La virtud es el orden del amor

Conjugar bienes y deberes

hot-mr-darcy-gets-wet.jpgHemos dicho que la conducta humana queda condicionada por bienes y deberes. Bienes son las cosas que deseamos porque nos parecen convenientes o nos atraen instintivamente; deberes son las obligaciones que nos imponen las cosas que nos rodean. Ahora trataremos de estudiar un poco qué es lo que tiene prioridad: es decir, qué tenemos que amar antes. Esto es tan importante como difícil. Saber poner orden en la conducta es una gran cosa. San Agustín define la virtud simplemente como «el orden del amor» (De Civitate Dei, XV, 22).

Bienes y deberes no son dos voces opuestas como puede parecer en un primer momento, sino que se combinan: atender a los deberes es un bien, y atender a los bienes es un deber. Esto ayuda a situarse. Vamos a estudiarlo brevemente. Primero veremos lo más fácil: que es un deber oír la voz de los bienes (A); Luego veremos lo contrario: que oír la voz de los deberes es un bien (B).

  1. A) Es un deber oír la voz de los bienes; es decir procurarse los bienes que se desean. La naturaleza está muy bien hecha. En principio, cuando nos sentimos atraídos por un bien es porque nos conviene. Cuando sentimos hambre, es porque nuestro cuerpo necesita alimento; cuando sentimos sed, es porque necesita agua.

Tenemos deberes con nosotros mismos. Es lógico porque también nosotros formamos parte de la naturaleza. Si hemos de tratar a todas las cosas con respeto, es lógico que también nos tratemos a nosotros mismos con respeto y consideración. «La caridad bien entendida empieza por uno mismo», dice un conocido refrán. Quizá no es correcto decir que empieza por uno mismo; quizá no empieza necesariamente por uno mismo, pero desde luego hay una caridad con uno mismo, hay un amor propio que es legítimo y bueno y que nos lleva a obtener los bienes que son necesarios y nos convienen. Si no, no podríamos vivir.

Es una deformación pensar que todo lo que nos apetece o nos da gusto es, por eso mismo, malo o por lo menos sospechoso. La naturaleza está bien hecha y, en principio, lo que nos apetece, es realmente un bien, algo que nos conviene, y, en esa medida, también un deber. Los bienes primarios nos atraen porque los necesitamos. No es malo sentir el atractivo, lo malo sería dejarse llevar por él sin orden. También sucede esto con el impulso sexual. Este deseo o impulso señala una necesidad de la naturaleza humana que es la de perpetuarse; se trata de algo bueno en sí, aunque tiene también un orden, que más adelante veremos.

La moral cristiana es muy respetuosa con la naturaleza: se basa en el convencimiento de que es bueno lo que Dios ha creado y de que es bueno vivir de acuerdo con la verdad de las cosas que Dios ha creado. Por eso, a diferencia de los puritanismos que siempre han existido y también pueden darse como deformaciones de la moral cristiana, sabe que es buena también la voz egoísta de los bienes. Es verdad que puede haber errores y que se requiere educación para aprender a reconocer y amar todos los bienes, pero el fondo natural de las inclinaciones humanas es bueno y en esto se basa la moral.

En toda llamada del bien, en principio hay un deber. La comida es un bien, pero además es un deber: por eso debemos comer; y también debemos beber y debemos descansar; debemos progresar y madurar en todos los aspectos, desarrollarnos física e intelectualmente; mejorar nuestra formación y nuestra cultura; nuestra posición social y económica, etc. La inclinación que tenemos hacia los bienes nos ayuda a sobrevivir y mejorar. El atractivo del bien es, en principio, el indicio de que algo nos conviene y de que es, por lo tanto, un deber, aunque no un deber absoluto; es decir, no es un deber que esté necesariamente por encima de otros deberes.

  • No todo lo que nos apetece es realmente un bien; ni siempre lo que apetece más es mejor de lo que apetece menos; ni hay que buscarlo por encima de todo. Además, fácilmente nos engañamos a propósito de lo nos conviene o de la medida en que nos conviene (por ejemplo, la comida). Hay que poner orden y medida.

Para que se convierta en un deber, la llamada del bien tiene que pasar por el juicio de la inteligencia. La inteligencia tiene que valorar si esa llamada debe ser escuchada, y es la que pone orden en los bienes que deseamos: la que valora cuándo, cómo y en qué medida. El deseo es sólo un indicio: necesita la aprobación de la conciencia para que sea bueno seguirlo. Los bienes se convierten en deberes cuando pasan por la conciencia. (J. L. Lorda en Moral. El arte de vivir)

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