“No se han inventado todavía las palabras para expresar lo que se siente… al saberse hijo de Dios”

hijo de dios.jpgEste año nos hemos propuesto trasmitir alegría del Evangelio por medio del blog. Por eso comienza esta serie de entradas entorno a las virtudes humanas. Nos servirá de inspiración el libro de F. Fernandez de Carvajal, Paso haciendo el bien. Espero que os ayuden.

«No se han inventado todavía las palabras para expresar lo que se siente –en el corazón y en la voluntad– al saberse hijo de Dios»San Josemaría Escriba Surco, n. 61

Durante la noche ha llovido con generosidad en Madrid. Por la mañana han aparecido charcos. Más lejos está la fuente, siempre abundante, y dentro de no mucho tiempo los charcos desaparecerán. Su duración está ligada a la porosidad de la tierra, a la intensidad del sol y del viento… Y se cumplirá como siempre el dicho gitano: sale el sol, sopla el viento, los charcos se secan, pero la fuente permanece. También en la vida de cada hombre y de cada mujer se presentan fuentes y charcos en su camino.

Conocemos dos clases de alegría. Una tiene su origen en las circunstancias que nos rodean y nos proporciona pequeños y pasajeros gozos: sentirnos con buena salud, un aumento de sueldo inesperado, ha ganado nuestro equipo favorito… Vienen y pasan. Son agradables, pero poco o nada estables. Son de baja intensidad, pequeñas en relación con la necesidad que Dios ha puesto en nuestro corazón, y no suelen durar. Están relacionadas quizá con la diversión, con un poco de placer o con la ausencia de conflictos y problemas, con la tranquilidad del momento. Son muy buenas estas alegrías de la vida, pero son claramente insuficientes.

Existe otra alegría menos estridente, pero más profunda y duradera. Está edificada sobre roca y es capaz de soportar huracanes y tormentas, nieves y granizo. Esta roca es la filiación divina, el sentirse con las espaldas bien guardadas por nuestro Padre Dios. Es aquella que deseaba san Pablo a los gentiles y judíos conversos a la fe en Cristo, en medio de no pocas tribulaciones: estad siempre alegres, les recomendaba con insistencia. Es el sentimiento, la realidad profunda de la amistad con Jesucristo, nuestro Dios y Señor, en cualquier situación en la que nos encontremos. Aunque vaya por cañadas oscuras, esas situaciones sin luz, sin sol y sin luna, difíciles: la enfermedad propia o de los hijos, la dificultad de salir a flote, el cansancio y la aparente monotonía de los días iguales, el trabajo que supera nuestra capacidad… En esas circunstancias no temerá mi corazón. Y el salmista revela enseguida la única razón verdadera: porque Tú vas conmigo. Tu vara y tu cayado me sosiegan. En Él encuentro la paz en mi corazón, en cualquier situación.

Muéstranos la luz de tu rostro, Señor. Has dado a mi corazón más alegría que en el tiempo en que abunda el grano y el mosto. Con tranquilidad, cuando me acuesto, me duermo, porque Tú solo, Señor, me permites vivir con seguridad.

San Josemaría aconsejaba vivamente esforzarse por no perder nunca esa alegría. «Estad siempre alegres», decía. Es más, alegres incluso «a la hora de la muerte. Alegría para vivir y alegría para morir. Con la gracia de Dios, no tenemos miedo a la vida, ni tenemos miedo a la muerte. Nuestra alegría tiene un fundamento sobrenatural, que es más fuerte que la enfermedad y la contradicción. No es una alegría de cascabeles o de baile popular. Es algo más íntimo. Algo que nos hace estar serenos, contentos –alegres, con contenido–, aunque a la vez, en ocasiones, esté severo y grave el rostro»[83]. Aun así damos muchos frutos para los demás. (F. Fernandez de Carvajal en Pasó haciendo el bien)

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8 comentarios en ““No se han inventado todavía las palabras para expresar lo que se siente… al saberse hijo de Dios”

