La crítica destructiva desprestigia, ataca, destruye y lo arruina todo

evita la critica destructiva.jpgLa crítica destructiva es una de las peores formas de faltar a la caridad: quien la lleva a cabo desprestigia, ataca, destruye y lo arruina todo. Va en contra de todo y de todo desconfía. Es víctima de un orgullo y una envidia ocultos: embiste contra lo que hacen otros porque él no es capaz de hacerlo, o porque puede restarle la estima de los demás.
Haces crítica destructiva cuando te apresuras a echar un jarro de agua fría sobre planes y proyectos; cuando eres incapaz de reconocer que alguna tarea se está haciendo bien; y cuando no descubres ni un solo rayo de esperanza en la situación de este mundo. Tu pesimismo deja poco espacio a la esperanza y la alegría. Aunque solo respondas a una parte de esta descripción, acabarás convirtiéndote en una compañía ingrata a pesar de no expresar en voz alta tu opinión.
Restar importancia a los logros, la reputación o las habilidades de otros es una de las formas más insidiosas que adoptan el orgullo y la vanidad en el carácter de los hombres. Este defecto suele ir unido a una pretendida humildad.
No es lo mismo la costumbre de minusvalorar a los demás que la discusión rigurosa y crítica acerca de los méritos o el carácter de otros. La crítica objetiva, así como la expresión de las opiniones personales acerca de los logros ajenos, amplían la mente del hombre. 

Minusvaloras a los demás si acostumbras a buscar qué cosas criticar en ellos antes de pensar en qué decir de bueno; si tiendes a encontrar más defectos a algo cuantos más elogios recibe de otros; si consideras inteligente oponerte siempre a todo, dejando ver que lo que te interesa no es la crítica sincera, sino atraer la atención sobre ti.
Benjamín Franklin, algo escaso de tacto en su juventud, llegó a ser tan diplomático en su trato con la gente que le nombraron embajador de Estados Unidos en Francia. El secreto de su éxito residía en su política de «no hablar mal de nadie, y sí de lo bueno que conozco de cada persona».
La crítica destructiva es una necedad, porque bastante tenemos con superar nuestras limitaciones para preocuparnos de que a Dios no le haya parecido conveniente repartir equitativamente el don de la inteligencia. Y es inútil, porque pone al hombre a la defensiva y suele llevarlo a intentar justificarse. Cuando estés tentado de criticar a alguien, recuerda que la crítica es como las palomas, que siempre regresan a donde las alimentan. Probablemente la persona a quien vayas a corregir y condenar se justificará y, a su vez, te condenará a ti. Noventa y nueve veces de cada cien el hombre no se critica a sí mismo, por mucho que se haya equivocado. Quien hace algo mal culpa a todo el mundo menos a él. Así actúa la naturaleza humana.
Quejarse es una forma de crítica airada que se manifiesta en una constante protesta, en un rencor y un resentimiento insistentes o en repetidas reivindicaciones. Es una de las señales infalibles de la autocompasión, de la falta de una sana generosidad de espíritu que disculpe las limitaciones ajenas. Quienes se quejan se defienden diciendo que cualquiera haría lo mismo si tuviera que soportar lo que ellos soportan.
Eres una persona quejosa si, al menos una vez al día, reivindicas lo mismo con palabras acusadoras; o si sacas a relucir el pecado o la falta cometidos hace mucho tiempo por otros cada vez que surge una disputa o un malentendido; o si rara vez pasa un día sin que te quejes de algo que te desagrada. Si tienes tendencia a quejarte, debes aprender a ser humilde, agradecido y clemente.
En tu trato con los demás, recuerda que las personas no son criaturas de la lógica, sino criaturas de la emoción, erizadas de prejuicios y movidas por el orgullo y la vanidad. No te permitas la más pequeña crítica hiriente, por muy convencido que estés de que es justificada. Despertarás un resentimiento que puede durar toda una vida.
En lugar de condenar a los demás, intenta comprenderlos. Todos los necios son capaces de criticar, condenar y lamentarse, y la mayoría lo hace. Pero para ser comprensivo y para perdonar se necesitan carácter y autodominio.
Procura pensar por qué la gente hace lo que hace: es mucho más provechoso que la crítica y fomenta la comprensión, la tolerancia y la amabilidad. Puedes acostumbrarte a fijarte primero en lo bueno de cualquier tarea o actividad y, solo después, en sus fallos e imperfecciones. Te harás un gran favor a ti y se lo harás a tus amigos si te decides a buscar lo positivo que hay en este mundo y en las personas, y a hablar de ello de vez en cuando. Si Dios no tiene intención de juzgar a los hombres más que al final de sus días ¿por qué vas a hacerlo tú? (L. G. Lovasik en “El poder oculto de la amabilidad”)

