bien posible al legislar como reconoce Pío XII “Un político cristiano no puede – hoy menos que nunca – aumentar las tensiones sociales internas, dramatizándolas, descuidando lo positivo y dejando perderse la recta visión de lo racionalmente posible”

    Estos ocho principios logran explicar desde un punto de vista ético, el valor del BC en la Teología Política.

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