“Dejadas todas las cosas”: o la entrega incondicionada

El Amor de Dios a los hombres es incondicionado. (Algunos ejemplos: la forma en que se entrega la naturaleza, la vida… El ejemplo de Dios en la Historia de la salvación… el de Oseas y la prostituta… el de del pacto de Dios con Abrahán: unilateral).

Por eso, Nuestra respuesta no debe admitir tampoco condiciones: amor con amor se paga: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente: este es el mayor y primer mandamiento (Mt 22,37‑38). En efecto, Jesús no se satisface compartiendo: lo quiere todo (Camino, 155). No importa si poco o mucho, todo. (Ejemplo de maderas de diversa calidad en la hoguera del amor, al final todo es lo mismo: cenizas). Dios pide a algunas personas -explícitamente- una entrega total (Camino, n. 170:  ¡Qué claro el camino!… ¡Qué patentes los obstáculos!… ¡Qué buenas armas para vencerlos!… —Y, sin embargo, ¡cuántas desviaciones y cuántos tropiezos! ¿Verdad? —Es el hilillo sutil —cadena: cadena de hierro forjado—, que tú y yo conocemos, y que no quieres romper, la causa que te aparta del camino y que te hace tropezar y aun caer. —¿A qué esperas para cortarlo… y avanzar?), como ocurrió en el caso de los Apóstoles: venid conmigo, y yo os haré pescadores de hombres (Mc 2,17)… Y ellos bajando de la nave a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron (Lc 5,11). Y ante esa llamada, el que la escuche ha de contestar también explícitamente: Aquí estoy, porque me has llamado (1 Sam 3,6).

San Juan de la Cruz escribe en la Subida al Monte Carmelo«Estas imperfecciones habituales son: como una común costumbre de hablar mucho, un asimientillo a alguna cosa que nunca acaba de querer vencer, así como a persona, a vestido, a libro, celda, tal manera de comida y otras conversacioncillas y gustillos en querer gustar de las cosas, saber y oír, y otras semejantes.

Cualquiera de estas imperfecciones en que tenga el alma asimiento y hábito, es tanto daño para poder crecer e ir adelante en virtud, que, si cayese cada día en otras muchas imperfecciones y pecados veniales sueltos, que no proceden de ordinaria costumbre de alguna mala propiedad ordinaria, no le impedirán tanto cuanto el tener el alma asimiento a alguna cosa.

Porque, en tanto que le tuviere, excusado es que pueda ir el alma adelante en perfección, aunque la imperfección sea muy mínima. Porque eso me da que una ave esté asida a un hilo delgado que a uno grueso, porque, aunque sea delgado, tan asida se estará a él como al grueso, en tanto que no le quebrare para volar. Verdad es que el delgado es más fácil de quebrar; pero, por fácil que es, si no le quiebra, no volará. Y así es el alma que tiene asimiento en alguna cosa, que, aunque más virtud tenga, no llegará a la libertad de la divina unión» (Subida del Monte Carmelo, I, 11, 4; BAC 15, 13ª ed, 1991, pg 284; la negrita es mía).

Ante este panorama, tú y yo qué vamos a hacer? Cómo nos vamos a empeñar por hacer realidad esta entrega sin condiciones (porque aunque lo habitual es que no sea total, siempre es incondicional) en todas las circunstancias de nuestra vida:

  • Sientes más alegría. Pero esta vez se trata de una alegría nerviosa, un poco impaciente, acompañada de la sensación clara de que en ti algo se desgarra en sacrificio… Escúchame bien: aquí en la tierra, no hay felicidad completa. Por eso, ahora, inmediatamente, sin palabras y sin victimismos, ofrécete en oblación a Dios, con un entregamiento total y absoluto.(Surco, n. 71).
  • Examen personal profundo para descubrir, con sinceridad, detalles en los que debemos mejorar nuestra entrega, haciéndola realmente plena: Examina con sinceridad tu modo de seguir al Maestro. Considera si te has entregado de una manera oficial y seca, con una fe que no tiene vibración; si no hay humildad, ni sacrificio, ni obras en tus jornadas; si no hay en ti más que fachada y no estás en el detalle de cada instante…, en una palabra, si te falta Amor… – Si es así, no puede extrañarte tu ineficacia. ¡Reacciona enseguida, de la mano de Santa María! (Forja, n. 930).
  • Fe y docilidad cuando en la dirección espiritual nos señalan aspectos en los que podemos ser más generosos: como el barro en manos del alfarero… ¡Dejar que Dios haga!

Otras entradas en el blog que hacen referencia a la entrega:

 

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Un comentario en ““Dejadas todas las cosas”: o la entrega incondicionada

  1. Al final de mi reflexion, quiero hablar brevemente del camino hacia el descubrimiento de nuestra vocación, según la voluntad de Dios. En la familia −el mejor ministerio vocacional− aprendemos a descubrir nuestra vocación. ¿Cómo se convierte un niño en esposo y padre?

    La pregunta del proceso de discernimiento es muy importante. No estamos preguntando sobre mis sentimientos ni emociones, habilidades, ni mucho menos mi conveniencia. Las preguntas grandes durante el tiempo de discernimiento serán: ¿Qué aporta grandeza y plenitud a mi vida? ¿Dónde puedo encontrar la mejor forma para entregarme a Dios y mi prójimo?

