«Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo»

cielo.jpgLa recompensa que Dios nos concede mientras vivimos en este mundo no es sino un anticipo de la que nos tiene reservada al final de nuestra vida. El cielo es la recompensa plena y definitiva con la que Dios retribuye todo el bien que hemos hecho aquí en la tierra. Es una parte de la propia felicidad de Dios: una pequeña gota de su dicha, de la felicidad que mana de su Corazón. En este mundo la recompensa que obtiene el amor está hecha muchas veces de multitud de gotas amargas, como la ingratitud, la malicia, los motivos malentendidos y el maltrato que recibe la amabilidad. En la eternidad, sin embargo, el alma estará colmada de dulzura.El cielo es parte de la gloria de Dios. Aquí en la tierra, la bondad, lo que hay de más noble en el corazón, no goza de los mismos honores que se prodigan al genio, al aristócrata, al famoso. Pero en la eternidad el alma amable recibe la recompensa merecida. Así la describe el libro de la Sabiduría: «En el Señor está su recompensa y el Altísimo se cuida de ellos. Por eso recibirán de manos del Señor la dignidad real y una diadema hermosa». Llegada la hora, a quienes hayan cumplido el mandamiento grande del Divino Maestro se les permitirá tomar parte en la gloria del Padre y del Hijo, como está recogido en la oración de Jesús: «Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad».
En la tierra, el hombre amable ha sacrificado buena parte de su tiempo para servir, ayudar y agradar al prójimo. Con su esfuerzo, sus privaciones y el olvido de sí mismos, muchos han restado meses, e incluso años, a su propia vida, siguiendo el ejemplo del Amor encarnado: «En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos». La recompensa al amor es una eternidad en la que vivir, amar y gozar en las tareas del amor. «La caridad nunca acaba». Igual que Dios sobrevive a toda vida, así la caridad sobrevive a todas las cosas: al poder, la ciencia, el arte y la belleza de este mundo. El hombre caritativo también vive para siempre, porque el cielo es un pedazo de la eternidad de Dios. Es la posesión de Dios. A todas las almas buenas y amables el Señor les dice: «Tu recompensa será muy grande». En palabras de san Juan, «el que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él». El Amor eterno se entrega a la persona que en este mundo ha entregado su pobre amor humano a sus hermanos. Llevas en tu alma el amor eterno, que es una riqueza y una bendición inmensas: una vida cuya existencia es eterna. Si el amor humano es grande, el Amor infinito de Dios es mil veces mayor, como el resplandor del sol al lado de una vela temblorosa.
El Señor no se dejará ganar en generosidad y, en premio a tus actos de caridad, te concederá gracias numerosas a cambio del servicio que le hayas prestado a Él en la persona de sus hermanos más pequeños. En la familia de Dios, todos somos hermanos, y Jesús nuestro Hermano mayor. Cada vez que eres amable, estás sirviendo a Jesús; y, al mismo tiempo, Jesús actúa en tu alma a través de su gracia para embellecerla y santificarla. Pero su mayor recompensa será una reserva inagotable de méritos en su Reino y, sobre todo, la posesión eterna de Dios. Poseerás al Dios del amor por haberle amado a Él en la persona del prójimo.
Santa Catalina de Génova dijo en una ocasión: «Si los hombres supieran de qué modo recompensará el Señor en la otra vida el bien que hacemos en esta, nuestra inteligencia, nuestra memoria y nuestra voluntad estarían ocupadas únicamente en las buenas obras, cueste lo que cueste llevarlas a cabo».
Por eso, solo tienes motivos de gozo si buscas la recompensa que te aguarda por tu amabilidad y tu consideración, por tu disposición a ayudar, tu desprendimiento, tu generosidad y gentileza. «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos», afirma san Juan. Y el mismo Señor te dice: «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». (L. G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad)

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7 comentarios en “«Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo»

