Qué es y qué no es la moral (y 2)

moral-arte-de-vivirAyer veíamos lo que no es la moral. Hoy terminamos esta entrada doble acerca de qué es la moral.

Lo que sí es la moral

En realidad, la moral no tiene nada que ver con todo eso que vimos ayer. O, para ser más precisos, tiene muy poco que ver. Tiene poco que ver con las opiniones, con los sistemas de normas, con las buenas intenciones y con los equilibrios de la convivencia. Tampoco es lo contrario; simplemente no es eso. Pero no nos vamos a entretener en ver por qué no es eso: nos llevaría muy lejos y serviría de poco. Basta con advertir al lector que aquí no tratamos de eso. Así ya está preparado para lo que va a venir, y no le sorprenderá tanto que, con las mismas palabras, se esté hablando de algo diferente.

Si hubiera que dar una definición sencilla de lo que es la moral, de lo que esta palabra significaba cuando se inventó, se podría decir que moral es el arte de vivir. Sin más.Vale la pena explicar un poco los términos de esta breve definición. La moral es un arte como es un arte la pintura, la escritura, saber vender, tocar el piano o tallar la madera. Por arte se entiende el conjunto de conocimientos teóricos y técnicos, las experiencias y las destrezas que son necesarias para desempeñar con maestría una actividad. Conocimientos teóricos, conocimientos técnicos, experiencias y destrezas: todos estos componentes son necesarios en cualquier arte. Para tocar el piano, por ejemplo, se requieren conocimientos teóricos de música; algunas técnicas que enseñan el modo de poner y mover los dedos, etc.; la experiencia propia sobre cuándo y cómo y en qué modo se hacen mejor las cosas; las destrezas o habilidades físicas que se han adquirido a base de ejercicio (la práctica de mover los dedos, de leer la música, etc.). Y para llegar a ser un maestro –para tener maestría–, se requiere dominar todos los elementos teóricos y prácticos del arte: de nada sirve, por ejemplo, saber cómo se toca el piano si nunca se han puesto las manos en uno; tampoco basta saber poner las manos y tener agilidad en los dedos si no se es capaz de leer el pentagrama.

La moral es, en este sentido, un arte; pero no el arte de tocar el piano o de tallar la madera o de pintar al óleo, sino el arte de vivir bien. Y ¿qué quiere decir aquí vivir bien? La respuesta es simple: vivir bien quiere decir vivir como es propio de un hombre, como le corresponde a un ser humano. Así, del mismo modo que la pintura es el arte de pintar, la moral es el arte de vivir como un ser humano.

El asunto puede resultar chocante: estamos diciendo que es necesario un arte para vivir como hombre del mismo modo que es necesario un arte para pintar. A primera vista parece que no hace falta nada especial para vivir como hombre: basta ser hombre y seguir viviendo como siempre; basta con dejarse llevar espontáneamente. Y es cierto, para vivir, basta dejarse llevar. Pero para vivir bien o para vivir como le corresponde a un ser humano no basta. Para los animales basta, pero para los hombres no basta. Los animales viven desde luego espontáneamente. Y no necesitan que nadie les enseñe a vivir; simplemente viven. Quizás aprenden de sus progenitores algunas estrategias para conseguir su alimento o para defenderse, pero poco más. Viven de acuerdo con sus instintos y viven bien. No necesitan ninguna preparación. No necesitan ningún arte; les basta con dejarse llevar.

Pero el hombre es un ser especial; es un ser libre. Libre quiere decir, entre otras cosas, que está mucho menos condicionado por sus instintos; pero por eso mismo necesita aprender muchas cosas que los animales saben por instinto, y otras muchas que los animales no conocen de ninguna manera y que son propias del hombreNecesita ser educado para vivir como hombre. Si no es educado así vive como un animal mal preparado. Esto en el mejor de los casos, porque lo normal es que, sin educación, no pueda ni siquiera sobrevivir. El niño nace tan desprotegido por la naturaleza que no puede hacer casi nada por sí mismo. El recién nacido no es capaz siquiera de buscar el alimento que necesita: está ciego, no coordina sus movimientos, no sabe andar…. Los primeros meses hay que hacérselo todo; después hay que enseñárselo todo.

