El anhelo mayor y más profundo del hombre es la Vida

alanna-marie-heroLas obras amables llevadas a cabo por amor a Dios cuentan con el poder de hacerte verdaderamente santo.
 
—La amabilidad te lleva a ser amigo de Jesús, que ha dicho: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado». Ser amable significa compartir el espíritu de Jesús, que da vida a toda santidad. La amabilidad hará de ti un hijo de Dios entregado, como te recuerda el Señor: «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos». Y san Juan dice: «Queridísimos: amémonos unos a otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor», lo que significa que el amor al prójimo no es sino otra forma del amor de Dios; a su vez, san Pablo enseña que el amor es el cumplimiento de la ley.
—Las obras amables conducen a Dios. Cualquier paso que das en el camino de la amabilidad es una zancada que te acerca a Él. Como dijo san Juan Clímaco, «toda criatura es una escalera hacia Dios».—La amabilidad te ayuda a despojarte de tu egoísmo. Dado que se basa en motivos generosos, tiende a crear hábitos desinteresados, que te disponen para los motivos más elevados del amor divino. Debes pisotear tu egoísmo: de otro modo, tus avances hacia la virtud y la unión con Dios se detendrán. Las acciones amables te hacen generoso en el sacrificio. Están constantemente ocupadas, como la bondad de Dios, allí donde no existe esperanza de obtener recompensa. Igual que Dios actúa siempre para su gloria, así las acciones amables, cuando son habituales, suelen hacerse solo por Él y permanecen escondidas. Muchas veces Dios las premia procurando que no reciban pago, para que así busquemos solo en Él la recompensa. Por eso, la amabilidad es el camino más fácil, y quizá el más seguro, para llegar a la humildad. Los hombres orgullosos, generalmente, no suelen ser amables. Si la humildad te hace amable, la amabilidad te hace humilde, y va acompañada de mucha gracia: de la gracia suficiente para ser santo.
—La amabilidad te instruye en la verdadera sabiduría. En palabras del apóstol Santiago, «la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, y además pacífica, indulgente, dócil, llena de misericordia y de buenos frutos, imparcial, sin hipocresía. Los que promueven la paz siembran con la paz el fruto de la justicia». La sabiduría que el amor concede al hombre no es ordinaria, sino que «viene de lo alto». La filosofía del mundo se desentiende del dolor y la felicidad del ser humano: tiene como único objetivo la solución de sus propios problemas. «Y aunque tuviera el don de profecía», dice san Pablo, «y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, no sería nada».
Posees la auténtica sabiduría si practicas la caridad. La sabiduría perfecta es más que palabras: es acción y es vida. El calor del corazón se convierte casi espontáneamente en luz y guía para la mente. El hombre verdaderamente amable nunca será tan limitado en sus juicios como el que carece de caridad, por muy dotado o muy instruido que este sea. El amor eleva al hombre por encima de los problemas y las necesidades de su existencia, y le proporciona una visión más amplia y completa de las cosas. Los santos, incluso los humildes y sencillos, suelen contar con una visión sorprendentemente clara y nítida de las cuestiones del conocimiento humano y divino. «Quien ama a su hermano permanece en la luz y no corre peligro de tropezar», dice san Juan.
Cuanto más amables somos, más cerca estamos de la sabiduría del Amor eterno. Podríamos incluso decir que el amor no es más que uno de los pensamientos de Dios —cuya profundidad nuestra razón ni conoce ni sospecha— que vive en el corazón del hombre. Según Faber, «está plenamente justificado decir que la caridad es la visión más profunda de la vida, y la que más cerca se halla de la visión de Dios; y que, por eso, es también no solo la visión más veraz, sino la única totalmente veraz. Los pensamientos amables son a la criatura lo que la Ciencia divina es al Creador. Encarnan la verdad más profunda, más pura, la mayor verdad que nosotros, criaturas engañosas, somos capaces de alcanzar sobre otros o sobre nosotros mismos».
