Dar limosna de un modo auténtico no solo alivia en lo material, sino que alza e ilumina el espíritu del pobre

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El fin de todo amor es el bien del ser amado; el fin del amor a Dios, su honor y su gloria; el del amor al prójimo, el bien espiritual y temporal de los hombres y, a través de él, el honor y la gloria de Dios. Debes amar al prójimo por amor a Dios. El amor al prójimo te impone numerosas obligaciones, cuyo objetivo es lograr el bienestar y la felicidad de los demás. Tu primer deber consiste en prestarles ayuda material siempre que te sea posible. Jesús ha dicho: «Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber… estaba desnudo y me vestisteis». Se trata de una ayuda solo corporal, pero no por ello menos necesaria… Las principales obras de misericordia corporales son dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar a los encarcelados, dar posada al peregrino, visitar a los enfermos y enterrar a los muertos.

Dar limosna de un modo auténticamente cristiano no solo alivia las necesidades materiales, sino que alza el espíritu del pobre de su triste penuria y sus dificultades. El espíritu del amor debe transformar el mundo y hacer de él un lugar mejor donde vivir. Los pobres nunca dejarán de existir, pero no hay pobreza que no pueda ser menor mientras cada uno de nosotros cuente con la posibilidad de hacer algo por paliarla.
Por eso dice san Juan: «Si alguno posee bienes de este mundo y, viendo que su hermano padece necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor a Dios? Hijos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y de verdad». En este sentido, san Pablo describe la actitud auténticamente cristiana: «A los ricos de este mundo ordénales que no sean engreídos y que no pongan su esperanza en las riquezas perecederas, sino en Dios, que nos provee de todo con abundancia para que lo disfrutemos: que hagan el bien, que se enriquezcan en buenas obras, que sean generosos al dar y hacer a otros partícipes de sus bienes, que atesoren para el futuro unos sólidos fondos con los que ganar la vida verdadera».
La Iglesia ha defendido siempre el derecho a la propiedad privada. Pero cualquier superávit, antes que añadirse a la abundancia del rico, tiene que destinarse a quienes carecen de las necesidades básicas. La aversión que causa el rico no se debe a su riqueza, sino al mal uso que hace de ella. No es el que tiene mucho el que desagrada al Señor, sino el que ama en exceso los bienes de este mundo. Da de lo que tienes. Después de todo, no es realmente tuyo. Los bienes de este mundo los tomamos prestados de Dios. Tienes la obligación de utilizarlos y repartirlos de acuerdo con su voluntad. No es más rico el que más posee, sino el que da más. Negar lo tuyo a quien lo necesita es contrario a la voluntad de Dios y se asemeja a robar. Dice san Pablo: «Ni los ladrones, ni los avaros… ni los rapaces heredarán el Reino de Dios». «¡Cuánto amó Jesucristo a los pobres!», dice san Vicente de Paúl. «Él escogió su condición; Él es el Padre de los pobres y considera que lo que se hace por ellos se le hace a Él. Por eso, hemos de amar a los pobres con un amor especial, viendo en ellos la persona de Jesucristo, y haciendo todo por ellos como si lo hiciéramos por Él». (L. G. Lovasik en “El poder oculto de la mabilidad”)

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Un comentario en “Dar limosna de un modo auténtico no solo alivia en lo material, sino que alza e ilumina el espíritu del pobre

  1. En un tiempo en el que tantas personas sufren a causa de la crisis económica, poner la pobreza al lado de la felicidad puede parecer algo fuera de lugar. ¿En qué sentido podemos hablar de la pobreza como una bendición?

    En primer lugar, intentemos comprender lo que significa «pobres de espíritu». Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, eligió un camino de pobreza, de humillación. Como dice San Pablo en la Carta a los Filipenses: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres» (2,5-7). Jesús es Dios que se despoja de su gloria. Aquí vemos la elección de la pobreza por parte de Dios: siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8,9). Es el misterio que contemplamos en el belén, viendo al Hijo de Dios en un pesebre, y después en una cruz, donde la humillación llega hasta el final.