En comparación con todas las especies animales, el patrimonio instintivo del hombre es desproporcionadamente pequeño: no sabe casi nada y no puede hacer casi nada. Si no ha sido expresamente educado, el hombre no sabe, por ejemplo, qué debe comer. Si un niño pequeño –y también un adulto– se pierde en una selva, no sabe distinguir lo que puede comer y lo que no; no sabe cómo cazar ni dónde tiene que buscar alimento en la tierra. Por sí solo ni sabe ni aprende a encontrar alimentos, ni a prepararlos, ni a defenderse, ni siquiera a andar: necesita la compañía y la enseñanza de otros seres humanos adultos para aprender estas cosas tan elementales.

Además, necesita aprender lo que es propio del hombre: necesita a prender a hablar y a escribir; a tratar a los demás y a comportarse en la convivencia; y mil cosas más. Si no se le educa, no despliega sus capacidades. Si no hay un ambiente en que se hable, no aprende a hablar; si no se le enseña a andar erguido, anda agachado; si no vive en un medio culturalmente estimulante, no despliega ninguna vida cultural: ni gusto artístico, ni sensibilidad musical, ni siquiera refinamiento gastronómico. Todo debe ser transmitido y sólo puede hacerlo un ambiente humano suficientemente rico y estimulante. Las capacidades del hombre vienen dadas con su naturaleza, pero el despliegue de esas capacidades necesita educación.

Entre las capacidades humanas, la más importante y la más característica del hombre es la libertad. Es la capacidad humana que hay que educar con mayor atención. Educar a un hombre no es sólo enseñarle a caminar, comer, hablar; ni siquiera instruirle y transmitirle conocimientos de las ciencias y de las artes. Educar a un hombre es, sobre todo, enseñarle a usar bien de la libertad; a usar de su libertad como es propio de un hombre. El hombre no sabe por instinto cómo debe usar de su libertad. Tiene cierta inclinación natural a usarla bien como la tiene también para hablar y caminar, pero necesita educación. Tiene que aprender poco a poco lo que un hombre debe hacer y lo que debe evitar: qué es lo conveniente para un hombre y qué es lo inadecuado.

Y ahora podemos entender mejor lo que es la moral, lo que significaba esta palabra cuando se empezó a usar. Acabamos de decir que la libertad es la principal característica del ser humano. Pues bien, la moral, que es el arte de vivir como hombre, se puede definir también como el arte de usar bien de la libertad. Un arte que cada hombre necesita aprender para vivir dignamente. Es un arte porque necesita, como todo arte, conocimientos teóricos y prácticos: conocimientos que hay que recibir de otros, y hábitos que sólo se pueden adquirir por el ejercicio personal. Es muy parecido, aunque más complicado e importante, que el arte de tocar el piano: son necesarios conocimientos y habilidades: teoría y práctica: principios y hábitos.

Primero son necesarios los conocimientos: tenemos que aprender de otros seres humanos cómo debe comportarse un hombre. Y también son necesarios los hábitos, porque no basta saber teóricamente cómo hay que comportarse; además, hace falta la costumbre de comportarse así. Como señala el viejo dicho, el hombre es un animal de costumbres. No es sólo cerebro; no es sólo un ser que piensa. Por eso, no basta pensar las cosas y querer hacerlas para hacerlas realmente: hay que poder hacerlas. Es muy importante detenerse a considerar esto. 

Si fuéramos sólo mentes bastaría pensar una cosa y tomar una decisión para hacerla. Pero la experiencia diaria enseña que no somos así. Hay muchas cosas que nos gustaría hacer y decidimos hacer pero que no hacemos. Algo se interpone entre la decisión de nuestra mente y la ejecución. Para llevar una decisión a la práctica, necesitamos lo que ordinariamente se llama fuerza de voluntad: una especie de puente o de correa de transmisión que ejecuta lo que decidimos. Cuando esa fuerza de voluntad falla, decidimos pero no hacemos.

