Qué es y qué no es la moral (1)

moral-arte-de-vivirSiguiendo un consejo de Isabel, una de nuestras habituales comentaristas del blog, voy a empezar una serie de entradas sobre el libro de Juan Luis Lorda, “La moral. El Arte de vivir”. Espero que os resulte tan interesante como a mí. Ah! Y gracias a Isabel por su sugerencia!

Lo que no es la moral

Primero vamos a ver lo que no es la moral y en una segunda entrada lo que sí es la moral. Empecemos

Hablamos continuamente de moral: en familia, con los amigos, en el café, en la prensa, en el parlamento… A todos nos interesa, porque a todos nos afecta. Todos tenemos algo que decir. Por eso es difícil y, a la vez, fácil hablar de moral. Como todos tenemos algo que decir, es fácil ponerse a hablar, pero es difícil conseguir que los demás nos escuchen y estén de acuerdo. En ningún tema se discute tanto: las opiniones se enfrentan y se superponen sin que parezca posible componerlas. Por eso, crece la sensación de que la moral es el tema más opinable de todos; el tema donde cada uno puede y debe tener su propia opinión; el tema donde ninguna opinión puede imponerse. A primera vista, el único acuerdo posible parece éste: que todo es opinable y que en este terreno no hay nada seguro.

En las ciencias y en las técnicas, que tienen que ver con cosas objetivas, sí que hay conocimientos seguros: por eso se opina poco: se conocen las cosas o no se conocen. Y el que las conoce –el que sabe– es el que dice cómo son. En el arte y en la moral parece distinto: no se trata de cosas, sino de gustos y preferencias, de intereses y puntos de vista: todo subjetivo y, en consecuencia, opinable.

Además, la moral parece cambiar según las personas, las culturas y las épocas. Esto aumenta la sensación de que es inestable y provisional. Hoy se tiene la impresión de vivir una época nueva con respecto a la moral del pasado. La moral tradicional en los países occidentales, que tenía un trasfondo cristiano, parece superada. La imagen que ha quedado de ella es bastante negativa, aunque algo vaga porque no se sabe muy bien en qué consistía realmente; y resulta extraña. Para muchos, la moral tradicional consiste en un conjunto de normas o mandamientos fijos y estrictos, especialmente en materia sexual, que aprendían las gentes en sus familias y los mantenían más o menos reprimidos durante toda su vida, pendientes de si acabarían en el cielo o en el infierno.

Para esta mentalidad la moral cristiana se podría comparar a un juego de premios y sanciones. La vida empieza cuando entra la bolita metálica por la parte superior de la máquina y recorre su trayecto tropezando aquí y allá, ganando y perdiendo puntos. Al final se suman los puntos obtenidos y, si se ha superado un cierto límite, se obtiene el premio y si no, se pierde la partida. Lo mismo sucedería con la moral cristiana: se van sumando pecados y aciertos y al final, si se ha quedado por encima de un cierto límite, se va al cielo y, si no, al infierno.

Teniendo esta imagen como punto de referencia parece claro que hemos avanzado mucho: se han superado las restricciones excesivas y se ha difundido en la sociedad una mentalidad mucho más abierta y libre. Avanzar ha significado entonces liberarse de esas normas externas y caprichosas que parecían haber sido inventadas y difundidas por gentes de mentalidad estrecha con el ánimo de tener sujeto a todo el mundo. Como ilustra un conocido chiste, esa mentalidad sería la de aquella señora que decía que «todo lo bueno engorda o es pecado». Una mentalidad con trasfondo más o menos masoquista que encontraba gozo en prohibirlo todo, especialmente lo que tuviera que ver con el triunfo, el dinero y el placer. Esa moral parece definitivamente superada. Han caído las prohibiciones y las represiones y se ha demostrado que no pasa nada: el mundo sigue rodando tranquilamente.

Una vez que se ha logrado superar ese montón de preceptos, para la mayoría, el único principio moral que queda es la buena intención. Expresión máxima de que una persona es buena y de que obra bien es que tenga buena intención. Si se tiene buena intención, ya basta. Luego cada uno puede hacer y opinar lo que quiera, siempre que deje a su vecino hacer otro tanto.