    Si queremos contestar estas preguntas y descubrir la voluntad de Dios para nosotros, necesitamos mirar la vida de Cristo, y especialmente la presencia de su madre y maestra, María. Ella puede ser el modelo a seguir en el camino. Cuando la imitamos, cumplimos el plan para el que fuimos creados.

    Mirando a María podemos descubrir algunas prácticas que nos pueden ayudar a generar en nosotros la disposición para la entrega al Señor.
    Las palabras de María en Nazaret nos ayudan a purificar el corazón. María siempre busca hacer la voluntad de Dios, no lo que le agrada a ella. En su diálogo con Gabriel, recibe el anuncio sin condiciones. A diferencia de Zacarías, ella entra inmediatamente en una misión que sobrepasa sus habilidades. No está simplemente “abierta” a la voluntad de Dios: su oración es : “He aquí… Hágase en mí”. Ser abierta a seguir la voluntad de Dios no es suficiente. Imitando a María, necesito manifestar mi disponibilidad y mi obediencia, cada día.
    Una primera práctica que puede ayudar a los que se están en proceso de discernimiento de la voluntad de Dios es la repetición y meditación diarias de las palabras de María. Si queremos ser proactivos y preguntárselo al Señor, podemos encontrar luz en el Fiat (el Ángelus) y el Magnificat. En un sentido podríamos decir que hemos sido creados para proclamar a diario la grandeza del Señor en nuestra debilidad y pobreza. La oración del Ángelus forjará en nosotros la buena disposición para aceptar la venida de Dios en nuestras vidas: Hágase en mí según tu palabra.

    Cuando Dios quería hablar con María, mandó mensajeros. Envió su arcángel Gabriel a Nazaret. Más tarde, mandó sueños a San José. María aprendió a entender la voz de Dios por medio de la mediación de un ángel o a través de los sueños de su esposo.
    Dios habla a través de las mediaciones. Cuando queremos ofrecer nuestra entrega radical al Señor, puede que queramos oír voces claras, o encontrar la voluntad de Dios en la soledad de nuestra oración personal. María nos recuerda que muchas veces Dios habla con nosotros en la familia, o a través de nuestro director espiritual. Para discernir bien necesitamos confiar en alguien que nos ayudará a elegir lo que es más perfecto y da más gloria a Dios. Encontramos ejemplos de estas mediaciones en San Juan Pablo II y el papa Francisco. En el primer caso, algunas familias ayudaron al estudiante y trabajador polaco y tuvieron un papel decisivo en su vocación. En el caso del papa Francisco, fue un sacerdote desconocido quien le ayudó con una confesión.

    La vida de María es un peregrinaje en la fe. Gabriel no le contó todo, solo el primer paso: “Serás la madre de Dios”. A lo largo de toda su vida, a María solo se le dijo cuál era el siguiente paso. Por el gobernador romano sabía que tenían que ir a Belén, por los sueños de José entendió que deberían escapar a Egipto y luego volver. Dios no nos abruma con nuestra vida entera, nos revela nuestra misión poco a poco. En el discernimiento necesitamos mucha paciencia. Muchas veces queremos que Dios nos lo cuente todo, aquí y ahora. María nos enseña a mirar el siguiente paso: el siguiente paso puede ser una visita a un centro de formación, empezar la dirección espiritual, o asistir a un retiro espiritual. El Señor nos invita a este peregrinaje de fe junto con María.

    En su itinerario de siguientes pasos, María creció en obediencia y aceptación de la voluntad de Dios, hasta su entrega total al pie de la cruz. En el tiempo de discernimiento necesitamos tomar decisiones, para crecer poco a poco en obediencia y gratitud. En este proceso, estamos invitados a hacer pequeños promesas al Señor: “No sé cuál es tu voluntad sobre toda mi vida, Señor, pero sí sé que me quieres liberar de tal o cual esclavitud. Por lo tanto prometo…”. A través de estas promesas, empiezo a ofrecer al Señor mi pasado, mi presente y mi futuro.

    Nuestra entrega al Señor en nuestra vocación será la promesa más grande de nuestra vida: votos de matrimonio, votos religiosos de perfección o la promesa de la ordenación sacerdotal. Estas promesas enormes necesitan preparación. Como el de María, nuestro camino de discernimiento está llamado a ser un itinerario de promesas.

    ¿Qué llegará a ser este niño?” Porque la mano del Señor estaba con él..Nadie es más grande que San Juan Bautista. Su vida −transformada desde el principio por la presencia de María y Jesús− fue plenamente viva. Cuando estuvo todavía en el vientre de su madre Isabel, el Bautista ya fue capaz de reconocer la visita de su Señor. San Juan demuestra que la verdad de la familia y la verdad de Cristo son una sola. Proclamó a Jesucristo el Esposo que viene a esposarse con el nuevo pueblo de Israel, la Santa Iglesia. Al mismo tiempo, amonestó el rey por su unión ilícita con la mujer de su hermano. Necesitamos nuevos “Juanes el Bautista”, apóstoles valientes, dispuestos a defender la verdad de Jesucristo, la sacralidad de la vida y la belleza del matrimonio.

    San Juan murió por la verdad del matrimonio y como mártir de Cristo. En su entrega radical al Señor, encontramos un ejemplo de la invitación del papa Francisco a unir misericordia y verdad. No escondió la verdad a Herodes, sino que habló con misericordia hasta el punto que al rey le gustaba escucharle y le temía, sabiendo que era un hombre recto y santo. “Os digo: Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan”.
    Señor, ¡Hágase Tu Voluntad¡.

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