La moral, como toda arte, requiere conocimientos y destrezas

senza-nome-duplicato-02La moral es ciertamente un arte. Lo que sucede en este terreno no es distinto de lo que sucede en otros. Si no hay base teórica, no es posible orientar bien la práctica. Y si no hay práctica, tampoco es posible hacer las cosas bien. Nadie es capaz de tocar bien el piano con sólo tener el deseo intenso de tocarlo. Ni se llega a pintar un buen retrato sólo por haber leído muchas biografías de Velázquez. Hace falta teoría y práctica: conocimientos teóricos y técnicos, experiencia y hábitos o destrezas.

Nadie es capaz de vivir bien con sólo desearlo. Hace falta, primero tener claro en qué consiste vivir bien, y después adquirir los hábitos necesarios para llevar a la práctica ese conocimiento. La buena intención de tocar el piano no es suficiente para llegar a ser un maestro y la buena intención de ser bueno o de no hacer daño a nadie tampoco es suficiente para ser efectivamente bueno y no hacer realmente daño a nadie.

La moral necesita mucho más que buenas intenciones genéricas. En la historia se han cometido muchas barbaridades sin mala intención o incluso creyendo que se estaba prestando un gran servicio a la humanidad. Hay que saber en qué consiste ser bueno y en qué ser malo, cómo se hace daño a alguien y cómo se le hace bien. Hacen falta conocimientos que sólo se pueden adquirir con la experiencia. Las buenas intenciones pueden ser un primer paso del comportamiento moral, como pueden ser el primer paso para aprender a tocar el piano. Pero después hacen falta conocimientos y práctica.

También práctica. Adquirir un arte requiere mucho ejercicio práctico. Un buen pianista necesita muchas horas diarias de ejercicios. Y si quiere llegar a ser un maestro, más todavía. Con la buena intención de ser un maestro no le basta.

Y los ejercicios tienen que estar bien hechos. No es suficiente hacerlos de cualquier manera. No pasa nada si un principiante coloca mal los dedos de cuando en cuando sobre el teclado; lo importante es que mejore respecto a su situación anterior, que cada vez lo haga mejor. Pero es peligroso que se acostumbre a equivocarse: adquirirá vicios que después le costará mucho esfuerzo superar o que quizás nunca supere y le condenen a ser un pianista mediocre. Un maestro no puede permitirse ni siquiera pequeños errores. Cada equivocación es un paso atrás. Un maestro pone en juego su arte cada vez que pone las manos sobre el teclado. En cada actuación mejora o empeora.

Ésta es una ley común a todas las actividades humanas. Cada acto consciente del hombre deja una huella más o menos fuerte según la intensidad del acto y de su repetición. Si es un error, deja una huella que puede convertirse por repetición en una mala costumbre. Si es un acierto, con la repetición puede llegar a ser un buen hábito. Los hábitos se crean y se destruyen según el hombre obre adecuadamente o no. El hombre está continuamente haciéndose y deshaciéndose en todos los terrenos. La misma ley está vigente en el campo del deporte, de todas las destrezas y habilidades físicas, de todas las artes y, por supuesto, de la moral.

Curiosamente, algunos creen que en el hombre todo es lo mismo, menos en lo que se refiere a la moral. Piensan, por ejemplo, que todo en el hombre es materia, pero luego defienden que la moral no tiene nada que ver con lo que sucede en los demás estratos del ser humano, que es un tema completamente opinable y arbitrario, apenas sujeto a las leyes naturales. Es un error. Desde luego el hombre no es sólo materia pero las leyes que gobiernan la materia, tienen relación con las que gobiernan el espíritu. Lo que sucede con el arte de tocar el piano y con la habilidad de correr los cien metros lisos es semejante a lo que sucede en el campo de la moral.

Como en el deporte, para llegar a vivir dignamente como hombre, se requiere esfuerzo y se requiere entrenamiento. Este arte mejora cuando se ejercita bien y empeora cuando se ejercita mal. La moral –las buenas costumbres– se ponen en juego en cada decisión de la libertad. La acumulación de decisiones afortunadas o desafortunadas y la intensidad de las decisiones libres va dejando una huella de hábitos con los cuales el hombre es cada vez más maduro y libre o cada vez menos.

Hace falta, por tanto, práctica, y también hacen falta conocimientos morales: saber qué es lo conveniente y qué es lo inconveniente. En este sentido, el arte de vivir bien es tan opinable como el arte de tocar el piano. Es evidente que no se puede tocar el piano de cualquier modo. El arte de tocar el piano está muy condicionado al menos por dos cosas: por la estructura física del piano y por la movilidad de la mano humana. Ambas cosas, que son completamente objetivas, condicionan mucho este arte: aunque dejan un margen de libertad. En ese margen, el arte es opinable, pero en el otro, no.

El obrar humano está también muy condicionado por realidades previas, que son el hombre mismo y el ámbito de personas y cosas donde desarrolla su actividad. No podemos olvidar algo tan elemental como que el hombre está condicionado –fuertemente condicionado– por su naturaleza. No nos hemos hecho a nosotros mismos: casi todo lo que somos nos lo encontramos puesto cuando vinimos al mundo. Mucho antes de que pudiéramos usar de nuestra libertad, ya estábamos hechos y muy condicionados por nuestro modo de ser. Sólo en cierta medida podemos modificarnos: hay un espacio para nuestra creatividad, pero limitado.