  1. Hola …pensar que hay un cielo igual que hay un infierno es lo que mos hace ser.mejores personas él deseo de que al final de muestra vida halla algo más. Es la esperanza del alma que mos mueve a ser mejores hasta sin darmos cuenta,hasta la persona que no creen en Dios piensa que tiene que haver algo más que compense lo que sufrimos aquí. ..Aveces el alma anda coja porque se queda sólo en hacer cosas buenas .pero se olvida De Dios de poner ésas pequeñas jaculatorias que hacen que la entrega a los demás. La.renuncia de uno mismo por otras personas alcancé todo su valor por que Dios esta.presente. Sé que sin intentar vivir todos los mandamientos cualquier acto de caridad se queda corta porque los mandamientos son el abecedario de toda vida espiritual y la.base de.toda obra.y entrega a los demás. Si mos paramos a pensar en muestra vida en si todos los trabajos son actos de servicio a los demás que hacemos como cargas por dinero .Pero con un Solo cambio pequeño en muestra manera de verlo, en muestro interior si cambiáramos la palabra castigo al realizarlos por Amor a los demás. Seguramente cambiaria muestra forma de llevar la carga del trabajo y de la vida en general……Si podemos crear un trocito de cielo en la tierra, con la gente que esta a muestro lado no hace falta ir de misiones mi grandes obras porque cada día se puede convertir en entrega a los demás ,..,cuidándonos,con alegría,apoyándonos en los momentos difíciles. Creo que podremos conseguir un poquito de esa felicidad que algún día Dios en él cielo la multiplicara hasta él infinito. ….adiós

  2. Siempre nos hace bien leer y meditar las Bienaventuranzas. Jesús las proclamó en su primera gran predicación, a orillas del lago de Galilea. Había un gentío tan grande, que subió a un monte para enseñar a sus discípulos; por eso, esa predicación se llama el “sermón de la montaña”. En la Biblia, el monte es el lugar donde Dios se revela, y Jesús, predicando desde el monte, se presenta como maestro divino, como un nuevo Moisés. Y ¿qué enseña? Jesús enseña el camino de la vida, el camino que Él mismo recorre, es más, que Él mismo es, y lo propone como camino para la verdadera felicidad. En toda su vida, desde el nacimiento en la gruta de Belén hasta la muerte en la cruz y la resurrección, Jesús encarnó las Bienaventuranzas. Todas las promesas del Reino de Dios se han cumplido en Él.

    Al proclamar las Bienaventuranzas, Jesús nos invita a seguirle, a recorrer con Él el camino del amor, el único que lleva a la vida eterna. No es un camino fácil, pero el Señor nos asegura su gracia y nunca nos deja solos.

    Somos miembros de ese honorable cortejo, somos Cuerpo Místico y herederos del tesoro de la Iglesia que es la Comunión de los Santos, a través de la cual queda establecido un vínculo constante y recíproco de amor entre los bienes que reciba cualquier miembro. ¡Cuántas gracias y dones nos alcanzarán los santos mediante su intercesión! ¡cuántos hermanos, algunos de ellos conocidos, y otros en el más absoluto anonimato, profundizaron en Cristo y caminaron junto a Él hacia la Patria! La misma senda que encontraron ellos ante sus pies, la encontramos nosotros en nuestros días, unas veces llana y otras empedrada.

    Dispongámonos a emprender este viaje. El Camino es sólo uno, Cristo. No necesitamos equipaje, sólo unas instrucciones que Él mismo nos entregó allá en la montaña, donde nos subió, una vez más, para mostrarnos el corazón del Evangelio, el programa de vida de todo cristiano: las Bienaventuranzas.

    Me pregunto si lo que escucharon los discípulos allá en lo alto del monte, era lo que esperaban oír. Cristo, que ya les había conquistado con sus enseñanzas y sus sanaciones, había despertado en ellos una especie de añoranza, añoranza de felicidad, de dicha, de paz, en definitiva, de Dios. “Jesús, dinos cómo asemejarnos más a ti. ¡Parece que nada te turba! Dinos, ¿dónde está ese Reino del que tanto nos hablas? ¿Cómo podemos encontrarlo? ¿Dónde se halla?”

    Los que seguían a Cristo habían experimentado su amor y sentían la inquietud de buscar el Reino de Dios. Nosotros, detengámonos en este punto y preguntémonos: ¿cuánto conozco yo a Jesús? ¿Le sigo de modo que despierte en mí el deseo de buscar el Reino de Cristo? ¿Me maravillan su presencia, sus palabras, sus acciones? Para poder profundizar en las bienaventuranzas hay que subir primero la montaña siguiendo a Cristo. No se escoge un camino ascendente si no es porque realmente, en la cumbre, se espera alcanzar el éxito. Por eso, me imagino la sorpresa de sus discípulos al escuchar las pautas para alcanzar tan deseado éxito, ¡nada que ver con sus expectativas! Y es que el Reino de Cristo no es de este mundo; para hallarlo, tenemos que vencer al mundo. Cristo ya lo ha hecho y es el auténtico Bienaventurado.

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