  1. Persuadíos de que no resulta difícil convertir el trabajo en un diálogo de oración. Nada más ofrecérselo y poner manos a la obra, Dios ya escucha, ya alienta. ¡Alcanzamos el estilo de las almas contemplativas, en medio de la labor cotidiana! Porque nos invade la certeza de que El nos mira, de paso que nos pide un vencimiento nuevo: ese pequeño sacrificio, esa sonrisa ante la persona inoportuna, ese comenzar por el quehacer menos agradable pero más urgente, ese cuidar los detalles de orden, con perseverancia en el cumplimiento del deber cuando tan fácil sería abandonarlo, ese no dejar para mañana lo que hemos de terminar hoy…
    ¡Todo por darle gusto a Él, a Nuestro Padre Dios! Y quizá sobre tu mesa, o en un lugar discreto que no llame la atención, pero que a ti te sirva como despertador del espíritu contemplativo, colocas el crucifijo, que ya es para tu alma y para tu mente el manual donde aprendes las lecciones de servicio.

    Si te decides —sin rarezas, sin abandonar el mundo, en medio de tus ocupaciones habituales— a entrar por estos caminos de contemplación, enseguida te sentirás amigo del Maestro, con el divino encargo de abrir los senderos divinos de la tierra a la humanidad entera. Sí, con esa labor tuya contribuirás a que se extienda el reinado de Cristo en todos los continentes.

    Y se sucederán, una tras otra, las horas de trabajo ofrecidas por las lejanas naciones que nacen a la fe, por los pueblos de oriente impedidos bárbaramente de profesar con libertad sus creencias, por los países de antigua tradición cristiana donde parece que se ha oscurecido la luz del Evangelio y las almas se debaten en las sombras de la ignorancia… Entonces, ¡qué valor adquiere esa hora de trabajo!, ese continuar con el mismo empeño un rato más, unos minutos más, hasta rematar la tarea. Conviertes, de un modo práctico y sencillo, la contemplación en apostolado, como una necesidad imperiosa del corazón, que late al unísono con el dulcísimo y misericordioso Corazón de Jesús, Señor Nuestro.
    Amigos de Dios, “Trabajo de Dios”, 67

    ¿Qué se cuentan los que se quieren, cuando se encuentran?
    Empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra. Todavía, por las mañanas y por las tardes, no un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres: ¡oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón… ¿No es esto —de alguna manera— un principio de contemplación, demostración evidente de confiado abandono? ¿Qué se cuentan los que se quieren, cuando se encuentran? ¿Cómo se comportan? Sacrifican cuanto son y cuanto poseen por la persona que aman.

    Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra…, hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres…: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. Vivimos entonces como cautivos, como prisioneros. Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto.
    Amigos de Dios, “Hacia la santidad”, 296

    Dios nos quiere felices también aquí, pero anhelando el cumplimiento definitivo de esa otra felicidad, que sólo El puede colmar enteramente.

    En esta tierra, la contemplación de las realidades sobrenaturales, la acción de la gracia en nuestras almas, el amor al prójimo como fruto sabroso del amor a Dios, suponen ya un anticipo del Cielo, una incoación destinada a crecer día a día. No soportamos los cristianos una doble vida: mantenemos una unidad de vida, sencilla y fuerte en la que se funden y compenetran todas nuestras acciones.

    Cristo nos espera. Vivamos ya como ciudadanos del cielo, siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios.
    Es Cristo que pasa, “La Ascensión del Señor a los cielos”, 126

  2. Buenos días Isabel, no me parece demasiado difícil el vivir la alegría, porque cuando vemos las contrariedades o nos cuesta algo de manera especial, sabemos que Él está ahí y Santa María y San José preparados para ayudarnos. Con una mirada nos basta o agarrando el crucifijo que llevamos en el bolso. Y diciendo contigo puedo….

  3. La alegría que habla la entrada: Es cómo los manantiales donde nace el agua bajo tierra,nunca se seca ,Riega el alma ,como el agua entre la tierra hasta que no se puede contener y esa alegría brota por todos los lados ,.como una fuente.Y al final tú eres la fuente donde la gente se acerca a beber ,por que busca en ti la paz .la serenidad , la sonrisa……Esa alegría Rosa, muy poca gente la tiene por que no nace de uno si no de dentro del alma ,no puedes forzarla, o se tiene o no se tiene ..No es el ji y el ja esa la tenemos todos en varios momentos la otra dura siempre por que viene de un manantial siempre vivo.

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