Hay una parte de nosotros que es el fruto de nuestras decisiones libres. Pero la mayor parte no: la hemos recibido y tiene sus leyes. No podemos decidir cómo va a ser nuestra digestión, ni en qué sentido tiene que circular nuestra sangre. Todo nuestro ser físico funciona de acuerdo con leyes que no hemos inventado y que apenas podemos modificar: sólo podemos descubrirlas. Lo que sucede en el ámbito físico guarda un paralelo con lo que sucede en el ámbito espiritual, que es el ámbito del uso de la libertad.

Casi toda nuestra vida moral consiste en desarrollar libremente unas capacidades que nos hemos encontrado puestas cuando vinimos al mundo. Estas capacidades tienen sus leyes propias, aunque a veces no las conozcamos. Nuestra inteligencia, por ejemplo, tiene unas leyes que no hemos inventado nosotros: tiene un modo propio de intuir y de razonar; nuestra voluntad también tiene sus leyes y lo mismo sucede con las demás capacidades. No está en nuestra mano «inventar» cómo funcionan: no podemos inventar cómo es la libertad, el amor, la amistad y la felicidad. Podemos a veces elegirlos y desarrollarlos libremente, pero no inventarlos. Podemos proponernos tener buenos amigos, pero no podemos decidir en qué consiste la amistad. Podemos desear ser felices e intentarlo de distintas maneras, pero no podemos inventar la felicidad. El que seamos felices o no dependerá de que acertemos o no a vivir de acuerdo con las leyes que tiene la felicidad humana.

Por eso la moral no depende de los gustos de cada uno. No es algo que cada uno pueda crear según le apetece. No es una cuestión de opiniones. No da lo mismo comportarse de un modo o de otro. Puede suceder que, en algún caso, no sepamos con seguridad cuál es la conducta que conviene, y entonces cabe la opinión.

En este sentido la moral es tan opinable como la medicina. También los médicos opinan cuando no saben, cuando no están seguros, pero son conscientes de que sus opiniones no cambian la realidad. No es opinable, por ejemplo, el modo de hacer la digestión, ni cuáles son los alimentos que nos convienen. Sólo opinamos sobre estos temas cuando no sabemos. En una conversación, entre un grupo de amigos, podemos opinar, por ejemplo, que un alimento es venenoso o que no. Pero nuestra opinión no modifica el alimento: si era venenoso, lo sigue siendo a pesar de nuestra opinión, y si no lo era, sigue sin serlo. Nuestras opiniones no modifican ni el alimento ni nuestro metabolismo. Nos tenemos que acomodar a las leyes de ambas cosas.

La moral es opinable precisamente cuando y en la medida en que no sabemos claramente lo que es conveniente. Opinamos cuando no estamos seguros, pero no porque todas las opiniones sean igualmente válidas, sino porque, en ocasiones, nos falta luz para distinguir lo más acertado.

El saber moral es difícil y delicado Por eso hay que poner un esfuerzo especial para alcanzarlo, pero vale la pena porque es un saber precioso para el hombre: mucho más importante que el de tocar el piano o pintar al óleo.

Aunque es un saber difícil, hay modos de orientarse sobre lo que es bueno o malo. (J.L. Lorca en Moral. El arte de vivir)

Esto vamos a verlo brevemente en la siguiente entrada.

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6 comentarios en “La moral, como toda arte, requiere conocimientos y destrezas

  1. Hola muy buena entrada…nada que decir, mucho que aprender….Saludos a todos Rosa un abrazo….Hoy Hace un día buenísimo de sol que voy a dirfrutar a tope…Espero qué hagáis lo misno.Saludos

  2. y con su mano arranque mi trama.
    10 Me serviría al menos de consuelo,
    aun retorcido de dolor me alegraría:
    por no haber renegado de las palabras del Santo.
    11 ¿Qué fuerzas me quedan para esperar?,
    ¿qué fin me anima a seguir con mi afán?
    12 ¿Tengo acaso la fuerza de las rocas?,
    ¿tengo acaso un cuerpo de bronce?
    13 Ya no encuentro a nadie que me ayude,
    la esperanza de un auxilio se ha esfumado.
    14 Quien niega la misericordia al amigo
    rechaza el temor del Todopoderoso;
    15 pero mis hermanos me traicionan como un torrente,
    como una rambla cuando cesa la avenida:
    16 con el hielo fundido bajan turbios,
    crecidos con la nieve derretida;
    17 pero pasa la avenida y se secan,
    con el calor se reseca su cauce;
    18
    las huellas de su curso se dispersan,
    desaparecen al entrar en el desierto.
    19 Los divisan las caravanas de Temá,
    con ellos cuentan los convoyes de Saba,
    20 mas su esperanza acaba en decepción,
    al llegar se sienten defraudados.
    21 También vosotros sois nada,
    veis un desastre y tembláis.
    22 ¿Acaso os he dicho: “Dadme algo”?
    ¿Me he aprovechado de vuestros bienes
    23 para que me libraseis del adversario
    o bien me rescataseis de los bandidos?
    24 Explicadme las cosas y callaré,
    aclaradme en qué me he equivocado;
    25
    los argumentos ajustados persuaden,
    pero ¿qué demuestran vuestras razones?
    26
    ¡Pensáis que un discurso zanja una cuestión
    y que solo es viento lo que dice un desesperado!
    27 Seríais capaces de arrojaros sobre un huérfano,
    incluso de poner precio a un amigo.
    28 ¿Queréis ahora mirarme?;
    juro no mentiros a la cara.
    http://www.lectulandia.com – Página 37(libro de job)

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