—La vida es la recompensa mayor y más valiosa de la caridad, y el anhelo mayor y más profundo del hombre es la vida: una vida en constante crecimiento, más intensa y eterna. Lo que el hombre llama vida —comer, dormir, trabajar, descansar, divertirse y desear— no es vida en absoluto. Tampoco se fortalece ni se enriquece pensando, soñando o leyendo, ni la experiencia de la belleza la hace más intensa ni más rica. Cualquier sensación nos da y nos quita una parte de nuestra energía vital. La vida meramente natural, a pesar de ser el regalo de un amor que siempre le infunde fuerza, no se basta a sí misma: algún día se acabará. Solo el amor la hace más plena y la robustece.
El alma posee una vida sobrenatural, una existencia inmortal. San Juan habla a menudo de la «vida eterna» y afirma que hemos «nacido de Dios», haciendo hincapié en la íntima relación entre la vida y la caridad: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte».
La caridad tiene mucho en común con la vida divina: al igual que esta, no se halla bajo el influjo del tiempo. Todos los planes, los pensamientos y las obras de la vida eterna de Dios son amor eterno. «La caridad nunca acaba», dice san Pablo. «Las profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, la ciencia quedará anulada». Aunque la vida sobrenatural del alma no es idéntica al hábito de la caridad que Dios ha derramado en nosotros, para poder alcanzarla, así como para conservarla y aumentarla, es condición indispensable el amor a Dios y al prójimo. Solo el amor puede decir: «Creo en la vida eterna». Solo quien ama a Dios y a los hombres tiene vida en él: una vida semejante a la de esa semilla que debe ser sepultada en la oscuridad de la tierra, pero que volverá a salir… hacia la luz eterna.
Estas son las recompensas a una caridad generosa que cita san Pablo: la alta estima de los valores espirituales, una gran pureza de vida, un juicio benévolo a la hora de la muerte, y la plena participación en la gloria y alabanza de Dios en el cielo por toda la eternidad: «Pido… para que sepáis discernir lo mejor, a fin de que seáis puros y sin falta hasta el día de Cristo, llenos de los frutos de justicia que proceden de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios». Merece la pena meditar las recompensas a la caridad que menciona san Pablo. Pide, en primer lugar, «que sepáis discernir lo mejor». Mediante el ejercicio de la caridad, tu conocimiento de lo que exige la perfección cristiana será aún más nítido. La lucha por la santidad te parecerá más esencial y atrayente. En segundo lugar, pide «que seáis puros y sin falta». La caridad auténtica te hará capaz de evitar el pecado. Una conciencia sincera va inevitablemente seguida de una gran pureza de vida. En tercer lugar, promete a quienes sean ricos en caridad una ayuda de la gracia que les sostendrá para vencer los obstáculos de la vida diaria, de manera que lleguen a ser «puros y sin falta hasta el día de Cristo», el Día del Juicio, cuando Él obtenga Su victoria definitiva sobre el pecado. Por último, pide que estén «llenos de los frutos de justicia que proceden de Jesucristo». Este fruto es la santidad que alcanzarás con tu cooperación a la gracia recibida, de modo que puedas rendir «gloria y alabanza» a Dios en el cielo.
Estas magníficas y grandiosas recompensas a la caridad deben servirte de fuertes incentivos que te hagan desear que la caridad domine tu vida en la medida de lo posiblePídele a Jesús que el Día del Juicio te conduzca hasta la «gloria y alabanza de Dios», Su Padre, sobre todo porque has sido rico en caridad. Pídele un amor al prójimo que discierna cada día con más finura. (L. G. Lovasik en El poder oculto de la amabilidad)

