Lo propio del hombre es la libertad; y lo propio del animal es lo instintivo

castidad-libertadSeguimos con el libro de J. L. Lorda, Moral. El arte de vivir.

En el capítulo anterior hemos desarrollado la idea de que la moral es simplemente el arte de vivir como un hombre. Y hemos visto la importancia que tiene la libertad. Lo propio del hombre es ser libre.

  • Es la diferencia más clara con los animales. No le diferencia de los animales nada importante de su cuerpo: ni la dentadura, ni su habilidad para correr, ni su vista. En algunos aspectos está mejor dotado y en otros peor. Aventaja a muchos animales en que tiene manos, un instrumento fantástico; y un agudísimo sentido del equilibrio que le permite caminar erguido. En cambio, tiene peor olfato y vista, está menos dotado para la carrera y peor defendido en cuanto a uñas y dientes que la mayor parte de los mamíferos superiores.

Pero todo esto no es tan importante. Lo que verdaderamente le distingue es su libertad. El hombre es dueño de sí; hace lo que quiere; obra después de deliberar con su inteligencia; es dueño de sus actos; no está gobernado por sus instintos. Es verdad que puede dejarse llevar por los instintos y en algún momento ser dominado por ellos, como el que, ante una situación peligrosa, se deja llevar del pánico, pero ordinariamente se gobierna con la inteligencia y decide libremente su conducta.

  • Los animales se comportan dominados por los instintos. Éstos actúan como si fueran complejos mecanismos psicológicos. Cada animal tiene unos modos de comportamiento –en gran parte congénitos y en parte aprendidos– con los que responde a los distintos estímulos externos. No deciden su comportamiento; a cada estímulo le corresponde un tipo de respuesta según unos patrones muy complejos, pero en gran medida fijos.
  • Aunque el patrimonio instintivo de cualquier especie es amplísimo, se puede decir que, en líneas generales, los instintos tienden a garantizar la supervivencia del individuo y de la especie. De hecho los instintos más fuertes se mueven en esa dirección: respuesta ante el peligro (ataque, defensa o huida), alimentación y reproducción.
  • Los instintos gobiernan toda la conducta del animal: toda su psicología y su relación con el medio ambiente. Vale la pena fijarse en esto. Al animal sólo le interesa el medio ambiente en relación con sus necesidades. Le interesa lo que le sirve o afecta; lo demás no le interesa; ni siquiera se da cuenta de que existe. Nunca le interesan las cosas en sí mismas, sino sólo lo que necesita de ellas. Si no fuera porque es natural, podríamos decir que los animales son profundamente egoístas: sólo viven para sí mismos. En realidad, no puede ser de otro modo. La naturaleza es sabia y los instintos están para proteger la supervivencia. Cuando se produce una necesidad, el instinto hace que se sienta el impulso de satisfacerla. Al animal que necesita alimento, le domina el instinto de comer –el hambre–: el hambre le pone en tensión y le prepara para rastrear, cazar, etc. En cuanto siente hambre es como si se abriera en su cerrada psicología una ventana hacia el entorno: una ventana que se orienta sólo a un objetivo: la comida; lo demás es como si no existiera. Si tiene hambre, busca comida y todo lo demás ni le interesa ni puede interesarle.
  • Si un león hambriento ve una gacela la ve sólo bajo el título de comida. No se fija en la belleza de sus colores o en la elegancia de su carrera; para él –por lo menos en la medida en que podemos imaginarnos la psicología del león– la gacela sólo significa una cosa: comida. Y es lo único que desea de ella. No se le pueden pedir consideraciones estéticas, ni tampoco ecológicas. Un león hambriento se comería sin dudar la última gacela de cualquier especie. Según se cuenta, los perros que tiraban de los trineos de una importante expedición científica en Siberia, se lanzaron a comer la carne de un mamut que acababan de descubrir congelado: no se pararon en ninguna consideración sobre la importancia científica del hallazgo. Era carne y basta.

