Que tu corrección nazca siempre del amor y nunca del enfado

moderacion educacion.jpg

Que tu corrección nazca siempre del amor y nunca del enfado. Muchas veces la gente censura a otros no por el error cometido, sino porque les molesta. En lugar de mostrarse disconformes con las faltas que condenan, disfrutan —al menos inconscientemente— volcando en alguien su mal genio. No corrijas jamás por enemistad o por soberbia. No está bien recordar a otros constantemente sus defectos, simplemente porque tú eres virtuoso. «No tienes consideración» suele interpretarse como «yo que siempre soy considerado». Una corrección que no brote de la caridad no puede estar justificada ante Dios.

No permitas nunca que la reprimenda degenere en agravios o insultos, ni que contenga algo capaz de herir u ofender. Los abusos, en lugar de corregir o hacer más humilde, despiertan un odio secreto y muy amargo. Cuando la gente responde al abuso con el abuso, da una imagen totalmente indigna del ser humano.
La corrección nacida de un corazón que ama y administrada con amabilidad obtendrá su fruto. La música del amor, tanto si se escucha en el suave tono del elogio como en las notas más severas de la corrección, nunca deja de recibir amor a cambio. Afirma san Pablo que debemos corregir de manera verdaderamente fraternal. «Hermanos, si a alguien se le sorprendiera en alguna falta, vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, fijándote en ti mismo, no vaya a ser que tú también seas tentado».
Ten la suficiente comprensión para valorar qué reacción es probable que se genere en la otra persona y disponte a hacerle frente. A la naturaleza humana le cuesta aceptar las correcciones. En la mayoría de los casos, una humillación hiriente puede causar una amargo resentimiento y una honda ira, o provocar el desprecio y la consiguiente indiferencia. Ni una cosa ni otra lograrán el bien deseado.
Si te mueve un auténtico amor a Dios y al prójimo, reprenderás con amabilidad. Quien reciba tu corrección notará la ternura que caracteriza a la santidad. Nada atrae con tanta fuerza el corazón del hombre como las manifestaciones de amor. San Pablo aconseja corregir al que se descarría, y no juzgarlo ni castigarlo: «Vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre»; y exhorta a reprender «como a un hermano»: «Vosotros, hermanos, en cambio, no os canséis de hacer el bien. Y si alguno no obedece lo que os decimos en nuestra carta, a ese señaladle y no tratéis con él, para que se avergüence; sin embargo, no lo consideréis como un enemigo, sino corregidle como a un hermano». Cuando amonestes a otro, lograrás más fruto si te acercas a su naturaleza sensible con la ternura de Cristo. Elogia generosa y magnánimamente sus buenas cualidades, no con ánimo de adular, sino para dejar constancia de lo bueno que realmente existe en él, y es probable que lo potencies, si no hubiera otros obstáculos. Habla brevemente pero con claridad de lo que es reprensible. No vale de nada extenderse en lecciones ni en sermones. Al amonestado no le llevará mucho tiempo comprender cuál es tu intención.
Que aquel a quien corriges se dé cuenta de que te limitas a hacer recomendaciones por su bien y para que pueda crecer su influencia, y que dejas a su discreción si servirse o no de tu consejo. Bien sabes que, si sucediera al revés y fueras tú quien recibiese una justa corrección, querrías que te trataran con consideración. Para esta delicada obra de caridad necesitas la guía del Espíritu Santo. Por eso dice san Pablo: «Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo. Porque si alguno se imagina que es algo, sin ser nada, se engaña a sí mismo. Que cada uno examine su propia conducta, y entonces podrá gloriarse solamente en sí mismo y no en otro; porque cada uno tendrá que llevar su propia carga».
—Empieza elogiando. Si tienes algo que criticar, comienza por elogiar y reconocer lo bueno con sinceridad. Siempre es más fácil oír lo que nos desagrada después de haber escuchado alabar nuestras cualidades. No utilices métodos expeditivos. Señala los defectos del otro con tacto.
—Habla de tus fallos antes de criticar los ajenos. No cuesta tanto escuchar cómo recitan tus faltas si quien te critica comienza admitiendo humildemente que también él dista mucho de ser impecable.
—Pregunta en lugar de impartir órdenes directas. Esto hace más fácil que una persona enmiende su error, mantiene a salvo su orgullo y le proporciona un sentimiento de importancia, animándole a colaborar y a no rebelarse.
—Protege la fama del otro. Muchas veces pisoteamos los sentimientos ajenos yendo a lo nuestro, acusando, amenazando, o criticando a un niño o a un adulto en presencia de terceros, sin tener en cuenta el daño que infligimos a su orgullo. Pararse unos minutos a pensar, decir una o dos palabras amables, y una auténtica comprensión hacia la actitud del otro harán mucho por aliviar el resquemor.
—Elogia la más mínima mejora. El elogio, y no la condena, mueve a la otra persona a seguir mejorando.
Reconoce la buena reputación del otro, cuyas expectativas debe cumplir, y hará un gran esfuerzo para no defraudarte. Si quieres que alguien mejore en un determinado aspecto, actúa como si poseyera ya esa característica. Presupón y afirma que ya cuenta con la cualidad que pretendes que desarrolle. Casi todos, pobres y ricos, están a la altura de la fama de honradez que se les reconoce.
Infunde aliento. Haz que el defecto que quieres corregir parezca fácil de enmendar y deja ver que lo que deseas que haga el otro no es difícil de llevar a cabo. Dile a tu hijo, a tu marido o a un amigo que es un incompetente y que lo hace todo mal, y habrás destruido prácticamente cualquier estímulo para la mejora. Pero si infundes sin reservas ánimo en el otro, si haces que la cosa parezca fácil y le das a entender que confías en su capacidad, se esforzará todo lo posible por triunfar. (L. G. Lovasik en “El poder oculto de la amabilidad”)

Anuncios

3 comentarios en “Que tu corrección nazca siempre del amor y nunca del enfado

  1. De los consejos concretos de Jesús y de otras enseñanzas evangélicas sobre la caridad se desprenden algunos rasgos característicos del modo en que ha de practicarse la corrección : visión sobrenatural, humildad, delicadeza y cariño.

