El que está solo, está en mala compañía

triste.jpg¡Qué liberación interior cuando se presta una atención ponderada al juicio ajeno sobre uno mismo! Semejante actitud es más fácil cuando no se está solo, cuando uno se deja acompañar en el camino de la vida cristiana, y expresa con sinceridad y deseos de ser ayudado las dificultades encontradas en el ámbito de la castidad. Cuando se intenta ser sincero con Dios y consigo mismo gracias a la dirección espiritual, se reconocen claramente los afectos que no provienen de Dios. No se trata ya de asuntos profesionales o familiares que son de estricta incumbencia del interesado, sino de la vida de relación con Dios; cada persona posee el libre albedrío y necesita la ayuda de su semejante: el que está solo, está en mala compañía. El acompañamiento espiritual facilita seguir los consejos recibidos, especialmente cuando conllevan un corte radical, y en seco, de contactos con personas cuya influencia no hace feliz ni acerca a Dios, acudiendo a medios ordinarios o, a veces, extraordinarios, hasta llegar incluso –si fuera necesario para el alma– al alejamiento geográfico.
La infidelidad no se produce repentinamente: en primer lugar, el amor se enmohece debido a una serie de pequeñas imprudencias consentidas tácitamente o a dejar de preocuparse por el cónyuge. Por desgracia, personas que se separan después de unos años de matrimonio, reconocen con demasiada frecuencia que en el origen de la ruptura ha habido un encadenamiento de pequeños descuidos que degradaron poco a poco su relación; a continuación, con la facilidad con que uno toma una pastilla de aspirina, viene el divorcio. ¿En qué terrenos es fundamental estar atento a esas insignificancias? La vigilancia lleva a huir de las ocasiones en las que sería difícil evitar el pecado… (G. Derville en “Amor y desamor”)

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