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8 comentarios en “La crítica destructiva desprestigia, ataca, destruye y lo arruina todo

  1. “Si necesitas recibir halagos y palmaditas en la espalda de todo el mundo, estás convirtiendo a todo el mundo en tu juez particular”, Fritz Perls

    Las críticas son afiladas como dagas y certeras como flechas. Unas atacan de frente, otras nos sorprenden por la espalda. Cuando dan en el blanco tienen la habilidad de provocar profundas heridas, de las que en vez de sangre, brotan todo tipo de emociones. Todos hemos sentido su afilado aguijón. Nuestro pulso se acelera. El rubor tiñe nuestras mejillas y colorea nuestras orejas. Nos invaden la ira, la vergüenza, la impotencia, la inseguridad, la imperiosa necesidad de rebatir…un auténtico tsunami emocional que puede resultar terriblemente devastador. No en vano, las críticas suelen atacar directamente a nuestra identidad, a nuestra credibilidad, a nuestro estilo de vida o a nuestras creencias más arraigadas. Y tienen la mala costumbre de enquistarse en nuestro interior, saboteando nuestras conductas y nuestras relaciones. De ahí la importancia de aprender a analizarlas y a gestionarlas de manera más constructiva.

    Las críticas son tan versátiles como un camaleón. Incluso hay empleos dedicados íntegramente a su perfección, difusión y disfrute. Se trata de una actividad tan aceptada como aplaudida socialmente. Somos adictos a dar nuestra opinión, y esta tendencia tan generalizada da forma a nuestra realidad. Cuando algo no se ajusta a nuestra manera de ver las cosas, lo despreciamos a base de lengua viperina. En muchas ocasiones, no es más que envidia mal encubierta, o una forma de distraer la atención. En otras, un hábito que adquiere la categoría de malsano. Los críticos son maestros del cuchillo y amantes de la disección, y en un momento u otro, todos hemos encarnado ese rol. Incluso puede que hayamos disfrutado con ello. Pero lo único que evidencian las críticas excesivas son, en compañía, la falta de conversación sustancial. Y en el cara a cara, la imposibilidad de aceptar, asumir, comprender, respetar o apoyar una manera de hacer las cosas que no se corresponde con nuestra larga lista de ‘debería’, ‘tendría que’ y ‘se supone’.

    Eso sí, solemos considerar que las que nosotros proponemos son ‘constructivas’. Todas las que recitamos a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo… ¿Pero realmente merecen esa definición? Tal vez sea el momento de preguntarnos ¿Para qué sirven? ¿Qué resultados obtenemos con ellas? ¿A dónde nos conducen? Y, tal vez lo más importante: ¿En qué persona nos convierten?

    “Lo que condenas de los demás suele ser lo que rechazas de ti mismo”, Sigmund Freud

    A pesar de sus consecuencias tóxicas, la crítica también cumple una importante función. Su objetivo principal consiste en emitir una valoración tras el análisis o estudio de una situación o conducta determinada. Y es precisamente este proceso el que nos ayuda a construir nuestro propio criterio. Así, la crítica tiene un papel clave en nuestro desarrollo como seres humanos. Resulta tan útil como necesaria. El problema radica en que no nos solemos limitar a hacer una valoración determinada. Necesitamos verbalizarla, compartirla, tratar de que la otra persona acepte o reconozca que tenemos ‘la razón’ en nuestro análisis. De un modo u otro, tratamos de validar nuestro criterio con la opinión –o la rendición– ajena.

    Se trata de una inercia adictiva, y no son pocos quienes ejercen la crítica como un modo de imponer su criterio a los demás. La paradoja reside en que suelen ser precisamente estos adictos a la crítica quienes tienen menos tolerancia a una dosis de su propia medicina. Las personas más susceptibles y, por lo tanto, más vulnerables al juicio ajeno, son por lo general las que menos se aceptan a sí mismas. A nivel consciente –o inconsciente– rechazan partes de su psique o personalidad, y por lo tanto es mucho más fácil que se sientan identificados o heridos ante cualquier crítica. Incluso cuando ésta se autodefine como ‘constructiva’. Al fin y al cabo, una crítica ‘constructiva’ no es más que un juicio de valor cuya ‘intención’ es ayudar a quien lo recibe. Así, el elemento que diferencia una crítica ‘constructiva’ de una ‘destructiva’ es fundamentalmente la intención o motivación con la que se formula. Pero si no trabajamos la forma en la que expresamos esa crítica la intención pasa a un invisible segundo plano, dando cabida a infinidad de malentendidos e interpretaciones erróneas.