    Por ser una advertencia con una finalidad sobrenatural —la santidad del corregido—, conviene que quien corrige discierna en la presencia de Dios la oportunidad de la corrección y la manera más prudente de realizarla (el momento más conveniente, las palabras más adecuadas, etc.) para evitar humillar al corregido. Pedir luces al Espíritu Santo y rezar por la persona que ha de ser corregida favorece el clima sobrenatural necesario para que la corrección sea eficaz.

    Es oportuno también que la persona que corrige considere con humildad en la presencia de Dios su propia indignidad y se examine sobre la falta que es materia de la corrección. San Agustín aconseja hacer ese examen de conciencia, pues con frecuencia percibimos con facilidad en los demás precisamente los puntos que más nos faltan a nosotros mismos: “Cuando tengamos que reprender a otros, pensemos primero si hemos cometido aquella falta; y si no la hemos cometido, pensemos que somos hombres y que hemos podido cometerla. O si la hemos cometido en otro tiempo, aunque ahora no la cometamos. Y entonces tengamos presente la común fragilidad, para que la misericordia, y no el rencor, preceda a aquella corrección”.

    La delicadeza y el cariño son rasgos distintivos de la caridad cristiana y también, por tanto, de la práctica de la corrección . Para asegurar que esa advertencia es expresión de la caridad auténtica, importa preguntarse antes de hacerla: ¿cómo actuaría Jesús en esta circunstancia con esta persona? Así se advertirá más fácilmente que Jesús corregiría no sólo con prontitud y franqueza, sino también con amabilidad, comprensión y estima una muestra concreta de delicadeza será hacer la advertencia prescindiendo de todo aquello —comentarios o bromas— que pueda perturbar el clima sobrenatural en el que la corrección se realiza.

    Al practicar la corrección ha de evitarse la posible tendencia al anonimato. Esta inclinación desaparece en el que corrige cuando, con la gracia de Dios, hace un acto concreto de lealtad y piensa en la comunión de los santos. La lealtad le llevará a corregir a la cara, sin fingimientos ni rebajas, con la franqueza de quien busca el bien del otro y la santidad de la Iglesia. La necesaria firmeza en la corrección no es incompatible con la amabilidad y la delicadeza: quien corrige ha de ser como una “maza de acero poderosa, envuelta en funda acolchada”.

    Las materias que son objeto de corrección abarcan todos los aspectos de la vida del cristiano, pues todos ellos constituyen su ámbito de santificación personal y del apostolado de la Iglesia. Cabe señalar de modo general los siguientes puntos: 1) hábitos contrarios a los mandamiento de la ley de Dios y a los mandamientos de la Iglesia; 2) actitudes o comportamientos que chocan con el testimonio que un cristiano está llamado a dar en la vida familiar, social, laboral, etc.; 3) faltas aisladas cometidas, en el caso de constituir un grave menoscabo para la vida cristiana del interesado o para el bien de la Iglesia.

    Al recibirla, importa saber mantener una actitud adecuada que se resume en estos aspectos: visión sobrenatural, humildad y agradecimiento. Al recibir la corrección, es razonable que la persona corregida acepte la corrección con agradecimiento, sin discutir ni dar explicaciones o excusas, pues ve en el que corrige a un hermano que se preocupa por su santidad. En los casos en que ante una corrección brote la irritación o el disgusto del fondo del alma, convendrá meditar las palabras de San Cirilo: “La reprensión, que hace mejorar a los humildes, suele parecer intolerable a los soberbios”La prudencia aconseja en esos casos meditar en la presencia de Dios sobre la corrección recibida para penetrar todo su sentido; y, en el caso de no entenderla, para pedir consejo a una persona prudente (el sacerdote, el director espiritual, etc.) que le ayude a comprenderla en todo su alcance.

    Los frutos de la corrección

    Son numerosos los beneficios de la práctica de la corrección , tanto para el que la recibe como para el que la hace. Como acción concreta de la caridad cristiana tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Supone además el ejercicio de muchas virtudes: la caridad, la humildad, la prudencia; mejora la formación humana haciendo a las personas más corteses; facilita el trato mutuo entre las personas, haciéndolo más sobrenatural y, a la vez, más agradable en el aspecto humano; encauza el posible espíritu crítico negativo, que podría llevar a juzgar con sentido poco cristiano el comportamiento de los demás; impide las murmuraciones o las bromas de mal gusto sobre comportamientos o actitudes de nuestro prójimo; fortalece la unidad de la Iglesia y de sus instituciones a todos los niveles, contribuyendo a dar mayor cohesión y eficacia a la misión evangelizadora; garantiza la fidelidad al espíritu de Jesucristo; permite a los cristianos experimentar la firme seguridad de quienes saben que no les faltarán la ayuda de sus hermanos en la fe: “El hermano ayudado por su hermano, es como una ciudad amurallada”.
    (Basado en un artículo de Almudi)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s