La experiencia enseña también que esta fuerza de voluntad varía de unos hombres a otros y tiene mucho que ver con las costumbres o hábitos que cada uno tiene. Se puede ilustrar bien con un ejemplo. Para levantarse puntualmente, al oír el sonido del despertador, no basta haber decidido levantarse, además hace falta tener la costumbre de levantarse. El mero querer no es bastante ordinariamente. Es verdad que, si hay motivos excepcionales, cualquier persona se levanta puntual, aunque no tenga esa costumbre. Pero ordinariamente quien no tenga esa costumbre, fallará muchas veces aunque se haya propuesto lo contrario. La persona que se pone a trabajar enseguida, tiene esa buena costumbre que le facilita el trabajo. En cambio, quien se acostumbra a retrasarse porque no le apetece empezar, tiene esa mala costumbre que le dificulta el trabajo. El que tiene la buena costumbre tiene bien la transmisión entre lo que decide en su mente y lo que realiza: consigue trabajar cuando decide trabajar. En cambio, a quien no tiene esa costumbre, le falla la transmisión: habitualmente no consigue trabajar aunque se lo proponga. Al cabo de los años la diferencia entre tener o no esa buena costumbre es enorme: miles y miles de horas de trabajo: la eficacia de una vida. «El hombre es un animal de costumbres». Las costumbres hacen o deshacen a un hombre. Refuerzan la libertad o la eliminan. Quien tiene la costumbre de levantarse puntual lo puede hacer siempre que quiera: se levantará a la hora que decida. Quien no tiene esa costumbre no tiene esa libertad: aunque decida levantarse a una hora determinada, nunca estará seguro de si va a ser o no capaz.

Por eso, la formación moral consiste en adquirir los conocimientos necesarios y también las costumbres o hábitos que permiten al hombre vivir bien, dignamente, como un hombre. Proporcionan al hombre coherencia entre lo que quiere y lo que puede hacer. Le dan el conocimiento y la libertad de obrar como hombre. Por eso la moral tiene mucho que ver con conocer y practicar las buenas costumbres. La palabra moral viene del latín, de la palabra mos-moris, que significa precisamente costumbre. En su significado antiguo y siempre válido, la moral es el arte de las buenas costumbres; es decir, de las costumbres que son buenas para el hombre, de las costumbres que le van bien, de las costumbres que le dan madurez y perfección.

Si recapitulamos ahora las tres definiciones de moral que hemos dado hasta ahora, veremos que son coherentes.

  1. Primero hemos definido la moral como el arte de vivir bien, de vivir como le corresponde a un ser humano.
  2. Después hemos visto que lo que caracteriza al ser humano es la libertad. Por eso, la moral se puede definir también como el arte de educar la libertad.
  3. Y, finalmente hemos visto que la educación de la libertad consiste sobre todo en adquirir buenas costumbres. Por eso se puede afirmar que la moral consiste en conocer, practicar y adquirir las buenas costumbres, las que permiten al hombre vivir como corresponde al ser humano.

Autor: J.L. Lorda La Moral. El arte de vivir.

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7 comentarios en “Qué es y qué no es la moral (y 2)

  1. Sea cortés con todos, sociable con muchos, familiar con pocos. Poniendo en práctica el saber ser, saber estar y saber hacer, siendo siempre uno mismo, con sus virtudes y defectos, triunfarán.

    “Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectación es mala”. Don Quijote de la Mancha

    La comunicación y la convivencia son el propósito de las habilidades sociales por las que todos los seres humanos nos interesamos como medio y fin para mejorar las relaciones que mantenemos con familiares, amigos, vecinos, conocidos, desconocidos, compañeros, colegas, jefes…

    La costumbre y los gustos generales de los miembros de una comunidad han propiciado el establecimiento de normas o recomendaciones sobre las conductas apropiadas. Comportarnos en sintonía con el entorno en el que nos encontramos en cada momento, sitio y ocasión sin dejar de mostrar (o manifestar) nuestra personalidad es el objetivo que persigue el tan popular pero a veces malinterpretado “Saber estar” que floreció con la práctica de los buenos modales en las cortes y propició, junto con los inventos y la educación, la evolución del ser humano.