    De ahí la importancia de cuidar las palabras que utilizamos. Incluir fórmulas del tipo ‘En mi opinión’, ‘Si me permites la observación’ o ‘Te invito a que valores la posibilidad de’ maximizando el respeto y minimizando las expresiones absolutistas, siempre resulta un buen comienzo. Pero la clave reside en atrevernos a cuestionar nuestras intenciones antes de formular esa crítica que guardamos en la recámara. En primer lugar, si no nos han pedido ayuda o no nos preguntan nuestra opinión, tenemos que ser conscientes de que entramos en terreno pantanoso. Y si optamos por seguir adelante, vale la pena preguntarnos si la planteamos porque queremos ayudar a esa persona… o porque queremos que esa persona se comporte de la manera que nosotros creemos que es mejor para ella. Al fin y al cabo, lo que creemos que es ‘bueno’ o ‘mejor’ para nosotros no tiene por qué serlo también para los demás, incluyendo nuestros allegados. Así, invitar a la reflexión o compartir puntos de vista puede ofrecernos resultados constructivos, pero menguar la confianza ajena sancionando verbalmente cualquier conducta o actitud que no encaja en nuestro patrón queda lejos de ayudar a nadie a cambiar nada.

    Llegados a este punto, tal vez resulte útil recordar cómo nos hemos sentido y de qué manera hemos respondido cuando hemos sido el objeto de alguna crítica. Por norma general, las que más nos afectan son las que nos dan las personas que más valoramos. Entonces, ¿Cuál es la mejor manera de gestionarlas? Y ¿En qué trampas emocionales solemos caer? Uno de los aspectos clave en la gestión de las críticas es lo que se suele llamar ‘identificación’. Podemos estar en desacuerdo con el criterio o la manera de actuar de una persona, pero eso no significa necesariamente que estemos en desacuerdo con esa persona como ser humano. Lamentablemente, solemos estar tan ‘identificados’ con lo que hacemos y decimos que a menudo olvidamos que somos mucho más que conductas puntuales y actitudes pasajeras. De ahí que reaccionemos con virulencia ante cualquier crítica. En última instancia, “lo que sucede es lo que es y lo que hacemos de ello es lo que somos”.

  2. Hola …En el mundo actual los críticos son grandes profesionales y muchos de prestigio.Restaurantes ,arte,televisión ,teatro ,de libros….Todo el que tiene un trabajo dedicado al público le importan las criticas porque según opinen del asunto te.pueden hacer famoso o hundirte un negocio. Creo que cuando se hace algo de cara.altos demás para ejemplo.o simplemente un programa de televisión se sabe que va haver criticas lo único que importa es como las aceptemos y si vemos solo una critica o algo donde se debe.mejorar. ….Yo. En personal (los demás tendrán la suya)no juzgo la persona por lo que hace juzgo el acto en si ,según lo que pienso,creo y parte por la educación.que tengo.Para mi los actos que son mornales en la sociedad para otro por sus creencias forma de pensar etc serán y recibirá la critica más atroz ….Nada (o casi nada)tiene una única parte absolutamente buena. Claro que hay muchas cosa,gente y demás que hacen cosas muy buenas.Por ejemplo:El padre Angel y Sor Lucia en Madrid por la ayuda a los niños y a los pobres por dejar dormir a los sin techo en los bancos de la iglesia y darles de comer. Y sin embargo reciben criticas de sus mismos “congéneres”por la forma de hacerlo .Si lo e entendido bien ….hay que criticar un acto malo y alabar en mayor medida lo bueno que se hace….Adios

  3. Estudios de la Universidad de Texas sugieren que personas “con actitudes positivas” envejecen más despacio que los pesimistas.
    Un equipo de investigadores que estudió 1.558 personas mayores ha relatado que las más alegres eran justo las menos frágiles.
    Los estudios consideraban que emociones positivas pueden afectar directamente la salud, alterando el equilibrio físico del cuerpo.
    En su último libro, “Exuberancia: La Pasión Por La Vida”, Kay R. Jamison celebra el “regalo de la exuberancia”, en la cual describe cómo la fuerza propulsora de la creatividad, liderazgo y de la propia supervivencia.
    “La exuberancia nos lleva a pensar y actuar de forma ligeramente distinta de la usual, y nos lleva a correr riesgos, tolerar sufrimientos y reveses, los cuales seríamos incapaces de afrontar”, escribe Jamison.
    “Ella nos posibilita, o nos regala, optimismo para creer en el futuro y en las posibilidades e importancia de aquello lo que somos y de lo que hacemos; nos obliga a penetrar en la grande arena de la vida.”