Después, lo que cada uno quiera hacer con su vida es un tema privado. Pertenece a la esfera de su intimidad y nadie tiene derecho a entrar allí sin permiso. Nadie puede erigirse en juez de la moral del vecino. Cada uno es libre de pensar lo que quiera, siempre que no moleste, o por lo menos, que no moleste más de lo que se le molesta a él. Nadie tendrá derecho a poner otras restricciones que las que nacen de los conflictos de derechos. Y para eso está el Estado, que se encarga de establecer el equilibrio entre los derechos de los particulares cuando entran en conflicto. Para que la convivencia sea posible, es suficiente regular un mínimo y encontrar el punto justo. Para todo lo demás, basta la buena intención.

Es cierto que hay cosas que, a primera vista, parecen estar mal para todos, independientemente de lo que opinen o de su buena o mala intención. Por ejemplo, la mayoría considerará malo matar a un niño, pegar sin motivo a un anciano, hacer sufrir a un animal o contaminar un río. Sería complicado, sin embargo, justificarlo; es decir, argumentar por qué es malo. Probablemente, sólo lograríamos llegar al acuerdo de que parece malo; o si preferimos un razonamiento utilitarista podríamos decir que es malo porque, si se difundiera esa manera de comportarse, la convivencia se haría insoportable. En este sentido parece malo que cualquiera pueda maltratar a otro simplemente por capricho o contaminar un río porque le apetece. Seguramente la vida social sería difícil si cualquiera nos pudiera pegar en la calle simplemente porque le apetece y le parece correcto. Así no podríamos vivir. Por eso la legislación de cualquier país penaliza al que pega a otro ciudadano sin motivo.

En este caso, el principio se puede justificar con razones prácticas; pero en otros no. Resultaría difícil argumentar, por ejemplo, por qué es malo maltratar a un animal: por qué no debe uno maltratar a su perro si le apetece y no molesta a nadie. Se puede decir que parece malo y quizás, argumentar que es mejor que no se acostumbre a maltratar animales porque puede acabar maltratando personas. Pero este argumento no parece muy sólido. Además está abierto a una casuística interminable: «¿y si sólo lo maltrato un poco?…».

En definitiva, por este camino todo lo que podríamos decir es que la moral consiste en un conjunto mínimo de normas acordadas para hacer posible la convivencia humana: los dos últimos siglos de investigaciones éticas no parecen ir más allá, aunque lo dicen de un modo más bonito, extenso y complejo.

(Seguimos aquí: lo que sí es la moral)

Lo que sí es la moral

En realidad, la moral no tiene nada que ver con todo esto. O, para ser más precisos, tiene muy poco que ver. Tiene poco que ver con las opiniones, con los sistemas de normas, con las buenas intenciones y con los equilibrios de la convivencia. Tampoco es lo contrario; simplemente no es eso. Pero no nos vamos a entretener en ver por qué no es eso: nos llevaría muy lejos y serviría de poco. Basta con advertir al lector que aquí no tratamos de eso. Así ya está preparado para lo que va a venir, y no le sorprenderá tanto que, con las mismas palabras, se esté hablando de algo diferente.

Si hubiera que dar una definición sencilla de lo que es la moral, de lo que esta palabra significaba cuando se inventó, se podría decir que moral es el arte de vivir. Sin más.

Vale la pena explicar un poco los términos de esta breve definición. La moral es un arte como es un arte la pintura, la escritura, saber vender, tocar el piano o tallar la madera. Por arte se entiende el conjunto de conocimientos teóricos y técnicos, las experiencias y las destrezas que son necesarias para desempeñar con maestría una actividad.

Conocimientos teóricos, conocimientos técnicos, experiencias y destrezas: todos estos componentes son necesarios en cualquier arte. Para tocar el piano, por ejemplo, se requieren conocimientos teóricos de música; algunas técnicas que enseñan el modo de poner y mover los dedos, etc.; la experiencia propia sobre cuándo y cómo y en qué modo se hacen mejor las cosas; las destrezas o habilidades físicas que se han adquirido a base de ejercicio (la práctica de mover los dedos, de leer la música, etc.).

Y para llegar a ser un maestro –para tener maestría–, se requiere dominar todos los elementos teóricos y prácticos del arte: de nada sirve, por ejemplo, saber cómo se toca el piano si nunca se han puesto las manos en uno; tampoco basta saber poner las manos y tener agilidad en los dedos si no se es capaz de leer el pentagrama.

La moral es, en este sentido, un arte; pero no el arte de tocar el piano o de tallar la madera o de pintar al óleo, sino el arte de vivir bien. Y ¿qué quiere decir aquí vivir bien? La respuesta es simple: vivir bien quiere decir vivir como es propio de un hombre, como le corresponde a un ser humano. Así, del mismo modo que la pintura es el arte de pintar, la moral es el arte de vivir como un ser humano.