    Jesús, como entendió perfectamente santa Teresa del Niño Jesús, en su Encarnación se presenta como un mendigo, un necesitado en busca de amor. El Catecismo de la Iglesia Católica habla del hombre como un «mendigo de Dios» (nº 2559) y nos dice que la oración es el encuentro de la sed de Dios con nuestra sed (nº 2560).

    San Francisco de Asís comprendió muy bien el secreto de la Bienaventuranza de los pobres de espíritu. De hecho, cuando Jesús le habló en la persona del leproso y en el Crucifijo, reconoció la grandeza de Dios y su propia condición de humildad. En la oración, el Poverello pasaba horas preguntando al Señor: «¿Quién eres tú? ¿Quién soy yo?». Se despojó de una vida acomodada y despreocupada para desposarse con la “Señora Pobreza”, para imitar a Jesús y seguir el Evangelio al pie de la letra. Francisco vivió inseparablemente la imitación de Cristo pobre y el amor a los pobres, como las dos caras de una misma moneda.

    Vosotros me podríais preguntar: ¿Cómo podemos hacer que esta pobreza de espíritu se transforme en un estilo de vida, que se refleje concretamente en nuestra existencia? Os contesto con tres puntos.

    Ante todo, intentad ser libres en relación con las cosas. El Señor nos llama a un estilo de vida evangélico de sobriedad, a no dejarnos llevar por la cultura del consumo. Se trata de buscar lo esencial, de aprender a despojarse de tantas cosas superfluas que nos ahogan. Desprendámonos de la codicia del tener, del dinero idolatrado y después derrochado. Pongamos a Jesús en primer lugar. Él nos puede liberar de las idolatrías que nos convierten en esclavos. ¡Fiaros de Dios! Él nos conoce, nos ama y jamás se olvida de nosotros. Así como cuida de los lirios del campo (cfr. Mt 6,28), no permitirá que nos falte nada. También para superar la crisis económica hay que estar dispuestos a cambiar de estilo de vida, a evitar tanto derroche. Igual que se necesita valor para ser felices, también es necesario el valor para ser sobrios.

    En segundo lugar, para vivir esta Bienaventuranza necesitamos la conversión en relación a los pobres. Tenemos que preocuparnos de ellos, ser sensibles a sus necesidades espirituales y materiales. Os recomiendo en modo particular la tarea de volver a poner en el centro de la cultura humana la solidaridad. Ante las viejas y nuevas formas de pobreza −el desempleo, la emigración, los diversos tipos de dependencias−, tenemos el deber de estar atentos y vigilantes, venciendo la tentación de la indiferencia. Pensemos también en los que no se sienten amados, que no tienen esperanza en el futuro, que renuncian a comprometerse en la vida porque están desanimados, desilusionados, acobardados. Tenemos que aprender a estar con los pobres. No nos llenemos la boca con hermosas palabras sobre los pobres. Acerquémonos a ellos, mirémosles a los ojos, escuchémosles. Los pobres son para nosotros una ocasión concreta de encontrar al mismo Cristo, de tocar su carne que sufre.

    Pero los pobres −y este es el tercer punto− no sólo son personas a las que les podemos dar algo. También ellos tienen algo que ofrecernos, que enseñarnos. ¡Tenemos tanto que aprender de la sabiduría de los pobres! Un santo del siglo XVIII, Benito José Labre, que dormía en las calles de Roma y vivía de las limosnas de la gente, se convirtió en consejero espiritual de muchas personas, entre las que figuraban nobles y prelados. En cierto sentido, los pobres son para nosotros como maestros. Nos enseñan que una persona no es valiosa por lo que posee, por lo que tiene en su cuenta en el banco. Un pobre, una persona que no tiene bienes materiales, mantiene siempre su dignidad. Los pobres pueden enseñarnos mucho, también sobre la humildad y la confianza en Dios. En la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18,9-14), Jesús presenta a este último como modelo porque es humilde y se considera pecador. También la viuda que echa dos pequeñas monedas en el tesoro del templo es un ejemplo de la generosidad de quien, aun teniendo poco o nada, da todo (cf. Lc 21,1-4).

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