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8 comentarios en “El anhelo mayor y más profundo del hombre es la Vida

  1. La amabilidad es una cualidad muy propias del género humano, pues ser amable significa ser digno de ser amado, lo cual es un producto cultural del hombre exclusivamente.
    Ser amable es ser cariñoso, afectuoso, gentil, cortés, agradable, servicial, afable, incluso gracioso y risueño, cualidades todas que son imprescindibles formar en los niños desde la más temprana edad.

    También es ser atento, brindar atención y respeto, sobre todo a los menos aptos o desvalidos. La amabilidad no nace con el individuo, este es impulsivo por naturaleza, y a ser amable y cortés se aprende en las más diversas actividades de la vida cotidiana.

    La amabilidad es una virtud que facilita de tal modo las relaciones interpersonales, que cuando ella está presente todo se hace fácil, grato. La amabilidad es fruto de una buena educación, que consigue con el tiempo moldear el carácter haciéndolo sin aristas, capaz de conciliar lo que se le presenta como hostil. Hay que apostar por este valor, que no es propia de los débiles. La amabilidad se va extendiendo indistintamente entre los hombres y mujeres. No es fácil ser siempre amable. La amabilidad exige un autocontrol que no es fruto precisamente de una actitud débil, sino por el contrario de una decisión firme de no querer dejarse dominar por los estados de ánimo.

    Características de la amabilidad.son:

    •La amabilidad está acompañada por el dominio propio
    •La amabilidad está acompañada por una actitud pacificadora
    •La amabilidad está acompañada por el respeto.
    •La amabilidad está acompañada de honra
    •La amabilidad está acompañada por el gozo.
    •La amabilidad está acompañada por el servicio
    •La amabilidad está acompañada por la consideración de nosotros mismos.

    Amable es el que trata por tanto de una conducta que no se agota en si misma, sino que tiene como finalidad mover a los demás a comportarse proporcionalmente.

    La amabilidad la podemos realzar cuando nos interesamos en el bienestar de la personas, cuando prestamos un servicio sin que se nos pida. Ser amable es ser respetuoso, cariñoso, tratable y siempre dispuesto a colaborar.

  2. Hola ….leyendo la entrada me he dado cuenta que la caridad es”fácil”cuando ayudas a los demás sabes que te va a venir de vuelta..Se aprende muy bien en los pueblos pequeños porque los vecinos pasan casi a ser de la familia .Creo que es mucho peor PEDIR AYUDA que supone pisar el orgullo y saber que solos no podemos .Aceptar que te pueden dar un no…….pero la parte más difícil es hacerlo por Dios .poner esa visión sobrenatural porque a la hora de tirar de caridad el orgullo de ser mejores que los demás puede más,La intención el acordarse de Dios en el monento justo para que esa ayuda que das a alguien tenga verdadero valor eso es más dificil.¿Ahora cómo se consigue esa unión de Caridad+Dios no tengo mi idea?…..Rosa saludos y gracias

  3. Perdóname la tardanza, pero ya, con mas tranquilidad puedo abordar tu pregunta.
    Aunque es posible señalar que en cierto momento una persona ha llegado a una etapa de madurez en su vida, la tarea de trabajar sobre el modo de ser de cada uno se proyecta a lo largo de todo nuestro andar terreno.

    El autoconocimiento y la aceptación del propio carácter darán paz para no desanimarse en este empeño. Esto no implica ceder al conformismo. Quiere decir, más bien, reconocer que el heroísmo de la santidad no exige poseer ya una personalidad perfecta ni aspirar a un modo de ser idealizado, y que la santidad requiere la lucha paciente de cada día, sabiendo reconocer los errores y pedir perdón.

    Las verdaderas biografías de los héroes cristianos son como nuestras vidas: luchaban y ganaban, luchaban y perdían. Y entonces, contritos, volvían a la lucha. El Señor cuenta con el esfuerzo prolongado en el tiempo para pulir el propio modo de ser. Es significativo, por ejemplo, aquello que una persona comentaba a la sierva de Dios Dora del Hoyo hacia el final de su vida: «−Dora: quién te ha visto y quién te ve. ¡Mira que eres otra! Se rió: sabía muy bien de qué hablaba». Le había hecho ver cómo, con los años, su carácter había alcanzado una ecuanimidad que conseguía moderar las reacciones de genio.

    Y es que en esta empresa contamos siempre con la ayuda del Señor y con los cuidados maternos de santa María: «La Virgen hace precisamente esto con nosotros, nos ayuda a crecer humanamente y en la fe, a ser fuertes y a no ceder a la tentación de ser hombres y cristianos de una manera superficial, sino a vivir con responsabilidad, a tender cada vez más hacia lo alto.
    ¡Qué desafío tan entusiasmante es forjar una personalidad que refleje claramente la imagen de Jesucristo!
    Un abrazo. Hasta mañana.

  4. Sí, hay muchas Doras del Hoyo, Pepitas, Juanitas, Cármenes …..Si yo he hablado concretamente de ella es porque sé que tenía mucho carácter y que había alcanzado una ecuanimidad que conseguía moderar las reacciones de genio y que le ha llevado a ser Sierva de Dios.

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