El asunto puede resultar chocante: estamos diciendo que es necesario un arte para vivir como hombre del mismo modo que es necesario un arte para pintar. A primera vista parece que no hace falta nada especial para vivir como hombre: basta ser hombre y seguir viviendo como siempre; basta con dejarse llevar espontáneamente. Y es cierto, para vivir, basta dejarse llevar. Pero para vivir bien o para vivir como le corresponde a un ser humano no basta. Para los animales basta, pero para los hombres no basta.

Los animales viven desde luego espontáneamente. Y no necesitan que nadie les enseñe a vivir; simplemente viven. Quizás aprenden de sus progenitores algunas estrategias para conseguir su alimento o para defenderse, pero poco más. Viven de acuerdo con sus instintos y viven bien. No necesitan ninguna preparación. No necesitan ningún arte; les basta con dejarse llevar.

Pero el hombre es un ser especial; es un ser libre. Libre quiere decir, entre otras cosas, que está mucho menos condicionado por sus instintos; pero por eso mismo necesita aprender muchas cosas que los animales saben por instinto, y otras muchas que los animales no conocen de ninguna manera y que son propias del hombre.Necesita ser educado para vivir como hombre. Si no es educado así vive como un animal mal preparado. Esto en el mejor de los casos, porque lo normal es que, sin educación, no pueda ni siquiera sobrevivir. El niño nace tan desprotegido por la naturaleza que no puede hacer casi nada por sí mismo. El recién nacido no es capaz siquiera de buscar el alimento que necesita: está ciego, no coordina sus movimientos, no sabe andar…. Los primeros meses hay que hacérselo todo; después hay que enseñárselo todo.

En comparación con todas las especies animales, el patrimonio instintivo del hombre es desproporcionadamente pequeño: no sabe casi nada y no puede hacer casi nada. Si no ha sido expresamente educado, el hombre no sabe, por ejemplo, qué debe comer. Si un niño pequeño –y también un adulto– se pierde en una selva, no sabe distinguir lo que puede comer y lo que no; no sabe cómo cazar ni dónde tiene que buscar alimento en la tierra. Por sí solo ni sabe ni aprende a encontrar alimentos, ni a prepararlos, ni a defenderse, ni siquiera a andar: necesita la compañía y la enseñanza de otros seres humanos adultos para aprender estas cosas tan elementales.

Además, necesita aprender lo que es propio del hombre: necesita a prender a hablar y a escribir; a tratar a los demás y a comportarse en la convivencia; y mil cosas más. Si no se le educa, no despliega sus capacidades. Si no hay un ambiente en que se hable, no aprende a hablar; si no se le enseña a andar erguido, anda agachado; si no vive en un medio culturalmente estimulante, no despliega ninguna vida cultural: ni gusto artístico, ni sensibilidad musical, ni siquiera refinamiento gastronómico. Todo debe ser transmitido y sólo puede hacerlo un ambiente humano suficientemente rico y estimulante. Las capacidades del hombre vienen dadas con su naturaleza, pero el despliegue de esas capacidades necesita educación.

Entre las capacidades humanas, la más importante y la más característica del hombre es la libertad. Es la capacidad humana que hay que educar con mayor atención. Educar a un hombre no es sólo enseñarle a caminar, comer, hablar; ni siquiera instruirle y transmitirle conocimientos de las ciencias y de las artes. Educar a un hombre es, sobre todo, enseñarle a usar bien de la libertad; a usar de su libertad como es propio de un hombre.

El hombre no sabe por instinto cómo debe usar de su libertad. Tiene cierta inclinación natural a usarla bien como la tiene también para hablar y caminar, pero necesita educación. Tiene que aprender poco a poco lo que un hombre debe hacer y lo que debe evitar: qué es lo conveniente para un hombre y qué es lo inadecuado.

Y ahora podemos entender mejor lo que es la moral, lo que significaba esta palabra cuando se empezó a usar. Acabamos de decir que la libertad es la principal característica del ser humano. Pues bien, la moral, que es el arte de vivir como hombre, se puede definir también como el arte de usar bien de la libertad. Un arte que cada hombre necesita aprender para vivir dignamente.