    Entonces para que perder minutos preciosos en la vida, dejando de ser alegres. De por si, que la vida es corta… entonces vivamos con alegría y recordemos que la única fuente de la verdadera alegría es el Señor. Nos volvemos a Él y la vida tendrá otro matiz.

      1. ¿Cómo podemos definir la alegría? En una primera aproximación podemos decir que la alegría o gozo es el descanso en la posesión del bien amado, y esta alegría es tanto mayor cuanto más grande es el bien amado y más clara la conciencia de su posesión. Y puesto que lo más noble que podemos amar, después de Dios, es al mismo hombre, la felicidad está estrechamente relacionada con la amistad con Dios y con los demás. Por eso, por el mismo motivo que Dios hizo al hombre para la felicidad, lo creó para el amor.

        Esta felicidad, que deriva del amor, se da originariamente en Dios, porque Él mismo es amor entre las tres divinas personas. «En realidad ―escribe Benedicto XVI― todas las alegrías auténticas, ya sean las pequeñas del día a día o las grandes de la vida, tienen su origen en Dios, aunque no lo parezca a primera vista, porque Dios es comunión de amor eterno, es alegría infinita que no se encierra en sí misma, sino que se difunde en aquellos que Él ama y que le aman. Dios nos ha creado a su imagen por amor y para derramar sobre nosotros su amor, para colmarnos de su presencia y su gracia. (…) Jesús quiere introducir a sus discípulos y a cada uno de nosotros en la alegría plena, la que Él comparte con el Padre, para que el amor con que el Padre le ama esté en nosotros (cf. Jn 17,26). La alegría cristiana es abrirse a este amor de Dios y pertenecer a Él» (Mensaje para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud, 2012)

    1. Si te encuentras ante – ¡imaginemos! – ante un ateo, y éste te dice que no cree en Dios, tú puedes leerle una biblioteca entera, donde está escrito que Dios existe y también probar que Dios existe, y el ateo no tendrá fe. Pero si delante de este ateo das testimonio de coherencia de vida cristiana, algo comenzará a moverse en su corazón. Será precisamente tu testimonio lo que lo llevará a esa inquietud sobre la que el Espíritu Santo obra. Es una gracia que todos nosotros, toda la Iglesia debe pedir: “Señor, que seamos coherentes”.

      Entonces, es necesario rezar, porque para vivir en la coherencia cristiana es necesaria la oración, porque la coherencia cristiana es un don de Dios y debemos pedirla:

      “¡Señor, que yo sea coherente! ¡Señor, que yo jamás escandalice, que yo sea una persona que piensa como cristiano, que sienta como cristiano, que actúe como cristiano!”.

      Y que cuando caigamos por nuestra debilidad, que pidamos perdón. Todos somos pecadores, todos, pero todos tenemos la capacidad de pedir perdón. ¡Y Él jamás se cansa de perdonar! Tener la humildad de pedir perdón: “Señor, no he sido coherente. ¡Perdón!”. Ir adelante en la vida con coherencia cristiana, con el testimonio de aquel que cree en Jesucristo, que sabe que es pecador, pero que tiene el coraje de pedir perdón cuando se equivoca y que tiene tanto miedo de escandalizar. Que el Señor de esta gracia a todos nosotros
      -Papa Francisco-

  4. La vida me ha enseñado:
    que la gente es amable, si yo soy amable;
    que las personas están tristes, si estoy triste;
    que todos me quieren, si yo los quiero;
    que todos son malos, si yo los odio;
    que hay caras sonrientes, si les sonrío;
    que hay caras amargas, si estoy amargado;
    que el mundo está feliz, si yo soy feliz;
    que la gente es enojona, si yo soy enojón;
    que las personas son agradecidas, si yo soy agradecido.

    La vida es como un espejo:
    Si sonrío, el espejo me devuelve la sonrisa.

    La actitud que tome frente a la vida, es la misma que la vida tomará ante mí.
    “El que quiera ser amado, que ame”. -Gandhi

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