«Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia»

alegria.jpgEl amor fraterno está íntimamente ligado al perdón de los pecados, que es una de las recompensas más sublimes de la caridad: «Ante todo, mantened entre vosotros una ferviente caridad, porque la caridad cubre la multitud de los pecados», dice san Pedro. La caridad juega un papel decisivo ante el tribunal de Dios. El sacramento de la Penitencia carece de eficacia si no hay amor en el corazón del penitente. Por otro lado, muchos pecados veniales se pueden expiar solo por amor, y buena parte de lo que reclama la justicia divina lo podemos satisfacer sin la confesión.De todos los actos de penitencia que puedes llevar a cabo —estén o no vinculados al sacramento de la Penitencia—, las obras de caridad son, sin duda, las que más agradan a Dios, más edifican al mundo y mayor beneficio espiritual aportan a quien las realiza. «Hermanos míos», dice Santiago, «si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su extravío salvará su alma de la muerte y cubrirá sus muchos pecados». Después de la confesión, no dejes nunca de llevar a cabo algún acto de caridad que demuestre tus buenas disposiciones. Todas las noches haz una obra amable, como la de expresar tu sincero deseo de perdonar y olvidar las ofensas, o la de rezar por quienes te hayan ofendido.
La hora de la muerte será muy ingrata para quien, a lo largo de su vida, no haya conocido ni la caridad ni la compasión. Pero el hombre cuyo corazón esté lleno de bondad y amor será admitido en el reino divino del amor. La mirada de Dios no se fijará en sus flaquezas y pecados, sino en su caridad y en sus buenas obras. «Porque quien no practica la misericordia tendrá un juicio sin misericordia. La misericordia, en cambio, prevalece frente al juicio», señala Santiago. No hay mejor manera de prepararse para la muerte —excepto evitar el pecado mortal— que fomentando en el corazón el espíritu de amor, el cual prácticamente te obligará a ejercitarte en los pensamientos, las palabras y las obras amables. «Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia», dice el Señor. (L. G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad)

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5 comentarios en “«Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia»

  1. El Antiguo Testamento, para hablar de la misericordia, usa varios términos; los más significativos son los dehesedyrahamim. El primero, aplicado a Dios, expresa su incansable fidelidad a la Alianza con su pueblo, al que ama y perdona eternamente. El segundo,rahamim, se puede traducir como “entrañas”, y nos recuerda en concreto el seno materno y nos hace comprender el amor de Dios por su pueblo, como es el de una madre por su hijo. Así nos lo presenta el profeta Isaías: ¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré! (Is 49,15). Un amor de ese tipo implica dejar sitio al otro dentro de uno, sentir, sufrir y alegrarse con el prójimo.

    En el concepto bíblico de misericordia se incluye lo concreto de un amor que es fiel, gratuito y sabe perdonar. En Oseas tenemos un hermoso ejemplo del amor de Dios, comparado con el de un padre hacia su hijo: Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Pero cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí; […] ¡Y yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por los brazos! Pero ellos no reconocieron que yo los cuidaba. Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer (Os 11,1-4). A pesar de la actitud equivocada del hijo, que bien merecería un castigo, el amor del padre es fiel y perdona siempre a un hijo arrepentido. Como vemos, en la misericordia siempre está incluido el perdón; no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por su hijo. […] Proviene de lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón (Misericordiae Vultus, 6).

    El Nuevo Testamento nos habla de la divina misericordia (eleos) como síntesis de la obra que Jesús vino a cumplir en el mundo en nombre del Padre (cfr.Mt9,13). La misericordia de nuestro Señor se manifiesta sobre todo cuando se inclina sobre la miseria humana y demuestra su compasión hacia quien necesita comprensión, curación y perdón. Todo en Jesús habla de misericordia, es más, Él mismo es la misericordia.

    En el capítulo 15 del Evangelio de Lucas podemos encontrar las tres parábolas de la misericordia: la de la oveja perdida, la moneda perdida y la que conocemos como la del hijo pródigo. En esas tres parábolas nos impresiona la alegría de Dios, la alegría que siente cuando encuentra al pecador y le perdona. ¡Sí, la alegría de Dios es perdonar! Ahí tenemos la síntesis de todo el Evangelio. Cada uno de nosotros es esa oveja perdida, esa moneda perdida; cada uno de nosotros es ese hijo que ha derrochado la propia libertad siguiendo ídolos falsos, espejismos de felicidad, y lo ha perdido todo. Pero Dios no nos olvida, el Padre nunca nos abandona. Es un padre paciente, nos espera siempre. Respeta nuestra libertad, pero permanece siempre fiel. Y cuando volvemos a Él, nos acoge como a hijos, en su casa, porque jamás deja, ni siquiera por un momento, de esperarnos, con amor. Y su corazón está de fiesta por cada hijo que regresa. Lo celebra porque es alegría. Dios tiene esa alegría cuando uno de nosotros pecadores va a Él y pide su perdón.

  2. D. Rafael no me encuentro bien, siento muchísimo el no poder colaborar durante unos días, pero recordaré sus intenciones de manera especial y la conferencia sobre ideología de género. Saludos

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