Es un arte porque necesita, como todo arte, conocimientos teóricos y prácticos: conocimientos que hay que recibir de otros, y hábitos que sólo se pueden adquirir por el ejercicio personal. Es muy parecido, aunque más complicado e importante, que el arte de tocar el piano: son necesarios conocimientos y habilidades: teoría y práctica: principios y hábitos.

Primero son necesarios los conocimientos: tenemos que aprender de otros seres humanos cómo debe comportarse un hombre. Y también son necesarios los hábitos, porque no basta saber teóricamente cómo hay que comportarse; además, hace falta la costumbre de comportarse así. Como señala el viejo dicho, el hombre es un animal de costumbres. No es sólo cerebro; no es sólo un ser que piensa. Por eso, no basta pensar las cosas y querer hacerlas para hacerlas realmente: hay que poder hacerlas. Es muy importante detenerse a considerar esto.

Si fuéramos sólo mentes bastaría pensar una cosa y tomar una decisión para hacerla. Pero la experiencia diaria enseña que no somos así. Hay muchas cosas que nos gustaría hacer y decidimos hacer pero que no hacemos. Algo se interpone entre la decisión de nuestra mente y la ejecución. Para llevar una decisión a la práctica, necesitamos lo que ordinariamente se llamafuerza de voluntad: una especie de puente o de correa de transmisión que ejecuta lo que decidimos. Cuando esa fuerza de voluntad falla, decidimos pero no hacemos.

La experiencia enseña también que esta fuerza de voluntad varía de unos hombres a otros y tiene mucho que ver con las costumbres o hábitos que cada uno tiene. Se puede ilustrar bien con un ejemplo. Para levantarse puntualmente, al oír el sonido del despertador, no basta haber decidido levantarse, además hace falta tener la costumbre de levantarse. El mero querer no es bastante ordinariamente. Es verdad que, si hay motivos excepcionales, cualquier persona se levanta puntual, aunque no tenga esa costumbre. Pero ordinariamente quien no tenga esa costumbre, fallará muchas veces aunque se haya propuesto lo contrario.

La persona que se pone a trabajar enseguida, tiene esa buena costumbre que le facilita el trabajo. En cambio, quien se acostumbra a retrasarse porque no le apetece empezar, tiene esa mala costumbre que le dificulta el trabajo. El que tiene la buena costumbre tiene bien la transmisión entre lo que decide en su mente y lo que realiza: consigue trabajar cuando decide trabajar. En cambio, a quien no tiene esa costumbre, le falla la transmisión: habitualmente no consigue trabajar aunque se lo proponga. Al cabo de los años la diferencia entre tener o no esa buena costumbre es enorme: miles y miles de horas de trabajo: la eficacia de una vida.

«El hombre es un animal de costumbres». Las costumbres hacen o deshacen a un hombre. Refuerzan la libertad o la eliminan. Quien tiene la costumbre de levantarse puntual lo puede hacer siempre que quiera: se levantará a la hora que decida. Quien no tiene esa costumbre no tiene esa libertad: aunque decida levantarse a una hora determinada, nunca estará seguro de si va a ser o no capaz.

Por eso, la formación moral consiste en adquirir los conocimientos necesarios y también las costumbres o hábitos que permiten al hombre vivir bien, dignamente, como un hombre. Proporcionan al hombre coherencia entre lo que quiere y lo que puede hacer. Le dan el conocimiento y la libertad de obrar como hombre. Por eso la moral tiene mucho que ver con conocer y practicar las buenas costumbres.

La palabra moral viene del latín, de la palabra mos-moris, que significa precisamente costumbre. En su significado antiguo y siempre válido, la moral es el arte de las buenas costumbres; es decir, de las costumbres que son buenas para el hombre, de las costumbres que le van bien, de las costumbres que le dan madurez y perfección.

Si recapitulamos ahora las tres definiciones de moral que hemos dado hasta ahora, veremos que son coherentes. Primero hemos definido la moral como el arte de vivir bien, de vivir como le corresponde a un ser humano. Después hemos visto que lo que caracteriza al ser humano es la libertad. Por eso, la moral se puede definir también como el arte de educar la libertad. Y, finalmente hemos visto que la educación de la libertad consiste sobre todo en adquirir buenas costumbres. Por eso se puede afirmar que la moral consiste en conocer, practicar y adquirir las buenas costumbres, las que permiten al hombre vivir como corresponde al ser humano.

