Cada día, intenta hacer feliz al menos a una persona. Si siembras obras amables, tu cosecha será perpetua

original

Una obra amable va casi siempre seguida de la felicidad interior. La felicidad del alma es la atmósfera en la que se llevan a cabo cosas grandes para Dios. Serás verdaderamente feliz si el amor de Dios se apodera de tu vida y te hace capaz de amar al prójimo. Aunque seas la más pobre de las criaturas, te habrás asegurado lo mejor que puede haber en esta vida. «Quien ama a su hermano permanece en la luz», dice san Juan. Cuando practiques la caridad, la luz de la felicidad inundará tu alma.

Un servicio fiel y desprendido, un amor que nunca se desgasta: ese es el secreto de la verdadera felicidad. La felicidad es un mosaico compuesto de multitud de pequeñas piedras. Las obras amables más insignificantes, los pequeños detalles de cortesía son cosas que, sumadas una a una, al llegar la noche han sido el secreto de un día feliz.
Cada día, intenta hacer feliz al menos a una persona. Todas las mañanas construye un refugio en el que guarecer a alguien del calor abrasador de la vida. Si no puedes realizar una obra amable, di una palabra amable. Si no puedes decir una palabra amable, ten un pensamiento amable. Y calcula, si es que eres capaz, el tesoro de felicidad que habrás reunido en una semana, en un año, ¡a lo largo de toda tu vida!
Es posible que no haya nada que cuente tanto en esta vida, nada cuyo recuerdo se conserve más tiempo y que más bendiciones reciba, que la cualidad del corazón: la amabilidad. Si siembras obras amables, tu cosecha será perpetua. Lo mejor de tu vida lo forman esas obras anónimas nacidas de tu amor y tu amabilidad. Procura que la amabilidad rija tu vida de tal modo que tu nombre quede grabado en los corazones de quienes te conocen, mejor que en una losa de mármol a la vista de extraños. (L. G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad)

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3 comentarios en “Cada día, intenta hacer feliz al menos a una persona. Si siembras obras amables, tu cosecha será perpetua

  1. No me sorprendió encontrar la afirmación del Dalái Lama de que su religión es la amabilidad. «En mi propia y limitada experiencia —añadía— he descubierto que cuanto más nos preocupamos por la felicidad de los demás, mayor es nuestro propio sentido de bienestar. Cultivar un sentimiento de proximidad afectuosa con los demás pone automáticamente la mente en orden. Ayuda a eliminar los miedos o inseguridades que podamos tener y nos da la fuerza para hacer frente a los obstáculos que encontremos. Es la principal fuente de éxito en la vida. Puesto que no somos sólo criaturas materiales, es un error poner todas nuestras esperanzas de felicidad sólo en el desarrollo externo. La clave es desarrollar la paz interior». La tradición budista es en esto del todo conforme con la gran tradición cristiana y con la experiencia universal de tantos seres humanos.

    Ser amable consiste, en este sentido, en anteponer el bienestar de los demás al beneficio propio. Frente al egoísmo innato del niño pequeño, su socialización familiar y escolar va encaminada a que haga suyo ese gran descubrimiento: su felicidad está en función de su atención a las demás personas que le rodean, de su capacidad de quererles, ayudarles, comprenderles y apoyarles.

    Vivimos en una sociedad que parece gozar a veces con el conflicto y la crispación. Al menos es la que nos presentan los medios de comunicación que se nutren tan a menudo de agresiones violentas, insultos soeces y crueles delitos. El que seamos amables unos con otros −dicen quizá− “no es noticia”, pero es lo que realmente más anhelamos quienes vivimos en sociedad. San Juan de la Cruz, hace mucho tiempo, enseñó aquello de «donde no hay amor, ponga amor, y sacará amor»: esa es en síntesis la amabilidad cordial que nos hace humanos.

    Defender la amabilidad no significa renunciar a la razonabilidad. Ser amables y ser razonables son las dos caras de una misma moneda: no pueden ir separadas, sino que han de crecer armónicamente. Ni la verdad está reñida con la amabilidad, ni el amor con la razonabilidad. La verdad tiene siempre buenos modales y el amor sabe encontrar a su vez las mejores razones, las más persuasivas, las más respetuosas con la razón de los demás y, por tanto, de ordinario también las más amables y eficaces.
    ¡Hagamos cada día feliz a una persona¡

    1. Me alegro Isabel, Creí que estabas con gripe, porque aquí hay mucha. No entiendo por qué habrías de acobardarte. Este es un blog religioso y puede entrar en él cualquier persona de buena voluntad si ese es su deseo. Como siempre, un abrazo.

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