Si el ser humano es capaz de salir del mundo cerrado y concéntrico de los instintos es precisamente porque tiene inteligencia.

  • Mientras la inteligencia no se desarrolla y manifiesta, el comportamiento del hombre es bastante parecido al de los animales superiores. Como los animales, los niños más pequeños viven dominados por sus instintos y se relacionan con el medio sólo para satisfacer sus necesidades. Por eso son terriblemente egoístas. Hacen las cosas para sí mismos, buscando únicamente su provecho. Pretender, por ejemplo, que un niño de meses se ponga contento de ver que otro comparte su biberón es pedir demasiado. Si se da cuenta y tiene hambre, no podrá tolerarlo. Un niño pequeño no puede ser realmente altruista, como tampoco puede serlo un animal: vive para sí mismo. La naturaleza es así.
  • Pero cuando comienza a desplegarse la inteligencia, el niño sale de ese universo cerrado y egoísta. Cambia su relación con el medio: empieza a conocerlo. No sólo conoce lo que directamente le interesa y en cuanto le interesa (comida, bebida, etc.), sino que descubre cosas que están ahí, independientemente de que le convengan o no. Como ilustran las investigaciones de Piaget, muy pronto (aproximadamente a los dos años), empieza a conocer el mundo que le rodea, de una manera objetiva; es decir, conociendo las cosas como son, sin ponerlas en relación con sus necesidades. Sigue siendo terriblemente egoísta, porque lo necesita para sobrevivir, pero empieza a descubrir que el mundo es independiente de sus necesidades y gustos.
  • El desarrollo de la inteligencia introduce esa relación objetiva –no inmediatamente interesada– con las cosas. En la medida en que conoce las cosas como «cosas», es decir como seres distintos de sí mismo, descubre que las demás cosas tienen también sus leyes y necesidades. Este paso es fundamental en la vida intelectual y moral. El animal y el niño pequeño funcionan como si sólo ellos existieran en el mundo: ven el resto del mundo sólo en relación a ellos. El desarrollo de la inteligencia permite conocer las cosas como son y ponerse en la posición de las cosas. El niño llega a darse cuenta de que él es un ser entre otros seres; no es el único punto de referencia, no es el único centro de la realidad, hay muchos otros.
  • Al león sólo le interesa del mundo lo que le sirve para sobrevivir y reproducirse, pero al hombre no. La inteligencia le permite contemplar el mundo sin ánimo de comérselo. Puede conocer las cosas en cuanto cosas; es decir, conoce la verdad, aunque no le sirva para comer: puede saber dónde están las cosas, cómo son, de dónde proceden; puede apreciar su aspecto, su color, su olor, su textura, aunque no le sirva absolutamente de nada. Es capaz de conocer la verdad y de contemplar la belleza. No vive sólo para sus instintos, para satisfacer sus necesidades. Por eso, Plessner ha dicho, con una fórmula feliz, que «el hombre es un ser descentrado»; es decir, que no está centrado en sí mismo, que puede poner el centro de su atención en lo que le rodea, que puede ponerse en la situación de las cosas.

Se podría hablar de una auténtica conversión que, a la vez es intelectual y moral: cuando la inteligencia se abre al mundo y lo conoce tal como es, se está en disposición de superar el egoísmo instintivo. Esto determina completamente la conducta humana y por lo tanto es un aspecto fundamental para entender cuál es el modo de vivir que le corresponde al hombre; es decir, cómo es la moral.L

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4 comentarios en “Lo propio del hombre es la libertad; y lo propio del animal es lo instintivo

  1. El instinto es una disposición psicofísica innata, heredada, que incita al sujeto a actuar de una determinada forma frente a un estímulo o un objeto.
    Toda conducta instintiva, en el reino animal, debe reunir, al menos, las siguientes características:
    1. Ser innata: Es decir, no precisar de un aprendizaje previo.
    2. Ser fijada: Esto es, tener lugar siguiendo unas pautas de comportamiento invariables y fijas.
    3. Ser específica: Que ocurre siempre ante determinados estímulos internos o externos.
    4. Tener un sentido de supervivencia para el sujeto o sus allegados.
    La conducta animal se desarrolla básicamente en función de los instintos, de forma automática y sin que el sujeto tenga conciencia de ello.

