22 de diciembre

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Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo: ¡ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra!

Comentario de san Agustín

Por eso, después que la Virgen dio a luz al Señor, el pregón de las voces angélicas fue así: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. ¿Por qué la paz en la tierra, sino porque la verdad brota de la tierra, o sea, Cristo ha nacido de la carne? Y él es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa: para que fuésemos hombres que ama el Señor, unidos suavemente con vínculos de unidad.
Sermón 185.

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2 comentarios en “22 de diciembre

  1. La Iglesia es este Cuerpo de Cristo (cfr Ef 1,20-23), porque de El, como de la Cabeza, recibe constantemente la vida divina, la gracia de la salvación . Esta verdad perteneciente a la fe ha sido enseñada insistentemente por el Magisterio. Especialmente en la encíclica Mystici Corporis se expone ampliamente esta verdad de fe . La analogía entre Cristo y la Iglesia con la cabeza y el cuerpo contenida en la Sagrada Escritura, cfr Ef 1,20-23; Col 1,18?, tiene un significado claro: de modo semejante a como la cabeza es la parte más alta, y mueve al resto del cuerpo, así, por la proximidad a Dios, Cristo posee la gracia más elevada e infunde la gracia a todos los miembros de la Iglesia.

    La relación de todo miembro de la Iglesia con Cristo, que puede tener muchos aspectos y manifestaciones, en su raíz, es una unión espiritual. «Esta unión de Cristo con el hombre, es en sí misma un misterio, del que nace el hombre nuevo llamado a participar en la vida de Dios (cfr 2 Pet 1,4), creado nuevamente en Cristo, en la plenitud de la gracia y verdad (cfr Ef 2,10; Jn 1,14.16)» . El «hombre nuevo», llamado a participar de la vida de Dios, nace de la unión con Cristo, porque el principio de la vida nueva es la gracia, y ésta es en el hombre una participación de la gracia que llena plenamente el alma humana de Cristo: su gracia capital.

    San Juan, después de presentamos a Cristo como Aquel que está lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14), añade: De su plenitud, hemos recibido todos gracia sobre gracia (Jn 1,16). La gracia, que constituye al hombre en hijo de Dios, como «hombre nuevo», no sólo nos viene por Cristo, sino que también nos viene de Cristo; Jesús no sólo ha merecido la gracia para nosotros y la produce en nosotros, sino que además esta gracia es participación de la plenitud de gracia que colma su Santísima Humanidad. El alma de Cristo posee la gracia en toda su plenitud; esta eminencia es la que le capacita para comunicada a los demás; por eso, la gracia habitual, que santifica el alma de Cristo, y la que le pertenece como Cabeza de la Iglesia y principio de santidad de todos los hombres son la misma. Entre ambas sólo existe una distinción de razón: como habitual, dice relación a la santificación de su alma, y como capital, a la causalidad de la misma gracia en todos los hombres .

    Así, Aquel que era ya semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado, nos hace semejantes a El en el orden sobrenatural de la deificación: en la gracia y en la gloria. Precisamente por esto, podemos decir que Cristo es la fuente de toda santidad en la Iglesia. Así como Dios es el principio universal del ser, Cristo en cuanto hombre es principio de toda gracia, pues de modo análogo a como Dios da el ser a todas las criaturas, toda la gracia que tienen los hombres es infundida por Cristo a través de su Humanidad, en cuanto instrumento unido a la Divinidad . La Humanidad del Verbo no es sólo santa, sino también santificante, pues por su santidad son santificados los hombres.

    La participación de la gracia de Cristo comporta nuestra unión con El, mediante su presencia en nosotros. Como escribe San Agustín, el Señor, haciéndonos miembros suyos, hace que también «en El seamos nosotros Cristo» . Este ser en Cristo (cfr también Rom 6,11; Gal 3,28; Ef 2,5-6), esta unión de Cristo con cada hombre en gracia, no significa que haya una omnipresencia de la Humanidad de Jesús tal afirmación fue condenada en el Concilio II de Nicea, en el año 787 [197], ni tampoco una inhabitación física del cuerpo del Señor en los fieles. Esta unión de Cristo con el hombre significa una presencia virtual, es decir, operativa, de la Humanidad de Jesús en el hombre que está en estado de gracia .

    La presencia virtual ¿operativa? de la Humanidad de Cristo en el hombre lleva, de por sí, a la identificación del hombre con Cristo. Por esto, «el cristiano está obligado a ser alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo» . La eficacia santificante de la presencia virtual de la Humanidad del Señor en el hombre es constante mientras el hombre permanezca en estado de gracia, y adquiere un especial valor de salvación en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, en la que hay no sólo una presencia virtual de la Humanidad de Jesús, sino también una presencia sustancial. Por esto, en la Eucaristía no sólo encontramos la fuerza santificadora de Cristo, sino al mismo Cristo, verdadera, real y sustancialmente presente con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Y por eso, «en la Eucaristía se resume todo el bien espiritual de la Iglesia» .

    Señalo, en fin, que la identificación con Jesús ¿que puede y debe ser una realidad creciente en la vida temporal de todo hombre?, alcanzará su plenitud sólo al final de los tiempos, cuando nuestro Señor volverá visiblemente a la tierra como Juez universal (cfr Mt 24,29-31), y transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo (Fil 3,21). En otras palabras, la Historia Sagrada no acaba con el Nuevo Testamento; aún hay un misterio de Cristo que esperamos: la Parusía; por eso, nuestro tiempo ¿el tiempo de la Iglesia en la tierra? es un tiempo de salvación, ya alcanzada, pero también es un tiempo de salvación que aún no ha llegado a su definitiva plenitud. Las palabras finales del Apocalipsis expresan esta tensión escatológica: ¡Ven, Señor Jesús! (Apoc 22,20).

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