    En su adecuación a la compleja sociedad del siglo XXI, las normas de urbanidad se han sometido a un proceso de renovación, modernización y adaptación a los tiempos actuales, al ambiente concreto, a cada situación precisa y a las personas implicadas en el trato, siempre sin perder de vista las hipótesis que la sustentan: expansión de la sociabilidad y éxito de la convivencia, bajo las premisas de observación, prudencia y apreciación.

    El fingimiento, la cursilería, la rigidez y la hipocresía no tienen cabida en la conducta y dignidad humanas. La naturalidad es esencial para un proceder correcto y seguro. La integración en grupos comunitarios propicia la deferencia, el aprecio y el interés como lenguaje social que identifica a sus miembros, que construyen su futuro sobre una base sólida en la que la sencillez, la amabilidad, el respeto, la tolerancia, la cordialidad y el sentido del humor ocupan un puesto privilegiado.

    Desconocer cuestiones básicas de protocolo social coloca a los protagonistas de las distintas situaciones en una posición incómoda, al desconocer qué hacer, además de situarle en ridículo por esa ignorancia sobre cómo desenvolverse, de forma natural, lógica y flexible, en situaciones realistas y cotidianas.Sin lugar a dudas, todo es más agradable, saludable, conveniente y fácil si sabes cómo comportarte.

    Vivimos en una sociedad en la que todo vale; cada persona pelea por sus intereses sin importarle las consecuencias sobre otros seres humanos. La educación social vive en la actualidad un desmerecido período de descalificación y afrenta. Se ataca a todo aquel, niño, joven o adulto, que practica las buenas formas y las palabras comedidas. Descuidamos el trato con nuestros semejantes con los que nos relacionamos a diario tanto en nuestros compromisos académicos y laborales como nuestro estimado tiempo de ocio. La grosería, como sabiamente apunta Alfonso Ussía, es la peor plaga que padece hoy en día la humanidad.

    En la actualidad, la formación académica e incluso la experiencia profesional forma parte del currículum de millones de personas y, aún así, con ese historial curtido a base de esfuerzo y dedicación, no encuentran el necesario puesto de trabajo. ¿Cuál es la característica que diferencia a estos profesionales que ofrecen un currículo similar? Sin lugar a dudas, la educación, la cortesía, el saber estar. De qué valen todos tus conocimientos y experiencias si no sabes comportarte correctamente en tus relaciones sociales y profesionales. Aristóteles defendía que la armonía entre los miembros de una sociedad civil era completa cuando existía civilidad, conducta cívica mutua entre los ciudadanos.

    La coexistencia, o entendimiento social, demanda unas pautas de comportamiento y relación. Agradar a los demás y pertenecer a determinados grupos sociales son los objetivos de toda persona y el ejemplo es un efectivo método para merecer y disfrutar del respeto que ofrecemos sin olvidar que el respeto dado se convierte en respeto debido y que para recoger frutos, primero debemos sembrar la simiente.

    … El que cifra su placer en herir y aborrecer, no es estimado jamás.
    Quien no quiere a los demás, no puede hacerse querer…

  2. Yo en esto no estoy de acuerdo.No creo que las costumbres te den o quiten libertad.En mi casa comenos a.la una siempre pero si como a la una y diez no pasaría nada .Es más tendré más libertad si no tengo costumbres fijas que pueda hacer lo que quiera.Eso si no quita que él día que tenga que hacer un horario fijo me constará más adaptarme. ,pero no me.resta mi añadira libertad(se entiende ) buenos días

  3. DRAfael sabe una cosa ,que da igual lo que lea en este blog o en otro todo me aburre siempre es lo mismo. Me aburre la tele,los libros,sí trabajo me aburro si descanso también .,¿Siempre es lo misno ,tanto en la religión como en la vida todo es rutina ..!!Me está aburriendo la vida!!!!

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