    En la conducta humana persisten un gran número de patrones instintivos, aunque, por su capacidad de racionalización, gran parte de la vida instintiva del ser humano ha sufrido un proceso de complejidad, mezclándose auténticos instintos con conductas voluntarias.
    Generalmente, en el ser humano el impulso instintivo pasa por el «filtro» de la razón, por lo que, voluntariamente, es capaz de modificar, anular o reprimir la conducta instintiva. Esto es fácil de observar si comparamos la actitud de un niño pequeño con la de un adulto: el primero se moverá siguiendo únicamente sus apetencias, sin control, mientras que el segundo valorará sí es o no el momento adecuado para satisfacerlas. Pero este control es fruto de un aprendizaje y una educación que, en cierto modo, regulan los instintos. Es decir, se aprende a controlar los instintos, pero no la conducta instintiva en sí, que es innata.
    Según la complejidad y desarrollo intelectual del ser humano, podemos clasificar los instintos de la siguiente manera:

    A) Instintos vitales. Son los más primarios y comunes entre seres humanos y animales. Tienen por finalidad la conservación de la existencia del sujeto, de su familia o de su especie. Son los llamados instintos de supervivencia, que velan por el sustento y mantenimiento de la vida, al igual que evitan la destrucción o la muerte.
    Entre ellos destacan:
    1. Instinto de nutrición, que determina una serie de pautas de comportamiento dirigidas a la obtención de alimento y agua. Se pone en marcha por el estímulo interno del hambre o la sed, y en función de las necesidades corporales. Según el desarrollo en la escala evolutiva del animal, la conducta nutritiva será proporcionalmente más compleja: desde un simple acercamiento a la comida (como ocurre con el gusano) a la más compleja técnica de caza de una manada de lobos.
    2. Instinto sexual, que está encaminado a la conservación de la especie. Impulsa, por la atracción erótica, el acoplamiento entre ambos géneros, con fines procreativos.
    3. Instinto de lucha y huida, dirigidos a la protección de la integridad física frente a la agresión externa.
    4. Instinto de guarida y búsqueda de calor, cuyo fin es protegerse de las inclemencias climáticas. Clara manifestación de este instinto son las migraciones de las aves.

    B) Instintos de placer. Son un poco más complejos y selectivos que los anteriores. Son ya más típicos del ser humano, aunque algunos animales, los más evolucionados, pueden poseerlos también en sus patrones de conducta. Tienen como finalidad el proporcionar placer y aumentar el bienestar individual.
    Generalmente, consisten en una selección y refinamiento de los instintos vitales. Así, en la nutrición, el ser humano elige determinados alimentos buscando más el placer que satisfacer su apetito. Igualmente, al beber, incluye los néctares como complemento del agua para aliviar la sed. No se conforma con un refugio, sino que busca comodidades en su hogar. La sexualidad llega a desligarse de los fines procreativos para encaminarse hacia la relación placentera. E incluso añade consumos superfluos e innecesarios, como el tabaco, el alcohol y las drogas, con el único fin de estimular sus sentidos.

    C) Instintos sociales. Incitan al individuo a la formación de colectividades y a situarse dentro de las mismas con un cierto rango. Entre los instintos sociales destacan: la necesidad de compañía, de prestigio, de poder y de propiedad.

    D) Instintos culturales. Más propios del ser humano culto y civilizado. Entre ellos destacamos la «ambición» de saber, las inclinaciones artísticas, la investigación, las tendencias filosóficas y religiosas, etc.

    Así, si en los animales los instintos constituyen el motor de su vida, en el ser humano éstos pasan a un segundo plano, situándose tras los actos voluntarios y conscientes.

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