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2 comentarios en “Qué es y qué no es la moral (1)

  1. Yo me voy a fijar en las características de la acción moral.

    Una acción humana para ser considerada de tipo moral tendrá las siguientes características:
    .es aquella que se realiza, ajustándose a un código o conjunto de normas y valores morales, las cuales designan lo que debe ser considerado como moralmente bueno o malo, egoísta o generoso, etc.

    • Este código moral no debe ser impuesto por la sociedad a las personas, sino que el individuo lo debe poder elegir libremente, por ejemplo, yo debo ser libre de elegir si acepto moralmente la eutanasia o no, no se me puede imponer mi forma de valorar ciertas cuestiones. Por este motivo, la moral es, sobre todo, una cuestión individual. Podemos definir la libertad como la capacidad de la voluntad humana para elegir y decidir.

    • El hecho de ser libre cuando actúo, es de total importancia a la hora de ser valorada moralmente una acción porque, si la realizo libremente, entonces soy responsable moral de lo que hago y de lo que dejo de hacer. La responsabilidad, es la obligación de responder acerca de nuestros actos. En este sentido, si las acciones de una persona se ajustan a las normas morales existentes en una sociedad, se la considera moralmente buena, etc. pero, si por el contrario, una persona conoce las normas y valores morales de una sociedad y, a pesar de ello, las transgrede, entonces estamos ante un individuo inmoral.

    DECIDIR

    • Llegamos así, a una condición fundamental para que podamos juzgar si un individuo actúa moralmente bien o no, que sepa lo que hace, sólo de esta forma, podemos decir que actúa libremente y que, por lo tanto, es responsable de sus actos.
    Efectivamente, a diferencia de los animales, que actúan movidos por sus instintos, el ser humano es un ser moral precisamente porque es racional, es decir, cuando actúa, sabe lo que hace, elige entre varias posibilidades de acción o los medios para conseguirlo, se propone un fin concreto, analiza y valora los pros y los contras, juzga, si le conviene o no, es incluso capaz de preveer con anticipación las posibles consecuencias o resultados, etc. En conclusión, cuando una persona actúa racionalmente y lo hace, además, libremente, es por ello que podemos aplicarle valores morales a su acción (generoso o egoísta, justo o injusto, etc.).

    • Dado que las personas no viven aisladas, sino que son ciudadanos de una comunidad, no sólo son responsables de sus propios actos y para consigo mismos sino, también, de su repercusión en las personas con las que convivo. Por ello, la moralidad tiene también una dimensión social.
    Nacemos en una sociedad que posee una serie de normas, creencias, ideas, valores, prohibiciones, pautas de conducta, etc. que caracterizan su forma de vida. Nuestras acciones morales se dan en sociedad, en nuestra convivencia con los demás, quienes las aprueban o las rechazan en función de estas normas y valores válidos para todos. Por ello, el ser humano necesita convivir con los demás para desarrollarse como ser moral. No obstante, como ya hemos dicho, el individuo debe interiorizarlas, es decir, debe reconocerlas como suyas, no como algo impuesto desde fuera, de modo que las cumpla de modo libre, conscientemente y habiéndolas pensado racionalmente.

    Nos encontramos, en conclusión que, a diferencia de los animales que se rigen por unas pautas instintivas que no les permiten elegir su modo de actuar, el ser humano, por el contrario tiene libertad de acción, esto es, puede elegir y decidir por propia voluntad, cómo actuar. Esta libertad no es total, está condicionada por su naturaleza genética y por el medio sociocultural, la época y el lugar en el que vive. Pero aún así, le queda bastante libertad para decidir racionalmente cómo actuar, lo cual, le convierte en responsable moral de sus actos.

    Finalmente, decía el filósofo griego Aristóteles que “la virtud moral es un hábito” ¿qué quería decir?. Veamos, un hábito es un comportamiento que se repite, una forma de actuar estable. Según Aristóteles, “un solo acto no hace a uno virtuoso”, es decir, una persona no se convierte en generosa porque un día dé limosna a un necesitado o sincera porque un día dijo la verdad. Por el contrario, la virtud moral hay que conquistarla en el día a día, habituándose a actuar bien, repitiendo actos generosos o sinceros y es, este hábito, lo que me convierte en una persona buena, sincera, honrada, etc.
    Pero esta actitud permanente a actuar bien no es fácil de conseguir, requiere:
    • conocer lo que se debe hacer
    • y tener voluntad para hacerlo

    A lo primero te va a ayudar la Ética, lo segundo, lo tendrás que poner tú.

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