La alegría se alimenta de nobles y buenas acciones. Una de las más grandes es perdonar

cara alegreDios perdona siempre, y Jesús ha manifestado la alegría que siente Dios cuando nos perdona de modo admirable en la parábola del hijo pródigo. Desde el momento en que el padre desde lejos ve a su hijo, su alegría le lleva a actuar prontamente: corre hacia él y, a continuación, ordena a los criados que saquen el mejor vestido, el anillo, las sandalias, el ternero cebado. Comamos y celebremos la fiesta, les dice. Fue una fiesta grande, con música. Al padre le invade un grandísimo gozo, y todo le parece poco para celebrar el regreso de su hijo. Y echó la casa por la ventana, según el decir popular.

Dios es así. El despliegue de su misericordia nos desborda; sin embargo, no sabemos darnos cuenta y, a veces, tampoco procuramos imitarle en serio, a pesar de la experiencia de que perdonar a quien nos ofende es una fuente de enorme alegría, una de las más grandes.

Jesús da testimonio de aquello que había sido tantas veces manifestado por los profetas: Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Nicodemo sabía que Dios es misericordioso porque era maestro en Israel y al escuchar a Jesús pudo recordar palabras muy antiguas de las Escrituras: tú preservaste mi alma de la fosa de la nada, porque te echaste a la espalda todos mis pecados; tocó mi boca y dijo: he aquí que esto ha tocado tus labios, se ha retirado tu culpa, tu pecado está expiado…; Natán respondió a David: también Yahveh perdona tu pecado; no morirás.

«Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él. Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Este es el momento –sugería el papa Francisco– para decirle a Jesucristo: “Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores”. ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido!» (Papa Francisco).

Dios perdona porque ama: se acordó de su alianza en favor de ellos, se enterneció según su inmenso amor. El perdón es un acto de amor, por eso es motivo siempre de alegría.

Nuestra alegría se alimenta de nobles y buenas acciones. Una de las más grandes es perdonar.

Esteban, el primero de los mártires cristianos, muere, lleno de alegría, rogando a Dios que perdone a sus verdugos: Señor, no les tengas en cuenta este pecado. Y así, desde esta alegría, entró para siempre en el gozo del Señor. Esta ausencia de resentimiento que Esteban manifiesta deja ver que es posible esta enorme libertad interior que, incluso ante la ofensa y el daño más grave –quitar la vida–, deja paso al amor y al perdón.

Encontramos alegría al perdonar porque al hacerlo nos parecemos, un poco más, a Dios. El perdón es beneficioso para las dos partes: quien perdona es feliz porque concede un don precioso; el que es perdonado se alegra porque es aceptado de nuevo, y así repara la afrenta.

En la persona ofendida «surge naturalmente una reacción, inspirada en el sentido de la justicia, que inclina a exigir que el agresor cargue con las consecuencias de su acción, que pague por el daño cometido. El perdón entonces implica ir en contra de esa primera reacción espontánea».

El estado interior del ofensor es también problemático y enredoso. Puede estar satisfecho de su acción y no arrepentirse; o por el contrario, quizá estará considerando que obró mal. Puede que la ofensa no fuera voluntaria, o se hizo por ignorancia, debilidad o torpeza.

El encuentro de Jesús con Zaqueo muestra los aspectos gozosos del arrepentimiento: Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si en algo defraudé a alguien, le devuelvo el cuádruplo. Jesús le dijo: hoy ha llegado la salvación a esta casa. En Zaqueo la alegría del perdón abre la puerta a la generosidad.

Cuando pedimos perdón a Dios, «Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría», y «nadie queda excluido de esta alegría reportada por el Señor». Dios es así: «Aquel que nos ama siempre con amor ilimitado perdona todo nuestro pecado y nos empuja con entusiasmo hacia un camino nuevamente seguro y alegre». (F. F. Carvajal, en Pasó haciendo el bien)

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4 comentarios en “La alegría se alimenta de nobles y buenas acciones. Una de las más grandes es perdonar

  1. Con frecuencia, creemos que debemos sentir algo positivo en nuestro interior para poder perdonar de corazón. Pero para perdonar de verdad, no es necesario sentir algo bonito dentro de nosotros, sólo es preciso tener la voluntad de hacerlo, aunque todavía tengamos sentimientos negativos y sintamos rechazo a quien nos ha hecho daño. Perdonar, es una decisión de la voluntad. Y esta decisión la podemos y la debemos tomar para evitar que el odio y el rencor destruyan nuestra vida.

    Por supuesto que, muchas veces, es muy difícil perdonar a quien nos ha hecho mucho daño a nosotros o a nuestros familiares. Cierto que, humanamente, parece algo imposible. Por eso, el mismo Jesús ya nos avisó que sin Mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5). En cambio, podemos decir con fe, como san Pablo: Todo lo puedo en Aquel (Cristo) que me fortalece (Fil 4, 13).

    Jesús nos dice que debemos perdonar siempre, hasta setenta veces siete (Mt 18, 22). Y, a continuación, Jesús explica la parábola de aquel hombre que debía a su señor 10,000 talentos, una cantidad extremadamente grande, y como no podía pagarle, el señor le perdonó toda su deuda. Y éste que ha sido perdonado, al ver a su compañero, que le debía la pequeña cantidad de 100 denarios, lo mete en la cárcel hasta que le pague. Entonces, el señor llama al que había sido perdonado y le dice: Yo te perdoné tu deuda, porque me lo suplicaste. ¿No debías tú tener compasión de tu compañero como yo la tuve contigo? E irritado, lo entregó a los torturadores hasta que pagase toda la deuda. Y añade Jesús: Así hará con vosotros mi Padre celestial si no perdona cada uno de corazón a su hermano (Mt 18).

    El odio es un veneno, que nos va pudriendo por dentro y no nos deja vivir en paz, llevándonos a la violencia y a la desesperación. Hay personas que van mucho a la iglesia o tienen su casa llena de estampas religiosas, pero su corazón está duro, porque no quieren perdonar. Es como si dijeran: A Dios lo amo con todo mi corazón, pero al que me ha hecho daño, lo odio con todo mi corazón. Y eso es una contradicción. No podemos decir: Yo amo a Jesús, pero odio a mi hermano. Yo rezo a Jesús, pero no rezo por mi hermano. Por esto, sería bueno preguntarnos alguna vez: ¿Cuánto amo a Jesús? La respuesta es: Lo amo tanto como amo a mi peor enemigo, pues Jesús ha dicho: Lo que hiciereis a uno de estos mis hermanos más pequeños a Mí me lo hacéis (Mt 25, 40). Y debemos reconocer que, con frecuencia, es muy poco lo que amamos a Jesús, pues es muy poco lo que amamos a nuestro peor enemigo.

    Una buena manera de liberarnos del rencor es orar por nuestros enemigos, pidiendo a Dios que los bendiga. Es como ir en contra del odio, que nos llama a vengarnos y a desear el mal; la oración nos invita a bendecir y a pedir el bien para nuestros enemigos. De ahí que sería una contradicción que alguien vaya a la iglesia a rezar para que Dios castigue a sus enemigos. Dios quiere que perdonemos y no que les deseemos el mal .

    Otro medio muy importante es la confesión. La confesión es liberación de nuestros pecados, que, a veces, son como pesos insoportables de llevar. Pues bien, cuando nos confesamos del rencor con el propósito y la decisión de perdonar, aun cuando todavía sintamos rechazo a esas personas, ya estamos dando los pasos para descargar así el peso de la venganza o del resentimiento. La confesión es una verdadera liberación, que también nos sana psicológicamente, pues el peso de un pecado grave, no confesado durante mucho tiempo, puede crear tensión interior y malestares que afectan a nuestra salud.

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